Infancia. Nathalie Sarraute.

Dos datos fáciles de recordar, nació con el siglo XX, en 1900, y murió con él. En el 99. Publica este libro en el año 83.

No son muchas las fotos que he podido ver, no obstante, la similitud de las imágenes que circulan de ella, me llamó la atención. En las que mira de frente, tiene una mirada tremenda, implacable, tenaz, inteligente y distante. Sin la más mínima concesión a la coquetería. Buscando por ahí, encontré esta cita suya que alumbra un poco, tanto el planteamiento de Infancia (un diálogo entre la protagonista y su otro yo), como la sobriedad de sus fotos:

“Un retrato mío… Nunca he sacado un libro con un retrato mío. Un retrato es falso. Se construye algo acerca de una apariencia, se resume la vida que es inmensa, compleja, ilimitable. Casi siempre nos sorprende lo que dicen de nosotros y, en general, es falso, porque lo completamente opuesto también parece cierto.”*

Y así se desarrollan estos recuerdos (“Tropismos”**) sobre la infancia. Desde el principio, una voz y su contraria se preguntan sí realmente vale la pena volver a aquella época, por qué, para qué… Y en un juego de discursos contrapuestos, va avanzando un relato donde lo que cuenta, no es tanto la narración de los hechos, como las palabras que los han hecho permanecer dando origen a distintos acontecimientos en la vida de la autora. Palabras ajenas que se fijan y llegan hasta esa niña que recupera Nathalie Sarraute desde sus 82 años. Y es una niña fría que revisita sus antiguas sensaciones al tiempo que las cuestiona. Esta novela de crecimiento infantil termina allí donde empieza la adolescencia y entra en un nuevo mundo que se le antoja seguro, firme: el conocimiento. Es capaz de afrontar el dolor de la infancia que queda lejos, el pudor no ha lugar pues las vivencias son desgranadas de manera objetiva, distante, salomónica casi, pero llegada la adolescencia, la mujer cuya vida diríase que está próxima al fin (¡aún viviría 17 años!), prefiere mantener esas espinas bajo el manto que hasta ahora han tenido

También cada personaje tiene su espejo. Cada recuerdo es confrontado y se encadena a otro que, a su vez, también es discutido y, por qué no, discutible. Así, por ejemplo, frente a una imagen de Vera, su madrastra, como una histérica, de cortas miras intelectuales, inestable, etc., aparece el recuerdo de una joven alegre en su Rusia natal que se siente fuera de lugar entre su esposo y sus amistades. Así cada uno de ellos despliega su imagen y la contraria, reacciona de una manera o de la opuesta y Sasha, setenta años después, despliega lo que recuerda, lo que ahora considera, lo que ha de considerar.

Juego de espejos.

* “Un portrait de moi… Je n’ai jamais fait de portrait dans aucun de mes livres. C’est faux, un portrait. On construit quelque chose autour d’une apparence, on résume la vie qui est immense, complexe, incernable. Tout ce qu’on dit sur nous presque toujours nous surprend, et, généralement, c’est faux parce qu’autre chose de tout à fait opposé apparaît qui est vrai aussi. “º Nathalie Sarraute

** Define N. Sarraute, los tropismos (título de una de sus primeras obras) como “…las cosas que no se dicen, las transiciones, los movimientos fugaces que se suceden rápidamente en nuestra conciencia. Esos instantes, esos estados son la base de la mayor parte de nuestra vida y de nuestra relación con los otros: todo aquello que pasa dentro de nosotros, que no alcanza a ser expresado en un monólogo interior y que es transmitido por sensaciones.”

Tropismos son también los movimientos que hacen algunas plantas respecto a la luz y pueden ser hacia ella o en dirección opuesta.

Astrid y Verónika de Linda Olsson.


 

Un verso introduce cada capítulo y cada capítulo glosa el verso, o bien cada verso ilumina cada capítulo.

Dos mujeres en un paisaje frío y oscuro. Pero incluso en Suecia hay sol y con el sol llegan las fresas silvestres -imagen recurrente a lo largo de la novela- y el verano. El calor. Verónika huye de un pasado breve y reciente, vacía de deseos, de querencias, y con un libro por escribir en mente que descubre más arduo de lo que preveía. Astrid permanece en un presente donde el pasado proyecta una sombra sorda y muda, llevando una vida apartada y ajena al pueblo en cuyo entorno viven vecinas. Entablan una relación en la que cada cual va proyectando su dolor frente a la otra.

Cotidianeidad y naturaleza marcan un ritmo sosegado, los hechos clave de sus vidas se entrelazan en su día a día sin grandes preguntas, por necesidad de hablar, aunque también de ser escuchadas, avanzando serenamente en una amistad que les va envolviendo. El pasado es la clave de Astrid, el futuro la de Verónika. Y es en este reconocimiento donde, a la viceversa, Astrid encuentra su futuro y Verónika su pasado.

La novela empieza en primavera y, por dos veces, concluye en primavera. Para unos, estación de muerte, para otros, de vida. Con la primavera empieza la recolección. “Tal vez sea un instinto humano esta necesidad de recolectar antes de que llegue el invierno”. Y mientras, la luz, el sol, el calor, la oscuridad, la noche, el frío. Todos están fuera y también dentro. Como la propia historia que una a otra se regalan.

La figura siempre presente de la madre, más en su ausencia -principalmente dramática- que en su presencia, las relaciones familiares, el amor o su falta, avanzan al frío ritmo nórdico que describe y narra sin profundas reflexiones pero con penetrantes imágenes y sensaciones. A l@s lectores corresponde interpretar este cuadro en el que los momentos escabrosos se pintan con extrema delicadeza (el diario de la madre de Astrid, Astrid y su hija, Verónika y James…). La poesía guía y esa es la tónica del libro, la música añade matices, los colores pintan. Un lienzo con palabras.

Para quienes se dejen llevar por la curiosidad, vale la pena acercarse a algunas y algunos de estas y estos poetas citados: Karin Boyle (en realidad, el título original es un verso suyo “…déjame ahora cantarte dulces canciones…”), Edith Södergran, Erik Johan Stagnelius, etc.