El señor de las moscas de William Golding

 

Hay muchas maneras de llegar a los libros, una de ellas es dejarse llevar por ellos. Así desde Nada de Janne Teller me precipité a El señor de las moscas, libro que, francamente, nunca pensé que releería. Pero la pulsión era muy fuerte y volví para ver las diferencias porque estaba convencida de que en absoluto trataban de lo mismo. Empecé a leerlo y, en breve, estas me importaron bien poco, la novela me absorbió.

William Golding (1911-1993) fue un inglés, hijo de padres instruidos y progresistas, que iba para ciencias, acabó estudiando literatura y quiso ser poeta (sólo publicó un primer libro de poemas del que, posteriormente, no quiso saber nada). Durante la Segunda Guerra Mundial ingresó en la Royal Navy y fue testigo directo, entre otras cosas, del desembarco de Normandía. Amó el teatro, escribió una obra y, en su juventud, trabajó alguna vez como actor. También fue Premio Nobel y profesor de literatura.

El señor de las moscas se abre (tiene mucho de teatral) con un buen chaval muy agraciado, Ralph, y uno gordito y con gafas, Piggy. Por ellos deducimos que hay un montón de niños en lo que, aparentemente, es una isla. Todos chicos ingleses, no hay chicas. Entre ambos cogen una gran caracola que, a partir de ahí, servirá primero para congregarlos, después para tomar la palabra. A la llamada de la caracola, van acudiendo los demás, de todos las edades (los mayores entorno a los 12 años), hasta la llegada del coro. Pero no es el recapitulador y didáctico coro griego, es un coro de iglesia que conserva sus negras capas y su obediencia (de la fe o de dioses no se habla en el libro). Presentados y presentes todos, comienza la lucha por el liderazgo entre Ralph y el jefe del coro, Jack. Piggy, quien simboliza el entendimiento y es más a menudo ridiculizado, intenta hacerse oír en cada enfrentamiento. No es tarea fácil, pues Ralph y Jack, se temen y establecen una tácita alianza.

Se dictan reglas, ellos quieren muuuuchas reglas, y varios objetivos: salir de la isla, y para ello mantener encendido un fuego, habilitar unos refugios para protegerse y conseguir comida. Pero la vida en el paraíso, con el paso del tiempo, no es tan divertida. Por un lado, unos empiezan a echar de menos el calor del hogar, ropa limpia, afecto, por otro surge el instinto de la caza con su alegría salvaje. Ya no se trata de La isla del tesoro. Las buenas costumbres se van perdiendo y el placer del poder, intensificado por el instinto del cazador, les va separando cada vez más brutalmente.

El miedo entre la mayoría crece. Simón, personaje sensible, soñador y tímido, lo entiende y reconoce su forma, mas no sabe transmitir lo que la razón no sabe explicar. Las contradicciones crecen, el equilibrio inestable, se rompe. Algunos van abandonando las normas de convivencia, se dan cuenta de que ya no necesitan inventar una excusa. Los acontecimientos se precipitan.

Se trata de una estupenda obra, llena de simbolismo, que se puede interpretar más o menos profundamente, pero que está al alcance de cualquier buen o buena lector o lectora. Golding era inglés y en varias ocasiones incide en la nacionalidad de los chicos. También la colonizadora Gran Bretaña era y es una isla con sus líderes enfrentados y la razón ausente (no obstante, visto lo visto, trasciende fechas y paises). Está llena de detalles. Por ejemplo, no deja de ser paradójico que para encender el fuego, necesario para cocinar los jabalíes o para encender la hoguera cuyo humo les permitiría ser localizados y rescatados, sean fundamentales las gafas del sabio y vilipendiado Piggy. Hay muchos más, pero mejor descubrirlos con su lectura.

Nada de Janne Teller

Lo primero que me vino a la cabeza al oír hablar del libro fue otro, El Señor de las moscas, pero al tenerlo en mis manos, lo descarté. Nada se centra en la adolescencia. No tratan de lo mismo. Este está escrito, además, desde ella. La autora dice haberse retrotraído a sus 14 años, al periodo en el que comienzan las grandes preguntas (después parece que muchos las dejan de lado ¿supervivencia?). Golding se sitúa fuera de las edades para mirarnos como seres sociales enfrentados a la Naturaleza (exterior e interior)

No sé si todos recordamos ese complicado periodo y la persona que fuimos. Yo sí (y no quisiera volver de ninguna manera). Entonces cayeron en mis manos Kafka y su escarabajo panza arriba, Camus y su extranjero ajeno a todo, Sartre y su náusea y Becket. Nada tuvo más impacto en mí, que la imagen de Malone cambiando las piedras de bolsillo a medida que las iba chupando. Porque nada tenía sentido. Esperar a Godot, Sin, Final de partida, todo era inútil, no valía para nada. Y sí, estoy de acuerdo con la autora, yo también creo que a esa edad necesitan, “tienen que buscar sentido a sus vidas como base de las decisiones que van a tomar cuando opten por un camino u otro”.

Estamos hablando, claro está, de niños de clases medias occidentales; a fin de cuentas el libro viene del Norte, de Dinamarca. Así su estilo frío, práctico, conciso, su ceñirse a lo planteado sin salirse del tema. Práctico, eficaz. Hay otros adolescentes, pero no están en este libro. Estudian un séptimo de allí, lo que viene a ser un primero o segundo de nuestra ESO.

El punto de partida es sencillo.  Pierre Anthon se sube a un árbol del que no piensa bajar porque nada importa y sus compañeros intentan convencerle, a través de unos actos consensuado, de que no es así. ¿Son perversos los jóvenes? ¿Es la perversa Jane Teller? No me lo parece. A medida que avanza la novela, gana en intensidad, la importancia de los sacrificios que se van exigiendo unos a otros va in crescendo y sigue una lógica aplastante. El egoísmo y el rencor se mezclan con la solidaridad (adhesión circunstancial a la causa o la empresa de otro), valor ni bueno ni positivo per se. Porque solidaria es su empresa frente a nuestro joven rampante cuasi existencialista, nuestro incómodo vocero de lo que nadie quiere oír. Es por él que se manifiesta esa necesidad que empieza a formularse acuciantemente a esa edad y que puede ser recurrente toda la vida o puede resultar, incluso, mortal. Por y para un@ mism@, por y para l@s demás.

Es un libro cruel. Yo sí lo veo así. Pero es posible que sea más cruel para un adulto. No negaré que no es, en principio, el libro que me apetece dar a leer a mi hijo adolescente, tal vez preferiría (no es así) que siguiese leyendo sobre dragones, elfos, etc., pero sí quisiera saber su punto de vista. No el de mi criatura en particular, el de l@s chaval@s de esa edad (escolarizados, claro, hay otros millones de adolescentes que ya están buscándose el sustento y ni infancia han tenido, qué decir de adolescencia).

Poco escapa a la pila de significados (lo que ha de hacer cambiar de opinión a Pierre Anthon) y nula presencia tienen los progenitores. No son sino la huella de la presión que cada cual ha de resistir y se sabe de ellos tangencialmente, en función de las consecuencias que, en última instancia, se revelan irrelevantes.

Por lo visto Janne Teller es especialista en resolución de conflictos (ha trabajado en varios paises de África) y así dosifica a la perfección los componentes de esta bomba de relojería que no voy a desvelar. La diversidad está ampliamente atendida, en cuanto a sexo, religión, ideología, etc. Tras cada un@ de los estudiantes se entrevé el grupo al que pertenece. Invito a leerlo y me encantaría saber que dicen l@s protagonistas, aunque, indudablemente, algún@s seguimos llevando nuestr@ adolescente en alguna parte, no nos hemos desembarazado de es@ que fuimos, está dentro, si no en una cajita de cerillas llena de cenizas, como la narradora.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/television/pagina-2-entrevista-janne-teller-nada/1025807/

                                                     

El ángel impuro. Henning Mankell

Cuenta Mankell que “a comienzos del siglo XX sucedió un hecho extraño en el continente africano. Apareció una mujer sueca, como salida de la nada, y quedó constancia de ella como dueña del burdel más grande de la capital de la colonia portuguesa de Mozambique. Años después, esa mujer desapareció sin dejar rastro. A partir de lo poco que se sabe de ella he escrito este libro, aportando el contexto histórico. La he descrito tal y como yo la veo, en una época en que no podía cuestionarse el colonialismo ni la superioridad de la raza blanca, y menos aún vencerlos. Una época, asimismo, en que la suerte que corría una mujer durante su vida —sobre todo si era una mujer negra— era un auténtico infierno. En el burdel se enfrentan el poder y la impotencia; allí la pasión es una mercancía. Pero también es un lugar donde las vidas se entrelazan, y que me ha inspirado una historia como ninguna otra de las que he llegado a escribir”.

Partiendo de un diario encontrado en un antiguo y lujoso hotel ocupado por africanos pobres, Mankell nos traslada a la Suecia de finales del XIX, principios del XX. De allí parte Hanna Renström, en un incierto viaje, huyendo del frío y el hambre, y dejando atrás a un padre recién fallecido que diariamente cerraba las grietas de su hogar, una madre que dedicaba el corto verano a juntar leña para el largo invierno y dos hermanos que, diariamente, caldeaban el lecho común. Parte sola y sin mejor perspectiva que servir en la ciudad. El azar la conduce a un barco camino de Australia.

En principio no se trata de una novela negra (¿o sí?). Mankell nos lleva hasta África, donde la protagonista desembarca huyendo del dolor que le supone su segunda pérdida. Vendrán otras. Los paisajes y las reflexiones breves y precisas de Hanna, en boca del narrador, pintan una tierra y una historia que avanzan a la par. Del frío inmovilizador hemos llegado al calor bochornoso. De una mirada sorprendida y nostálgica, pasamos a una voz digna, pero perpleja por lo que ve, siente y vive. Nada más distinto que el despoblado Norte y el caluroso Beira, puerto donde los portugueses y demás blancos, someten y desprecian a sus pobladores originales, negros. El odio y la desconfianza se respiran a través de los ojos de Hanna, que va cambiando su nombre a medida que va cambiando su posición y su punto de vista, según va conociendo y conviviendo con el  tramposo, embaucador y cruel colonizador o con el desconfiado, indefenso y misterioso colonizado.

Sin folclorismos, ni falsas descripciones pseudoantropológicas, la concepción de los pobladores de Mozambique, su extrañeza, su ajenidad y su  mágica visión de la necesidad van calando en Ana, en su corazón, en su piel, quién sabe si por el deseo de redimirse o por el de olvidar una sociedad a la que se supone pertenece, pero de la que ya no puede participar. Es sutil la manera en que lo inverosímil se torna, no solo plausible, sino inevitablemente deseable.