El ángel impuro. Henning Mankell

Cuenta Mankell que “a comienzos del siglo XX sucedió un hecho extraño en el continente africano. Apareció una mujer sueca, como salida de la nada, y quedó constancia de ella como dueña del burdel más grande de la capital de la colonia portuguesa de Mozambique. Años después, esa mujer desapareció sin dejar rastro. A partir de lo poco que se sabe de ella he escrito este libro, aportando el contexto histórico. La he descrito tal y como yo la veo, en una época en que no podía cuestionarse el colonialismo ni la superioridad de la raza blanca, y menos aún vencerlos. Una época, asimismo, en que la suerte que corría una mujer durante su vida —sobre todo si era una mujer negra— era un auténtico infierno. En el burdel se enfrentan el poder y la impotencia; allí la pasión es una mercancía. Pero también es un lugar donde las vidas se entrelazan, y que me ha inspirado una historia como ninguna otra de las que he llegado a escribir”.

Partiendo de un diario encontrado en un antiguo y lujoso hotel ocupado por africanos pobres, Mankell nos traslada a la Suecia de finales del XIX, principios del XX. De allí parte Hanna Renström, en un incierto viaje, huyendo del frío y el hambre, y dejando atrás a un padre recién fallecido que diariamente cerraba las grietas de su hogar, una madre que dedicaba el corto verano a juntar leña para el largo invierno y dos hermanos que, diariamente, caldeaban el lecho común. Parte sola y sin mejor perspectiva que servir en la ciudad. El azar la conduce a un barco camino de Australia.

En principio no se trata de una novela negra (¿o sí?). Mankell nos lleva hasta África, donde la protagonista desembarca huyendo del dolor que le supone su segunda pérdida. Vendrán otras. Los paisajes y las reflexiones breves y precisas de Hanna, en boca del narrador, pintan una tierra y una historia que avanzan a la par. Del frío inmovilizador hemos llegado al calor bochornoso. De una mirada sorprendida y nostálgica, pasamos a una voz digna, pero perpleja por lo que ve, siente y vive. Nada más distinto que el despoblado Norte y el caluroso Beira, puerto donde los portugueses y demás blancos, someten y desprecian a sus pobladores originales, negros. El odio y la desconfianza se respiran a través de los ojos de Hanna, que va cambiando su nombre a medida que va cambiando su posición y su punto de vista, según va conociendo y conviviendo con el  tramposo, embaucador y cruel colonizador o con el desconfiado, indefenso y misterioso colonizado.

Sin folclorismos, ni falsas descripciones pseudoantropológicas, la concepción de los pobladores de Mozambique, su extrañeza, su ajenidad y su  mágica visión de la necesidad van calando en Ana, en su corazón, en su piel, quién sabe si por el deseo de redimirse o por el de olvidar una sociedad a la que se supone pertenece, pero de la que ya no puede participar. Es sutil la manera en que lo inverosímil se torna, no solo plausible, sino inevitablemente deseable.

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