Delicioso suicidio en grupo de Arto Paasilinna

      El azar y un título acertado me llevaron a Arto Paasilinna. Ojear los lomos de la biblioteca de un amigo, leer el grupo nominal Delicioso suicidio en grupo y estar algo espesa hicieron que lo extrajera del estante. El título, cuanto menos, era un curioso oxímoron con paradoja, que merecía ser premiado con una hojeada. Y, además de ser de Anagrama y no tener una contraportada estúpida, mi amigo se apresuró a recomendármelo.

     Paasalinna nació en un camión mientras su familia se trasladaba forzosamente por ser originarios del territorio que Finlandia hubo de ceder a la URSS tras las llamadas Guerra de Invierno y Guerra de Continuación. Primero se dirigieron a Noruega de donde fueron expulsados, después a Suecia, de donde también fueron expulsados, acabando en la Laponia finlandesa. “He conocido 4 Estados diferente en mi juventud. La huida se ha convertido en una constante de mis novelas, pero hay algo positivo en ella, si ha habido antes combate”*. Su apellido significa “fortaleza de piedra” y lo acuñó el padre para desmarcarse del apellido de origen sueco que les correspondía. Arto Paasilina sólo habla finés, fue leñador y trabajador agrícola antes de retomar sus estudios y convertirse en periodista. Hacia los 70 empezó a escribir poesía y novelas.

     La obra comienza con la huida de la vida que, regularmente, en la noche de San Juan, llevan adelante los finlandeses (Finlandia tiene una tasa muy alta de suicidio). Un empresario gris y en bancarrota que se dispone a pegarse un tiro en un pajar encuentra allí a un coronel medio ahorcado a quien salva de morir. A partir de este encuentro, inician una relación que van ampliando con el objetivo, no se sabe muy bien si de demorar el final elegido, la muerte, o de hacerlo con más seguridad y firmeza. No desperdicia nada este “aguatragedias”, definición que aplica el autor al único personaje que muestra amor a la vida y que define a la perfección su función de narrador en esta novela. A través de un anuncio y otras estrategias, el grupo va aumentando, pero no consigue encontrar el lugar adecuado para poner fin a sus vidas y acaba recorriendo parte de Europa y, de paso, cogiéndose unas buenas borracheras.

     Cada suicida tiene su historia, tragicómica a veces, a veces, directamente trágica. Dice el autor en una entrevista sobre sus compatriotas “Está claro que no son peores que los otros, pero siguen siendo lo suficientemente malos para tener sobre lo que escribir hasta el final de mis días”**. Pues bien, el libro es un buen memorándum sobre la actual Finlandia donde se despacha a gusto con su sociedad -no creo que quede nada por tocar-, haciendo que los abocados a la muerte, libres ya de las ataduras cotidianas, concluyan, en sus noches de alcohol y confidencias, que ellos “…están en una situación privilegiada comparados con sus compatriotas, a quienes no les quedaba más remedio que continuar con su existencia gris en su miserable país”. Consecuentemente, esta reflexión les hacen sentir sumamente felices. Un humor caústico, gamberro muchas veces, no siempre tan gracioso, sino amargo, mas siempre con un lenguaje medido, ágil, muy plástico. Una historia esperpéntica con una sólida lógica interna. El viaje fluye, las actitudes cambian lentamente al principio, mas rápidamente a medida que se alejan de sus circunstancias. El punto de vista es objetivo y distante. El retrato es coral, el devenir no siempre tan negro (aunque el humor sí lo sea). Sumamente respetuoso, pero mordaz, en ocasiones hilarante, aunque se trate del mismísimo momento del doloroso tránsito .

     Muy recomendable. Estupendo para relativizar: la cita que abre el libro es el proverbio popular “En esta vida lo que más importa es la muerte, y tampoco es que sea para tanto”. La segunda parte lo hace una autocita: “Con la muerte se puede jugar, pero con la vida no. ¡Viva!”. ¿Tesis y antítesis? Divertido e inteligente, a pesar de que su desenlace no sea todo lo iconoclasta que cabría esperar. Aunque visto el panorama, depende del día, es de agradecer.

* “J’ai connu quatre Etats différents dans ma prime jeunesse. La fuite est devenue une constante dans mes récits, mais il y a quelque chose de positif dans la fuite, si avant il y a eu combat.”

** “Ils ne sont certes pas pires que les autres, mais ils restent suffisamment mauvais pour que j’aie de quoi écrire jusqu’à la fin de mes jours”

La cena de Herman Koch

Cuando, libro en ristre, te dispones a leer La cena, de antemano sabes el dilema que va a plantear. Solo hay que leer la primera frase de la contraportada: ¿Hasta dónde es capaz de llegar un padre para encubrir a un hijo que comete un delito injustificable? A la madre, omisión muy extendida,  no la mencionan, pero está muy presente en la novela y sus actos y actitudes no son banales en absoluto.

El autor, holandés, actor y escritor, es un hombre de aspecto afable y relajado que pasa largas temporadas en España y que, basándose en unos hechos acaecidos en Barcelona hace unos años, escribe esta obra. Curiosamente, en la recién publicada Casa de verano con piscina, también parte de un hecho real, la acusación de violación contra Roman Polanski, y comenta, entre bromas, cuán divertido sería, si se hiciese una película, que la dirigiera él*.

La narración es ágil y eficiente y se desarrolla a lo largo de una cena con aperitivo y propina. La conduce el padre de uno de los chicos, Michel, y la progresión de su voz es el mayor acierto de la novela: arranca como un individuo curioso, obsesivo, escéptico, por el que al principio es fácil sentir cierta simpatía. Un monólogo ácido que nos anuncia el drama que se va a desarrollar a través de la nostalgia que ya siente por una familia feliz y que brilla, con su sentido del humor, a costa de su hermano, el político moderno y progresista.

A medida que avanza (traquil@s, no voy a contar la novela) su discurso va apuntando más y más al de un fascista cotidiano. De la madre sabemos por él, y sus reacciones están a la altura del marido.  La violencia, contenida o no, se va haciendo cada vez más presente.

Es difícil, muchas veces, comentar sin contar, mas es una putada hacerlo. Leer tiene mucho de descubrir, pararse, retornar a las páginas anteriores, avanzar… Junto a la pregunta principal, ¿qué son capaces los padres y madres de hacer por sus hijos?, aparecen otras. Colaterales, sí, aunque importantes. Por ejemplo, el aborto y la adopción. Dice Herman Boch en una entrevista**: “Me gusta mantenerme al margen. Yo sólo muestro y describo para que sea el lector el que juzgue y opine después. Al fin y al cabo, la literatura no está únicamente al servicio del placer y los sentidos, sino que debe tener también una intención de denuncia o de crítica”. No obstante, por muy al margen que se sitúe, y aparentemente lo hace, no deja de ser él quien crea los personajes y plantea las situaciones y ni los unos ni las otras están suficientemente desnudos. Por ejemplo, la enfermedad de uno de los padres (aún dejo algo de intriga) es una opción que sesga el debate y aporta un matiz innecesario. Tan al margen se sitúa que no dice el nombre, no sé si por ser políticamente correcto o por no tener que profundizar en ella. Para mi tiene grandes semejanzas con el síndrome que padecía Glenn Gould (obsesivo como él era) -yo tampoco lo menciono-.

Me  llamó la atención la mención de numerosas películas que sirven de pretexto  para presentar conflictos como el sexismo (Match point), el racismo (Adivina quién viene esta noche) y la xenofobia (Deliverance, Perros de paja).

¿Y el final…? Esto es mejor comentarlo con quien ya pasó por el libro. A fin de cuentas es este un blog para invitar a la lectura.

*http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/3169/Herman_Koch-_Me_gusta_plantear_debates_morales_a_mis_lectores

** http://www.rnw.nl/espanol/video/herman-koch-o-los-dilemas-de-la-vida