Hadji Murat de Lev Tolstói

Hadji Murat o Jadzhi -Murat fue un guerrero ávaro -de la zona del Caúcaso que limita con el mar Caspio por un lado y con Chechenia por el otro- cuyas hazañas le hicieron valedor del sobrenombre de “demonio rojo”. En los años 1851 y 1852, que es cuando transcurre la acción de la novela,  Tolstói vivía en aquella zona y era soldado. Cuarenta y cuatro años más tarde escribe esta obra que nace de su pluma el 19 de julio de 1896 en una anotación que transcribe a su diario. La contemplación de un cardo tártaro (según la descripción, lo más parecido a un cardo borriquero) le trae a la memoria a Jadzhi-Murat. (Es lo que tienen estos escritores tan prolíficos e integrales, que dejan constancia de una gran parte de lo que piensan, de lo que quieren, de lo que hacen.)
    Entonces, como ahora, Rusia estaba en liza con los habitantes de distintos países caucásicos -Chechenia, Daguestán, Azerbayán…- que querían mantenerse como un imanato y su principal cabecilla en Daguestán era Shamil, el perseguidor de Hadji Murat  Por otro lado, Hadji, en persa, “es el término con que se designa a quienes han peregrinado al menos una vez a La Meca. Constituye una dignidad religiosa y social.” Luego no cabe duda de que se trata de alguien relevante en la sociedad musulmana de la zona. No bien empezamos, reconocemos cuál va a ser el final del héroe. Héroe épico, sin duda. Tolstói arranca con su huida. Nos lo presenta refugiándose en casa amiga, pero en territorio ya enemigo y camino de entregarse a los rusos. En principio, no son unas circunstancias propicias para hacer prevalecer la dignidad, pero el cuadro que pinta con palabras, los silencios que expresa, las miradas de los que habitan la escena, dan sensación de fortaleza. En alguna parte de sus Diarios dice que es con las sombras con lo que quiere presentar la grandeza de Jadzhi-Murat.
    Y son veinticinco capítulos, si no veinticinco sombras, en esta novela tan cortita y tan perfecta. Algunos de dos páginas, otros, muy largos; como el que nos introduce en el palacio de Invierno de Nicolás I, una sombra enorme sobre el destino de los pueblos y de las personas, enorme y profundamente arbitraria. Capítulos poblados de personajes que llevan consigo su forma de ver a este caudillo y, también, sus circunstancias y sus propias inquietudes. Microcosmos que componen un macrocosmos y, polifónicamente, van apuntalando la imagen de Hadji Murat.
    Hasta bien avanzada la obra, no conocemos la historia del protagonista, que ha llegado hasta ahí como alguien emblemático. Él mismo la cuenta para justificar su rendición a los rusos. Y proyecta sus propios fantasmas. La novela avanza en distintos cuadros. Es como si Tolstói, tras un montón de miniaturas en un mismo lienzo, desvelase el mural de un hombre glorioso. Sabemos que va a morir y también sabremos de su muerte. Un montón de voces, medidas y afinadas, componen  el coro de alguien ya legendario. Y recuerda a Tolstói o lo que Tolstói quería representar. No son los adjetivos los que dibujan los personajes, son sus recuerdos, sus deseos, sus carencias, sus luchas. Y, en el caso de Hadji Murat, sus actos y su naturaleza (tal vez con mayúscula), como la del cardo tártaro.

Muy, muy, muy recomendable. Un placer.

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