Crónicas del desamor: El amor molesto de Elena Ferrante

ferrante-desamor

De Elena Ferrante se sabe lo que ella ha querido contar en un entrevista que concedió a una revista y en un libro, La Frantumaglia, que recoge una selección de cartas a su editor, así como diversos textos y respuestas a sus lectores en los que habla de si misma, de su trabajo y de su forma de ver el mundo. Por el momento no está traducido. A ver si la misma Lumen se anima.

    Parece que nos vamos a aventurar en una novela de misterio, como la propia Elena Ferrante. La muerte de una madre, Amalia, da pie a los recuerdos recientes de la hija, Delia. Delia se pregunta y reconstruye sus últimas conversaciones. Amalia se ha ahogado en un territorio común a ambas: la playa en una de cuyas casas se hacinaban durante las vacaciones familiares. ¿Suicidio tal vez? Una prosa justa, sin alharacas, triste y evocativa. El relato, a medida que avanza, se va ensimismando. Los objetos y las palabras van siendo más precisos, mientras que el viaje interior de la protagonista va recobrando espacios y con ellos hechos silenciados de violencia explícita. La intriga, si tal se le puede llamar, resulta en las preguntas que quedaron pendientes entre madre e hija, en los porqués. Si bien narra la autora un proceso personal, el marco está perfectamente descrito y recuerda esa Italia -fácil trasponerla a España- machista, obscena, en que la mujer era -¿no pervive la misma voluntad ahora?, va a ser que sí…-, era, decía, un objeto que tenía propietario, objeto de codicia y de deseo procazmente verbalizado por los hombres, un objeto que, sin embargo, es una mujer que crece socialmente insertada, pero con extrañamiento. Proceso de extrañamiento que en Delia, la hija, comienza en la infancia y se cubre con la mentira y el desapego. Hay imágenes llenas de significados (el ascensor a una planta vacía, la lluvia que empapa a Delia, las figuras de la estación) que suspenden el tono de realidad y suavizan la dureza de lo que se va abriendo camino desde el pasado, pero también en el presente. La venganza de Amalia encuentra su respuesta en su desaparición y a medida que Delia va entendiendo, se establece un juego de identificaciones en el que Amalia, la dura Amalia, la resistente y vital Amalia, va dejando espacio en su hija a la Amalia que la hija, Delia, no pudo ser y no pudo por amor y por venganza también. Una historia de amores molestos y de venganzas sutiles, largas, profundas. Un entramado de relaciones trágicas, suavemente observadas por Delia, desde un cuerpo ajeno al placer. Un relato interior, como interior es la violencia familiar, duro, ambiguo, complejo. Estupendo.

     El libro lo componen otras dos novelas, pero no me gusta leer dos libros seguidos de la misma autora o autor (lo cual no quiere decir que no lo haga, los principios están para romperlos) porque luego, con los años, los confundo.

El perseguidor de Julio Cortázar

Blog-El-perseguidor

Lo cierto es que iba a empezar otro libro cuando se me cruzó por casa (los libros, mal que nos pese, tienen vida propia) una preciosa edición del Zorro Rojo (vamos a ponerlo con mayúsculas, se lo merecen) de ese estupendo, como tantos de él, relato de Cortázar. Y en esto que te pones a hojearlo, luego pasas a ojearlo, para terminar encontrándote en la mitad del libro y decides, no puedes hacer otra cosa, terminarlo, porque casi lo habías olvidado, porque da gusto dejarse llevar por la prosa de Cortázar (aquí muy prosa, muy funcional, ajustándose a las necesidades del tempo narrativo cuasi musical -a veces rápido, a veces reflexivo, a veces aquí, a veces perdido-, sin grandes florituras, con grandes temas y juegos en el empleo de los tiempos -el pasado en futuro-). Una vez reparas en esto, paras, buceas en los estantes en busca de cualquier cd de Charlie Parker (o de Jonnhy Carter, qué más da, tras leer El Perseguidor, uno y otro se sobreponen retroalimentándose -qué palabra tan fea- el uno al otro) y te sirves una copa. Qué gozada.

     Las ilustraciones que acompañan al relato, en blanco y negro –no podía ser de otra manera-, regalan buenos momentos para pararse a mirarlas y dejarse llevar por ese túnel del tiempo -y del espacio- donde se pierde Jonnhy en el metro, en un ascensor, en un estudio de grabación… Bruno el narrador, el recopilador, el teórico del jazz, el que sistematiza y clasifica, el que le da nombre a las cosas, el biógrafo, el parásito del músico al que admira y Jonnhy, el pobre Jonnhy, desnudo, buscando, siempre buscando, persiguiendo. Y Bruno que narra, entiende y niega esa parte que le asusta, que no quiere recoger en su libro, pero que sabe que está ahí, en el hombre y en su música. El lamento de un saxo como el de Charlie Parker (el cual, cuenta la leyenda, nunca sonó mejor que en Toronto cuando, por empeñarlo, tuvo que tocar uno de plástico), la abstracción de sus sentimientos en esos solos ensimismados, las distintas dimensiones de la vida, el dolor de la pérdida… El orden frente al caos, las drogas, pero también el miedo de ambos a los propios fantasmas. Y el tiempo.

     El cuento no necesita de Parker para brillar. La realidad frente al arte, vivir aquí, aferrado a lo cotidiano, prosaico, o vivir perdiéndose, persiguiendo en la memoria, en una melodía, en otras formas de percepción. Es corto para ser una novela, largo para ser un cuento. Justo para ser redondo. Si además te vas a dar un paseo por el jazz, pues puedes volver a cogerlo. El tiempo es relativo. Se lee en un par de horas y se saborea durante días y cómo es redondo, siempre puedes volver a entrar y volver a leer para comprobar más tarde “como el paisaje se va rompiendo cuando lo miras alejarse”.

     Y si esta edición es cara, siempre se puede buscar en Las armas secretas. Faltarían las ilustraciones, de agradecer, mas no necesarias. Es un valor añadido. Una delicatessen.

cortazar2