El ruido y la furia de William Faulkner

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Llegas al final de El ruido y la furia sin aliento, como si hubieras atravesado literalmente corriendo millas y millas de una campo del Sur de los Estados Unidos.

     Entramos en el relato a través de las imágenes que por asociación va exponiendo un deficiente mental. Hay que aceptar el reto y aguantar los hilos para irlos juntando cuando convenga. Abandonas o aceptas, retienes la respiración y utilizas la memoria, pero no la memoria del estudioso, sino la memoria plástica, la que va apelotonando sensaciones, ruidos, olores, reiteraciones, asociaciones… para cuando sea menester. A medida que te dejas llevar, el relato tiene una lógica endiablada y sorprendente, y un desorden metódico. Sabemos de acontecimientos que han pasado, que están pasando y que han de pasar, pero hay que armarlos.

     Después la voz que habla nos retrotrae dieciocho años y no puede ser más diferente a la anterior. Tras el inocente, el moralista, atrapado entre la católica ética del Padre y la pasión por la hermana. El relato se va enriqueciendo y ampliando. Quentin desde su presente engarza y prolonga las eslabones de la cadena que Benjy, en el primer capítulo, nos fue lanzando. Si antes las digresiones del protagonista eran únicamente sus percepciones, sus obsesiones, ahora no, ahora apuntan universales desde un profunda subjetividad que parte desde la propia forma del relato. Y el Tiempo marca. Al igual marca la forma de la novela. El reloj sin agujas, pero en marcha. Y las sombras, tanto a Benjy como a Quentin les fascinan las sombras.

     La hermana nunca habla y la única mujer cuyo pensamiento seguimos es ajena (en lo que a la sangre se refiere) a la familia y es a través del autor, de Faulkner, de quien se expresa en el cuarto capítulo. Es la sirvienta negra y fiel, cuya presencia y cuya familia han ido creciendo y apareciendo en todos los tiempos que han barajado todos los protagonistas. Si en el primer catítulo, al poco de empezar, Benjy, siguiendo una rutina necesaria para su equilibrio, va al cementerio a llevar flores en el birlocho, este capítulo termina con esa misma rutina rota y Jason arreglando el entuerto a su manera.

      Cuenta Faulkner en una larga entrevista que escribió el quinto capítulo quince años después “para acabar de contar la historia y sacármela de la cabeza de modo que yo mismo pudiera sentirme en paz”. Así, el final es una crónica de lugares y personas que fija los principios y el final de la esta saga familiar. Una historia inagotable también para el lector que, según termina, puede perfectamente volver a empezar y leerla de nuevo con el mismo interés o más. Si Faulkner creyó que cuantas veces regresara a ella, tantas veces la cambiaría, el lector, leída la primera vez, podrá hacer otro tanto. El simbolismo, que ya está en el título (unos magníficos versos de Machbet), y que fluye a lo largo de cada página, el doble desafío del autor hacia él mismo y hacia quien lo acepte, impregnan cada línea. Y puede dar lugar al proceso en el que me doy cuenta que acabo de entrar: estoy enfaulknerizada, y es fantástico: ahora hay un montón de obras traducidas (no me atrevo con el inglés, de momento. Tal vez algún cuento).

      En cuanto a la trama, que yo muchas veces pienso que es lo de menos, uno de los placeres de la novela es irla construyendo. Si además has de desentrañar la gran cantidad de significantes, el sinfín de significados, lo que es historia, lo que es metáfora, donde ambas confluyen, etc., etc., tienes para unas cuantas lecturas apasionantes. Y con la que está cayendo, es todo un lujo.

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3 pensamientos en “El ruido y la furia de William Faulkner

  1. El prólogo del que leí era de Juan Benet, y no me enteré de nada, casi de tan poco como del libro, que sin embargo me tragué fascinado, y repetí, y pienso repetir. Tengo que repetir lo que he dicho en otro apunte, tu trabajo es extraordinario.

    • Faulkner decía que volvería a escribir “El ruido y la furia” y ya lo había hecho varias veces. Yo creo que es un libro de relectura obligatoria y constante. Contiene todo lo que Faulkner quería hacer y cómo. Es una obra muy ambiciosa para ser de las primeras, pero llegó muy lejos. Las palmeras salvajes las tengo en la repisa, siempre de las primeras para leer. Con otras, Absalón, Santuario, El villorrio…, lo cual me provoca un placer previo y un ligero apremio. Están todas al caer. Y a mitad del proceso, otra vez “El ruido y la furia”. Hay autores inagotables. ¡Qué gustazo!

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