Luz de agosto de William Faulkner

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Faulkner, narrador omnisciente en gran parte del relato, empieza y termina el libro siguiendo a Lena Grove, muchacha aparentemente ingenua, fresca, tenaz, que sale de Alabama buscando al padre del hijo que está a punto de parir, Lucas Burch -“ la gente siempre anda tras él, porque siempre está dispuesto a reír, a divertirse, interrumpiendo su trabajo, muy en contra suya…”-. Poco monólogo interior aporta Lena, pero a través del autor, de Armstid (uno de los que auxilió a los Bundren en su periplo hacia Jefferson para enterrar a la madre) y de su mujer, que la recogen y acogen en su camino, comienza ese poliedro en el que se convierten los personajes de Yoknapatawpha en base a las distintas voces que van construyendo trama y caracteres -voces secundarias, protagonistas y autor, que parece actuar más a modo de guía, de encauzador, que de creador-.

     Entre el primer capítulo y el último transcurren tres semanas. De esos 19 capítulos, restantes, catorce narran el viacrucis de Joe Christmas, llamado así por ser dejado en un orfelinato el día de Navidad, no por nacer en esa fecha. Es un vagabundo víctima desde su nacimiento de los prejuicios raciales, religiosos y machistas que vertebran la sociedad de Jefferson. Tiene sangre negra en sus venas o tal vez mejicana, en ningún momento queda claro, ya que las fuentes de información son los distintos personajes que van contando su historia, así como el propio Christmas que vive escindido por su doble de condición de blanco y negro. Siendo él también verdugo en esta tragedia sudista, muere víctima de la intolerancia y la incomprensión, a manos de un claro convencido de la supremacía, no ya blanca, sino blanca, americana (lo de norteamericana se da por sobrentendido) y militar. Al principio sabemos de la llegada a Jefferson de Burch, hombre pusilánime, tramposo y paradigmático judas a muchos niveles, y de la suya: después, seis estupendos capítulos nos hablan de su pasado hasta llegar a casa de la Sra. Burden, la yanqui amiga de los negros que, sin embargo, pertenece a la tercera generación en esa tierra hostil.

     Un tercer personaje de peso en esta obra es Hightower, pastor apartado de su oficio por la Iglesia, misógino y torturado por un pasado del que Faulner nos adelanta algo en el tercer capítulo por boca de Byron, tal vez el más generoso y desprotegido de los componentes de este fructuoso fresco. Es el confidente de Byron y gran parte del relato nos llega por el artificio de la narración de los hechos y de las emociones que Byron y los Sres. Hines le hacen en su casa. No obstante el francamente tragicómico origen de su determinación no sale a la luz hasta el final. A la luz de agosto que impregna de sudor, de olor a humanidad -bastante deshumanizada- todo el relato. También a esa luz es alumbrado el hijo de Lena.

     Es lástima no mencionar a todos, pero no se trata de hacer un estudio de Luz de agosto, aunque reconozco que, a lo hora de acabar el libro, empezar a mirar subrayados, conexiones, asociaciones, etc., asombra su riqueza y, casi, te encuentras leyéndolo de nuevo. El matrimonio Hines, su pasado y su papel en la tragedia, la Sra. Burden, cuyo abuelo y hermanastro fueron asesinados por Sartoris, los Srs. MacEacher, padre adoptivos de Christmas…

     Como siempre en Faulkner, cada línea argumental, cada nombre, cada acontecimiento es rica fuente de significados. No es que la trama sea lo de menos, pero la apariencia de verdad, el colosal mundo que va levantando en cada novela, sólidamente unido a ese condado de Yoknapatawpha, su capacidad para manejar las elipsis, adelantarlas, atrasarlas, la suspensión del tiempo que provoca con el manejo del tiempo, sus reflexiones al hilo de cada situación o sentir…, eso es un disfrute que no se puede transmitir, que hay que gozarlo.

     Entre otras cosas, de esta extenuante, casi pringosa, Luz de agosto, queda la imagen de un blanco negro, negro blanco que siempre veía ante sí una calle sin fin, oscura donde “en ninguna parte encontraba la paz. Y la calle continuaba, con sus cambios de carácter, con sus fases, pero siempre vacía.”. Sin embargo Lena sigue camino bien acompañada, parece que más por el placer de viajar, que de buscar. Atrás, Jefferson, la cabaña donde nació su hijo y un delincuente cruelmente muerto y mutilado.

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De A para X. Una historia en cartas de John Berger

De A para x

Llegué a John Berger hace muchos años y fue a través del cine, de Alain Tanner y sus Jonás que tendrá veinticinco años en el año 2000 y La salamandra, ambas con guión de ellos dos. Entonces, en sesiones continuas, dobles y maratones de los cines Griffith, veíamos películas de cine europeo, de cine de autor, independiente, antiguo, subtitulado, etc. También entonces, en mis queridísimos y añorados Alphaville -es que estoy lejos, aún siguen allí, aunque ¿cuánto durarán?-, se vendían en su difunta librería guiones cinematográficos (A años luz, Messidor, Rhomer, Wenders…), amén de carteles, fotos, libros… Pasar de los guiones a buscar sus obras respondía a una lógica natural. Además de su estupenda trilogía (Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag), tenía ensayos sobre arte, teatro, poesía y todo ello atravesado por una inmanente mirada política transversal y profunda de la que emanaba, y emana, una sorprendente humanidad contra viento y marea.

       Gratifica saber que sigue ahí, lúcido, generoso, perseverante, sin perder la luz ni la razón.

     De A para X es, entre otras cosas, una historia de amor y constancia. En ella, John Berger, joven incansable, pintor de origen (y tal vez de natural), experimenta con las formas, las cuales adapta a la necesidad del momento, sea la palabra, sea el dibujo, sea el silencio; audaz, no renuncia a ningún lenguaje, ni el de las manos, ni el del tacto, ni el de la ciencia. Todo vale en el arte porque la realidad es poliédrica y nuestras formas de expresión y comprensión son libres. Y este es también un libro sobre la libertad y las celdas. Sobre el amor y el cuerpo.

       Con un artificio tan antiguo en literatura como unas cartas encontradas, se desprende de su autoría y nos expone la relación entre un preso y su amada, que no su esposa pues la autoridades no les permiten el matrimonio. Cada uno pues, en su prisión. X es preso político y mecánico. Recoge apuntes de la realidad política o económica, análisis. A trabaja en una farmacias y sigue viviendo en su antiguo hogar. No se especifica el lugar. Podría ser Palestina, Turquía, Colombia… La principal voz es la de A’ida y su destinatario es Xavier. De su pluma sale este relato que es pintura, y es recopilación, y es la historia de dos que no pueden estar juntos, pero que siguen luchando, y que no están solos porque de los compañeros de la cárcel nos llegan ecos, y de los amigos, vecinos y sus vidas nos llegan noticias. Que ambos están presos de las circunstancias es evidente, que no es necesario dar nombre a sus carceleros, también: podría ser casi cualquier sitio. Poesía y política van de la mano por esta narración. Como matemáticas y pobreza. Como célula y celda. Una pequeña, agridulce y sutil historia, universal y necesaria, con una prosa que usa del verso, de la ilustración, de citas.., que lo aprovecha todo. Como A para X.

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