Sartoris de William Faulkner. Banderas sobre el polvo

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Lo primero dejar constancia del rebote que tengo por la ceremonia de la confusión que supone informarse de si Sartoris es Sartoris o Banderas sobre el polvo. Faulkner, durante tres años, buscó editor para Banderas sobre el polvo y, finalmente, aquel que lo aceptó, suprimió 40.000 –English wikipedia dixit– palabras, que no es poco, y la publicó como Sartoris. Posteriormente, en 1973, salió la versión íntegra con su título original, mucho más sugerente e indicativo. Entiendo que si la titutan Sartoris, ha de tratarse de la versión reducida, pero, leídos algunos artículos, en algunos de los cuales afirman, de manera confusa, que la edición de Alfaguara es la completa, no me queda nada claro.

      Es su tercera novela tras La paga de los soldados y Mosquitos. En ella empieza a levantar los cimientos de Yoknopatawpha y a presentar a algunas de sus familias -Sartoris, Snopes, MacCallum, Peabody…-. Ya empieza a saber Faulkner lo que se trae entre manos o, al menos, lo que se quiere traer. Aún no juega con las formas, pero gusta del desconcierto y de poner su voz al servicio de la voz interior del protagonista. La narración, en general, es lineal y el autor es absolutamente omnisciente, no obstante, mientras en un mismo capítulo narra distintas historias, acciones y circunstancias, describe distintos entornos con los saltos en el tiempo que le parecen pertinentes, en otros -especialmente hacia el final, en aquellos en los que seguimos la huida de Bayard nieto con los MacCullum hasta que coge el tren- la acción se centra en una sola historia y la seguimos ordenadamente.

      El personaje hegemónico está muerto. Se trata del coronel Sartoris, basado en su bisabuelo William Clark Falkner quien, como el coronel, llevó a sus tierras el ferrocarril, fue destituido por sus soldados y murió a manos de un socio. El coronel, a lo largo de la novela, aparece como “… fantasma arrogante que domina(ba) la casa y sus ocupantes e incluso el paisaje en su conjunto… ” .   Él, su hermano -difunto en combate de una manera la mar de temeraria y absurda- y su hermana nos son presentados en el primer capítulo y, a lo largo de las tres primeras partes, Faulkner va poblando Yoknopatawpha. Los nuevos vecinos que se extienden como una plaga silenciosa, los Snopes; los negros que aún siguen sirviendo, los que no quieren servir y, con ellos, el conflicto racial no resuelto, al menos no resuelto en favor de los negros, y las nuevas y lastradas formas de convivencia entre blancos y negros; el retorno de los soldados de la Primera Guerra Mundial a una tierra de lento “progreso” y las heridas del conflicto civil enquistado en esa zona; lo viejo, lo nuevo y lo podrido; los caballos, los coches y los chóferes de ambos; el güisqui de tapadillo y las reuniones en las casas de los ricos… Y los Sartoris, que son una casta destinada a la tragedia y el final de una forma de vida

      Volvió Faulkner a los Sartoris varias veces en sus obras. Son muchas las concomitancias con su vida y su familia. Aparte de su bisabuelo, hay rasgos de su hermano en Horace Benbow y, sin ir más lejos, él, como los nietos Sartoris, era aviador y dijo tener dos accidente en el ejército -no fue cierto-. Los personajes -la tía Jenny, John, Narcissa- van ganando profundidad a medida que avanzamos hacia un intenso final en el que, con celeridad, desaparecen los John y los Bayard Sartoris, así como su perezoso y esquivo sirviente Simon, dos estatus definitorios de la sociedad que termina. Son las mujeres de la familia quienes se demuestran como grandes vertebradoras de esta saga y únicas capaces de continuar: la incombustible Jenny y su continuadora, Narcissa, que ha ido cogiendo peso y consistencia sutilmente, partiendo ambas de distintas situaciones de desamparo y desarraigo. Quedaron cosas por saber de los Sartoris. Muchas están en la posterior Los invictos, pero será de antes de estos últimos Sartoris. ¿Otras en Banderas sobre el polvo?

       Y estupenda la traducción.

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Calidoscopio de Ana Mª Arellano Salafranca

Calidoscopio

Calidoscopio es la segunda colección de cuentos que publica Ana M ª Arellano, la primera, Menú de degustación, escrita en gallego -segunda lengua de esta autora afincada en Galicia desde 1978- hacía honor a su nombre con entrantes, dos platos, sobremesa y licores. Calidoscopio también se ajusta al título, no solo por la multiplicidad de miradas que como un “calidoscopio” intenta darnos en cada cuento, se ajusta, incluso, etimológicamente por lo bello de muchas de las imágenes que crea. Por ejemplo el sereno y sugerente amanecer de “Sábados perezosos” y, mi favorito, “Cumpleaños”, donde, sutilmente, se condensan muchas de las cualidades de Ana : sensibilidad hacia el otro o la otra, delicadeza en el trato, empatía y versatilidad -fundamental para “calidoscopiar”- y un profundo respeto. De ahí que se mueva con soltura y, sobre todo, naturalidad en temas más bien espinosos y difíciles que soslayan las etiquetas por su buen hacer.

       El primer relato que da título al libro está encabezado por una afortunada definición del simbólico instrumento:

      Tubo que contiene varios espejos de historias en ángulo y cristales de palabras irregulares; al mirar por uno de sus extremos se ven combinaciones simétricas que varían cuando se gira el tubo.

      Ya nos avisa de que son cuentos, si no corales, sí plurales. También, como las imágenes que cada uno ve por el ojo del instrumento, se demuestran intransferibles y exponen la incomunicación entre los cuatro puntos de vista definidos en sus distintas entradas. En el siguiente “El Palmo. Romance a tres voces” las voces se funden para caminar juntas, pero en soledad. La soledad transita por cada uno de los relatos. Y la fatalidad -no tan inocente- determina “Semáforo” y “Juego de espejos”; el aislamiento, las tan dispares y duras posiciones de “En tiempos de Bonanza”, tres posiciones correosas de contar y resueltas sin ñoñerías ni lugares comunes; el desengaño respira en “Despertares asonantes”; el juego, un poco perverso, en “Anatomía figurativa”; la sensualidad y la sexualidad entre traviesa y culpable en “Cuando saltan los delfines”.

         Un libro sumamente grato, pero no por eso sencillo. La palabra fluida y nada impostada con que narra Ana Arellano suena a esas historias que se cuentan en voz baja para que se recuerden.

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