De ratones y hombres de John Steinbeck

Deratonesyhombres

 

Muchas son las historias que debió conocer Steinbeck de primera mano mientras iba tirando con los trabajos ocasionales que le permitirían, cada vez más, dedicarse exclusivamente a la literatura o el periodismo. De ratones y hombres fue escrita en 1932 y fue concebida, desde un principio, para el teatro. En la primera entrada, el autor sitúa la acción y, desde la primera línea, acentúa su carácter simbólico, ya explícito en el título: “Unas millas al sur de Soledad…”. La escena transcurre a la vera un río y, como en una tragedia griega, transmite lo indefectible de un final dramático. La indefensión de uno de los protagonistas, Lennie, grande, fuerte, pero corto, muy corto de luces, comparado desde el principio hasta el final, de forma objetiva pues se quiere ilustrativa, con un oso, un caballo, un coyote, un perro…; su relación de amistad, lealtad y dependencia con George, un tipo normal y la cita que establecen para, ante cualquier altercado, encontrarse en ese mismo lugar nos preparan para un desenlace fatal. Eso y el determinismo inmanente a la obra de Steinbeck. El destino de los pobres. En los siguientes capítulos, la trama discurre en interiores poco iluminados, cerrándose en el último de nuevo a orillas del río.

     El título procede de un poeta escocés del siglo XIX, Robert Burns

…Los planes mejor trazados de ratones y hombres / se tuercen a menudo / no dejándonos sino dolor y tristeza / en vez del prometido gozo.

     Y a lo largo de la obra, ratones y hombres, o perros y hombres, o serpientes y hombres…, el paralelismo se desarrolla al compás de los acontecimientos. Los personajes, tipo, son descritos por un narrador que se quiere ajeno, refiriendo unos hechos de los que nosotros y especialmente George y Slim -el prototipo del hombre mesurado, cabal e inteligente-, a modo de hado, prevemos el desenlace. La vulnerabilidad de muchos de los personajes; sus porqués -tanto el pusilánime Curley como la malparada única mujer, eva tentadora, pero inocente, tienen motivos para su forma de actuar-; sus sueños, sobre todo sus sueños, olvidados, renacidos o atisbados, esos sueños que formaban parte del Gran Sueño Americano -hasta Crook, el negro relegado sueña por un momento-; todo ello queda expuesto, concitando nuestra comprensión y, al mismo tiempo, evidenciando las limitaciones de cada uno, su reducido o nulo ámbito de actuación.

     Una pequeña catarsis de carácter social y determinista. Una de las historias que el cronista de Las uvas de la ira pudo cruzar en su camino. Una relato de amistad, donde la solidaridad apenas si se contempla y donde la esperanza es un saco roto.

Steinbeck

Anuncios

La fotografía de Penelope Lively

cubiertacontrase–a16d.indd

Llegué a La fotografía por una entrevista en El País a propósito de la publicación de esta obra por la editorial Contraseña, si bien la edición tiene diez años de retraso respecto a su escritura. El punto de partida, un gesto capturado al azar en una fotografía, me recordaba la foto que desencadena la trama de Blow up, pero desde un punto de vista muy diferente y, a mi entender, interesante.

     Se trata, en un principio, de una súbita intromisión del pasado que cuestiona completamente la visión que de él se ha tenido hasta ese momento, obligando a varios de los protagonistas de esta trama a revisitarlo y recomponerlo. Una fotografía que aparece con la indicación en el sobre que la contiene de ser destruida hace que Glyn Peter, elocuente y mediático historiador del paisaje, necesite reconstruir la convivencia con su difunta esposa, así como la imagen que de ella guarda. Para ello recurre a los mismos mecanismo que utiliza en la reconstrucción de los distintos momentos por los que pasa un paisaje o lo que resulta ser casi igual, una imagen, En este caso la de Kath. Esta labor requiere de trabajo de campo y, con ello, el acercamiento a las distintas relaciones ajenas a ambos que ella tuvo. El resto de los personajes atañidos por el acontecimiento desvelado responden a su manera y alguno reacciona eludiéndolo. Por los 20 capítulos van desfilando las personas más, aparentemente próximas, a la nueva esposa, a un tiempo investigada y descubierta.

     Con un lenguaje principalmente descriptivo, incluso en las reflexiones de los personajes, la omnisciente narradora va dando una visión calidoscópica de Kath, interlocutora silenciosa de Glyn y de su hermana, de la que recibimos una idea un tanto tópica, por más que esté llena de interrogantes, desde unos personajes fríos y, si se quieren analíticos, poco profundos en sus reflexiones. Una serie de profesionales de clase media alta, muy actuales, muy ocupados, entregados a sus trabajos en cuerpo y alma, y ajenos a otro tipo de necesidades que se pretenden o insinúan en Kath o en Nick, el cuñado.

    Penelope Lovely escribió durante años para niños, pero ya hace más de 25 que únicamente lo hace para adultos. Ella también realizó un estudio sobre el paisaje y, aunque los planteamientos que mueven la obra -identidad, memoria, pérdida, huida- apuntan cuestiones susceptibles de captar, no solo la atención, sino de despertar preguntas, resultan insuficientes o vanos. Hay atisbos de inquietud, pero ningún desgarro. Le falta lírica o un discurso arriesgado que, pudiendo haber sido el de la mujer ausente, queda también él ausente. Quizá más adelante, en Moon Tiger, su obra más recomendada.