Delirio y destino de María Zambrano

Delirio y destino

Cuenta María Zambrano en su escueta presentación que escribió este libro en Cuba a comienzos de los años 50 llevada por un impulso que quizá respondiera “a una llamada misteriosa del viejo continente” al tener noticia de la convocatoria de un premio del Institut Européen Universitaire de la Culture para una novela o biografía . No lo ganó, si bien recibió “una Mención de Honor y se recomendó su publicación”. No se trata, en absoluto, de una autobiografía al uso, algo de esperar en esta gran filosofa poeta. En primer lugar, en su afán de objetivizar y “desentrañar” esos años, en todo momento se refiere a si misma en tercera persona y rara vez especifica los nombres de aquellos que estuvieron con ella codo a codo o enfrente. Únicamente llama por su nombre a sus mayores -o los que ella considera sus mayores-, tanto próximos en el tiempo (Ortega, Valle-Inclán, Unamuno…) como lejanos (aquí el abanico es muy amplio y va desde su reivindicado Galdós -tan denostado en aquellos tiempos- a Empédocles, San Juan de la Cruz, Zurbarán y un largo etcétera.)

     Delirio y destino. De hecho, los Delirios dan título a la segunda parte de la obra y la primera se titula Un destino soñado, pero no puedo evitar señalar lo mucho que de delirio hay en la explosión de alegría, de alucinada esperanza -esa esperanza zambraniana que esclaviza- que estalla en España ese olvidado 14 de abril de 1931 y que con tanto entusiasmo relata.

     Por supuesto no comienza dándonos noticia de su nacimiento, los datos no son importantes, comienza dejando constancia ya en el título, Adsum, de que está ahí, de que nace y es, mas ¿qué significa nacer?, “¿un sacrificio a la luz?”, y cuánto cuesta ser. Dice de “ella”, arrojada a la vida, lo difícil que le resultó incorporarse al mundo, su necesidad de la filosofía como herramienta para comprender, para comprenderse, de sus idas y venidas de la vida real. Y lo cuenta con esa mezcla de poesía, filosofía y humanidad que impregna todos sus escritos. Con su estilo, propio y único, entrevera su historia y la de aquella generación de jóvenes que creyeron poder cambiar el destino de nuestro país, y la Historia de España, esa España tan necesitada de un cambio. “Era el momento, el exacto momento de la unidad europea”. Su ser y el ser de España. Su incorporación a la política (lo real) y el alejamiento español de una evolución que a tantos les resultaba natural y lógica. Pero “… descubrió así que la ley es una decepción de la esperanza, (…), que la justicia no basta”. La enfermedad forma parte de su biografía y de la nuestra, mas, a nivel personal, llega a considerar que la enfermedad le concede un regalo: tiempo. No es así con España. El tiempo le permite pensar, estudiar, dedicarse a la lectura, profundizar en lo que tanto desea. Con la salud vuelve la vida de verdad: un Madrid efervescente, el cine, el Prado, los mítines por pueblos y ciudades… Es la hora de desencantar a Dulcinea “la esencia perdida, ofreciéndole su adecuada forma”.

     Su participación más activa comienza con el final de la dictadura de Primo de Rivera y desde entonces nos conduce, a través de su singular pensamiento político, hacia el sacrificio inútil de una generación que se queda sin tiempo y sin espacio. Apenas 4 breves capítulos tras la proclamación de la República. Nada acerca de la Guerra Civil. Cruza la frontera, primero a Francia -el miedo-, luego a Cuba… La agonía de Europa a través de la de su madre que está París los días del repliegue de las tropas francesas durante la Segunda Guerra Mundial. El regreso y la figura de su hermana, Antígona, arrastrando la tragedia.

     En alguna parte del libro dice de la meditación “que es adiestramiento”. Pues bien, la meditación ha terminado. Dice también de la poesía que “es un orden del delirio”. Nueve delirios componen la segunda parte. Primero el de la paloma, que quiere volver a España cuando no osó hacerlo. Sigue La loca,  La del Dulce nombre y otros seis preciosos cofres diversos, merecedores de comentarios y relectura. El último, De vuelta el Nuevo Mundo -optativas e igualmente válidas las minúsculas- y el anterior un precioso poema dialogado en prosa, El cáliz (¡ay, San Juan, San Juan, cuánto bien le hiciste a la literatura!).

     No es fácil, pero es imprescindible. Para mi, como tal queda.

María Zambrano

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