Santuario de William Faulkner

Santuario

 

Tras El ruido y la furia y Mientras agonizo, escribió Faulkner Santuario. A su decir en una segunda edición de 1932 -después de desechar una primera que, según el editor, les hubiera conducido a la cárcel, se publicó, retocada, en 1931-, la hizo por dinero. Seguro que es cierto, pero volvió sobre ella en el 58, corrigiendo errores de las anteriores. Existe, también, una posterior a su muerte en la que Random House recupera la original, la de 1929. Es indudable que esta obra quiere llegar a un público más amplio ya que los retos creativos, los juegos con el tiempo y los puntos de vista, la reconstrucción que el lector ha de hacer de la trama, etc. casi han desaparecido, en consecuencia el simbolismo, las implicaciones, la psicología de los personajes son, indudablemente, menos sutiles, resultando más escabrosa por lo truculento de los acontecimientos narrados.

     La novela consta de 32 capítulos y podría dividirse en 2 partes y un epílogo. La primera serían los 15 iniciales. Comienza con un hombre que llega caminando a la vera de un río y se encuentra con un individuo de aspecto amenazador, no tanto por su físico, peculiar, como por su actitud. Con él se dirige a un caserón que parece abandonado donde vamos conociendo a varios de los protagonistas. Todo transcurre ordenadamente: el caminante es Horace Bendbow y lo seguimos hasta que encuentra a Gowan Stevens. “Basta poner un escarabajo pelotero en alcohol para conseguir un escarabajo sagrado y si se pone en alcohol a un hombre del Mississipi se obtiene un caballero…”, opina sobre él Horace con la tía Jenny -ambos ya conocidos en Sartoris-. Gowan es el motor de arranque de todos los acontecimientos y el primero en poner pies en polvorosa en cuanto es consciente del peligro; es amigo y pretendiente de Narcissa Sartoris y acompaña a una jovencita universitaria, Temple, con quien nos reconduce a la casa del principio donde se desata la primera tragedia -doble-.

     Hasta aquí quedan expuestos los hechos -no tan asépticamente, claro, es Faulkner, pero sí con una eficiencia casi lacónica en ocasiones-. En todo momento se intuye la inminencia de algo terrible, pero más por las descripciones y los diálogos, que por lo que los actores piensan y el autor transcribe.

     Del XVI en adelante, son Horace, sobre todo, y Temple los principales hilos conductores. Él como abogado más bien ingenuo, sin duda escrupuloso -en sus reticencias, en lo desasosegado de su ánimo, en el cumplimiento de sus obligaciones- y siempre mediatizado por las mujeres de su vida -su esposa, su hermana, la compañera del acusado y el binomio Temple/Belle: la joven mancillada y su joven hijastra-. Ella como víctima y, demoledor, como manipulada testigo de cargo. Es posible que esto no le gustara éticamente a Faulkner, pero no lo cambió.

     El capítulo XXXI cuenta la historia del ejecutor del crimen que da lugar al inmisericorde drama.

     Indudablemente el título no puede ser sino una ironía. No hay ningún templo para albergar a ningún santo, aunque si que hay una culpa que se paga erróneamente. No hay nadie limpio, excepción hecha del primer muerto, un deficiente -otro más, Benjy, Vardaman…- y el niño enfermo y adormilado que la supuesta mujer del defendido lleva consigo a todas partes. La pretendida pureza de Bendbow pasea siempre por el filo de la narración con el ambiguo amor a su hijastra. La inconsistencia de Temple -es una adolescente apenas- está repleta de sombras. El mal está en cada uno de los personajes y no hay generosidad hacia ninguno de ellos. Ni siquiera en los nombres. El acusado Goodwin -buena victoria-, Temple es un cruel sarcasmo, Popeye, el propio abogado: Bendbow (inclinada reverencia). Nada ni nadie sale bien parado. La justicia, la política -aquí encontramos un senador Snopes, esa familia tan extensa y tan poco querida en Yoknopatawpa-. Todo es negro. Muy negro. De novela negra. Aquí la gente de color no juega ningún rol, el único es por referencia y como contrapunto: un preso al que van a ahorcar al día siguiente por asesinar a su cónyuge. Pobres mujeres las que recoge Faulkner. Merecen un capítulo aparte. Y un par de escenas dolorosamente cómicas -una protagonizada por otro Snopes en una casa de citas y un funeral mafioso-. Más que un santuario, asemeja un infierno, mas con algún claro oscuro.

     Dicho esto, es una novela estupenda. Menos experimental, literariamente menos arriesgada, pero no me creo que Faulkner abominase de ella, salvo en lo moral, pero ese es otro asunto y da para mucho. No deja títere con cabeza.

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4 pensamientos en “Santuario de William Faulkner

  1. Una reseña extraordinaria. A mí me parece que, a pesar de ser más explícita, sigue teniendo la esencia de la marca Faulkner. “En todo momento se intuye la inminencia de algo terrible”. Puestos a recomendar, aunque no es ninguna novedad, no sé si conocerás la coleccion de Relatos que publicó Anagrama.

    • Los tengo en el estante de pendientes, aunque sí me leí, de ellos, los que dieron lugar a los invictos. Y me reconcilié con esa preciosa versión de Oh que será, hacía mucho que no la revisitaba (Ana Manuel fue la culpable, elige bien claro, pero…) y…, fantástica. Qué maravilla de voces y qué contraste…

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