Las palmeras salvajes de William Faulkner por Jorge Luis Borges

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Faulkner publica Las palmeras salvajes en 1939. Su apuesta más arriesgada hasta el momento había sido El ruido y la furia, 1929, obra que siguió en su cabeza y a la que añadió un capítulo quince años después de publicada. Desde entonces Yoknopatawpha no había hecho sino crecer en historias y habitantes, sin embargo Las palmeras salvajes no transcurre allí, sino en lugares con sus nombres reales y un río, el Misisipi -o Misisipí, como gusta de traducir Borges- conocido como El viejo y que da nombre a una de las dos historias que constituyen esta obra. El título que Faulkner había elegido era un verso del Libro de los salmos, del salmo 137, Si me olvidare de ti, Jerusalén, pero el editor impuso el de uno de los dos relatos. Tremendo y bellísimo salmo que sigue  “pierda mi diestra su destreza / mi lengua se pegue a mi paladar…” Y tremendo es todo en estas dos narraciones que, a decir de Faulkner bastantes años después de haberla escrito, fueron alimentándose la una a la otra en función de la necesidad que requería la obra, sin llegar a cruzarse ni en el tiempo ni en el espacio, esas dos dimensiones y obsesiones de su literatura, si bien el destino de ambos protagonistas acaba siendo el mismo y en el mismo sitio, aunque por motivos muy distintos.

        La traducción que he leído es, sorprendentemente, la única que hay. Ciertamente no es de cualquiera, que la firma Borges, pero:

– En sus ensayos autobiográficos  hace referencia a haber trabajado en ella y también a que su madre había hecho algunas traducciones consideradas suyas entre ellas Faulkner.
– Está hecha sobre la edición inglesa en la que los editores Chatto y Windus pulieron expresiones malsonantes -incluida la frase final-.
– Ël mismo dice haber modificado algunos diálogos entre Harry y Carlota por encontrar a Carlota demasiado masculina y viceversa, así como haber jugado con el estilo directo en indirecto en la historia de El viejo para aclarar el caos faulkneriano.
– En la época de su traducción sentía un cada vez más profundo rechazo por la novela y otros pormenores que no vienen al caso, además de tener un personal concepto de la traducción..

        Vamos, que no estaría de más otra versión menos personal -reconociendo el valor de esta pues no en vano autores como Onetti y Márquez reconocen en ella una profunda influencia- y sin otro objetivo que transmitirnos a Faulkner.

      Apuntado lo anterior, este experimento no deja de ser Faulkner en un sui géneris contrapunto que aspira al equilibrio en medio de la desmesura. La voz de un autor que todo lo sabe arranca el relato primero, Las palmeras salvajes, presentando a un doctor profundamente convencional y su señora, una mujer gris, muy gris. A continuación aparecen sus inquilinos, la pareja protagonista, Harry y Carlota, pareja peculiar y a todas luces adúltera. El siguiente capítulo corresponde a El viejo, en él nos son presentados un penado alto, flaco, sin barriga…, otro bajo y rechoncho, el flaco, preso por creer a pies juntillas las novelas baratas de héroes poco ejemplares e intentar emular sus actos, el segundo encerrado por credulidad, ignorancia y mala suerte. Los quijote y sancho del Misisipí. Un total de diez capítulos, cinco y cinco, intercalados y enfrentados. Una fatalista historia de amour fou, cargadísima de tintas, profundamente obscena para la moral de la época, frente al absurdo periplo de un preso por volver a sus cadenas. Dos viajes, una huida frente a un regreso. Las fuerzas interiores y las fuerzas de la Naturaleza. El amor y el dolor, la libertad y el encierro. Dos hombre vírgenes frente a unas mujeres incognoscibles (¿para Faulkner también?). Carlota, “una inundación violenta y amarilla”, “un halcón“, “más caballero”, radical, probablemente madre doliente, no obstante al mirarla las reflexiones de Harry no son tan románticas cuando se admira de  “la habilidad de las mujeres para adaptar lo ilícito y aun lo criminal a un molde burgués de decencia“; la mujer que rescata el penado, en un momento, vista como “esto, de toda la carne de mujer que anda por el mundo, es lo que me toca en un bote huido”. Ambas madres, ambos inexpertos. Harry que llega a disfrutar escribiendo novelas baratas, el penado que caza cocodrilos a cuerpo. La narración va creciendo y en los capítulos 3 está en su esplendor. Hay párrafos magníficos y la lejanía de los paisajes sitúa las dos narraciones en su nivel más intenso y también más confrontado. Da para mucho, pero esto solo es una breve reseña. Resulta toda una diversión de lector ir ajustando la balanza entre capítulo y capítulo y llegar al final, enhebrando la ironía que flota por el libro como si una inundación de imposturas entre Faulkner y Borges nos llegara a la cintura.

 

William-Faulkner-Hollywood-Odyssey-Meta-Carpenter-3_0Borges y su madre

 

 

La especie humana de Robert Antelme

LA ESPECIE HUMANA. ROBERT ANTELME

 

Cuenta Marguerite Duras al final de su narración El dolor que L., Robert Antelme, una vez escrita, impresa y editada La especie humana “… no vuelve a hablar de los campos de concentración alemanes. No pronuncia nunca esas palabras. Nunca más. Nunca más tampoco el título del libro.” La escribió de un tirón, llevado claramente por un ansia íntima, la misma que le impulsó, enfermo, exhausto, moribundo, a contar y contar sin parar a los dos compañeros que lo fueron a buscar y lo sacaron de Dachau, su relato, su relato terrorífico  y reivindicativo, reivindicativo de la pertenencia de todos y cada uno a una sola especie humana a pesar de la voluntad nazi. Si era una convicción, una necesidad o un deseo, que lo valore cada cual.

        Este libro no es literatura. La única figura literaria que compete a Antelme es la de L. que conduce y cataliza el personal relato de Duras casi cuarenta años posterior al de su entonces marido. La especie humana responde a una necesidad personal del autor o, más que del autor, del superviviente, del ser humano que busca subvertir la finalidad de los SS de acabar con determinados grupos de prisioneros negándolos como hombres. El casi memorándum está dividido en 3 partes. La primera describe el traslado desde Buchenwald a un Kommando del campo de concentración de Gandersheim donde el trabajo se desarrolla sin un objetivo definido, bien al aire libre del frío y lluvioso invierno trasladando tablones, bien en la fábrica suministrando material de guerra que al final no llega ni sirve al propio ejército alemán. Analiza el perfecto funcionamiento de la maquinaria nazi que parte de una premisa fundamental: “Les niega como hombres, luego no hay relaciones humanas”. Y lo cierto es que el desarrollo de la narración de los acontecimientos confirma la efectividad. Si en la primera parte hay nombres con recuerdos, circunstancias personales, atisbos de humanidad en algunos -pocos- “rehenes” alemanes o del bando alemán, a medida que la guerra se va acabando, que la derrota germana va demostrándose más inexorable, a medida que han de huir conducidos por sus carceleros, la identidad se va perdiendo. “La jaula de huesos es débil, ya casi no tiene carne encima”. Desde su aún presente compromiso político analiza los mecanismos que hacen girar las relaciones en ese entorno. La presión y la denuncia necesarias de unos -los presos comunes alemanes, los que entienden su idioma, los cocineros, los que saben un oficio…-, el hambre, la enfermedad, la falta de higiene…  “La conciencia de clase, el espíritu de solidaridad son la expresión de cierta salud que aún conservan los oprimidos.” No ahorra los sufrimientos, el infierno en la tierra, un infierno en el que  “… el SS no sabe que al mear uno se evade”, un infierno en el que el preso acaba convertido en un ser indefenso reducido a sus necesidades físicas, a sufrir y pelear por soportarlas, un infierno donde la muerte proviene muchas veces del azar. La segunda parte, La carretera, es el repliegue de las fuerzas alemanas con los prisioneros que sobreviven al inmisericorde traslado hasta Dachau. Aquí los pocos con algún signo de identidad se van muriendo, perdiendo, desapareciendo. No obstante Antelme se aferra a la pertenencia a una sola especie, la humana, a la que los SS cuestionan y quieren cambiar. Pero el político humanista que Antelme consigue mantener vivo no se rinde: “… El poder del verdugo tan solo puede ser un poder más del hombre: el poder de matar. Él puede matar a un hombre, pero no puede transformarlo en algo distinto”. El final es la espera por los vencedores y es también el anonimato. La soledad de cada uno con su cuerpo destrozado, su dolor, sus fluidos, sus piojos que forman parte de la ropa y de la carne…

        Un libro tremendo. Más parece una pulsión de Antelme por vivir, por sobrevivir, ese invocar a nuestra especie, mientras describe con precisión e impiedad cada una de las iniquidades y abyecciones a las que vivieron sometidos. Y más parece por por Gaza, por Siria, por tantos sitios, que los campos de exterminio solo se están rediseñando, aunque somos solo la especie humana. No sé, lo mismo sería un alivio saber que hay otra.

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