El secreto de Christine de Benjamin Black

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Reconozco mi debilidad por los escritores bifrontes. Antes fueron muchas mujeres, Bronte, Eliot, Sand y otras, pero no era lo mismo. Después Roman Gary y Émile Ajar que se la jugó a los críticos con su Goncourt y tampoco era lo mismo, aunque lo tuvo que disfrutar de lo lindo, solo que de otra manera. Ahora Banville. Otra vuelta de tuerca.

Benjamin Black nace de la mano de John Banville a sus sesenta años y se presenta al público en 2006, un año después de ganar el preciado Booker con “El mar”. De Black, autor de novela negra, dice Banville que puede irse a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez dos mil, y disfrutar con ello, mientras que bajo el sombrero de Banville puedo escribir doscientas al día, sobre si esto es menosprecio hacia los escritores de este género, repone, entre otras cosas, que Simenon escribía sus obras en 10 días y eran obras maestras. Black es más rápido, Banville más elaborado.

Esta es la primera y en ella conocemos, desde la tercera persona, a su peculiar -y peculiaridad, rareza, se llama: Quirke- sabueso, cuyo pasado se nos irá desvelando a lo largo de la trama. No es un policía, no es un detective, es patólogo forense, la muerte, la noche y el alcohol son sus elementos. Es alto, muy alto, grande; a decir de Banville, es su antítesis y tiene mucho de Black, si bien no acierta a recordar si es rubio o moreno, por lo que con el tiempo lo ha ido dejado calvo. Todo empieza con un bebé que es trasladado a Boston y el cadáver de Christine Falls en el depósito donde trabaja Quirke. Por razones familiares este cadáver despierta su interés y a partir de ahí se extiende una red de sospechas que van cobrando cuerpo a medida que el forense busca satisfacer su curiosidad en una especie de ajuste de cuentas que él mismo no termina de entender. Al tiempo Black, nos acerca al personaje, huérfano, ahijado del gran juez Griffin, etc. -es mejor saberlo a medida que se lee-. Este personaje con un ritmo de vida diferente a la mayoría, viudo no se sabe si afligido o perplejo, amargo e irónico, actúa, y el autor nos hace partícipe de sus reflexiones, sus miedos. E inevitablemente a veces es portador de una poesía acerada y oscura dibujaban arabescos de fantasía en las paredes, que a él le recordaban vagamente las células de la sangre comprimida entre dos láminas portaobjetos bajo un microscopio. Los demás -no sé si a Borges le parecerían un número suficientemente discrecional de personajes- actúan y el narrador nos guía por actos, sentimientos e intenciones, en un ambiente lúgubre donde las principales víctimas son los niños y las mujeres en manos de una iglesia y unos poderes políticos y económicos irlandeses a nivel transnacional: Dublín y Boston, años cincuenta. Todo transcurre rápidamente. Una prosa ágil, en un ambiente de humo y humedad en Irlanda, artificioso y nevado en Boston, con historias brillantes de tristeza y desamparo como la de Andy y Claire Stafford, con el punto álgido en el capítulo 9, parte III, donde la relación de Andy, chófer, con la gran familia Crawford a través de Phoebe y el reencuentro de la pareja es narrado con una efectividad, un nervio y una plasticidad  sobresalientes. Como toda la novela.

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2 pensamientos en “El secreto de Christine de Benjamin Black

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