Al faro de Virginia Woolf

AL FARO

 

Abre la novela y abre con un capítulo titulado La ventana, una vez esta abierta van desfilando los personajes que habitan esta casa de veraneo en el mar. Arranca con la firme voluntad de ir al faro “… si hace bueno”. Y dos son los faros sobre los que pivota esta novela, el real, al que con todas su ansias infantiles quiere ir James, hijo de Mrs. Ramsay, y el que orienta todo y a todos cuantos se mueven allí, la propia Mrs. Ramsay. Al primero no se llega hasta el tercer y último capítulo -no es una novela de intriga, puedo contarlo- y el segundo faro, la principal dama, brilla especialmente -eso sí, durante 116 páginas de 197- en el primero.

     Con consumada habilidad en el manejo del monólogo interior de los personajes, cambia de la primera a la tercera persona describiendo el entorno, recogiendo reflexiones, impresiones, sentimientos de las distintas voces, creando una malla de relaciones, deseos, pequeñas frustraciones, grandes fruslerías y apuntalando, en resumen, las distintas perspectivas de los acontecimientos, de las emociones, de las personas. Tras Mrs. Dalloway Virginia Woolf se encuentra cómoda escribiendo, la novela fluye … me parece que ahora puedo sacarlo todo a flote; y “todo” es una considerable multitud y peso y confusión en la mente. El pretexto primero de su contemplación son sus padres, con el transfondo de hijos e intelectuales varios, añejos, machistas e incluso misógino alguno que otro. Sobre estos últimos apuntaba, con su personal ironía, que gustaba de verlos y oírlos de cerca Si no los veo, los idealizo. Esta reflexión la subscribo y me la quedo. Julia Stephen es Mrs. Ramsay, mujer de clase alta, convencional y perfecta, atenta servidora de su marido y alma mater en el funcionamiento del mecanismos aparentemente perfecto, aunque chirriante, que es su familia, siempre girando entorno al bienestar del padre, hombre caprichoso, iracundo, egocéntrico y más limitado de lo que él se piensa -no así los demás-. Si en un principio comenta en sus diarios que querría escribir básicamente sobre su padre, es sobre su madre sobre la que descansa la estructura familiar y también de la obra. De ella dijo que apenas consiguió estar nunca en su compañía más de 15 minutos, lo cual aclara su anotación sobre la protección maternal que, por alguna razón, es lo que más he deseado que me dieran todos. Y algo de esa hija observada con curiosidad por la señora de la casa hay en Lily Briscoe, de la que se vale Virginia Woolf para observar a Los Ramsay y demás satélites, y para reflexionar sobre el arte, la forma particular de buscar la luz, el color, la atmósfera, el tiempo, la esencia en su cuadros -Lily es pintora, como Vanessa Bell, hermana de Virginia- que no deja de ser una autoreflexión imbricada en toda la vasta mirada que la autora dirige al pasado y al presente. El tiempo y el arte, el arte y la vida, paisajes, luces, sombras, palabras, silencios… El todo de la obra que ella busca infatigablemente. Aún entonces.

     Dos tiempos marcan también la obra. El último afirma la posición de Lily, la recoge encontrando algo que había olvidado que buscaba. Es quizás el presente de Virginia Woolf que, con su padre vivo, no habría podido escribir. Los Ramsay del final no son lo mismos. Han pasado la adversidad y la Gran Guerra también por ellos. Faltan algunos. Los jóvenes han crecido y se someten al padre con dificultad. Mr. Ramsay no parece haber cambiado. Lily consigue apresar lo inaprensible, tal vez.

     Una excelente novela que a decir de la autora acabó resultando un exorcismo hacia sus padres, pero que, datos biográficos aparte, pues son absolutamente prescindibles, recoge la imagen de una mujer que es casi una efigie, tras la que tal vez se pueda intuir un algo soñador o perdido -Julia Stephen, al igual que él, era viuda cuando se casó con el padre de Virginia- mas ese algo está totalmente controlado, dedicada como vive en cuerpo y alma a los demás, y, esencialmente, al marido. Diríase que ese es el pacto. Un estilo de vida que ya entonces era contemplado por Virginia Woolf como caduco. Una narración rica, inteligente, suavemente irónica, poética, en la que cada página encierra un sinnúmero de detalles para disfrute del lector o la lectora.

0e4c00f98ecf41903a765105695d4a9b

84, Charing Cross Road de Helene Hanff

descarga

 

Cayó este libro en mis manos por azar. Durante unas vacaciones extemporáneas, unos grandes anfitriones cuya biblioteca me dio inmediata confianza me lo prestaron para un par de días de playa y dolce far niente. Una vez leído y preguntado sobre él a algunos amigos y amigas, amantes de los libros en todas las dimensiones -como en todo hay diversas dimensiones y tamaños-, casi me avergoncé de no saber nada sobre él. Sí me sonaba que había una película, pero no más, me sonaba.

       Toda la información acerca de la autora y el libro aparece al final, en un Post Scriptum, como en mi opinión debería de ser en la mayoría, si no todos, de los libros. Claro está que siempre le queda al lector o la lectora, la libertad de saltárse el prólogo olímpicamente y leerlo después si el libro se lo merece. Y en 84 Charing Cross Road, si está al final, es por algo más que mi mayor o menor disgusto, es por necesidad, porque le añade un encanto particular a la historia, si bien no hace entrar a la autora en el Top10 o Top100 de Harold Bloom -por ejemplo-.

         Se lee como una novela de epistolar -en las antípodas de Las amistades peligrosas- con dos redactores básicos y empieza en octubre de 1949 extendiéndose hasta 1969. Comienza con la petición de unos libros agotados y desde la primera carta queda claro, tanto por las formas como por el contenido, que la redactora no es una persona al uso ni dispone de grandes posibles. Es una mujer autodidacta que vive en Nueva York y, poco a poco, vamos conociendo su contexto. Del librero deducimos que es vocacional y, a medida que se amplía la panoplia de receptores y destinatarios londinenses, sabemos más sobre él y sobre la realidad que en su país se está viviendo, sobre la posguerra. Se crea un entramado de relaciones a través de los libros y la solidaridad que bien podría llamarse amistad. Y un nexo especial entre Helen y Frank Doel -tardamos varias cartas en saber su nombre- al que, por distintas vías, se suman otros trabajadores de la librería, su familia e incluso alguna vecina. Y Helen fantasea con ir a Londres tras un golpe de fortuna…

       No vale la pena decir más al respecto, sí vale la pena leerlo. Cualquier tarde -o mañana o noche- que no sabes muy bien dónde parar (si en casa, si en un libro o en otro, si en esta música o aquella…), tenlo a mano y empieza a leerlo como quien no quiere la cosa, pues al final, la cosa tiene mucha miga y es deliciosa.

images