Orlando de Virginia Woolf

Orlando

 

Virginia Woolf ha entrado en su periodo más prolífico y va creciendo como escritora. Entre Al faro y La olas, siguiendo tal vez y en parte un consejo de su amigo Lytton Strachey, Deberías coger algo más loco, más fantástico, una estructura que admita cualquier cosa, como Tristram Shandy, emprende algo más ligero, algo que suponga una diversión y un descanso entre estas dos novelas no por perfectas, en el sentido de acabadas y acabadas conforme a lo perseguido por la autora, menos experimentales en su época. Virginia va creando y profundizando en su propia narrativa, en la creación de una literatura acorde a un visión personal siempre en movimiento y al mismo tiempo fijando el instante, el entorno, la vida, acorde a una percepción intuitiva transmitida a través de las palabras, a una experiencia si no bergsoniana, muy proustiana. Leonard Woolf afirma que su esposa no había leído a Bergson, pero sin duda, estando tan próximo lo que ella buscaba del pensamiento poéticofilosófico de este, estando el filósofo tan en el candelero como para que sus conferencias estuvieran abarrotadas, es imponsible contemplar que lo ignorara.

      Al faro, personalmente, resulta para Virginia una especie de exorcismo literario con el que logra despegarse del lastre emocional que sus padres suponen para ella, una afirmación del camino que ha emprendido en lo que ella no está muy convencida de llamar novela y, también, un espaldarazo en cuanto a público y, en general, críticos se refiere. Su relación con Vita Sackville-West está en su momento más álgido y le dedica esta obra. Cuenta en su diario que visitando la mansión y los campos de Knole de Vita, al preguntarle Virginia cómo veía aquello, sus propiedades, ella contestó … como algo que había sucedido durante cientos de años. Habían traído madera del parque para llenar las grandes chimeneas durante siglos; y sus antepasados habían paseado así por la nieve con los perros correteando a su lado. Todos esos siglos parecían iluminados, el pasado expresivo, coherente; no mudo y olvidado; pero una multitud estaba detrás, no muerta en absoluto; nada notables; rubios, de miembros largos, afables; y así llegamos a los tiempos de Elizabeth muy fácilmente. Meses después Virginia concibe … una biografía que comenzaría en el año 1500 y continuaría hasta nuestros días, titulada Orlando: Vita; solo que con un cambio de un sexo a otro.

      Y con irónico estilo y a la antigua, cual libérrimo biógrafo, la autora se dispone a seguir la pista de Orlando desde el día en que recibió el favor de la que sabemos reina Isabel, la reina Virgen, hasta … el jueves, once de Octubre del año Mil Novecientos Veintiocho, día exacto de su publicación.

      Lo cierto es que para leer la obra no hace falta saber todo esto. Virginia se divierte y nos divierte, desplegando su fino humor, su inteligente sarcasmo, recorriendo los siglos a través de 6 capítulos sin ataduras temporales ni temáticas. La protagonista es él, Orlando, que conoce el amor durante la gran helada del Támesis para perderlo cuando el río vuelve a su ser -y reencontrarlo en el siglo XX considerablemente cambiado-, Orlando que escribe, Orlando mecenas que quiere aprender y recurre a Greene -claro trasunto del Greene coetáneo y detractor de Shakespeare- escritor, crítico, antipático, que se mofa públicamente de sus obras y a lo largo de los siglos va adaptándose, representando y apuntalando la cultura oficial -sea el XVII, XVIII o el XIX-. El tiempo es uno de los claros protagonistas, Orlando duerme siete días y se retira a su mansión, duerme siete días y despierta mujer. Sube a la encina a ver sus tierras, a ver incluso la costa desde sus tierras y su percepción no es una percepción de un tiempo matemático, acotado, es otra su medida, son sus sensaciones -o sus sueños- los que lo definen frente al paisaje histórico de sus tierras que permanece, no así el de Londres. Orlando llega hasta los 36 pero ella, pues desde el capítulo 3, en Constantinopla, ella se torna mujer. Y una vez mujer, si bien sigue siendo la misma persona, la perspectiva cambia: problemas con las señoras de la Castidad, la Pureza y la Modestia, problemas con la propiedad de su herencia -tal y como le ocurrió a Vita con Knole-, problemas con el proceso de creación artística… Pero Orlando maneja su nueva identidad de maravilla usando una u otra según la vida o su deseo lo requieran, que no la ley, con quien está en liza. En el capítulo 5 Virginia Woolf nos introduce brillantemente en las tinieblas del XIX, el siglo imperial y también el siglo de la razón: La humedad hirió adentro. Los hombres sintieron frío en el corazón y humedad en el alma. En el desesperado esfuerzo de abrigar de algún modo sus sentimientos, agotaron todos los subterfugios. El amor, el nacimiento y la muerte fueron arropados en bellas frases. Los sexos se distanciaron más y más. Por ambas partes se practicaron la disimulación y el rodeo. En el XIX el “Espíritu de la época” le bloquea su capacidad creativa hasta que un anillo… En fin, que alcanza Orlando al siglo XX de la mano de la autora quien llega a dirigirse al lector desde la propia imprenta, como si la libertad de Vita-Orlando se le hubiera contagiado.

      Un oasis en la ardua tarea de creación que Virginia Woolf emprendió. Divertida, inteligente, arriesgada… Como consecuencia del empacho biográfico y enciclopédico procedente del XIX, pensaron los libreros que por ser su título original: Orlando. Una biografía, no se vendería, pero se equivocaron. ¿Qué pasó con el subtítulo? Pues lo mismo para la segunda edición ya lo quitaron y así sigue. Digo yo. En cuanto a la traducción, pues es de Borges… Se lee con placer en castellano, pero…

Virginia