Dublineses de James Joyce

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Cuando Dublineses llega por fin al público en 1914, han transcurrido siete años desde que Joyce puso punto final al último relato. Una primera edición fue quemada por el propio editor antes de ponerla a la venta. Esto haría pensar en una obra de especial procacidad, políticamente muy militante, especialmente antirreligiosa o claramente amoral, etc, por lo que sorprende su lectura ya que nada de esto es, en absoluto, obvio. Ahora bien, el Dublín fotografiado, pues más parece una foto que una pintura: un estilo sobrio, objetivo, directo, distante -incluso en los tres primeros relatos, en primera persona y narrados desde la infancia y adolescencia-, este Dublín, atravesado por la religión, el nacionalismo, la hipocresía sexual, el alcoholismo, el sometimiento de la mujer, la prostitución, la ausencia de perspectivas, etc, queda claramente en primer plano, fijo cual panoplia en la que todas las historias pudieran desarrollarse sincrónicamente.

       Si en el primero un chaval nos cuenta la muerte de un reverendo amigo suyo, relación sobre la que el Sr. Cotter, próximo a la familia manifiesta su desacuerdo, en el último, Los muertos, es un muerto quien alumbra una realidad oculta hasta el momento y en Polvo y ceniza es la muerte, a través de un juego tradicional irlandés, la que se avecina. La hipocresía sexual se cuela sutilmente en Un encuentro, así como la decepción del joven enamorado en su primera incursión en el mundo adulto de Arabia; el arraigo familiar y el miedo a lo desconocido paralizan a la joven Eveline, mientras el deseo de riqueza y de ver mundo frente a la falta de expectativas en Dublín, arrastran a un par de dublineses de juerga con tres extranjeros; Dos galanes de poca monta que intentan sacar lo que pueden a las mujeres; La casa de huéspedes donde ese modelo de mujer mandona, que se repetirá en La madre, con la aquiescencia de su hija, atrapa a un joven para el matrimonio. La sensación de enclaustramiento, de estarse perdiendo la vida cruza también por Una nubecilla. El alcohol también es casi omnipresente en este retablo urbano y, en Duplicados, frente a las diarias y paupérrimas vicisitudes y frustraciones se desquita sobre el hijo, mientras que en A mayor gracia de Dios se intenta reconducir a través de la Iglesia, igualmente cuasi omnipresente. Un triste caso -e irónico- de un hombre refugiado en su torre de marfil frente a un amor a lo Tolstoi y a un Dublín que encontraba mezquino, moderno y pretencioso. La inconsistencia del proceso político de Efemérides en el comité que culmina pomposamente en un poema a Parnell, el político irlandés al que el propio James Joyce dedicó un poema siendo un niño. Y por último Los muertos en el que esos momentos que él gustaba de llamar “epifanías”*, y que iba apuntando cuando los encontraba, crecen. Es el más largo de los relatos, como resultaría mucho más largo el que pensó en añadir y acabó convirtiéndose en Ulises. Mientras todos esperan por los que resultarán depositarios de las sombras que recorren estos cuadros, nada más apropiado que una cena de navidad en una tradicional casa de dos ancianas tías -muchos son los niños que recorren estas calles y están a cargo de tíos, hermanas…- como dios manda. Todo se prepara para el momento en que suena la música que paralizará a Gretta, para el camino al hotel…

      A Joyce le publicaron Dublineses viviendo en Trieste y únicamente volvió a Irlanda a la muerte de su madre y será para no volver. No era nacionalista, su pasión eran la literatura, las lenguas, la gramática… Parte de esta reluctancia, si bien no es explicita, se percibe en la cáustica sequedad con que se presenta en Los muertos, por ejemplo. Fija unos marcos para alcanzar una serie de “epifanías” recorridas por la parálisis, por el miedo a actuar: la que padece el reverendo Flynn al principio, en Dos hermanas, y que asusta, pero atrae al mismo tiempo al niño, la que atenaza al chico de Un encuentro ante el hombre y el sexo, la que impide al joven de Arabia comprar lo que fue a buscar, etc. La que padecía Irlanda, diezmada en su población y en sus aspiraciones. La que padecían los que allí se quedaban. Pero tampoco es Joyce un analista social, es más un lingüista que quiere separar significantes y significados. Que busca coger el tiempo y ordenarlo, a lo ancho más que lo largo. Eso ya está hecho. Eran tiempos nuevos en literatura, como lo eran en filosofía, tiempos de disciplinas jóvenes que ahora están más que maduras y al servicio de lo que está todo: el dinero.

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*Epifanía: “Una súbita manifestación espiritual, bien sea en la vulgaridad de lenguaje y gesto o en una fase memorable de la propia mente”. Stephen el héroe.

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Las olas de Virginia Woolf

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Si en La Sra. Dalloway Virginia Woolf se centra en un día de la vida de Clarissa, si en Al faro parte de tres tiempos diferentes para encontrar y construir una forma, tal vez una fórmula, de expresar, de recoger lo que quiere transmitir, si en Orlando se entrega al juego para romper a su antojo las reglas al uso del tiempo -semanas que duran años, siglos que duran meses, etc-, su reto en Las olas es más radical, pero sin la diversión que supuso Orlando, ni la facilidad y claridad de Al faro.

      Partió de una anécdota relatada por su hermana Vanessa en una carta: al retener una enorme falena macho que acabó pereciendo, su casa se llenó de hembras en su busca. Lentamente, la va enfocando como una obra poética, teatral, en una zona entre mística y abstracta, siendo consciente de lo complejo y lo difuso de su proyecto. Quiere dejarla madurar lentamente mientras se cuestiona la novela sin poesía como algo ajeno a lo que entiende por literatura. Primero son mariposas nocturnas entorno a una luz y una planta cuyas flores cambian constantemente, desechándolas a la postre porque las falenas … no vuelan de día. Y no puede haber una vela encendida. La empezó varias veces, avanzando con esfuerzo y convencida de que hacía … bien en buscar un sitio donde poner a (su) gente contra el tiempo y el mar. Sus obsesiones: fijar todos los detalles de un momento, recoger la esencia a través del lenguaje, reflejar el fluir del tiempo y a la vez el instante, saber con qué palabras, a través de qué historias, cómo seguir un ritmo y no un argumento… En persecución de estas respuestas va la voz de Bernard, una de las seis que recorre Las olas. En persecución de una imagen de las sombras en movimiento, una imagen cadenciosa en un fluir poético, van las 6 voces de Virginia Woolf, disgregadas, pero dependientes unas de otras, Bernard y Rhoda más claramente encarnaciones -mejor sería decir fusiones- de la autora. Bernard es la Virginia arriesgada, fecunda, profusa, empática, diversa, aunque también sobrecargada, dependiente, incapaz de escribir la carta a quien quiere. Rhoda, la Virginia perdida en sociedad y en sí misma, poética y arisca, lejana e inmóvil. El resto, Neville y Louis, claros testaferros de Litton Strachey y T. S. Eliot; Susan y Jinny, hasta dónde Vanessa y quién más. Todos con un rumor poético asociado a ellos, entreverados de Shelley, Catulo, Byron, Eliot…, en resumen, de aliento lírico y compartiendo lo que de Virginia hay ellos.

     Dado que Woolf no quiso llamarlos capítulos y lo que realmente consigue es una corriente que va y vuelve mientras las voces están condenadas a apagarse, diremos que la obra consta de 9 olas, introducida cada una por un a modo de interludio que, de leerse seguido, describe el día desde el primer resplandor que apunta la salida del sol hasta su puesta. Su cénit está en la quinta ola, ola en la que muere el único personaje cuyo discurso está ausente y en torno al cual giran de alguna manera los demás: el joven Percival. Como él, murió Thoby Woolf, a los 26 años, y fue entorno a él, el hermano mayor, que comenzó a gestarse Bloomsbury, él, su hermano y hermanas y sus antiguos compañeros de universidad. No cabe elegía más intensa. Las voces se superponen, arrastran sentimientos, miedos, olores, imágenes, versos, historias antiguas… Hay olas excelsas, la cuarta y la quinta por ejemplo. Y especial mención a la última, arrastrada por Bernard, donde cambia el tiempo verbal. Desde la infancia hasta la puesta todo es presente, el final es en pasado, Bernard se vuelve, mira e intenta seguir el rastro y avanzar, él, que es él y fue otros, él, que tenía cientos de historias sin final… La naturaleza, la luz, las olas siempre siguen, aunque el sol se oculte.

      Un día y la esencia en el tiempo de un grupo de amigos. De una intensidad abrumadora. No apto para todo tipo de lector o lectora. En los tiempos de su publicación, Virginia comenzó a perder el favor del público, las corrientes literarias y políticas variaban su cauce y ella pertenecía ya al pasado frente a nuevos autores como Auden, más beligerantes y, en buena lógica, enfrentados a sus predecesores. A fin de cuentas ella era ya una escritora consagrada y los retos de su generación no eran de recibo en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

Virginia por Vanessa