Las olas de Virginia Woolf

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Si en La Sra. Dalloway Virginia Woolf se centra en un día de la vida de Clarissa, si en Al faro parte de tres tiempos diferentes para encontrar y construir una forma, tal vez una fórmula, de expresar, de recoger lo que quiere transmitir, si en Orlando se entrega al juego para romper a su antojo las reglas al uso del tiempo -semanas que duran años, siglos que duran meses, etc-, su reto en Las olas es más radical, pero sin la diversión que supuso Orlando, ni la facilidad y claridad de Al faro.

      Partió de una anécdota relatada por su hermana Vanessa en una carta: al retener una enorme falena macho que acabó pereciendo, su casa se llenó de hembras en su busca. Lentamente, la va enfocando como una obra poética, teatral, en una zona entre mística y abstracta, siendo consciente de lo complejo y lo difuso de su proyecto. Quiere dejarla madurar lentamente mientras se cuestiona la novela sin poesía como algo ajeno a lo que entiende por literatura. Primero son mariposas nocturnas entorno a una luz y una planta cuyas flores cambian constantemente, desechándolas a la postre porque las falenas … no vuelan de día. Y no puede haber una vela encendida. La empezó varias veces, avanzando con esfuerzo y convencida de que hacía … bien en buscar un sitio donde poner a (su) gente contra el tiempo y el mar. Sus obsesiones: fijar todos los detalles de un momento, recoger la esencia a través del lenguaje, reflejar el fluir del tiempo y a la vez el instante, saber con qué palabras, a través de qué historias, cómo seguir un ritmo y no un argumento… En persecución de estas respuestas va la voz de Bernard, una de las seis que recorre Las olas. En persecución de una imagen de las sombras en movimiento, una imagen cadenciosa en un fluir poético, van las 6 voces de Virginia Woolf, disgregadas, pero dependientes unas de otras, Bernard y Rhoda más claramente encarnaciones -mejor sería decir fusiones- de la autora. Bernard es la Virginia arriesgada, fecunda, profusa, empática, diversa, aunque también sobrecargada, dependiente, incapaz de escribir la carta a quien quiere. Rhoda, la Virginia perdida en sociedad y en sí misma, poética y arisca, lejana e inmóvil. El resto, Neville y Louis, claros testaferros de Litton Strachey y T. S. Eliot; Susan y Jinny, hasta dónde Vanessa y quién más. Todos con un rumor poético asociado a ellos, entreverados de Shelley, Catulo, Byron, Eliot…, en resumen, de aliento lírico y compartiendo lo que de Virginia hay ellos.

     Dado que Woolf no quiso llamarlos capítulos y lo que realmente consigue es una corriente que va y vuelve mientras las voces están condenadas a apagarse, diremos que la obra consta de 9 olas, introducida cada una por un a modo de interludio que, de leerse seguido, describe el día desde el primer resplandor que apunta la salida del sol hasta su puesta. Su cénit está en la quinta ola, ola en la que muere el único personaje cuyo discurso está ausente y en torno al cual giran de alguna manera los demás: el joven Percival. Como él, murió Thoby Woolf, a los 26 años, y fue entorno a él, el hermano mayor, que comenzó a gestarse Bloomsbury, él, su hermano y hermanas y sus antiguos compañeros de universidad. No cabe elegía más intensa. Las voces se superponen, arrastran sentimientos, miedos, olores, imágenes, versos, historias antiguas… Hay olas excelsas, la cuarta y la quinta por ejemplo. Y especial mención a la última, arrastrada por Bernard, donde cambia el tiempo verbal. Desde la infancia hasta la puesta todo es presente, el final es en pasado, Bernard se vuelve, mira e intenta seguir el rastro y avanzar, él, que es él y fue otros, él, que tenía cientos de historias sin final… La naturaleza, la luz, las olas siempre siguen, aunque el sol se oculte.

      Un día y la esencia en el tiempo de un grupo de amigos. De una intensidad abrumadora. No apto para todo tipo de lector o lectora. En los tiempos de su publicación, Virginia comenzó a perder el favor del público, las corrientes literarias y políticas variaban su cauce y ella pertenecía ya al pasado frente a nuevos autores como Auden, más beligerantes y, en buena lógica, enfrentados a sus predecesores. A fin de cuentas ella era ya una escritora consagrada y los retos de su generación no eran de recibo en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

Virginia por Vanessa

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