Charlotte de David Foenkinos

FOENKINOS David COUV Charlotte

 

Vaya por delante que me declaro literaria y cinematográficamente francófila. Pasando por alto creadores y creadoras francesas, así como los acogidos y adoptados, prefiero sin titubeos dos horas de cursi verborrea francesa a veinte minutos de incansables persecuciones hollywoodienses. Por otro lado, siempre me resultó sorprendente ese amor galo a sus obras, a sus autores y autoras, a sus productos culturales y lo bien que los defendieron y defienden en el cada vez más mercado (ahora todo es mercado, pero figurado, sin los colores y olores de los tradicionales, eso sí, con los gritos desde los puestos de los cada vez menos leídos periódicos y demás publicaciones de las voces del amo de múltiples cabezas).

Cuando se lanzó el libro en España, me llegaron las ondas y caí sobre él con interés: la biografía de Charlotte Salomon no podía ser más sugerente, tanto por sus antecedentes familiares y su historia personal, como por el contexto -Alemania y Francia 1917-1943-, si bien hay tanta literatura sobre esta época, que resulta difícil encontrar obras que aporten algo nuevo y como tal se vende Charlotte. La historia es tremenda y el final demoledor, podría dar lugar a un relato de enjundia, como, efectivamente, debe de ser la obra que Charlotte Salomon pugnó por pintar, escribir y musicar a pocos pasos de su muerte. El libro, nada más abrirlo, llama la atención pues parece estar escrito en verso. ¿Quizá se trate de una aproximación lírica?, me pregunté, para decirme, uy, qué miedo. Y no, es más bien un relato ágil, muy ágil, que da un paseo detallado, por la vida de la pintora, valiéndose de frases cortas y ¿verso? libre. El drama sin fin que vive esta mujer, como tantas personas que han de huir de su casa porque el poder omnipotente cae sobre ellos -de ejemplos no carecemos y no hace falta, desgraciadamente, volver a la Segunda Guerra Mundial para refrescarlos, bien vivos deberían de estar en nuestra retinas-, el drama, pues, no necesita aditamentos y Foenkinos no carga los tintas. No las carga en nada. Si su objetivo era exclusivamente el de su parafraseado Benjamin “la verdadera medida de la vida es el recuerdo”, es posible que lo logre. Tal vez no se podría hacer de otra manera si cuanto quería era compartir o desembarazarse de una obsesión, como llama él a su pasión por Charlotte. Charlotte, a pesar de la tragedia, es amable y podría dar pie a una película -francesa o no-. La obra de la autora, ¿Vida? o ¿teatro?, en sintonía con lo más desgarrado y experimental de principios del s. XX -Schiele, Chagal, Dix…- sí que parece estar pidiendo a gritos un editor arriesgado que nos la haga llegar. Por el momento somos ya muchos y muchas quienes la hemos visitado: http://www.jhm.nl/collection/specials/charlotte-salomon

18globe-adam-salomon-blogSpan

David-Foenkinos-120834_L

El plantador de tabaco de John Barth

El plantador de tabaco

 

El placer del relato. La narración como una forma de supervivencia. La antítesis de Sherezade articulando una relato de aventuras guiado por el quijotesco afán de un poema épico anterior a la batalla. Si la hija del gran visir para mantener la vida cada día ha de inventar o continuar una historia, nuestro protagonista, poeta laureado Ebenezer Cooke -nombre real de un real poeta que como nuestro antihéroe emprendió viaje a Maryland y versificó una acre parodia intitulada El Plantador de tabaco-, para vivir, ha de sobrevivir a un sinnúmero de desgracias y avatares, frutos algunos de su apatía, su inocencia, su impericia, etc. y rastrear otras tantas. Hay ecos del XVII en su planteamiento formal, pero sin ningún fondo, transfondo ni pretexto pedagógico, está próxima a la novela picaresca -si bien aquí los pícaros son todos a excepción del principal-, pero también a la de aprendizaje; hay armónicos argumentales de Tom Jones –el huérfano y poliédrico profesor Burlingame en busca de sus orígenes y un Ebenezer de una fidelidad francamente tenaz, pero no tanto- y humorísticos en Tristram Shandy -sin páginas en negros y otras audacias formales-; un espigado e hidalgo Ebenezer con su particular escudero Bernard que a punto está de encontrar su peculiar Barataria; una musa cervantina, una hermana gemela, piratas, indios, misioneros…, una trama retorcida, enrevesada, en la que finalmente más o menos todo acaba milagrosamente encajando, aventuras y desventuras que se entretejen aparentemente al albur -aquí llamado John Barth- algunas hilarantes, otras épicas o patéticas, o hilarantes y épicas, o ilustradas, enigmáticas… No faltan adjetivos -claro que hay que decir que son casi 1200 páginas-. Un juego a través del cual se forma y se transforma la identidad -tan cambiante y tan traicionera a lo largo de toda la obra, ¿quién es quién y cuándo? ¿y por qué?-, el comercio es más comercio de drogas y de carne humana -mujeres, indios, esclavos africanos…,  aunque algún temor a la antropofagia pasea también por esta travesía que va desde Londres hasta América-, la traición y el doble juego político, el triple y si cabe, que sí que cabe, el cuádruple. Un festín literario, prolijo y aburrido de exponer y digno de ser disfrutado. Un inteligente pastiche -a fin de cuentas toma de donde y quien le parece oportuno lo que considera menester- que arrampla con todo lo necesario conjugándolo a su antojo y para nuestra diversión -y seguro que la del autor-.

      Dice en algún momento de esta novela su protagonista, el laureado Cooke, que la vida es un dramaturgo desvergonzado y como tal se comporta el autor. Y se mete en lo que Zambrano llamaría las entrañas de la vida, pero con poca lírica no obstante la profesión del principal. Todos cuentan, filosofan, buscan, cambian, mienten, por las aguas estancadas de Maryland, en las móviles fronteras alzadas y caídas a espaldas y a costa del Gran Imperio Británico con sus guerras de sucesión y religión, corre la historia con mayúsculas en sus vaivenes y Barth responde a una pasión por contar historias que siempre ha de abrazarse a la pasión por escucharlas: Enmarañad y enredad hasta que la luz de Sirio se refleje en la bahía; un cuento bien urdido es chismorreo de dioses, a quienes les es dado ver el corazón y la médula de la vida que hay en la Tierra; es la telaraña del mundo; la urdidumbre y trama… ¡Vive Dios, lo que me gustan las historias, señores!

Y la traducción de Eduardo Lago: Chapeau.