Crematorio de Rafael Chirbes

Crematorio

 

El título, que Herralde intentó cambiar por lo que se ve, en vano, no llama a engaño, como no llama a engaño Chirbes con su literatura. No la agiliza con diálogos, con puntos y aparte, con soluciones morales, interpretaciones claras, lecturas entre líneas, etc. Crematorio es un crematorio y un punto de encuentro entorno al que pululan unas voces, las de esta novela.

       El peso de Crematorio recae sobre tres soliloquios del constructor Rubén Bertomeu situados estratégicamente al principio, en el medio y al final de la obra. En ocasiones -ya en el mismo arranque de la novela-, el destinatario de sus palabras es Matias, su difunto hermano, un ausente idealista, pertinaz, pero con sombras y sin voz a quien, a lo largo de los distintos capítulos, conoceremos por boca de otros personajes y del autor narrador que dirige los diferentes monólogos que conforman este retablo. Dirige todos, excepto los de Rubén que se convierte así en una voz más subjetiva, más vulnerable y al mismo tiempo más solida, una voz emotiva, personal, una voz que se justifica y al mismo tiempo está cansada, una voz temida y esperada, odiada y necesitada. También Juan, en un contrapunto con el escritor Brouard, habla con su propia voz en un capítulo, pero esta es menos profusa, se acerca al artista, es testigo de la creación y el creador y en un juego de espejos autor-escritor-biógrafo recoge los versos de Baudelaire que encabezan la novela, como frase que encabezará la biografía del amigo de infancia y juventud de los Bertomeu. Los demás apuntalan la obra dibujando la telaraña familiar, compleja, enfrentada, de emociones austeras, contenidas, llena de incomprensiones y reproches, y con una posición económica muy solvente en la que se enfrentan necesariamente lo nuevo y lo viejo, el arte y el consumo, el saber y el no saber, una posición que es la base sobre la que se levanta un imperio económico fruto de la especulación, la droga, el chantaje, el crimen organizado…; trazan el entramado social y el político que se arrastran desde las postrimerías del franquismo hasta el boom de la construcción, cuya burbuja inmobiliaria describe a la perfección Chirbes tanto aquí como en En la orilla, pasando por la Santa Transición que tan bien queda dibujada a través de las relaciones y reacciones de los Bertomeu, Brouard y demás actores y actrices. Juegos de poder, grandes corrupciones y pequeñas corruptelas, mafias al uso frente a otras nuevas, diferentes, ideales perdidos, difuminados o aferrados. La muerte como motor primero de esta historia compleja, rica, estupendamente narrada, incómoda, correosa. El telón de fondo, a veces no tan de fondo, del paisaje como una pérdida, de ese círculo indisoluble: entorno, individuo y sociedad tan sistemáticamente agredido. Nuestro demacrado hábitat. Sin grandes respuestas y muchas preguntas y de calado, de las que no gustan o no apetece afrontar.

       Una gran novela.

Rafael Vhirbes

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Lancha rápida de Renata Adler

Lancha rápida

Se presenta Renata Adler con la aureola de escritora defenestrada por, en los momentos álgidos de su carrera, enfrentarse a Pauline Kael, una de las principales críticas de su mismo periódico, el New Yorker, así como al propio New Yorker, unos años después. Tras esto cayó en el ostracismo y no es hasta hace unos años que el público (estadounidense, claro, que es el que más decide), imagino que guiado, como en general, por una pluma sabia y unos medios de comunicación potentes, la recuperó. Como soy adepta al Sexto piso -la editorial-, leí un par de encomiables reseñas y además me gusta leer a algunas de las etiquetadas como chicas malas, lo compré sin dudarlo y le hice un hueco entre tantos libros siempre pendientes. El arranque es brillante, como brillante son muchas de las entradas, sin embargo, siento un libro corto, no veía llegar el final. Hace poco que lo acabé, pero apenas si recuerdo el porqué de mi aburrimiento ni el qué de su contenido, por lo que he de revisitarlo. Cuando una obra no me gusta, no encuentro algún factor positivo, factor que siempre busco por el respeto que me merece casi todo aquel o aquella que escribe y que, en general, siempre encuentro pues hay muchos puntos de vista desde los que abordarla, prefiero hacer un mutis y me limito a comentarlo con mis amigos y amigas lectores. No ha de tener más trascendencia, pero en este caso he decidido hacer una excepción, porque me aburrí mucho, porque no le veo la enjundia y porque me resultó profundamente antipática e incluso huera la lectura y me gustaría iluminarme las razones.

         Desde luego el género pertenece a lo inclasificable, lo cual, en sí, no es ni positivo ni negativo. Si existe una sutil ilación de un texto a otro, podría tal vez, con voluntad, intuirse, pero a mí la voluntad se me consume cuando empiezo a mirar el libro como el enemigo a batir. Estupendas frases sueltas, si bien no es un libro de aforismos; brillantes percepciones, lacónicos finales vagamente lapidarios en demasiadas ocasiones. No me resisto a esta cita de la parte titulada Silencio al hilo de una fiesta aburrida y programática: Debe de ser así en cada experiencia solitaria y degradante de la que vuelves sin haber aprendido nada. No hay conclusiones que extraer. Pues algo así. Tanta elipsis. Agotador. Y hacia el final, una reflexión de la insulsa protagonista, donde arranca El número de tramas es limitado y por el camino apunta Quizá incluso hay historias como el solitario o la canasta: se baraja, se reparten las cartas y sale o no sale. O la baraja cae al suelo. Pues eso, que creo que cayó al suelo y sin imaginación. Por agudas o prometedoras que resulten algunas de las miniaturas, de los cuadros, acaban perdiéndose entre tanto naipe. No sé, lo mismo es que no la he entendido, pero ya no le dedico más tiempo.