Crónicas del desamor: Los días del abandono de Elena Ferrante

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La voz de una mujer de treinta y ocho años, tras quince de matrimonio, nos cuenta el proceso interior que atravesó para recomponerse después de que su marido le comunicase que la dejaba. Es su tercera crisis matrimonial y al súbito vacío de sentido que acompañó a cada una de ellas, le sobrevienen rápidamente las consecuencias prácticas del abandono que inevitablemente conducen a Olga -no sabemos como se llama hasta el capítulo 8 y por boca de él, Mario- en un retroceso vertiginoso, hasta los olvidados y temidos miedos infantiles. Porque se trata de un doble abandono: el que la protagonista ha hecho de sí misma, prescindiendo de su esencia para convertirse en un ama de casa cuyas decisiones y demás opciones descansan sobre su cónyuge; el que padece al encontrarse desnuda de iniciativas, deseos, voluntades y demás querencias y verse sola frente a la vida: los niños, el perro, la compra, la comida, la cena, el dinero… No es que él aportara mucho, pero estaba ahí y, erróneamente, eso le daba seguridad, en consecuencia, lo primero que se instala en ella y en su hogar es la incertidumbre (un simple lagarto que se cuele entre sus paredes puede desatar un drama familiar). Con ella, la perplejidad y el dolor, un montón de palabras muertas; la esperanza y el despecho, el desasosiego y el temor de comprender, la atribulada búsqueda de un orden en el que ya no cree y, sobre todo, una disolución pormenorizada y agónica de su identidad, con saltos al pasado -aquella, La Pobrecilla, la que perdió hasta el nombre, a quien no sabían cómo dirigirse los vecinos, ella a quien no saben cómo dirigirse los amigos- y sin visos de futuro. A medida que avanza en su proceso de extinción como esposa, se tambalean todas las facetas de su personalidad, su temor a los sentimientos ruidosos, extrovertidos, se disuelve y da paso sucesivamente a actuaciones compulsivas vertebradas en asuntos cotidianos que la invaden -como las hormigas, que acaba extinguiendo y, con ellas, quién sabe si al perro, mascota, básicamente, de su marido y con el perro, finalmente, a él mismo, a Mario-. A partir del capítulo 15, cuando los ve juntos y con los pendientes que le pertenecieron -y la reconoce, reconoce su edad y el pasado común, con ella, con la otra- se desarrolla la catarsis que Ferrante desmenuza implacablemente. El filo de la locura, la disolución de la coherencia, la cuasi ruptura con los lazos reales, afectivos, maternales, cotidianos, que Olga atisba por momentos. El lenguaje, capítulo a capítulo, se ha ido haciendo más descarnado -también más obsceno-, y los acontecimientos también. Las imágenes del pasado y el presente, los libros que ella fue y que tuvo, los personajes que la toman o la dejan, la disociación frente a su hija y frente a sí misma llegan a su punto culminante y los hechos acompañan, son el reflejo de su caos. A partir de ahí, la sima o la regeneración. Y vuelve el mundo a un orden aparente que hay que mantener en su sitio. Tan cerca la locura.

      Brutal, auténtica, genuina Elena Ferrante. Si en El amor molesto el presente se recomponía con dolorosos fragmentos disueltos en el pasado, en Los días del abandono, a la pendiente, cada vez más vertical y rotunda por la que se desliza la protagonista, no le resta ni un segundo de desconsuelo. Se me han caído a pedazos la razón y la memoria. La ola de rabia y angustia que crece página a página inunda a quien la sigue y respiras al final, aliviada la lectora o el lector de que quede un remanso, sea cual sea. Imprescindible, única, singular.

 

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Nora Webster de Colm Toíbín

Nora Webster

 

Colm Toíbín tenía 9 años cuando empezó a tartamudear y 12 cuando murió su padre. Ambos hechos son recogidos en este libro que, según sus palabras, tardó 12 años en escribir, sin embargo no corresponden exactamente ya que el tartamudeo no le sobrevino tras la muerte de su padre. Esto da una idea de que lo importante aquí no es la fidelidad de la historia, sino la percepción de un proceso de recomposición personal y femenino tan conciso como expresivo; es también un respetuoso y comprensivo homenaje a su madre y, al mismo tiempo, la aproximación a esos tres años que recoge de su adolescencia.

      Nora Helmer, en Casa de muñecas, lo deja todo, hogar, marido e hijos, para encontrarse a sí misma, para aprender a ser una persona independiente y no un objeto decorativo en la casa de su esposo. Nora Webster ha de aprender a ser ella misma, no alguien a la sombra de Maurice, su marido, que muere tras dos dolorosos meses de agonía y dolor. Para ello, Toíbín adopta un tono preciso, descriptivo, dándole a la protagonista una voz parca, en ocasiones fría, en ocasiones llena de estupor, otras veces arriesgada, pero sin grandes explicaciones, una voz que nunca se regodea o invoca el pasado -aunque a veces, inevitablemente, la interpele-, sino que se asombra del presente que va recomponiendo a medida que pasan los días, sin alharacas, sin grandes pretensiones, saliendo al paso de los acontecimientos que la abordan quiera o no. La novela recorre tres años en los que va aprendiendo a pisar fuerte y a pisar donde quiere en una pequeña ciudad en la que, desde la primera página, sabemos que todo el mundo sabe todo de todo el mundo y se aprovecha la más mínima oportunidad para meter la nariz en los asuntos del vecino o la vecina en este caso.

      El silencio y la incomunicación tras una existencia bajo el aura de alguien carismático, preeminente incluso para sus propias hermanas, bajo un manto protector y a la postre paralizante. Era como si viviera dentro del agua y hubiera cejado en su lucha por nadar hacia el aire. Tras veinte años, afrontar sola lo cotidiano y sin embargo nuevo: hijos e hijas, nuevas y viejas amistades, conocidos, el antiguo empleo recuperado, el deterioro de las paredes, de los muebles… Tres años de pocas palabras para rehacer su espacio vital, su forma de relacionarse, su voluntad, sus pequeños placeres o sencillamente sus olvidados y desatendidos bálsamos y para aceptar que lo que había ocurrido podía borrarse. Tres años durante los que reaparece su antiguo yo -y con él, el recuerdo de su madre con quien tan mal se llevaba- y que culminan con un fantasma shakespeariano que le sirve a Nora para culminar su huida hacia adelante y comenzar de nuevo con los armarios limpios y la música olvidada que no había sabido echar en falta.

      Una extraordinaria novela que dice más de lo que cuenta, narrando lo justo, sin escarbar en presuntas psicologías quizá poco respetuosas con una madre. No le hace falta, sólo hay que saber escuchar los espacios en blanco. Indudablemente seguiré con Colm Toíbín. Además de Nuevas maneras de matar a una madre (necesariamente Nora Webster, que necesitó años para madurar, para encontrar su forma, hubo de tener que ver con ese estupendo rastreo de las huellas familiares en diversos autores) y este hay bastantes más. Qué feliz futuro lector me espera. Anímense.

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El cementerio de los reyes menores de Zoran Malkoc

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Hay libros correosos. Los acabas de leer y, si tienes la suerte de que luzca el sol, puedes alejarte de ellos caminando y abstraerte en el azul sin nubes y el verde brillante (es que vivo en Galicia). Pero ya están dentro.

      Zoran Malkoc es un croata de casi cincuenta años, por lo que vivió en su edad adulta los conflictos que acompañaron y ensangrentaron la disolución de Yugoslavia. Cuentan en la solapa del libro que además de narrador es judoka, soldado y anticuario. La escéptica voz que refiere los relatos, algunos de los cuales son en primera persona y giran entorno a sus propias experiencias, es la de un peculiar librero, comercial ocasional, buscavidas de un club cuyos miembros, nos informa en el primera y estupenda narración, poseían un talento especial para morir. Ya desde el principio nos enfrentamos a personajes que creen o fingen creer que tiene el control cuando todo es, en el mejor de los casos, aleatorio, si es que no les viene impuesto por alguien de su misma -o quizá peor, o quizá mejor- calaña. Relatos de poder de baja estofa y de su pérdida, de dominio y descontrol -sobre uno mismo, sobre los otros-: tremendo El hombre perro, brillante y ladinamente sutil Una pocas palabras sobre el amor de Igor. La guerra en la memoria adherida al día a día, la muerte como una presencia más y el prójimo sometido al mismo proceso de despersonalización que un animal –El bestiario de Celentano, de nuevo El hombre perro– o viceversa, la humanización de una animal enjaulado –Arrancamos los ojos-. El absurdo sobre el absurdo encadenados –Discusión ornitológica, Naturaleza muerta, Disección– en el frente o fuera de él. Fauna indeseable, víctimas verdugos y el último refugio en un autoservicio donde la muerte puede ser un eslogan: Aquí te morirás de gusto. Asesinos poetas, autores de teatro delincuentes, drogas y alcohol, hombres y mujeres de negocios (peculiares), mujeres entregadas por o sin placer, en o fuera del campo de batalla, porque a fin de cuentas el campo de batalla no es solo un lugar, es también un tiempo largo, que viene de antes y no parece tener un final. Porque no todas las historias tienen que tener un final.

      Un puñetazo no sé si en el estómago o en el corazón, me inclino más por este último, tal vez porque a mi estómago lector le gustan los platos fuertes. Hay unos cuantos relatos excepcionales, narrados con una encomiable economía de medios y un descreído y casi imperceptible lirismo -de nuevo Arrancamos los ojos, y el propio Cementerio de los reyes menores-. Algunos más. Son 25 y una narración final. O tal vez sea otro cuento.

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Y eso fue lo que pasó de Natalia Ginzburg

Y eso fue lo que pasó

 

Natalia Ginzburg solo escribió -o solo se conocen- dos poemas en verso; este libro tiene mucho de poema en prosa. De triste poema como triste dice la autora que se encontraba en la nota previa que escribió para la inclusión de este relato en una edición de cinco novelas cortas que se publicó en 1965, no obstante esta obra se editó en 1947, tras el regreso de Natalia a Turín después de ser asesinado su marido por los fascistas en el 44 y retomar su trabajo en la tenaz editorial Einadi al ser ella, a su vez, liberada.

      Y digo que tiene mucho de poema por las cadencias que se repiten retomando imágenes que sugieren sensaciones -pero no las expresan-, marcando el ritmo de las olas en la bajamar puesto que se abre Y eso fue lo que pasó en el punto más alto de la pleamar, únicamente le queda retirarse desplegando la historia que condujo al tiro entre los dos ojos con el que arranca esta confesión necesaria y apócrifa. Tiene Ginzburg la difícil virtud de transmitir el sinsentido sin engolamiento, como una plácida lectura al calor de un fuego en extinción y sin embargo vivo.

      Es una novela breve, se lee en menos de una tarde y el regusto permanece en la boca, en los oídos, incluso en los ojos. Un matrimonio que parece un fin indispensable. Era la primera vez en mi vida que lloraba por un hombre así que pensé que tenía que amarle para estar llorando de aquella manera. Una historia de soledad intransferible expuesta con una delicada belleza que emana de un personaje aparentemente trivial, pero capaz. La trágica vida cotidiana de una de tantas mujeres apagadas por la inercia y el desconocimiento de sus posibilidades, de su propia voz. Natalia Ginzburg les presta la suya, como en esa otra maravilla Las palabras de la noche.

      Como siempre, magnífica Ginzburg.

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