Transición de Pablo Fernández Barba

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Transición es la novela gallega que ganó el XVI Premio Vicente Risco. A pesar de ello ha habido problemas con su edición, problemas afortunadamente solventados, pero que no dejan de poner en solfa el modelo editorial que arrastramos y que se resiste a adaptarse a los nuevos tiempos. Mas eso es otro cantar del que la salvó Urco Editora.

     En determinado momento de Transición se pregunta el narrador por el precio del silencio. Sin entrar en poesías inquiere:

El silencio no pesa, así que, ¿cuánto cuesta un quilo de  silencio?

El silencio no ocupa, así que, ¿cuánto cuesta un ferrado* de silencio?

Pero el silencio sí dura, así que, ¿cuánto cuesta un año de silencio?

     Transición, la nuestra, la modélica y exportable santa transición española. ¿Aún la quiere alguien? Ella es el telón de fondo -uno, hay otro que, en buena lógica, viene de antes- y también el motor que impulsará el futuro de nuestro cronista, alguien que por azar y por hablar gallego -esto sí que es inusitado dado lo maltratada que ha sido y sigue siendo esta preciosa e histórica lengua- consigue ascender de los sótanos del renombrado periódico donde trabaja a hacer un reportaje que podría cambiar sus perspectivas de futuro laboral -o sea, casi todo-. ¿Es una novela negra? Negrísima. ¿Una novela gótica? Demonios hay, unos cuantos; niebla, para parar el tráfico hasta en la carretera general; el reportero, un halo de romántico tiene entre Esmeralda y Lorena. ¿Una novela política? El marco histórico es amplio, pero los poderes permanecen difusos. Y actuantes. Quien quiera puede sentirlos. ¿Un falso reportaje que mezcla verdad y ficción? Desgraciadamente muchas veces la realidad supera a la ficción, si bien esta es dura y correosa, llevada con soltura e ironía, sin ningún tipo de complejos ni pelos en la lengua. Se ve que le gusta el cine y se sirve de él para contextualizar momentos precisos de nuestra historia -nada lejana, por cierto- o para establecer símiles, y que se permite licencias a la hora de enjuiciar lo que le apetece, aunque sin excederse. Se nota que el autor, a pesar de lo duro de la trama, ha disfrutado escribiéndola y eso se transmite. Son seis días en una investigación al principio algo morosa, el innominado periodista busca no sabe muy bien qué y se explaya por el camino hasta que llega el meollo del asunto que ha de reportar con celeridad a las altas esferas del gran diario de tirada nacional. No ahorra realismo en los peores estertores -entiéndanse en sentido real y figurado- ni en los crímenes atroces. Y como dueños del relato, los señores de la prensa. Esa que no quiere adaptarnos a los nuevos tiempos y sigue informando de aquello que poderes económicos o fácticos consideran que podemos o debemos saber. Desinformando. ¿A cómo irá el quilo de silencio en los medios de comunicación?

     Vale la pena leerla. Ya lo creo. Muy bienvenido este nuevo autor.

  Y lo que más lamento es no hacer esta reseña en gallego -eterna asignatura pendiente- dadas mis pobres habilidades para expresarme en él. Podería facelo pero aínda o faría peor.

* En Galicia un ferrado es una medida de superficie que varía dependiendo del lugar.

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La amiga estupenda de Elena Ferrante

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Elena Ferrante con sus Crónicas del desamor, tres breves e intensas novelas centradas en tres diferentes episodios -o podríamos decir 3 papeles: hija, esposa, madre- cuestiona y despliega presente y pasado de cada protagonista. El futuro queda, como tal, abierto. La amiga estupenda va más lejos y aborda dos vidas y su estrecha y vinculante relación de amistad con sus dependencias, equívocos, encuentros y desencuentros.

     Elena Greco, Lenú, tiene 66 años cuando su amiga Lila -Lila para ella, para los demás Lina o Raffaella- desaparece sin dejar el menor rastro de su existencia. Cabreada, comienza la historia de Lila que es también la suya: Veremos quién se sale con la suya. A continuación procede con su infancia y su adolescencia. Las de ambas, ligadas desde el principio por una atracción mutua y por una amistad sellada en la búsqueda de sus dos muñecas perdidas -inevitable recordar la muñeca de La hija oscura y dar vueltas a todos los significados que ese juguete tan sexualmente definido puede tener en la obra de Ferrante y en la vida de las niñas y de algunos niños, cómo no-.

     La Infancia es también la Historia de don Achille, el cacique del barrio. Desde el comienzo ambas tienen un papel, Lila es la mala, la lista, la de piernas ágiles y valentía feroz; Lenú, la rastreadora de sus vidas y sus relaciones, acepta lo que entiende como hechos probados, conformándose con ser la mejor después de su amiga, se presenta a sí misma como una niña que busca agradar, ser aceptada y un tanto despegada de sus actos. Crecen en Nápoles y es esta ciudad la tercera protagonista de la novela. Un barrio obrero con su cacique omnipresente, temido y silenciado en cada casa. Una escuela donde las jerarquías se sienten y se visibilizan, las diferencias van inscritas en cada uno de los niños o de las niñas, pero ellas, las alumnas, cuentan con otro enemigo tan peligroso y es el propio hogar. Cualquier hombre, ya sea padre o hermano, … en una cadena de agravios que genera agravios, descargaba sobre los familiares y las mujeres, las madres en apariencia silenciosas y complacientes, cuando se enfadaban iban hasta el fondo de su rabia sin detenerse nunca. Las hijas pues están al final de la cadena de revanchas y crecen en el miedo. En el miedo a todo. Es época de posguerra … nuestro mundo estaba lleno de palabras que mataban: el crup, el tétanos, el tifus petequial, el gas, la guerra, el torno, los escombros, el trabajo, el bombardeo, la bomba, la tuberculosis, la supuración… Sin embargo Lila no parece temer a nadie. A finales de la primaria ellas, que gustan de leer y de aprender, están convencidas de que el estudio les proporcionará la riqueza.

     La adolescencia es también la Historia de los zapatos, zapatos que pondrán los pies de Lila sobre la tierra que le corresponde –Los sueños de la cabeza han acabado bajo los pies-, que definen a Nápoles. Nápoles: Sin amor, no solo se seca la vida de las personas, sino también la de las ciudades. Termina cuando ambas tienen dieciséis años y vidas muy diferentes. Dos evoluciones que se separan y una misma clase social. Dos cuerpos y dos intelectos unidos y dispares que se quieren, se siguen, se enfrentan, se separan, se buscan, se miran entre sí. Pero es Lenú quien lo cuenta y para contar necesita -y teme y envidia- a Lila. Conflictos con el cuerpo, con el sexo, otra mirada sobre el entorno y un concepto de riqueza diferente que toma el testigo de Don Achille. Y la confirmación de que la plebe, por la que la profesora Oliviero preguntaba a Lenú … éramos nosotras.

     Me importa muy poco quién es Elena Ferrante. Sabe muy bien sobre lo que escribe, sobre quién escribe y lo hace de forma magistral. No juega con el lector. Tan claro quiere que esté todo que, antes de empezar, nos presenta a los personajes con los triviales datos que ubican a cada cual en su familia, en su casa. La infancia es breve y define a la perfección de donde parten. La adolescencia es turbia, confusa, equívoca y arranca con un episodio que la define a la perfección. Un desbordamiento. Y es Lila quien lo padece, no Lenú, víctima no obstante de granos, miopía… La narrativa no es lineal, pero se desliza como la seda con orden y gran concierto. Le siguen otras tres novelas que conforman la vida de dos amigas y mucho más. Imprescindible.

Submundo de Don DeLillo

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Don DeLillo comienza Submundo con un prólogo, El triunfo de la muerte, que se desarrolla en una fecha precisa, el 3 de octubre de 1951, y con un histórico home run -un tanto del copón en béisbol- que tuvo lugar en esa fecha -es el mismo que retransmiten en la radio del coche de Sonny Corleone (James Caan) cuando lo acribillan en El Padrino I-. Este tanto es descrito con precisión en un presente trepidante que mezcla la descripción del partido, espectadores de renombre aún ahora o en aquel entonces -como el locutor que lo radió y que por ello se hizo famoso- con la significativa historia del joven de color Cotter que se cuela en el estadio y consigue hacerse con la pelota que dio la victoria al equipo en el célebre home run. Ese mismo día Rusia prueba su bomba nuclear y en el estadio está John Edgar Hoover. Mientras, cantidades constantes de basura caen al campo, caen en las gradas, incluso dos hombres caen -las emociones: infartos-, papeles de todos los tipos descritos como una misma música con distinta letra, y entre ellos revistas donde anuncios de electrodomésticos, detergentes, perfumes, etc. se mezclan con el cuadro de Brueguel El triunfo de la muerte. Acaba el relato Todo va depositándose indeleblemente en el pasado, pero el capítulo siguiente, escrito en pasado, transcurre en 1992 y la novela se convierte en un camino de vuelta con una pelota de béisbol como pretexto, como fetiche, como asidero, como símbolo.

     A partir de ahí la narración sigue a Nick Shay -en el 92 mando intermedio en el mundo de la recogida y eliminación de residuos- hasta llegar al origen de quién es y quién fue y, por el camino, su hermano, su fugaz amante, Klara, su madre, profesores, compañeros de trabajo y demás personajes próximos a él, no tan próximos o sencillamente coetáneos -reales o no-. Sin embargo, aunque sin aparecer en el índice, la historia de Cotter, sin él, continúa, siempre inmediata, siempre en presente. Este submundo dentro de la obra no es el único. Underworld se titula la supuesta película desparecida de Eisenstein que a su vez comparte protagonismo en el capítulo El verano de las azoteas con la auténtica Cocksucker sobre los Rolling Stones y el breve y contundente documental involuntario de la muerte de Kennedy rodado por Zapruder. En un marco que va desde la Guerra fría -para volver a ella- hasta mediados de los noventa, la exploración hacia atrás de la vida y el contexto de Nick es de una riqueza abrumadora donde cualquier cosa puede encajar: la búsqueda del artista y los caminos que se abren o se encierran en el arte, el arte como vía para encauzar esa inmundicia omnipresente, voluminosa, agresiva, regular, invasiva que, como un bajo continuo, atraviesa todo Submundo convirtiéndose a su vez en un territorio (nuestro territorio, nuestros desperdicios modelados como espacios habitables, grandes vertederos diseñados por expertos o nacidos involuntariamente del abandono de las instituciones). Las relaciones familiares, padre-hija, madre-hija, entre hermanos, dentro de la pareja; la educación y la infancia, capaz de adaptarse a los nuevos no paisajes construidos sin tenerla en cuenta, materia moldeable en manos de la hermana Edgar (alma gemela de Hoover, atormentada mujer que memoriza El cuervo de Poe para infundir miedo, la profecía, la soledad y la muerte) o el padre Paul en busca de una formación diferente. La ubicuidad de los medios de comunicación a través de la imagen -el video de un asesinato tan azarosamente grabado como el de Kennedy, pero más contumaz, relatada en presente y capaz de fijarse en la voluntad hasta perder su significado y asegurar el entretenimiento-. La Guerra fría, la caída del Muro (y el muro que separa el barrio lumpen, el muro al que mira el creador, el muro en el que se inscriben historias de fracaso), el apartheid, la bomba nuclear, Todas las tecnologías tienen que ver con la bomba, los residuos nucleares, la separación y el tratamiento de los desechos, crema protectora para el sol, Lenny Bruce -sí, el de Bob Fosse- y su ¡Vamos a morir todos!, la gran paranoia (pero ¿quién contagia a quién, el Estado al individuo o el individuo al Estado), la gran fiesta de Truman Capote, prodigio de la vanagloria y Hoover invitado (gran recreación de este tipo), la carne de cañón…

     La riqueza temática, la inteligencia narrativa, la poesía ocasional, la adaptabilidad rítmica, la profusión temática de Submundo merecen, sin duda, un estudio. Ardua tarea para quien lo emprenda, aunque probablemente apasionante. A medida que el tiempo avanza hacia atrás, el ritmo es más veloz, el penúltimo capítulo es casi trepidante. Rematada la historia de la pelota de Cotter intercalada en el silencio de la numeración de páginas -pero entre dos páginas negras: se abre el telón, se cierra-, en esta marcha atrás, bajo el título de En gris y negro, DeLillo ata algunos cabos. Cabos argumentales. Klara, Nick, su esposa, sus primeros amores, la conexión definitiva, la casi definitiva genealogía del fetiche-pelota del 51, la procedencia y el objetivo del material artístico último de Klara, ¡nos vamos a morir todos!, la pelota de nuevo como un símbolo que ha cambiado de manos durante años y también de significado… Y por último, el epílogo. De nuevo en presente, ahora. Cruel, extraño, casi buñuelesco -le falta la ironía o es demasiado ácida- la realidad se traslada, ¿queda sólo la inmundicia, transitamos sobre ella, falta el milagro, el submundo está fuera o nosotros estamos dentro..?

     Quien no quiera retos, que ni se acerque. Quien se acerque encontrará un libro a releer o a coger en cualquier momento, por cualquier página y dejarse llevar por un universo complejo, interconectado, en su finitud, infinito.

     Y no puedo por menos que mencionar que la empresa que acumula y subsume la basura en el epílogo se llama “Tchaika”, que significa gaviota en ruso y citar que el individuo necesita ajustarse a un entorno en el que los chanchullos y los trapicheos han salido de las sombras del mercado negro especulativo para crear una economía completamente abierta de saqueo y corrupción. En esas andamos.

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