La niña perdida de Elena Ferranre

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No cambian los hábitos en la cuarta entrega de la Tetralogía napolitana de Elena Ferrante, se funden y la consolidan. Relación de personajes y circunstancias; como en el primero, La amiga estupenda, dos partes y cada una con un subtítulo: Madurez – La niña perdida y Vejez – Historia de la mala sangrey un broche final, oscuro y brillante, intitulado Epílogo constituido por dos entradas.

    Madurez – La niña perdida. Antes de volver al punto en el que nos habíamos quedado, como en cada etapa, Lenù, de la mano de Ferrante, nos anticipa que en los tiempos venideros, resentida con Lila por haber puesto el dedo en la llaga -la culpa, siempre la culpa, y esta vez la culpa respecto a sus hijas- intentará alejarse de ella. Al mismo tiempo, recuerda cuál es el motivo por el que está escribiendo esta novela y concluye que para no perder de vista a Lila ha de hablar de sí misma en la justa medida a riesgo de perder el rastro de su amiga. Aclarado esto, el relato continúa. Lenù, 32 años, agobiada en el estrecho papel de madre y esposa ha de reinventarse y potenciar su imagen a riesgo de ser absorbida por su gran amor de juventud. Retoma su papel de escritora y se lanza al mundo con sus propias armas: la escritura y sus vivencias, armas que confronta con el público, ayudándose así a entender y componer -hay cosas que no se recomponen y hay que comenzar de cero- un nuevo mundo que habitar en un periodo en el que reina el caos dentro y fuera de ella misma. Es un periodo candente, el fin de una época entrañada en su primer compañero, Franco, una época que en su declive estaba arrasando con todas las categorías que habían servido de brújula. Una época de desastres: Uno, el ocaso del sujeto revolucionario por excelencia, la clase obrera; dos, la dispersión definitiva del patrimonio político de socialistas y comunistas, un tanto desvirtuados ya por disputarse a diario el papel de báculo del capital; tres, el fin de toda hipótesis de cambio. El comienzo de otra, muy bien comprendida por su amante del momento, Nino –le gusta más caer simpático a los que mandan que batirse por una idea, un técnico muy servicial- y el mantenimiento de los de siempre, altivos clasistas que desprecian a la plebe y el feminismo, sempiternos gatopardos que siempre están ahí -aquí los Salina son los Airota, la familia de Pietro, su exmarido-. En el desayuno acostumbran a ingeniárselas para imponer un subsecretario y en la cena, para destituir a un ministro.

    Lenù vuelve a Nápoles en cuerpo y alma. Ha de reencontrarse por fin con la madre, entenderla y asumirla incluso físicamente; con su amiga, compartir de nuevo con ella amistad, complicidades, así como antitéticos y gratos periodos de embarazo. Es por Lila -el aparente contrapoder del barrio- por quien sabe de lo que ocurre en el barrio, lo que en realidad se mueve intramuros, lo que suponen las drogas en un barrio tomado, solo que ahora el sistema, los Solara, la camorra -en esta novela sí que la mencionan, lo hace Nino-, puede percibirlo desde dentro. Ambas se enfrentan unidas, pero a su manera, a este sistema. Se produce en la ciudad -y en sus vidas– un terremoto del que Lenù sale reforzada, mientras que Lila, la fuerte, la manipuladora, se desborda. El simbolismo se acentúa, el que viene de atrás y el que surge en la madurez, con la ciudad, con el volcán que todo lo arrasa, con las hijas concebidas a la par, con las muñecas desaparecidas… Sin aportar temas nuevos, arrastrándolos todos en una contextualización admirable, crecen, se retroalimentan, se actualizan, se enriquecen…

    Vejez – Historia de la mala sangre. Comienza en 1995 con su partida de Nápoles, nos adelanta cuáles serán sus pasos más importantes y cómo siente que el mundo al que pertenecía desaparece y ella con él. Después volverá sobre sus pasos para avanzar en los cambios de la vida de ambas, sus nuevos desencuentros, las nuevas heridas. El barrio degenera con las drogas, pero todo sigue progresando, por el camino quedaron y siguen quedando muchos de los personajes adyacentes, todos ellos con funciones vitales en este fresco coral en el que la ciudad es una parte importante de la historia. Cada cual organiza el recuerdo como le conviene y además se necesita un lenguaje común. Lila ha sido absorbida por el dolor y no consiguen volver a encontrarse. Mientras su italiano era traducido del dialecto, mi dialecto era cada vez más traducido del italiano y las dos hablábamos en una lengua artificial. Distintos espectros para los mismos miedos de la infancia: Chernobyl, el progreso como una pesadilla, quiénes serán los nuevos capos (a los Solara se les perdona, a Pasquale, el revolucionario, no). La explotación del hombre por el hombre y la lógica del máximo beneficio, antes consideradas una abominación, volvían a ser en todas partes las bases de la libertad y de la democracia. La clase política se ve salpicada, pero se recupera. Y Lenù ya no es hija, apenas madre o abuela en la distancia, ya no viven cerca y ella ha escrito y publicado sobre algo tajantemente prohibido por Lila. No vuelven a entablar relación. Nuevos miedos y miedos que regresan, como las muñecas y el brazalete de su madre: ¿estará escribiendo Lila, lo hará mejor que ella, se juntarán todas las Lilas (la escritora infantil, la zapatera, la elegante esposa, la artista, la obrera, la programadora informática, la apasionada de Nápoles…) y la superarán? Entonces mi vida entera quedaría reducida a una batalla mezquina por cambiar de clase social.

    Mención especial merecen muchas, muchas cosas de esta larga novela de cuatro libros de seis partes y un epílogo que vuelve la novela redonda, como ese Jardín de las delicias del Bosco que gana enteros cuando lo ves cerrado, porque lo sabes completo, en su finitud infinito. Mención especial, decía, merecen las entradas finales sobre Nápoles, el testigo que Imma, la hija de Lenù, recibe de Lila: el amor, el reconocimiento, la historia de esta convulsa metrópoli, donde las dos amigas han sido y, mal que le pese a Lila, son. Y donde siempre las recordaremos quienes leamos este extraordinario retablo de la segunda mitad del siglo XX y comienzos de este nuestro siglo XXI en el que el sueño de progreso sin límites es, en realidad, una pesadilla llena de ferocidad y de muerte.

Imprescindible

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