Los años de Virginia Woolf

Virginia Woolf comenzó a escribir en 1932 el ensayo Los Pargiter -este iba a ser, en un principio, el título de Los años-y, apenas 20 días después, lo remodelaba para convertirlo en un ensayo-novela que avanzará, con ágiles y poderosos brincos, como una gamuza saltando por encima de un barranco tras otro, de 1800 hasta aquí y ahora, y 4 años después, el 3 de noviembre de 1936, escribía en su diario Esto es tan malo que, afortunadamente, no hay más que hablar. Tengo que llevar las galeradas, como un gato muerto, a L. y decirle que las queme sin leerlas, Así lo hice y me quité una peso de encima. Afortunadamente Leonard no le hizo caso.

Tal vez, mientras fue Los Pargiter -cambió de nombre casi tantas veces como altibajos tuvo su autora: Aquí y ahora, Amanecer, Gente corriente– aludía más a la historia de una gran familia que vivía en una gran casa, con Los años, es el propio devenir del tiempo lo que intentan recorrer estas páginas. En Las olas, donde VW quiere salvaguardar a su gente en algún lugar -fijarla para siempre en su novela- cada capítulo se abre con la descripción del desarrollo de un mismo día, desde el amanecer al ocaso, a través de la naturaleza. Los años arranca en 1980, un día de primavera vacilante y, casi inmediatamente, la autora nos dice cómo quiere que transcurra la narración: Girando lentamente, como los rayos de un faro, los días, las semanas, los años, cruzaban el cielo uno tras otro. Y así va avanzando el relato, a fogonazos, más largos, más cortos, siempre un día del año, a veces entero, otras un poco más -como el primer capítulo-, o menos. Virginia Woolf cuidaba hasta la exhaustividad el detalle, todo se enlaza, da cuerpo a personajes y objetos, da presencia al transcurrir del tiempo a través de la morsa de Martin que aparece y reaparece, del cuadro de la madre con una flor oculta por la suciedad, el sillón rojo que va de casa en casa, el hervidor que sigue ahí y sigue funcionando mal, a través que pequeños acontecimientos, conversaciones silenciosas, de deseos furtivos que resurgen 30, 40 años después, secretos familiares… Cada capítulo, antes que nada, da cuenta de la estación del año. En el primero conocemos a la familia en un momento decisivo que culmina en el propio capítulo. A continuación, un salto de once años, otoño, vuelta de las vacaciones, sopla el viento y siguiéndolo sabemos del futuro de Kitty y de Milly, ambas casadas y con hijos -para eso se iba a las fiestas, para buscar marido-, mientras que Edward pasea buscando un verso por los jardines de Oxford, Morris saca el niño silenciado que lleva dentro y arrastra con los pies las hojas muertas amontonadas, Eleanor… 1907, 1908… En 1913 se vende la casa familiar y quien más lo lamenta es la criada, como contrapartida, su favorito de la familia opina que es un sitio abominable: Tenía un cuarto de baño y un sótano; y en ella habían vivido aquellas personas tan diferentes, apretujadas y encerradas, contando mentiras. De la guerra sabemos en 1917, un anochecer con cena familiar, un nuevo y peculiar personaje, Nicholas, que nunca conseguirá dar un discurso, el rutinario bombardeo, el alivio cuando acaba –Solo matan a otra gente– y un final memorable en esa línea que cruza las obras de Woolf, por la que transitan otras gentes que también estaban ahí, como las que conforman el servicio, las que necesitan “caridad”… Así hasta llegar a 1926, la Primera Guerra Mundial ya queda lejos y se reúnen en una gran fiesta que dura toda la noche. Si la vida pasada ya era fuente de recuerdos en la juventud -y por tanto en el segundo capítulo- el reencuentro da lugar a un fantástico colofón. En algún momento de sus diarios dice Virginia Woolf que con esta novela quería captar la totalidad de la sociedad actual. E indudablemente consigue trazar perfectamente las líneas de comportamiento del entorno en el que creció y al que, en su libro Tres guineas, libro cuyo germen y primera escritura coincidió con la revisión de Los años, definirá como el de los hombres educados, refiriéndose a sí misma como una hija de hombre educado, como lo son Eleanor, Kitty, Peggy, Rose, etc. Las mayores no fueron dueñas de su futuro -aceptaron lo que les venía impuesto, bien fuera matrimonio, bien fuera cuidar de padre y hermanos-, pero con el tiempo han conseguido aquello que reclamaba con claridad en Una habitación propia: 30 guineas -parece que bastante más- y tienen, finalmente, las riendas de sus actos. Pasó el 19 y la mujer tiene voto, Rose lo vivió. Sally y Maggie han salido adelante a su manera. Los vamos viendo uno a uno, algunos diálogos son mudos, como el que mantienen los más jóvenes Peggy, médica, y North, su hermano: los años pasan, pero aquellas tempranas vivencias que compartimos, crean lazos mudos que no se pierden, sí se pierde la capacidad para comunicarse como antaño. Ellos son diferentes, parten desde otro punto, buscan, ambos se acercan a los libros durante la fiesta y caen sobre dos citas significativas, son una nueva generación situada en una posguerra y viviendo aires de preguerra. Dos niños que cantan en la fiesta y un final magnífico. Por el medio, transitando de una escena a otra, Antígona de Sófocles, la que se sacrificó por su hermano (también de buena familia). Y su adorado Londres que luce, se cubre, se oscurece, se acicala, se surte, se apaga, amanece…

Imprescindible.

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2 pensamientos en “Los años de Virginia Woolf

  1. ¡Qué buena reseña! Precisamente estoy leyendo ahora la biografía de Lyndall Gordon y has captado perfectamente ese universo Woolf que la hace tan única: los haces de luz del faro, el hervidor que sigue ahí inmutable ante los cambios de esa familia, el paso del tiempo que afecta a unas cosas y a otras no… Aun no he leído este libro pero, sin duda, lo hará. Me encantará viajar en el tiempo con Virginia y con tu reseña como banda sonora de fondo, como el sonido de las olas…
    Un abrazo

    • Gracias Raquel. Como siempre que caigo en la Woolf, me reengancho y ahora estoy con Tren guineas, y juntando eurillos para hacerme con la biografía de Lyndall Gordon y alguno que otro de los que reseñas. Bicos

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