Un debut en la vida de Anita Brookner

Anita Brookner, fallecida en 2016 con casi 88 años, fue una historiadora de arte británica, algunos de cuyos libros, The genius of the future y Romanticism and its descontents, siguen disfrutando de un amplio público lector. Comenzó tarde a escribir novela, con 53, y esta fue su primera obra publicada, sobre la que niega que sea biográfica, no obstante existen abundantes concomitancias, por ejemplo, el hecho de que su padre fuera temporalmente también librero -como George, el padre de la protagonista-, que fuera de origen judíopolaco, que su madre fuera, si no actriz, como Helen, la madre en la novela, sí cantante, etc. Además, ella, como estudiosa, no desperdiciaba ningún dato sobre los autores que trataba. Brookner es la variante de Bruckner, apellido de origen, y con él se inscribieron en el Reino Unido para borrar las huellas alemanas ante la creciente animadversión inglesa hacia este país durante la Primera Guerra Mundial.

     La protagonista, Ruth Weiss, será una estudiosa de Balzac y de Balzac toma Brookner el título Un début dans la vie, obra que también tendrá su momento a lo largo de la novela. Arranca así: A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. ¿Se puede responder a esta cuestión brevemente? Sí, y con presteza: … su padre y su madre se aliaron para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la Pequeña Dorrit. Pero también se puede explayar, concisamente, durante doscientas páginas. Así se desarrolla la obra, entre contrarios, propios y ajenos. Y evolucionando literariamente: de Los Grimm y Andersen pasa a Dickens, luego Hugo, de Vigny, Balzac. Dickens … le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. ¿Por qué no habría conocido antes a Balzac?

     Una narración precisa y llena de significados. Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Una niña pelirroja y silenciosa que, al morir la abuela -única persona asentada en la prosaica realidad-, se acercó el libro a la mejilla a modo de consuelo, una jovencita que queda en compañía -que no en sus manos- de unos padres egoístas y moliciosos, infelices y dependientes, poco o nada habituados a trabajar. Un vivo ejemplo de lo que Balzac enseña: la suprema eficacia de la mala conducta. Emoción, contención y literatura se van enredando a lo largo de la vida que Ruth hace. A excepción de dos conatos que la alejan por poco tiempo del hogar, -presentado el primero con Le début dans la vie de Balzac y acompasado por la Fedra de Racine, y el segundo por la siempre presente Eugénie Grandet-, la historia de Ruth está condicionada por la de sus progenitores y por el bastión defensivo que ha levantado en las bibliotecas: sus horas allí eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Un personaje solitario y generoso, quizá por miedo, por necesidad. Una mujer predestinada a la rutina o que hace una elección. No parece una vida intensa, si embargo la novela lo es. Un placer leerla, releerla. Una prosa inteligente, con sentido del humor, llena de alusiones y un incierta poesía del desastre inevitable. O la rutina. Cálida y fría. Culta y asequible. Un regalo. Y el prólogo de Barnes, también.

Dr Anita Brookner, winner of Britain’s Booker McConnell fiction prize for Hotel du Lac.

Petersburgo de Andréi Biely

Andrei Biely es el seudónimo de Borís Nikoláyevich Bugáiev, dizque por no perjudicar la reputación de su padre, matemático insigne, aunque no puede ser puro azar que eligiera el apellido Biely, blanco, siendo los simbolistas tan amigos de jugar con los colores y estando el rojo avanzando, como avanza en la propia novela, por las calles y el destino de Rusia. Petersburgo fue rechazada en 1912, posteriormente fue publicada por entregas, vio la luz completa en 1916 y, posteriormente, fue modificada varias veces por su autor, siendo su última versión publicada en Berlín en 1922 y en Rusia en 1928.

     Petersburgo ciudad nació como San Petersburgo en 1703 y en 1914, fecha con la que concluye la novela Petersburgo, pasa a llamarse Petrogrado. Ironías del destino, de la historia o quizá solo un símbolo a los que tan afecto era Biely, a la muerte de Lenin, pasa a llamarse Leningrado en honor a quien trasladó la capitalidad que Peter, como la llaman coloquialmente en Rusia, ostentaba desde su construcción, a Moscú. Esta ciudad nacida del deseo de europeización y de dar una salida al Báltico a Rusia es telón de fondo y protagonista de la novela, si bien no fue Biely quien eligió el nombre, sino que le vino impuesto. Su formación y conformación, el viento que recorre sus avenidas al son de los aires revolucionarios que avanzan desde la frustrada revolución de 1905 hasta la del 17, el paisaje que inunda sus calles donde bombines, chisteras y tricornios conviven o se ven, por momentos, sustituidos por gorros manchúes, las sombras que emergen de las islas desde el verde del mar Bático al rojo de las banderas que ocupan la perspectiva Nevski, el azul de sus cielos cíclicamente invadidos por la niebla, el amarillo del peligro procedente del Este donde Rusia acababa de perder Port Arthur, sus colores y formas significan, aluden, representan, encauzan circunstancias históricas pasadas y por venir -no en vano es el simbolismo la corriente por la que fluye el autor-. Petersburgo es el lugar de encuentro entre las sombras del pasado -Pedro I, El jinete de bronce, a lomos de su caballo sobre la enorme piedra que los sacrificados trabajadores hubieron de trasladar al lugar adecuado-, las sombras del presente -los obreros que sobreviven en las islas donde el Holandés [errante] encendió las infernales lucecitas de unas cuantas tabernas, a las que el pueblo eslavo acudiría en tropel, el putrefacto contagio…- y las sombras del futuro -los japoneses, las huelgas, la revolución…- . No obstante, nada más lejos de este festín literario que ser reivindicativo, si bien Biely anduvo yendo y viniendo de su tierra al extranjero para acabar finalmente sus días en la Unión Soviética: no hay más que echar una ojeada a la opinión de Trotsky en su Literatura y revolución donde, sin lugar a dudas lo incluye, con cierta gracia -no le faltaba a él tampoco el sentido del humor-, entre los individualistas, los místicos y demás epilépticos. Parece que no estaban, en su opinión y, dado el resultado, la de muchos y muchas más, los tiempos para florituras. Afortunadamente, el siempre juguetón Nabokov la revivificó para la literatura no eslava al incluirla entre las cuatro mejores novelas del siglo XX y Vila Matas la recuperó para estos tiempos hace ya unos cuantos años, en un estupendo artículo sobre ella -supongo que cuando se estaba cociendo la edición de Akal que fue la que compré en su momento, casi nerviosa porque no la encontraba por ningún sitio-.

     Y es que Biely hace lo que le da la gana. Como Nabokov, como Faulkner, como Morante, como tantas y tantos, fue primero poeta y eso se nota en el ritmo vertiginoso que, en ocasiones, imprime a una trama que, en principio, no es nada del otro mundo -lo cual no es raro-, manejando repeticiones que podrían figurar el sonido del agua, el rumor del descontento, la resistencia al cambio, sinécdoques y metonimias que dibujan de un trazo un conjunto, alusiones, metáforas, personificaciones, apóstrofes (muchas de ellas al lector) … Sin ser una novela en absoluto psicológica, parte del conflicto reposa -bueno, aquí nada reposa, la niebla va y viene, las estatuas de piedra corren, las latas de sardinas son resortes fatales…-, reposa sobre la relación padre-hijo, la necesidad de matar al padre y de romper con…, bueno, eso no queda muy claro. Padre e hijo son presentados por su nombre desde el principio, al resto hemos de seguirlos por partes: el hombre del bigotito, el de la verruga, el que no para de sonarse…, hasta que son identificados por un nombre (cuando no tienen varios como el agente doble o triple que maneja hilos entre tinieblas y cuya función, de tenerla, es la de vértice donde revolucionarios y conservadores se encuentran). El aspecto físico es caricaturizado y qué decir del carácter. Uno es la frialdad personificada, adora la línea recta, a continuación es el cuadrado lo que le proporciona sosiego, su posición al sentarse le hace merecedor del calificativo de El egipcio, sus orejas son lo más representativo y trabaja en el Organismo -cualquiera vale-, otro se inclina por lo redondo hasta el punto de verse estallar, oscila entre apolíneo y batracio, muy miope… Frente al hijo, Nikolai, se sitúa su cómplice Alexander, verdugo y víctima desquiciada y febril del partido, para acabar ambos siendo marionetas de un malvado horriblemente feo, pergeñador del infausto destino de ambos. La riqueza y profusión lingüística es evidente e, indudablemente, algo se pierde con la traducción, pero las notas del traductor ayudan a descifrar el sentido de juegos de palabras y otras puntadas finas. Los personajes femeninos son simples, dependientes, pero los masculinos no salen bien parados, resultando, en conjunto, bastante ignominiosos todos. Dobles papadas -no hay papada que se resista a su descripción-, cárdenas e prominentes narices, orejas extensas…, el esperpento ruso, prematuro Joyce, pero también del Oulipo. Hay pasajes hermosos (la voz de la infancia a través de las grullas que vuelan sobre la ciudad, pero nadie escucha), hilarantes, prolepsis, analepsis, repetición de escenas desde distintos puntos de vista (la pareja Sergei-Sophía y sus encuentros y desencuentros), divagaciones antroposóficoliterarioreligiosas o vete tú a saber -quizá, a mi modo de ver, las más engorrosas, aunque suele acabar salvándolas con efectos de lo más salerosos: se estaba tomando demasiado en serio-. En fin una obra que puede resultar aborrecible (no solo Trotsky, también Brodsky la denostaba) o una juerga. Literatura sobre la obra rueda mucho por la web y, por la propia novela, asoma, ostentosamente, Pushkin con su Jinete de bronce y La Dama de picas, pero también Dostoyevski -necesariamente ya que se trata de la ciudad de la que se trata- su Doble y otros atormentados, Gogol -narices y capotes exponiéndose- y seguro que otros -dudo que otras- que me he perdido o ignoro. Y más cosas, muchas más: Apolo, Saturno, Mercurio, Kant… Y alrededor de esta ciudad y de este artificioso constructo, el río Neva, las tenebrosas islas y la Perspectiva Nevski.

     No para todos los paladares lectores, pero un jolgorio para quienes la sepan degustar.