El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura

El hombre que amaba a los perros es una novela perfectamente planificada y construida. La primera parte abre camino a tres líneas argumentales cuyo final conocemos desde el principio. El primer capítulo arranca en un cementerio y el narrador, Iván, se dirige a nosotros, lectores y lectoras, para contarnos una historia que no es la de su vida, aunque, de alguna manera, sí que lo es, y es, además, una historia que le ha marcado, tanto por lo que implica y plantea, como por el hecho de no haberse atrevido a contarla. En el segundo capítulo Liev Davidovich, Trotski, entra significativamente en escena cuestionándose el derecho de la Revolución a trastocar un orden ancestral como el de las piedras sagradas, para, a continuación, recibir la orden de Stalin de abandonar la Unión Soviética en veinticuatro horas, no satisfecho el Sepulturero, como el propio Trotski lo bautizó, con haberlo enviado a Alma Atá, en las lindes del imperio, mirando a China. En el tercer capítulo, Ramón Mercader, estando en el frente de Guadarrama, recibe la visita de su madre, Caridad del Río, con una propuesta que marcará su vida. Partiendo de tres momentos diferentes en el tiempo, Padura nos conduce hacia los puntos de confluencia, con efectividad, despertando la intriga: los quince primeros capítulos que conforman la primera parte, dejan a los tres protagonistas en suspenso en tres momentos alejados y cruciales de sus biografías. Iván busca información, Trotski emprende camino a México y Ramón Mercader ha abandonado definitivamente su identidad y es un número, el 13, susceptible de asumir cualquier personalidad y dispuesto a cualquier cosa por el triunfo y mantenimiento de la revolución proletaria soviética. En la segunda parte, todo camina hacia el encuentro entre victimario y víctima, mientras que Iván, aparentemente, parece ocupar un segundo plano, que recuperará en uno los dos últimos apartes que conforman el final bajo el elocuente título de Apocalipsis. La novela recorre un periodo histórico convulso y fundamental para el devenir de nuestra realidad -cubana, española, soviética, europea, mundial- y plantea claramente un debate sobre los movimientos de izquierdas desde entonces hasta ahora. Tanto Mercader como Trotski, así como las mujeres que con ellos se relacionan, viven la política y se sacrifican en sus aras, no así Iván y su compañera, contemporáneos y herederos de un devenir histórico de duras consecuencias en la isla caribeña. Los intereses de Stalin triunfaron en las filas del legítimo ejército español y se esparcieron por el Este de Europa, la idea de la revolución permanente así como la de un socialismo internacional de Trotski se difuminaron en el mapa ideológico comunista y las directrices estalinistas posicionaron a la Unión Soviética en una alianza temporal con Hitler difícil de entender para quienes no se subían al carro con anteojeras de la única revolución obrera triunfante. Padura hace un relato exhaustivo del exilio itinerante de Trotski, recapitulando hechos especialmente dolorosos para el ucraniano y judío -las muertes de sus hijas, hijos, amistades, compañeros, los procesos de Moscú, el abandono de los republicanos españoles a su suerte atroz- y le hace hablar largo y tendido, si bien, en ocasiones, más parece Padura que Leon Davidovich, mas así perfila claramente dos posiciones encontradas que pudieron conducir, como de hecho así fue, a borrar su figura del mapa y perfilar el presente -en el caso de Iván, por partida doble-. Sin embargo, como ya se puede deducir del título, estando el conflicto desmenuzado y servido, la mirada sobre ambos busca su humanidad y para ello, no se sirve únicamente de los perros, que dan un carácter sensible a los tres, puesto que los tres aman a los perros, se sirve, especialmente de otros sentimientos más universales y comunes, como son el miedo y la compasión que, por momentos, antes y después del homicidio, aproximan a los tres. Al lado, humanizándolos también, ellas, la edípica madre Caridad -y su joven espejo, África-, la compañera fiel, Natalia Sedova y Ana, otro cadáver silencioso y póstumo de esta historia y de la Historia.

     Una buena novela, para leer y para polemizar.

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