El cuaderno de Bento de John Berger

 

Bento, Benedict de Spinoza, buscaba, como los presocráticos, una substancia primera (o una causa última), la razón original y, afecto a Euclides y a Descartes de los que se vale para el desarrollo de su Ética, concluye que esa substancia primera que se justifica en sí misma es Dios a quien identifica con la Naturaleza. Hasta qué punto fue creyente o no, se puede discutir o dilucidar, pero lo cierto es que, sufriendo represalias por su forma de pensar, decidió no seguir publicando, ganarse la vida puliendo lentes y desarrollar su filosofía en privado, compartiéndola únicamente con personas de confianza. Decidió con libertad, en el sentido que él mismo dio a esta palabra, viviendo de acuerdo a un corpus de pensamiento que premiaba la reflexión y aceptación de aquello que no puede ser cambiado, con conocimiento de causa, evitando el error.

     John Berger iba para pintor, pero abandonó el pincel, empuñó la pluma, lo hizo desde un punto de vista personal y, también, marxista, impelido por la situación que vivía la sociedad, inmersa en la guerra fría y la injusticia social. Como Platonov, sobre quien recoge apuntes y un dibujo en este cuaderno, que abandonó la escritura para ejercer su profesión de ingeniero agrícola ante la sequía y la hambruna que asolaba a sus compatriotas soviéticos.

     El cuaderno de Bento data de 2011, la publicó pues con 85 años, tras una vida larga y rica en experiencias y en conocimientos, generosa y arriesgada, sabia, profunda, comprometida y solidaria. Según los amigos de Spinoza, este solía dibujar en un cuaderno y Berger juega a imitarlo, a citarlo e, incluso a interpelarlo. Con esa forma de mirar que, con tanta perseverancia, ha intentado transmitir en libros, guiones, películas, documentales, etc. recoge fragmentos de Spinoza -fundamentalmente de su Ética-, y añade sus dibujos, breves historias, homenajes, reflexiones…, que, en apariencia, no guardan una ilación. Pero para Berger, como para Spinoza, las apariencias son algo más y hay que mirar, buscar, preguntar, preguntarse.

     Comienza con un dibujo de Beverly, su esposa, aún viva cuando la obra se ofreció al público, y la narración del acto de dibujar del natural un racimo de ciruelas. A continuación, nos alumbra sobre el porqué del título. En apenas seis páginas, ante tres circunstancias distintas -una ofrenda, el subcomandante Marcos encapuchado y el movimiento de una bailarina- repite … Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable… Mientras, nos hace ver que dibuja, que dibujar es corregir y que es una cuestión de esperanza. Después se oye la voz de Spinoza … nuestra alma, en cuanto que implica la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, es eterna, y esta existencia suya no puede definirse por el tiempo, o sea, no puede explicarse por la duración. Así transita este cuaderno que simula ser un florilegio de retazos, cuando, en cada reflexión, incluso, a veces, simulada confesión, recibimos una parte de un todo que busca contener algo esencial y, por lo tanto, eterno y, no solo a través de la palabra, sino del trazo al que, en determinado momento del libro, llega a comparar con la conducción de una moto -ambos implican movimiento, una mirada que no se centre en el detalle que desestabiliza- para llegar a comprender -piscina y mujer camboyana de por medio- cuál es el sentimiento de una persona desplazada.

     Para Berger hay dos tipos de narración, para hacernos llegar hasta ellas se detiene en dos bodas y la forma de celebrarlas. Están las que tratan de lo invisible y lo oculto, y están las que exponen y ofrecen lo revelado. […] La introvertida y la extrovertida. Sin lugar a dudas el pecio que se reúne en esta obra pertenece a la preferida por Berger, la introvertida, porque -y copio todo el párrafo porque es imposible ser más preciso respecto de lo tratado en El cuaderno de Bento-: Porque sus historias permanecen inacabadas. Porque entrañan la necesidad de compartir. Porque en su forma de relatar, un cuerpo se refiere tanto a un individuo como a un conjunto de individuos. Porque en estas narraciones el misterio no es algo que se vaya a resolver, sino algo que se lleva con uno. Porque, aunque puedan tratar de una violencia, de una pérdida o de una furia súbitas, no se quedan en lo inmediato, miran a lo lejos. Y sobre todo porque sus protagonistas no son actores, sino supervivientes. Engarzando filosofía, bosquejos, recuerdos, amistades, afectos, deseos, etc., esta impostura, con bergeriana tenacidad, intenta vulnerar la pasividad y reivindicar la esperanza y la necesidad de rebelión, de compromiso. Protestamos porque no hacerlo sería demasiado humillante, demasiado reductor, demasiado terrible. Con una hermosa prosa, emoción poética, con esbozos que indagan, dibujos que se sobreponen, con sentido del humor, con esa pasión por cuestionar que siempre está presente en sus escritos, en sus exposiciones, pasamos de un museo, a un centro comercial, de Chejov a la danza del vientre, de… Porque vivimos en un mundo en el que todo está conectado y no deberíamos aislarnos del orden general del universo, porque no deberíamos ignorar las causas que determinan nuestro estar en el mundo, nuestra libertad.

     Hay que leer y escuchar, siempre, a John Berger. Y, por qué no, a Spinoza.

 

 

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