El hombre de la dinamita de Henning Mankell

En 1973 la primera novela de Henning Mankell fue aceptada por una editorial sueca. Tenía 25 años, ya había firmado algunas obras de teatro y había decidido dar un paso firme con esta obra que, según él mismo nos cuenta en el prefacio datado en 1997, escribió en pleno fragor contra la guerra del Vietnam que ya se iba demostrando como perdida por los Estados Unidos. Hacía tiempo que era una persona inquieta, socialmente comprometida y eligió como protagonista para su obra un superviviente en el más amplio sentido de la palabra: un dinamitero, Oskar Johansson, que, tras un accidente en el que la prensa le da por muerto, no merece ni un desmentido posterior que haga saber que sigue con vida.

     La semblanza, que se presenta de forma fragmentaria, es descifrada por un narrador del que no sabemos ni sabremos nada. Conoce a Oskar en sus últimos años, retirado y cercano, durante el buen tiempo, al mar, e intenta saber y ordenar lo que fue su vida. El relato, al igual que el dinamitero, es como un iceberg. Solo se ve una mínima parte. Es evidente que Mankell busca una forma de narrar que se adapte a sus deseos de desvelar una parte de la sociedad que no se siente partícipe de la Historia e intenta adecuar la forma con un fondo que no es explícito, que no es grandioso, que es fácil de obviar y no tan fácil de desentrañar. Para ello, a la información sobre la vida de Oskar, cuya relevancia comienza con la explosión que lo expone a los demás, cuyo pasado va aflorando con distintos saltos temporales hacia al pasado más lejano, el más próximo o el presente, a esta información, se le une la voluntad de fijar conceptos y realidades por parte de la voz que nos guía. Así, establece algunos puntos de referencia en la biografía de Johansson que, con una cadencia casi poética, se retoman hasta el final: una infancia cualquiera, un trabajador como otro que se reincorpora a lo único que le dejan hacer y un cambio en la sociedad que apenas si le afecta. Hijo de un obrero de mierda -en el sentido literal, pues su padre fue toda su vida, además de un hombre cansado, vaciador de letrinas-, nieto de un obrero de las esclusas, con cinco hermanos de los que sobrevivieron tres, habituado a vivir en poco espacio, adquiere conciencia de clase y, también, desconfianza con el paso de los años: recoge la historia de la clase obrera desde antes de 1911 -año de su mutilación- hasta 1969. Hay momentos felices en su vida, forma una familia, con su mujer se entiende bien y ambos saben disfrutar de lo que les van dando –Ellos no van a renunciar a nada voluntariamente. Si lo hacen es que hay algo raro. Si lo hacen, nos están engañando.-, pero no se deja enredar y realiza sus propios actos rebeldes, aunque resulten solo testimoniales. El cartel de la pirámide del capitalismo preside su antiguo hogar.

  No parece que haya cambiado mucho. La socialdemocracia sueca le resulta decepcionante. Los tecnócratas se valen de los partidos o viceversa. Las personas están más solas. Las lacras siguen ahí, siguen aquí, ya sea en Suecia, en Europa, en África… 

     Interesante comienzo de Henning Mankell, cuya visión de nuestro mundo, como la de Oskar, no cambió mucho, aunque al novelista sueco le podamos reconocer como más actor en este escenario. Aunque ¿Y el narrador? Oskar piensa que está tirando de las redes con demasiada lentitud.  La pirámide sigue estable y abajo seguimos, sujetando y sujetando. Hay quien más, hay quien menos. 

2 pensamientos en “El hombre de la dinamita de Henning Mankell

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