Los asquerosos de Santiago Lorenzo

Nada sabía de obra y autor. Fue el azar lo que me llevó a leer Los asquerosos tras acabar A contrapelo de Huysmans, el azar y la frase de una muy buena amiga acerca de lo mucho que le había gustado el libro -con el título, quieras que no, te quedas-. El azar, la confianza y la estupenda edición, tan cuidada, tan sencilla, tan sugerente. Cuando compras así, puro impulso y además absolutamente en contra de tus decrépitas finanzas, empiezas el libro casi al momento y, si la lectura resulta ser una maravillosa serendipia que conduce al alma gemela de Des Esseintes pero absolutamente a contrapelo de este, el gozo puede resultar mayúsculo.

     Un infeliz de los que hay a montones en estos tiempos, por una fatalidad en forma de energúmeno y antidisturbios, aterrado ante la posibilidad de habérselo cargado, pero seguro de haberlo herido, decide huir ayudado por su tío, otro infeliz que, en realidad, ya no es su tío pues que se separó de la que sí que sería su tía sanguínea, pero con la cual no tiene trato, de la misma manera que tampoco lo tiene, casi podríamos decir que desde la infancia, con sus padres. Y es este más amigo que tío quien nos cuenta la huida de su sobrino postizo, Manuel, a la España deshabitada, esa de la que, en periodo electoral, se acuerdan todos los candidatos, pero que permanece vacía y vaciándose. Si Des Esseintes era un personaje saturado de sociedad que se retiraba a un bastión diseñado por él hasta en los más ínfimos detalles, Manuel es un pringado -que no tonto- ansioso de integración social y amistad –no se notaba notado– que se ve obligado a refugiarse en una de esas casas abandonadas de un ruinoso pueblo en medio de ninguna parte, en uno de los pocos restos que quedan en pie, nada acorde con un edén rural, con sus metritos de formica, de melanina y de acero inoxidable, con su sintasol y su terrazo en el piso... Y allí ha de aprender Manuel a vivir con lo poco que queda, sus propios recursos y la intendencia que recibe gracias al plan que su tío pergeña para mantener el anonimato de su caro expariente político. Si en A contrapelo todo es exquisito, exhaustivo, deslumbrante y carece de hilo narrativo, en Los asquerosos en ningún momento suelta el autor la línea del relato, valiéndose de un lenguaje por un lado absolutamente práctico, pero rico en sí mismo, sin necesidad de alusiones, citas ni imposturas, con una gracia natural en su construcción que, no por graciosa, es menos agria, probablemente al contrario. Como sin querer, van surgiendo temas que siempre deberían ser actuales y, por lo tanto, dignos de consideración, como cuáles son en realidad las necesidades de cada uno, para qué sirve el trabajo, si es posible vivir al margen, si no será deseable, si tanta abundancia de todo tipo es francamente provechosa, si no valdrá la pena estar al mando de nuestros ratos -de tiempo, claro está-, etc. Y la mirada que dirige hacia muchos de nuestros semejantes, una mirada extrañada es, probablemente, tan incómoda como la del antitético y alejado pariente del XIX, Des Esseintes. Va a ser verdad que los extremos se tocan, aunque sea de culo -con perdón-. Una novela inteligente, divertida, muy divertida, no tanto por lo que acontece -que es narrado por el supuesto familiar con una mezcla de amor, admiración y envidia-, como por su libérrima expresión, mezcla de modernidad, antigüallas, palabras recreadas o inventadas, una de las cuales, “mochufa”, cuyo significado queda perfectamente explicado a lo largo de la segunda parte del relato, pasa a emparentarse con los carnuzos buñuelistas y a engrosar un posible vocabulario, resumiendo un montón de cosas. Y el final de la historia, la hace crecer. Sé que es una obra que provoca, es decir, que se está a favor o en contra, mas ya de su título se podría deducir. Resulta, pues, absolutamente coherente y eso, a mí, me gana. Leeré más de Santiago Lorenzo a medida que el menguado pecunio me alcance y veré su cine anterior. De hecho ya vi Mamá es boba y, la verdad, no tiene maldita la gracia y sí, mucho real y cruel vodevil. ¿O debería decir zarzuela?

A contrapelo de J.-K- Huysmans

Huysmans, hijo de padre neerlandés y madre francesa, nace en París en 1848. Forma parte, junto a Guy de Maupassant y otros, del círculo más próximo a Zola, siendo un naturalista convencido hasta que en 1884, tras una crisis nerviosa y después de un retiro en Fontenay-aux-Roses y una estancia en el castillo de Lourps, publica la obra que nos ocupa, obra que originaría su alejamiento del maestro. Y como su título indica, es una obra a la contra. Lo de A contrapelo, opción del traductor para la cual sus razones tendrá, no me parece una expresión ni acertada ni acorde con el lenguaje, la exquisitez y el fino humor que destila Huysmans. A raíz de esta obra, uno de los muchísimos autores en ella mencionados, el católico Barbey d’Aurevilly que aún no lo conocía, escribió:: Aprés un tel livre, il ne reste plus à l’auteur qu’à choisir entre la bouche d’un pistolet ou les pieds de la croix*. Y veinte años después, el propio Huysmans le reconoce el acierto en un interesante prefacio donde, a pesar de su ya profunda religiosidad, subscribe mucho de lo escrito, aunque hay algunos capítulos que, bien por sacrílegos, bien por poco respetuosos con el sexto mandamiento -este, casual e involuntariamente no es otro que el capítulo VI- no suprime, mas sí rechaza. En esta relectura el autor observa, diseminadas, las semillas de sus futuras obras y, cualquier avezado lector, encontrará también un venero de fórmulas y corrientes literarias que fluirán en adelante y que van desde la memoria a través de los sentidos de Proust, a la ruptura y el desgaste del relato por la reiteración de los argumentos que rondará y ronda a novelistas del XX y XXI, el venidero Oulipo y sus exhaustivos y juguetones afanes y listados, el aburrimiento existencial sartriano, etc.

     De su periodo de descanso toma Joris Karl -nombre que adoptó como escritor pues en verdad el suyo era Charles Marie George- el castillo de Lourps para cuna del protagonista, Des Esseintes, último de una estirpe feudal en sus estertores finales, y Fontenay, como el lugar de retiro elegido por el mismo Des Esseintes dado su hastío hacia una sociedad harto y profundamente frecuentada. Tras una breve presentación, el autor procede con la novela que, a excepción de un hilarante viaje a Londres sin salir de París, va a desarrollarse en el nuevo hogar del aristócrata y girará sobre…, sobre sí misma, que viene a ser, sobre la casa, las manías del morador, su concepto de…, sus conceptos en general, tanto decorativos, como sociales, literarios, musicales, teatrales… Y hay, sin duda, quien piense, pues menudo peñazo. Dicho así, como lo he dicho, pues puede parecerlo -sobre todo a quienes busquen películas de acción escritas-, pero nada más lejos. Valiéndose de algunos de los principios naturalistas, la descripción del hogar que pergeña este misántropo es absolutamente pormenorizada, con un lenguaje preciso, radicalmente exhaustivos y, si no técnico, sí muy especializado. Su ética no se ciñe a nada, todo pasa por el carácter elitista y neurótico del protagonista y algunos de sus juicios y acciones son francamente reprobables -y ¿a qué negarlo?, finamente tronchantes-. Toda esta armería subscrita junto a su gran futuro examigo Zola, la vuelve Huysmans contra, sobre todo, la execrable vulgaridad en la que la persona, o mejor dicho el hombre sensible -no la mujer, uno de los motivos de que el efectivo y, a veces, acertado Houellebecq lo tenga en tan altísima estima-, como decía, la abominable ordinariez a la que él, sumamente exquisito, debe enfrentarse. Y en su ardor por los inventarios, comienza por los escritores latinos considerados, en sus tiempos, como decadentes, y, en su reivindicación de todo aquello que va contracorriente, el término decadencia gira sobre sí mismo para convertirse en la panacea. De educación laica, Huysmans, hace a Des Esseintes alumno de los jesuitas y defensor de su inteligencia formadora en tiempos en los que los jesuitas son alejados de la enseñanza en Francia -el propio autor hubo de renunciar a escribir en un revista que los defendía, si quería conservar su trabajo como funcionario-. Pasa también revista a los escritores católicos, a los laicos -¡Ah, Baudelaire y Poe, Verlaine, Mallarmé! Los malditos por excelencia. Rimbaud y Laforgue faltan por no haber publicado todavía-. El culto al artificio y al maquillaje se despliega por cada habitación de la casa, por cada uno de sus sentidos -para la vista, elegir los colores dependiendo de las luces y él prefiere la noche; las flores cuanto más artificiosas parezcan, más bellas; los perfumes de esencias lejanas, etc.- Todo envuelto en un hipocondría creciente, una abominación social, un horror a la promiscuidad sea esta de la carne o del gusto: Goya, Rembrant, se vuelven banales por su aceptación generalizada, los conciertos profanos prohibidos por el contacto con la plebe… Y Schopenhauer que aquí le gana la partida con su pesimismo a la religión, superbe legende, -más adelante la perderá- y su concepto del amor, que Des Esseintes no recoge, pero recrea con el recuerdo de su obsesión por la acróbata Urania. Es una obra relativamente corta, pero, créanme, inagotable. Cada capítulo es una fuente de información y de deformación, en el sentido del título, dándole la vuelta, re-formando, re-componiendo. Un placer que, por su profusión y su hilo apenas hilvanado, permite caerle encima en cualquier momento. Una gozada, con la risa bajita, retrancosa, sorprendida, admirativa. Ese capítulo de la tortuga, ese penúltimo capítulo, ese capítulo VI, ese final del segundo capítulo, ese… Imposible de resumir, si bien su desesperanza se pueda entender en frases como C’était le grand bagne de l’Amerique transporté dans notre continent**. Lo que en algún punto él, Huysmans – Des Esseintes -que también dicen, decían tenía mucho del aristócrata, poeta y simbolista Robert de Montesquiou-, lo que abomina como la aristocracia del dinero.

      Si son buenos o buenas lectoras, no dejen de hincarle el diente. ¡Ah, y si les gusta Buñuel, tampoco! Y si hay autores, cuadros, flores, olores, piedras preciosas, etc. que desconocen, búsquenlos, descúbranlos, disfrútenlos.

*Tras semejante libro, al autor tan sólo le queda elegir entre la boca de una pistola o los pies de la cruz.

**Es la gran mazmorra americana trasladada a nuestro continente.