Una locura cotidiana de Elisabeth Bishop

Esta Locura cotidiana de la poeta estadounidense Elisabeth Bishop comienza con un bautismo -frío, porque el frío y el hielo son personajes de algunos de estos ocho relatos, personajes activos, definitivos- y termina con un grito que, de alguna manera, acompañó a su autora a lo largo de toda su vida y que, inaudible, respira tras su prosa y tras su verso. Este grito alude a la locura que en su infancia, tras la muerte de su padre, apartó para siempre de ella a su madre. Inteligentemente este grito de En el pueblo está situado en último lugar, no obstante fue el penúltimo relato escrito por la poeta y, digo poeta, porque tienen mucho de su poesía sus cuentos, con una prosa sensitiva repleta de imágenes y, al mismo tiempo, eficiente, sin lastres, exenta de dramatismo y, al tiempo, cruel, intensa, levemente irónica, argumental y verbalmente rítmica.

     El orden de los cuentos es cronológico a excepción del mencionado anteriormente. Los tres primeros fueron escritos entre 1937 y 38. El mar y su orilla, sui géneris crónica sobre un particular lector y En prisión, carta al lector de un reo -o rea- voluntario, presentan realidades improbables y un simbolismo abierto a lo personal y a lo público, ambos en el límite de lo real y lo demencial. El primero, El bautismo, junto con el cuarto, escrito 10 años más tarde, Los hijos del granjero, podrías subtitularse Díptico del frío en Nueva Escocia, lugar de referencia en la memoria de Bishop, donde mitificó una niñez huérfana al calor de su abuela. Ambos recogen acontecimientos invernales de las pobres gentes. El primero se instaura en la cotidianeidad de tres hermanas que viven solas, mientras que Los hijos del granjero, comienza con el tono de un cuento de los de siempre, sus personajes hacen pensar en personajes de cuento -madrastras, hermanastras, migas…-, los peligros que acechan a los dos hijos del granjero, además del frío, son la oscuridad y presencias de tintes monstruosos y, con suavidad y fantasía, llega al temido y natural final. Excelente. El ama de llaves y Recuerdos del tío Neddy recogen dos personajes singulares, con una tierna ironía el primero y con tristeza entre perpleja y afectuosa el segundo, el tío Neddy, tristeza guiada por la necesidad de desvelar en un retrato a la persona que ella conoció sin llegar a saber  quien era. Gwendolyn, escrito en el mismo año que En el pueblo, ubicadas ambas en el espacio antiguo, en Nueva Escocia, bebe, como el que será su último cuento, el del tío Neddy, de su pasado y recoge con mirada de entonces el contacto con la muerte de una amiga querida y la forma de canalizarlo a través de una muñeca. En el pueblo reproduce el descurso del tiempo, recoge su sonido y apacigua el grito de fondo, es la narración de lo que no escuchamos, pero está.  Al pasar por el puente, me detengo y contemplo el río. Todas las pequeñas truchas que ha sido suficientemente listas para no dejarse atrapar -pero ¿por cuánto tiempo?- están allí, moviéndose rápidamente de costado, en insensatos ataques y retiradas

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Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz

Es hacia 1971 cuando termina la trama de la novela que nos ocupa. Fue en 1973 cuando su autor, el cubano Jesús Díaz, la presentó al premio de la Casa de las Américas con el título de Biografía política y, entonces, su estructura respondía al cuestionario que el protagonista, Carlos Pérez Cifredo, como aspirante a “trabajador ejemplar”, debía responder ante una Asamblea del Partido. No considerándola conveniente el jurado, tuvo que retirarla y no vería la luz hasta 15 años después, siendo su título distinto, Las Iniciales de la tierra, y respondiendo su estructura a un orden cronológico, a través de una larga analepsis. Entre una breve introducción en la que Carlos se cuestiona su vida y sus acciones hasta el momento, y un último capítulo, a modo de epílogo, en el que se haya finalmente ante la Asamblea, el autor va desgranando la vida de Carlos, desde un primer periodo consciente de la infancia donde se sientan las bases de un chaval de una gran imaginación alimentada por las películas, los cómics, las novelas juveniles…, un niño que sueña con ser un héroe, salvar -o en su defecto, enseñar- a su amiga analfabeta y que teme e ignora lo que de mágico y ancestral hay en aquellos que no son blancos cubanos. Una de sus primeras enseñanzas es que Los hombres no lloran. Son 21 capítulos que responden todos al mismo mecanismo, partiendo de un punto concreto en el tiempo, el autor vuelve hacia atrás enlazando con las circunstancias o los hechos de uno o varios capítulos anteriores, avanzando hacia el punto de partida del principio del capítulo y trascendiéndolo. Así tenemos una novela de formación en la que cada capítulo gira sobre sí mismo uniéndose a los adyacentes, que arranca poco antes del golpe de Estado de Batista de 1952 y finaliza después del fracaso de la zabra de los 10 millones (1970), recorriendo con ello, preliminares, triunfo y desarrollo de la revolución cubana.

      Nuestro aspirante a obrero ejemplar crece, lo hace del lado de la revolución hacia la que poco a poco no le ha quedado más remedio que decantarse profundizando, así, una brecha familiar con su hermano y con su padre, prestamista. Según va avanzando va aprendiendo y no siempre aprende como debe -eso es evidente durante su periodo maoísta-, más bien aprende como puede hacerlo alguien apegado al hogar materno que siempre quiso ser un héroe y que, a la postre, termina siendo … alguien que siempre quiso ser. Sin embargo estuvo presente o, de una manera u otra, participó en muchos de los hitos históricos de este proceso: la explosión del La Coubre, Girón, muerte del Che… y, en otros, de esa otra Cuba, de misteriosos sesgos como la incorporación de un muerto, la furnia, Alegre -el loco electricista-, o el Tren Fantasma cargado de caña podrida… La prosa de Jesús Dïaz es rica, rítmica, vigorosa, atrevida, juguetona. La música está presente -sobre todo y, significativamente- al principio, pero la melodía, la cadencia del verbo cubano llega hasta a la zafra. Precisamente en el capítulo de la primera zafra de Carlos, el autor cambia por única vez al destinatario de sus palabras: ya no es el lector, es Gisela, la mujer de Carlos, lo que por un lado suaviza la pesantez del trabajo y por otro acentúa la soledad y acompasa la marcha de las duras faenas. No le falta el calor a su protagonista, ni le faltan contradicciones, como a la mismita revolución, pero sigue avanzando, como trabajador, como persona y como hombre que consigue o intenta, por lo menos, reconocerle a la mujer los mismos derechos.

      Una novela bien construida a todos los niveles, escrita por un entonces Jesús Díaz revolucionario, que, no sé sí para su alegría o su pesar, cuenta mucho de las dificultades personales, pero también sociales y políticas de bregar a contracorriente.

Memorias del subsuelo de Fiodor M. Dostoievski

Dostoievski escribe Memorias del subsuelo en Petersburgo, la ciudad más abstracta de todo el globo terráqueo (Biely, recogiendo el testigo, nos la dibujó en todo su geometría siguiendo a Apolón). Al volver de su exilio en Siberia en 1959 pudo, por fin, publicar de nuevo. Entre 1861 y 1862 vio la luz Memorias de la casa muerta y después, durante un duro periodo de su vida en el que murieron su esposa y su hermano y tuvo una relación extraconyugal, escribió Memorias del subsuelo, obra en la que se prefiguran Raskolnikov y Sonia, donde transita la locura quijotesca, se esboza Kafka  y se augura la náusea existencial.

      Dos partes. En la primera intitulada El subsuelo, el autor, en primera persona, dice escribir para sentir alivio porque un recuerdo del pasado le oprime el alma y también porque estoy aburrido y siempre estoy sin hacer nada. Y entre estas dos dispares intensidades va a transcurrir el mundo de este hombre honesto, servil y cobarde que lo observa todo desde su inercia, este hombre sin nombre que desde la primera línea se define como enfermo, rabioso, nada atractivo…, … tan aprensivo y suspicaz como pueda serlo un jorobado o un enano, este funcionario -únicamente como tal se reconoce- que se dirige al lector aunque dice escribir para sí mismo y que considera el exceso de conciencia una enfermedad, él se arrellana en el subsuelo, -en la eterna maldad-, y del subsuelo extrae el jugo: el placer turbio de reconcomerse en sus impotencias, frustraciones, penitencias, ofensas, pero también el de sublimar la belleza, la autosuficiencia… Porque, en su libre albedrío, elige, al margen de lo que marque el propio beneficio y puede elegir no hacer nada o hacer lo que no debe, hacer lo que en el fondo no quiere o lo que en el fondo sí quiere. Un verdadero antihéroe.

      En la segunda parte, A propósito del aguanieve, vuelve hacia el pasado a través de tres episodios de su vida que lo incomodan. Despliega un sarcasmo, en ocasiones reflexivo, hacia su entorno y hacia sí mismo, se somete al más absoluto ridículo cuando no a la humillación, también hay espacio para la confesión dramática, al tiempo que sufre o saborea que la esencia del comportamiento descansa en que el superior aplasta al inferior (y la más inferior resulta ser siempre una mujer, en este caso Liza) y que quien, como él, vive ajeno a la vida, entregado a la ineluctable clarividencia de su conciencia, afronta un doble sufrimiento, una gran culpa, casi, casi, inmerecida. Al cáustico sentido del humor que recorre toda la obra se unen reflexiones acerca de la ciencia y la naturaleza, la razón y el corazón, como elementos siempre enfrentados vistos por este individuo -una mosca para los demás, un ratón en su territorio- que, pasado cierto periodo de tiempo, necesita salir de su cubículo y confirmar que el amor es la dominación moral del objeto amado, que no puede vivir sin tiranizar, que los malos actos son regidos por la cabeza y no por el corazón. 

      Todo Dostooievski formándose, conformándose, enfrentándose, riéndose de sí mismo, ofendiéndose, desafiando, sufriendo… Una maravilla a releer cada cierto tiempo.

Limónov de Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère admiró literaria y vitalmente a Limónov allá por los años 80, cuando comenzaba el ruso a publicar sus primeros libros en Francia y Carrère, ya licenciado, comenzaba su andadura en el mundo de las letras. Las reacciones que hacia Limónov tenían tanto el pueblo llano de su país, como personalidades tan aparentemente opuestas al personaje por él creado y a la imagen recogida en los medios de comunicación occidentales, como Yelena Bónner, activista por los derechos humanos y viuda de Andréi Sajárov, o la periodista Anna Politkovskaya, avivaron de nuevo su interés más de una veintena de años mas tarde. Cuando a Carrére, un amigo periodista le propuso hacer un reportaje para una nueva revista, su respuesta inmediata fue: Limónov. Patrick me miró con los ojos como platos: “Limónov es un malhechor”. “No lo sé, habría que ver.” El proyecto fue hacia delante y, lo que iba a ser un reportaje, se convirtió en esta obra en parte periodística, pero también una biografía con tintes autobiográficos -pues Carrère da noticias de quién era, cómo era, cómo se veía, como se ve desde la distancia, etc.-, en parte fábula -ya sea la que el biografiado transmite o la que Carrère recrea-, que se lee como una novela y, además, como una novela apasionante, al margen de su mayor o menor veracidad -¿dónde está la verdad, es más, dónde está la verdad en lo que a la Unión Soviética se refiere?-, plausible e inteligentemente contextualizada en lo personal y en lo histórico.

     Eduard Savienko, Limónov, nació el 2 de febrero de 1943, el día de la rendición oficial de las tropas alemanas que sitiaban la entonces Stalingrado. Era hijo de un simple oficial de la NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) y de una comunista convencida que, como entonces –y ahora- ocurría en la URSS, no veían en Stalin al demonio rojo sino al héroe que venció a Hitler y culminó el fin de la Segunda Guerra Mundial. A su vez, Limónov admiraba a los militares –siempre caminará como ellos, … con paso reglamentario, regular y enérgico: a seis quilómetros por hora.- y, sintiéndose avergonzado por la falta de categoría de su progenitor, buscó otros modelos que encontró en la delincuencia, estuvo un breve periodo en la cárcel, trabajó como fundidor, intentó suicidarse, paró en un psiquiátrico donde un médico avispado, reparando en que lo que el paciente quería era llamar la atención, lo derivó hacia un trabajo más acorde, dentro de lo posible, con sus aspiraciones: vendedor ambulante de libros -Limónov, alma rusa amante de la poesía, ya escribía versos y no lo hacía mal-. Era un persona sin prejuicios que tanto se entregaba a la literatura, como cosía sus propios modelos de ropa los cuales también vendía, se casó con una mujer bastante mayor que él que le inició en el mundo de la bohemia -… él la estabiliza, ella le refina.-, se trasladó a Moscú y, a partir de ahí, comenzó lo que él siempre ansió, una vida libre y peligrosa: una vida de hombre. Tras Moscú, Nueva York y París – épater le bourgeois era y es algo que se le daba de maravilla y allí dio con las personas adecuadas-. Tras Anna, Elena y Natasha Medviédieva (cantante y poeta rusa de carácter, por lo menos, tan intenso como el suyo). Y por fin, con su odiada Perestroika y de la mano de su editor ruso, volvió a Moscú donde no se estableció hasta 1994 -curiosamente, Limónov partió y volvió a la URSS en los mismos años que su odiado Solzhenitsyn-. A su regreso Limónov descubre que no encaja, que le duelen Rusia y el pueblo ruso y marcha a la guerra de las Balcanes donde ha de elegir un bando, aunque no cree que un bando tenga toda la razón y el otro esté totalmente equivocado, pero tampoco cree en la neutralidad. Un neutral es un gallina y tiene por fin la oportunidad de sentir la emoción de la guerra, culminando sus deseos juveniles. Tras esto y dada la situación en su patria, regresó con la convicción de que había llegado el momento de entrar en política. Conducidos por Carrère que hace recuento y descripción de hechos y acontecimientos, que opina y contacta con el círculo del que se rodeaba Limónov, los militantes de su partido, entramos en la que es la parte más interesante y, probablemente, la más polémica y, no me cabe duda, la más difícil de desentrañar. Entre iluminado y Peter Pan, entre místico y materialista, entre genio literario y prolífico escritor, entre amante entregado y viejo pedófilo, entre preso modélico y agitador constante, la trayectoria de este escritor, sastre, vagabundo, soldado y un largo etcétera que continúa, en manos de Carrère, resulta absorbente, como también lo es la historia de su país sobre el que tanta tinta ha corrido  guiada por intereses espurios, sobre el que tantos velos se han corrido y se corren desde nuestro “clarividente” occidente.

     No dejen de leerla. Lo harán de un tirón y, tal vez, les surjan dudas y preguntas, lo cual es bueno, muy bueno.

La tía Mame de Patrick Dennis

Edward Everett Tanner II en doce de sus dieciseis novelas firmó con el pseudónimo de Patrick Dennis, en las otras cuatro lo hizo con el de Virginia Rowans (porque le obligó la editorial, en realidad él quería firmar con el nombre de su marca de tabaco favorito: Virginia Rounds). Su padre, avezado deportista y destacado piloto durante la I Guerra Mundial, le llamaba Pat, en honor al boxeador Pat Sweeney, intentando marcar un estilo del que su hijo se situaría muy lejos: a Edward sólo le interesaban la literatura, el teatro y el cine (no obstante sí participó en la II Guerra Mundial, pero mucho más apegado a la tierra, como conductor de ambulancias).

     La tía Mame vio la luz en 1955 tras ser rechazada por casi una veintena de editoriales y, una vez conseguida su publicación gracias a un neófito en Vanguard Press, la falta de confianza en la obra, redundó en la carencia de publicidad, por lo que nuestro ya Patrick Dennis y un amigo se dedicaron a promocionarla librería a librería, alcanzando cifras de venta récord durante dos años, 1955 y 1956. Su secuela no alcanzó tamaña proeza, pero nuestro autor pudo prescindir de su alimenticio trabajo y además se enriqueció. Y es que La tía Mame es un regalo para el humor.

     La hermana de su padre, que murió con 94 años, reivindicaba ser la inspiradora del personaje, pero, recorriendo la vida de nuestro ínclito personaje, es más que plausible que, como tantos autores, cogiera de ella, mas también de sí mismo: su biografía es una mina de ires y venires repletos de subidas y bajadas emocionales, económicas, geográficas, etcétera. Baste decir que, además de arruinarse, años antes de morir, trabajó de mayordomo -a su decir, con regocijo: I’m embarking on what is probably the best career that I will ever have– para el fundador de MacDonald’s.

     Un niño de 10 años, Patrick Dennis, queda huérfano y va a parar a manos de su Tía Mame, de quien su propio padre, no muy apegado a la criatura dice que … era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro… A partir de ahí, durante los diez capítulos restantes -el primero nos describe su llegada a la sofisticada leonera de Mame- asistimos a una serie de historias conectadas, que siguen una línea temporal, y corresponden a las distintas aventuras de la estrafalaria, genuina, instruida y libérrima protagonista. Patrick es rico por herencia y su padre, a pesar de dejarle con su hermana, puso a buen recaudo su fortuna y su plan educativo con un dickensiano fideicomisario. La tía, bueno, la tía, en principio también es acaudalada, pero el crack del 29 -tras unos felicísimos años veinte- le pasa factura -a la familia Tanner también se la pasó- y con ello comienzan sus primeras vicisitudes. Aventuras y desventuras de tía y sobrino que finalizan siete años después de la Segunda Guerra Mundial.

     Un humor chispeante, ocurrente y desihibido. Un personaje intenso, apasionado y, también, desesperante, que fue recogido por el cine y el teatro durante largas temporadas -La tía Mame fue representada por Rosalind Russell en el cine y el teatro, donde fue sustituida, sucesivamente por Greer Garson, Beatrice Lillie, Constance Bennett, Sylvia Sidney y Eve Arden- con una coreografía a su servicio, como debe ser para que brille. No se me ocurre mejor libro para desengrasar. Yo quedé tan ligera que me dispongo a revisitar a Kafka. Y no es broma.

Un debut en la vida de Anita Brookner

Anita Brookner, fallecida en 2016 con casi 88 años, fue una historiadora de arte británica, algunos de cuyos libros, The genius of the future y Romanticism and its descontents, siguen disfrutando de un amplio público lector. Comenzó tarde a escribir novela, con 53, y esta fue su primera obra publicada, sobre la que niega que sea biográfica, no obstante existen abundantes concomitancias, por ejemplo, el hecho de que su padre fuera temporalmente también librero -como George, el padre de la protagonista-, que fuera de origen judíopolaco, que su madre fuera, si no actriz, como Helen, la madre en la novela, sí cantante, etc. Además, ella, como estudiosa, no desperdiciaba ningún dato sobre los autores que trataba. Brookner es la variante de Bruckner, apellido de origen, y con él se inscribieron en el Reino Unido para borrar las huellas alemanas ante la creciente animadversión inglesa hacia este país durante la Primera Guerra Mundial.

     La protagonista, Ruth Weiss, será una estudiosa de Balzac y de Balzac toma Brookner el título Un début dans la vie, obra que también tendrá su momento a lo largo de la novela. Arranca así: A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. ¿Se puede responder a esta cuestión brevemente? Sí, y con presteza: … su padre y su madre se aliaron para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la Pequeña Dorrit. Pero también se puede explayar, concisamente, durante doscientas páginas. Así se desarrolla la obra, entre contrarios, propios y ajenos. Y evolucionando literariamente: de Los Grimm y Andersen pasa a Dickens, luego Hugo, de Vigny, Balzac. Dickens … le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. ¿Por qué no habría conocido antes a Balzac?

     Una narración precisa y llena de significados. Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Una niña pelirroja y silenciosa que, al morir la abuela -única persona asentada en la prosaica realidad-, se acercó el libro a la mejilla a modo de consuelo, una jovencita que queda en compañía -que no en sus manos- de unos padres egoístas y moliciosos, infelices y dependientes, poco o nada habituados a trabajar. Un vivo ejemplo de lo que Balzac enseña: la suprema eficacia de la mala conducta. Emoción, contención y literatura se van enredando a lo largo de la vida que Ruth hace. A excepción de dos conatos que la alejan por poco tiempo del hogar, -presentado el primero con Le début dans la vie de Balzac y acompasado por la Fedra de Racine, y el segundo por la siempre presente Eugénie Grandet-, la historia de Ruth está condicionada por la de sus progenitores y por el bastión defensivo que ha levantado en las bibliotecas: sus horas allí eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Un personaje solitario y generoso, quizá por miedo, por necesidad. Una mujer predestinada a la rutina o que hace una elección. No parece una vida intensa, si embargo la novela lo es. Un placer leerla, releerla. Una prosa inteligente, con sentido del humor, llena de alusiones y un incierta poesía del desastre inevitable. O la rutina. Cálida y fría. Culta y asequible. Un regalo. Y el prólogo de Barnes, también.

Dr Anita Brookner, winner of Britain’s Booker McConnell fiction prize for Hotel du Lac.

Petersburgo de Andréi Biely

Andrei Biely es el seudónimo de Borís Nikoláyevich Bugáiev, dizque por no perjudicar la reputación de su padre, matemático insigne, aunque no puede ser puro azar que eligiera el apellido Biely, blanco, siendo los simbolistas tan amigos de jugar con los colores y estando el rojo avanzando, como avanza en la propia novela, por las calles y el destino de Rusia. Petersburgo fue rechazada en 1912, posteriormente fue publicada por entregas, vio la luz completa en 1916 y, posteriormente, fue modificada varias veces por su autor, siendo su última versión publicada en Berlín en 1922 y en Rusia en 1928.

     Petersburgo ciudad nació como San Petersburgo en 1703 y en 1914, fecha con la que concluye la novela Petersburgo, pasa a llamarse Petrogrado. Ironías del destino, de la historia o quizá solo un símbolo a los que tan afecto era Biely, a la muerte de Lenin, pasa a llamarse Leningrado en honor a quien trasladó la capitalidad que Peter, como la llaman coloquialmente en Rusia, ostentaba desde su construcción, a Moscú. Esta ciudad nacida del deseo de europeización y de dar una salida al Báltico a Rusia es telón de fondo y protagonista de la novela, si bien no fue Biely quien eligió el nombre, sino que le vino impuesto. Su formación y conformación, el viento que recorre sus avenidas al son de los aires revolucionarios que avanzan desde la frustrada revolución de 1905 hasta la del 17, el paisaje que inunda sus calles donde bombines, chisteras y tricornios conviven o se ven, por momentos, sustituidos por gorros manchúes, las sombras que emergen de las islas desde el verde del mar Bático al rojo de las banderas que ocupan la perspectiva Nevski, el azul de sus cielos cíclicamente invadidos por la niebla, el amarillo del peligro procedente del Este donde Rusia acababa de perder Port Arthur, sus colores y formas significan, aluden, representan, encauzan circunstancias históricas pasadas y por venir -no en vano es el simbolismo la corriente por la que fluye el autor-. Petersburgo es el lugar de encuentro entre las sombras del pasado -Pedro I, El jinete de bronce, a lomos de su caballo sobre la enorme piedra que los sacrificados trabajadores hubieron de trasladar al lugar adecuado-, las sombras del presente -los obreros que sobreviven en las islas donde el Holandés [errante] encendió las infernales lucecitas de unas cuantas tabernas, a las que el pueblo eslavo acudiría en tropel, el putrefacto contagio…- y las sombras del futuro -los japoneses, las huelgas, la revolución…- . No obstante, nada más lejos de este festín literario que ser reivindicativo, si bien Biely anduvo yendo y viniendo de su tierra al extranjero para acabar finalmente sus días en la Unión Soviética: no hay más que echar una ojeada a la opinión de Trotsky en su Literatura y revolución donde, sin lugar a dudas lo incluye, con cierta gracia -no le faltaba a él tampoco el sentido del humor-, entre los individualistas, los místicos y demás epilépticos. Parece que no estaban, en su opinión y, dado el resultado, la de muchos y muchas más, los tiempos para florituras. Afortunadamente, el siempre juguetón Nabokov la revivificó para la literatura no eslava al incluirla entre las cuatro mejores novelas del siglo XX y Vila Matas la recuperó para estos tiempos hace ya unos cuantos años, en un estupendo artículo sobre ella -supongo que cuando se estaba cociendo la edición de Akal que fue la que compré en su momento, casi nerviosa porque no la encontraba por ningún sitio-.

     Y es que Biely hace lo que le da la gana. Como Nabokov, como Faulkner, como Morante, como tantas y tantos, fue primero poeta y eso se nota en el ritmo vertiginoso que, en ocasiones, imprime a una trama que, en principio, no es nada del otro mundo -lo cual no es raro-, manejando repeticiones que podrían figurar el sonido del agua, el rumor del descontento, la resistencia al cambio, sinécdoques y metonimias que dibujan de un trazo un conjunto, alusiones, metáforas, personificaciones, apóstrofes (muchas de ellas al lector) … Sin ser una novela en absoluto psicológica, parte del conflicto reposa -bueno, aquí nada reposa, la niebla va y viene, las estatuas de piedra corren, las latas de sardinas son resortes fatales…-, reposa sobre la relación padre-hijo, la necesidad de matar al padre y de romper con…, bueno, eso no queda muy claro. Padre e hijo son presentados por su nombre desde el principio, al resto hemos de seguirlos por partes: el hombre del bigotito, el de la verruga, el que no para de sonarse…, hasta que son identificados por un nombre (cuando no tienen varios como el agente doble o triple que maneja hilos entre tinieblas y cuya función, de tenerla, es la de vértice donde revolucionarios y conservadores se encuentran). El aspecto físico es caricaturizado y qué decir del carácter. Uno es la frialdad personificada, adora la línea recta, a continuación es el cuadrado lo que le proporciona sosiego, su posición al sentarse le hace merecedor del calificativo de El egipcio, sus orejas son lo más representativo y trabaja en el Organismo -cualquiera vale-, otro se inclina por lo redondo hasta el punto de verse estallar, oscila entre apolíneo y batracio, muy miope… Frente al hijo, Nikolai, se sitúa su cómplice Alexander, verdugo y víctima desquiciada y febril del partido, para acabar ambos siendo marionetas de un malvado horriblemente feo, pergeñador del infausto destino de ambos. La riqueza y profusión lingüística es evidente e, indudablemente, algo se pierde con la traducción, pero las notas del traductor ayudan a descifrar el sentido de juegos de palabras y otras puntadas finas. Los personajes femeninos son simples, dependientes, pero los masculinos no salen bien parados, resultando, en conjunto, bastante ignominiosos todos. Dobles papadas -no hay papada que se resista a su descripción-, cárdenas e prominentes narices, orejas extensas…, el esperpento ruso, prematuro Joyce, pero también del Oulipo. Hay pasajes hermosos (la voz de la infancia a través de las grullas que vuelan sobre la ciudad, pero nadie escucha), hilarantes, prolepsis, analepsis, repetición de escenas desde distintos puntos de vista (la pareja Sergei-Sophía y sus encuentros y desencuentros), divagaciones antroposóficoliterarioreligiosas o vete tú a saber -quizá, a mi modo de ver, las más engorrosas, aunque suele acabar salvándolas con efectos de lo más salerosos: se estaba tomando demasiado en serio-. En fin una obra que puede resultar aborrecible (no solo Trotsky, también Brodsky la denostaba) o una juerga. Literatura sobre la obra rueda mucho por la web y, por la propia novela, asoma, ostentosamente, Pushkin con su Jinete de bronce y La Dama de picas, pero también Dostoyevski -necesariamente ya que se trata de la ciudad de la que se trata- su Doble y otros atormentados, Gogol -narices y capotes exponiéndose- y seguro que otros -dudo que otras- que me he perdido o ignoro. Y más cosas, muchas más: Apolo, Saturno, Mercurio, Kant… Y alrededor de esta ciudad y de este artificioso constructo, el río Neva, las tenebrosas islas y la Perspectiva Nevski.

     No para todos los paladares lectores, pero un jolgorio para quienes la sepan degustar.