La tía Mame de Patrick Dennis

Edward Everett Tanner II en doce de sus dieciseis novelas firmó con el pseudónimo de Patrick Dennis, en las otras cuatro lo hizo con el de Virginia Rowans (porque le obligó la editorial, en realidad él quería firmar con el nombre de su marca de tabaco favorito: Virginia Rounds). Su padre, avezado deportista y destacado piloto durante la I Guerra Mundial, le llamaba Pat, en honor al boxeador Pat Sweeney, intentando marcar un estilo del que su hijo se situaría muy lejos: a Edward sólo le interesaban la literatura, el teatro y el cine (no obstante sí participó en la II Guerra Mundial, pero mucho más apegado a la tierra, como conductor de ambulancias).

     La tía Mame vio la luz en 1955 tras ser rechazada por casi una veintena de editoriales y, una vez conseguida su publicación gracias a un neófito en Vanguard Press, la falta de confianza en la obra, redundó en la carencia de publicidad, por lo que nuestro ya Patrick Dennis y un amigo se dedicaron a promocionarla librería a librería, alcanzando cifras de venta récord durante dos años, 1955 y 1956. Su secuela no alcanzó tamaña proeza, pero nuestro autor pudo prescindir de su alimenticio trabajo y además se enriqueció. Y es que La tía Mame es un regalo para el humor.

     La hermana de su padre, que murió con 94 años, reivindicaba ser la inspiradora del personaje, pero, recorriendo la vida de nuestro ínclito personaje, es más que plausible que, como tantos autores, cogiera de ella, mas también de sí mismo: su biografía es una mina de ires y venires repletos de subidas y bajadas emocionales, económicas, geográficas, etcétera. Baste decir que, además de arruinarse, años antes de morir, trabajó de mayordomo -a su decir, con regocijo: I’m embarking on what is probably the best career that I will ever have– para el fundador de MacDonald’s.

     Un niño de 10 años, Patrick Dennis, queda huérfano y va a parar a manos de su Tía Mame, de quien su propio padre, no muy apegado a la criatura dice que … era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro… A partir de ahí, durante los diez capítulos restantes -el primero nos describe su llegada a la sofisticada leonera de Mame- asistimos a una serie de historias conectadas, que siguen una línea temporal, y corresponden a las distintas aventuras de la estrafalaria, genuina, instruida y libérrima protagonista. Patrick es rico por herencia y su padre, a pesar de dejarle con su hermana, puso a buen recaudo su fortuna y su plan educativo con un dickensiano fideicomisario. La tía, bueno, la tía, en principio también es acaudalada, pero el crack del 29 -tras unos felicísimos años veinte- le pasa factura -a la familia Tanner también se la pasó- y con ello comienzan sus primeras vicisitudes. Aventuras y desventuras de tía y sobrino que finalizan siete años después de la Segunda Guerra Mundial.

     Un humor chispeante, ocurrente y desihibido. Un personaje intenso, apasionado y, también, desesperante, que fue recogido por el cine y el teatro durante largas temporadas -La tía Mame fue representada por Rosalind Russell en el cine y el teatro, donde fue sustituida, sucesivamente por Greer Garson, Beatrice Lillie, Constance Bennett, Sylvia Sidney y Eve Arden- con una coreografía a su servicio, como debe ser para que brille. No se me ocurre mejor libro para desengrasar. Yo quedé tan ligera que me dispongo a revisitar a Kafka. Y no es broma.

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Un debut en la vida de Anita Brookner

Anita Brookner, fallecida en 2016 con casi 88 años, fue una historiadora de arte británica, algunos de cuyos libros, The genius of the future y Romanticism and its descontents, siguen disfrutando de un amplio público lector. Comenzó tarde a escribir novela, con 53, y esta fue su primera obra publicada, sobre la que niega que sea biográfica, no obstante existen abundantes concomitancias, por ejemplo, el hecho de que su padre fuera temporalmente también librero -como George, el padre de la protagonista-, que fuera de origen judíopolaco, que su madre fuera, si no actriz, como Helen, la madre en la novela, sí cantante, etc. Además, ella, como estudiosa, no desperdiciaba ningún dato sobre los autores que trataba. Brookner es la variante de Bruckner, apellido de origen, y con él se inscribieron en el Reino Unido para borrar las huellas alemanas ante la creciente animadversión inglesa hacia este país durante la Primera Guerra Mundial.

     La protagonista, Ruth Weiss, será una estudiosa de Balzac y de Balzac toma Brookner el título Un début dans la vie, obra que también tendrá su momento a lo largo de la novela. Arranca así: A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. ¿Se puede responder a esta cuestión brevemente? Sí, y con presteza: … su padre y su madre se aliaron para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la Pequeña Dorrit. Pero también se puede explayar, concisamente, durante doscientas páginas. Así se desarrolla la obra, entre contrarios, propios y ajenos. Y evolucionando literariamente: de Los Grimm y Andersen pasa a Dickens, luego Hugo, de Vigny, Balzac. Dickens … le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. ¿Por qué no habría conocido antes a Balzac?

     Una narración precisa y llena de significados. Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Una niña pelirroja y silenciosa que, al morir la abuela -única persona asentada en la prosaica realidad-, se acercó el libro a la mejilla a modo de consuelo, una jovencita que queda en compañía -que no en sus manos- de unos padres egoístas y moliciosos, infelices y dependientes, poco o nada habituados a trabajar. Un vivo ejemplo de lo que Balzac enseña: la suprema eficacia de la mala conducta. Emoción, contención y literatura se van enredando a lo largo de la vida que Ruth hace. A excepción de dos conatos que la alejan por poco tiempo del hogar, -presentado el primero con Le début dans la vie de Balzac y acompasado por la Fedra de Racine, y el segundo por la siempre presente Eugénie Grandet-, la historia de Ruth está condicionada por la de sus progenitores y por el bastión defensivo que ha levantado en las bibliotecas: sus horas allí eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Un personaje solitario y generoso, quizá por miedo, por necesidad. Una mujer predestinada a la rutina o que hace una elección. No parece una vida intensa, si embargo la novela lo es. Un placer leerla, releerla. Una prosa inteligente, con sentido del humor, llena de alusiones y un incierta poesía del desastre inevitable. O la rutina. Cálida y fría. Culta y asequible. Un regalo. Y el prólogo de Barnes, también.

Dr Anita Brookner, winner of Britain’s Booker McConnell fiction prize for Hotel du Lac.

Petersburgo de Andréi Biely

Andrei Biely es el seudónimo de Borís Nikoláyevich Bugáiev, dizque por no perjudicar la reputación de su padre, matemático insigne, aunque no puede ser puro azar que eligiera el apellido Biely, blanco, siendo los simbolistas tan amigos de jugar con los colores y estando el rojo avanzando, como avanza en la propia novela, por las calles y el destino de Rusia. Petersburgo fue rechazada en 1912, posteriormente fue publicada por entregas, vio la luz completa en 1916 y, posteriormente, fue modificada varias veces por su autor, siendo su última versión publicada en Berlín en 1922 y en Rusia en 1928.

     Petersburgo ciudad nació como San Petersburgo en 1703 y en 1914, fecha con la que concluye la novela Petersburgo, pasa a llamarse Petrogrado. Ironías del destino, de la historia o quizá solo un símbolo a los que tan afecto era Biely, a la muerte de Lenin, pasa a llamarse Leningrado en honor a quien trasladó la capitalidad que Peter, como la llaman coloquialmente en Rusia, ostentaba desde su construcción, a Moscú. Esta ciudad nacida del deseo de europeización y de dar una salida al Báltico a Rusia es telón de fondo y protagonista de la novela, si bien no fue Biely quien eligió el nombre, sino que le vino impuesto. Su formación y conformación, el viento que recorre sus avenidas al son de los aires revolucionarios que avanzan desde la frustrada revolución de 1905 hasta la del 17, el paisaje que inunda sus calles donde bombines, chisteras y tricornios conviven o se ven, por momentos, sustituidos por gorros manchúes, las sombras que emergen de las islas desde el verde del mar Bático al rojo de las banderas que ocupan la perspectiva Nevski, el azul de sus cielos cíclicamente invadidos por la niebla, el amarillo del peligro procedente del Este donde Rusia acababa de perder Port Arthur, sus colores y formas significan, aluden, representan, encauzan circunstancias históricas pasadas y por venir -no en vano es el simbolismo la corriente por la que fluye el autor-. Petersburgo es el lugar de encuentro entre las sombras del pasado -Pedro I, El jinete de bronce, a lomos de su caballo sobre la enorme piedra que los sacrificados trabajadores hubieron de trasladar al lugar adecuado-, las sombras del presente -los obreros que sobreviven en las islas donde el Holandés [errante] encendió las infernales lucecitas de unas cuantas tabernas, a las que el pueblo eslavo acudiría en tropel, el putrefacto contagio…- y las sombras del futuro -los japoneses, las huelgas, la revolución…- . No obstante, nada más lejos de este festín literario que ser reivindicativo, si bien Biely anduvo yendo y viniendo de su tierra al extranjero para acabar finalmente sus días en la Unión Soviética: no hay más que echar una ojeada a la opinión de Trotsky en su Literatura y revolución donde, sin lugar a dudas lo incluye, con cierta gracia -no le faltaba a él tampoco el sentido del humor-, entre los individualistas, los místicos y demás epilépticos. Parece que no estaban, en su opinión y, dado el resultado, la de muchos y muchas más, los tiempos para florituras. Afortunadamente, el siempre juguetón Nabokov la revivificó para la literatura no eslava al incluirla entre las cuatro mejores novelas del siglo XX y Vila Matas la recuperó para estos tiempos hace ya unos cuantos años, en un estupendo artículo sobre ella -supongo que cuando se estaba cociendo la edición de Akal que fue la que compré en su momento, casi nerviosa porque no la encontraba por ningún sitio-.

     Y es que Biely hace lo que le da la gana. Como Nabokov, como Faulkner, como Morante, como tantas y tantos, fue primero poeta y eso se nota en el ritmo vertiginoso que, en ocasiones, imprime a una trama que, en principio, no es nada del otro mundo -lo cual no es raro-, manejando repeticiones que podrían figurar el sonido del agua, el rumor del descontento, la resistencia al cambio, sinécdoques y metonimias que dibujan de un trazo un conjunto, alusiones, metáforas, personificaciones, apóstrofes (muchas de ellas al lector) … Sin ser una novela en absoluto psicológica, parte del conflicto reposa -bueno, aquí nada reposa, la niebla va y viene, las estatuas de piedra corren, las latas de sardinas son resortes fatales…-, reposa sobre la relación padre-hijo, la necesidad de matar al padre y de romper con…, bueno, eso no queda muy claro. Padre e hijo son presentados por su nombre desde el principio, al resto hemos de seguirlos por partes: el hombre del bigotito, el de la verruga, el que no para de sonarse…, hasta que son identificados por un nombre (cuando no tienen varios como el agente doble o triple que maneja hilos entre tinieblas y cuya función, de tenerla, es la de vértice donde revolucionarios y conservadores se encuentran). El aspecto físico es caricaturizado y qué decir del carácter. Uno es la frialdad personificada, adora la línea recta, a continuación es el cuadrado lo que le proporciona sosiego, su posición al sentarse le hace merecedor del calificativo de El egipcio, sus orejas son lo más representativo y trabaja en el Organismo -cualquiera vale-, otro se inclina por lo redondo hasta el punto de verse estallar, oscila entre apolíneo y batracio, muy miope… Frente al hijo, Nikolai, se sitúa su cómplice Alexander, verdugo y víctima desquiciada y febril del partido, para acabar ambos siendo marionetas de un malvado horriblemente feo, pergeñador del infausto destino de ambos. La riqueza y profusión lingüística es evidente e, indudablemente, algo se pierde con la traducción, pero las notas del traductor ayudan a descifrar el sentido de juegos de palabras y otras puntadas finas. Los personajes femeninos son simples, dependientes, pero los masculinos no salen bien parados, resultando, en conjunto, bastante ignominiosos todos. Dobles papadas -no hay papada que se resista a su descripción-, cárdenas e prominentes narices, orejas extensas…, el esperpento ruso, prematuro Joyce, pero también del Oulipo. Hay pasajes hermosos (la voz de la infancia a través de las grullas que vuelan sobre la ciudad, pero nadie escucha), hilarantes, prolepsis, analepsis, repetición de escenas desde distintos puntos de vista (la pareja Sergei-Sophía y sus encuentros y desencuentros), divagaciones antroposóficoliterarioreligiosas o vete tú a saber -quizá, a mi modo de ver, las más engorrosas, aunque suele acabar salvándolas con efectos de lo más salerosos: se estaba tomando demasiado en serio-. En fin una obra que puede resultar aborrecible (no solo Trotsky, también Brodsky la denostaba) o una juerga. Literatura sobre la obra rueda mucho por la web y, por la propia novela, asoma, ostentosamente, Pushkin con su Jinete de bronce y La Dama de picas, pero también Dostoyevski -necesariamente ya que se trata de la ciudad de la que se trata- su Doble y otros atormentados, Gogol -narices y capotes exponiéndose- y seguro que otros -dudo que otras- que me he perdido o ignoro. Y más cosas, muchas más: Apolo, Saturno, Mercurio, Kant… Y alrededor de esta ciudad y de este artificioso constructo, el río Neva, las tenebrosas islas y la Perspectiva Nevski.

     No para todos los paladares lectores, pero un jolgorio para quienes la sepan degustar.

 

Érase una vez de Margaret Atwood

Érase una vez

Tradicionalmente los cuentos empiezan Érase una vez, mas cada vez resulta más complicado entrar en el relato respetando todas las cortapisas que va esparciendo la (pretendida) bondad de lo políticamente correcto. También terminan con parejas felizmente casadas comiendo perdices. Pero no es así y Atwood, que pretende no conseguir arrancar en su primera pieza del libro, la que da título al conjunto -6 cuentos y dos breves escritos que abren y cierran la obra-, nos expone seis relaciones de parejas para las que las perdices no resultaron tan sabrosas.

      Seis desencuentros y un colofón que lleva por título A favor de las mujeres tontas y en los seis desencuentros hay mujeres tontas y no tanto –porque sin ellas no habría historias, (…) porque la mujer tonta es lo bastante imbécil para creer que la Esperanza será una especie de alivio, (…) porque ¿de dónde proceden quinientos años de versos de amor…?-. Betty, la que da nombre al primer relato, parece el paradigma y Atwood recuerda su historia además de la imagen que de ella se hizo durante su infancia y adolescencia, y se excusa desde la madurez. En Translúcida, como su nombre indica, la mujer tonta deja pasar la luz siendo sus contornos, su realidad, difusos, así como el propio discurso que la protagonista intenta llevar adelante. Piensa en las plantas que han aprendido solas a parecer piedras. En las otras cuatro narraciones ellas se enfrentan directamente al desencanto y no saben como trascenderlo. En En la tumba del famoso poeta, el desamor es el tercer protagonista que acompaña a la pareja en su peregrinaje al castillo del poeta muerto, como si este fuera su unión desmoronándose: no me fío del castillo, me da la sensación de que se nos va a caer encima en cuanto nos de por reír o dar un paso en falso. Joyería capilar es una incursión en el pasado dentro de un viaje al pasado -la narradora huyó a Salem so pretexto de la obra de Hawthorne- y una recapitulación de los amores enquistados herencia de la afición por la melancolía propia de las jóvenes. Y no tan jóvenes. Odio los recuerdos que no pueden desecharse. En El resplandeciente quetzal, también siguiendo sutilmente una línea en paralelo frente al pozo de sacrificios rituales de un país centroamericano, una mujer racional y hastiada de su relación conjura instintivamente sus demonios en medio de un sofocante e indeseado tour turístico, mientras su marido, única voz masculina en este libro, no sabe como abordar una relación sin sentido que continúa por inercia. Por último en Vidas de poetas, Julia, poeta y conferenciante, funciona por hábito y por necesidad dentro de una dinámica que la agrede, contemporizando con quien ya no la necesita, no la quiere, no la respeta.

   Seis relatos desoladores, de triste belleza, serena inteligencia y delicada sororidad, enmarcados entre dos textos lúdicos, irónicos, pacífica y audazmente provocadores.

Lady Susan de Jane Austen

Lady Susan fue publicada 77 años después de ser escrita y 54 después de la muerte de su autora, en 1871. Es una novela epistolar compuesta por 41 cartas y una conclusión que cierra los avatares que se desarrollan a lo largo de la correspondencia entre siete personajes que rodean a Lady Susan Vernon, a saber: como contrapunto están su cuñada, la Sra. Vernon, Catherine, que recoge la voz de la moral de su tiempo -y de este, a qué dudarlo-, Sr. de Councy -Reginald, hermano de su cuñada- y Sir Reginald De Councy y esposa, padres de los anteriores. Dividiendo la correspondencia en dos partes de veinte y veinte misivas, está la número XXI de la hija de Lady Susan, Frederica Susan Vernon, quien, a pesar de los continuos menosprecios que sobre ella expresa su madre, algo del tesón y la habilidad para salirse con la suya de su madre ha heredado. Y permitiendo expandirse acerca de los sentimientos e intenciones de la ínclita Susan, la señora Johnson.

La soltura y el gracejo con que Jane Austen da voz a la pizpireta, manipuladora, vivaz e interesada Lady, así como la gravedad y sensatez con que describe y relata su cuñada, dirigen el transcurrir de los hechos en los que es Lady Susan la auténtica actriz que hace y deshace ante la impotencia de su hermana política que adora ser la primera y el centro de conversación, la más ingeniosa y la más sensata –no obstante no puede dejar de reconocer la aparente impecabilidad de la conducta de Lady Susan que subyuga por donde va y especialmente a los hombres. La novela está aderezada con exactamente cinco intervenciones masculinas, una de ellas, de Sir Reginald de Councy a su hijo, con un ánimo bien distinto a las demás. Sin embargo no es solo Lady Susan quien conduce los acontecimientos, también Frederica es capaz de torcer los designios de su madre que, con un cinismo encantador y jocosamente perverso, se explaya con su amiga, la Sra. Johnson, quien no le anda a la zaga en su práctica visión de un mundo en el que, para una mujer, el matrimonio se presenta como la única salvación. Lady Susan puede con todo. O casi, pues su capacidad de adaptación a las circunstanciass corre pareja con el desapego que siente hacia quienes la rodean y no participan de sus necesidades o intereses.

En este delicioso relato que por momentos parece una obra de teatro de enredo, la ya madura Lady Susan, viuda de treinta y tantos años, pisa con fuerza allí donde sabe que puede pisar -no así su amiga, ya sometida a la voz del patrón o anciano esposo. Frente al dudo si no debería castigarle despidiéndole de inmediato después de esta reconciliación o casándome con él y burlándome eternamente de Susan, aún libre para elegir, se queja la Sra. Johnson de que cuando era yo la que tenía ganas de ir a Bath, nada pudo inducirle a tener un solo síntoma de gota. La conclusión, por boca de la autora o por la de la persona que registra los aconteceres, cierra el periplo de Lady Susan, pero deja abierto el de su sacrificada hija que pasa de una celestina a otra, pero no cuento más. Una primera obra que anticipa los temas centrales de la obra de Austen con frescura y un cierto toque díscolo atemperado por el núcleo familiar Vernon, que viene a ser Catherine Vernon.

La edición es un placer. Limpia y traviesamente ilustrada, estupendo papel, primorosas guardas. He de confesar que la compré por impulso en un ataque de consumismo libresco que es el único que me permito de tarde en tarde. Una divertida delicatessen para un día de calor agobiante, de recogimiento en el sofá frente a la chimenea o, en su defecto, con la calefacción funcionando.

No, mamá, no de Verity Bargate

A Verity Bargate, su nacimiento como novelista y el diagnóstico de un cáncer le coincidieron en el mismo año, 1978. Ella siempre pensó que, como su madre, moriría a los cuarenta y no se equivocó, pues murió dos meses y veinte días antes de cumplir los cuarenta y uno. Cuando tenía cuatro años sus padres se divorciaron y su madre se marchó a Australia de donde retornó a los cuatro años, casada de nuevo con un doctor de la RAF y Verity pasó los siguientes años en internados y casas de vacaciones. Fue enfermera, pero no se sentía capacitada para ello, después trabajó para una empresa dedicada al análisis de los medios de comunicación y, finalmente, con su primer marido creó el Soho Teather y tuvo dos hijos varones -uno de ellos llamado Thomas Orlando, como el recién nacido de Jodie, la protagonista de esta breve e intensa novela-. Su matrimonio duró del 70 al 75. A continuación ella tomó las riendas del teatro con un espíritu libre y abierto que dio cabida a gente como Bob Hoskins, Hanif Kureishi o Caryl Churchill y, apoyada por el que sería su nuevo esposo dos meses antes de morir, Keeffe Bargate. comenzó a escribir. Dejó tres novelas, ésta fue la primera. A ver si tenemos suerte y Alba se anima con las otras: Children crossing y Tit for tat.

     Una mujer nos narra en primera persona la sensación de vacío vivida desde el momento en el que cogió en brazos a su segundo hijo. Otro varón. ¿La depresión postparto? Puede que sí, no necesariamente. Además de madre, es esposa, hija, amiga, sin hablar de ama de casa, compradora, etc. pero sobre todo es mujer y nos va a narrar un proceso de huida de la realidad, eso puede pasar en el puerperio, pero también tras una gran decepción, un desamor, el deseo muerto, un legado perdido, un tiempo de inercias… Siempre dentro de los límites de lo racional seguimos a Jodie que encuentra fuerzas en la reaparición de una gran amiga de la infancia, Joy. Hasta ese momento ha estado observando su matrimonio, a sus hijos, intentando mantener el equilibrio y ha recuperado un talismán de juventud guardado junto a otras pertenencias empaquetadas para la que quería su hija y es Orlando ¿cambiará de sexo con este nombre? Con suavidad y fluidez avanza la narradora, sin saberse tan vulnerable y trasmitiendo vulnerabilidad, olvidando la agresividad del entorno, la trampa en la que se ha ido encerrando, fiel a una nueva rutina que le hace sentirse feliz. Sabe ser práctica, muy práctica, aún puede sentirse a gusto con algunas personas. Por el camino transitan la identidad sexual y la moralidad imperante, la ceremonia matrimonial, el pasado como pérdida irrecuperable y dos hijos amados, temidos, cómplices, lastres… Una breve novela de tensión casi gótica en la que el peligro acecha en un apartamento, en el tren, en la estación y se dirige hacia un desenlace fatal. Un miedo al otro tan cercano -miedo que la protagonista percibe también en Joy- y que sabe que llegará a puerto de alguna manera, en algún momento, y que el puerto es ella. Dos mujeres atrapadas y un final de cualquier época. Paradigma de precisión y economía, sin aspavientos ni efectismos. No le sobra nada, ni le falta. Tremenda, estpenda.

El mapa calcinado de Kobo Abe

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Caí en las redes de Kobo Abe cuando Siruela publicó La mujer de la arena allá por el ocheta y muchos, después pasó al olvido -el autor, no su novela que se sumó a las que me son más caras y de segura relectura si el tiempo con su hábito de pararse no lo impide-. Aguarda en pendientes El rostro ajeno, comprado en un momento inadecuado por lo que desapareció entre la multitud de volúmenes de todo tipo que inundan la casa, y en una virtual cesta de la compra todos cuantos he visto que están traducidos, claro que algunos, como El mapa calcinado, en Argentina, si bien se puede comprar en España y confío en que los otros también, aunque los tiempos han cambiado y los libros vuelan, previa tarjeta de crédito, de un continente a otro. Por la reseña de Guelbenzu, en quien prácticamente siempre confío, supe de esta obra y me precipité en su búsqueda.

    Kobo Abe, 1923-1993, tokiota de nacimiento, pero crecido en Manchuria. Volvió a su ciudad natal para hacer el servicio militar -lo que le convirtió en antimilitarista-, para estudiar medicina, abandonar la carrera y dedicarse a continuación a la poesía, la novela, el teatro, el cine y seguro que más cosas. El mapa calcinado es de 1967. Wikipedia francesa dixit -esto y algo más-.

   Una mujer dirige una carta a la agencia de detectives T. para que localicen a su esposo Hiroshi Nemuro, jefe de promoción y ventas de la comercial de gas Daimon.

     Leída la carta que firma Haru Nemuro, comienza el relato de los acontecimientos por el detective encargado del asunto, relato que arranca preciso, puntilloso, matemático, sin escamotear detalle del trayecto y el paisaje -blanco, geométrico, turbio-. Él, nunca sabremos su nombre, es meticuloso, concienzudo hasta el extremo, obsesivo, su jefe no requiere tanto de él, a fin de cuentas considera que un detective no es otra cosa que un limpiador de cloacas, que se arrastra en medio de las inmundicias que nunca reciben la luz. Y así será. Un paseo por las zonas oscuras, por lo que hay detrás, por lo que no se ve y nunca se termina de saber, por los huecos que no están en el mapa, el mapa que es necesario trazar para caminar seguros. Él nos conducirá. También podríamos llamarlo el tipo. Hay otros “él” y otros “tipos” a lo largo del relato, dos de ellos, el hermano de Haru y Tashiro, compañero de trabajo del Sr. Nemuro, a veces tienen nombre, pero acaban resultando “él” o “el tipo”. Desaparecen. Nadie sabe de ellos en una sociedad gregaria. Porque hay muchos tipos de desaparecidos en esta ciudad que nos describe nuestro detective, los que están presentes y nadie ve, como Tashiro, los chicos fugados de casa que pasan a engrosar los prostíbulos de las mafias, los taxistas –nubes flotantes– temporales, grupo voraz, los obreros que buscan la ayuda social, los ocultos en un local de pachinko, en un bar, en vasos y vasos de sake… Solo una de sus fuentes de información, el Sr. Toyama, merece que su conversación sea digna de figurar en los informes que el detective presenta, es una presencia firme, con una información fidedigna, tiene un lugar propio donde regresar. Él, a fuerza de minuciosidad, se va explayando, se va dispersando, cada detalle amplía el abanico y el mapa personal del detective se llena de vacíos. Haru, su cliente -una referencia más cercana que su exesposa-, es su principal intriga a pesar de las estrictas normas de la agencia: no han de verlos como seres humanos, sino como el alimento para saciar vuestra hambre. No consigue descifrarla. ¿Qué consolida una identidad fuera del grupo? Ese grupo que no acoge y sí puede matar de diferentes formas activas o pasivas. Esa sociedad que es la base y también la cuerda que estrangula.

    Una pretendida “novela negra” llena de espacios en blanco, la búsqueda de la concreción como punta de lanza del absurdo. ¿Hay una trama en esta investigación en la que el detective encuentra más intrigante y molesta la solicitud de investigación que el paradero del desaparecido? Imágenes poderosas, líricas, en un espacio de cielos blancuzcos, neones estridentes, descampados peligrosos. Desaparición y/o muerte. Godot que no quiere volver, la cucaracha que despierta convertida en una pieza de un engranaje que no encaja. Por más que reflexione, nunca llego a entender por qué me resulta tan terrible el sueño que se repite un par de veces al año, en el cual me persigue la luna radiante. Todo se entrecruza, se entreteje, para volver al definido espacio del comienzo, como una estrofa que se repite cuando ya no hay donde volver.

    Ineludible, como La mujer de la arena, para quien disfrute de Kafka, Beckett, Kristof… Para quien no encuentre siempre las cosas en su sitio, en el que dicen que decían que corresponde. 

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