Los siete locos. Los lanzallamas. De Roberto Arlt.

 

No se llevaban ni un año Arlt y Borges. A Borges se le sitúa en el grupo de escritores argentinos de Florida,  Arlt era del de Boedo, los de origen más humilde, los de izquierda, mayoritariamente socialistas. Él, en una entrevista, los define por su interés … por el sufrimiento humano, su desprecio por el arte de quincalla, la honradez con que han realizado lo que estaba al alcance de su mano… En su proverbial modestia, comparable a la de su coetáneo, se postula como el mejor escritor vivo y considera su obra en función de sí mismo, con un alto grado de cinismo -aledaño, sino concomitante, con el escepticismo-: Como uno no puede hacer de su vida un laboratorio de ensayos por la falta de tiempo, dinero y cultura, desdoblo de mis deseos personajes imaginarios que trato de novelar.

      Tras El juguete rabioso, de base claramente autobiográfica, Arlt, ya trabajador de un periódico, publica Los siete locos, novela a la que pone punto final, no sin anunciar desde las propias páginas de la obra, que la historia continúa, como así hace en Los lanzallamas. Todos los demonios de Arlt se despliegan en ambas narraciones, también muchos de sus oficios pues, tras una infancia conflictiva marcada por un padre maltratador -reflejada en el atormentado personaje central, Erdosain-, abandonó pronto el hogar y fue pintor de brocha gorda, hojalatero, peón, redactor, inventor…, solo que en vez de intentar inventar una rosa metalizada como su protagonista, él patentó una medias reforzadas con caucho. Una auténtica carcajada arltiana. Los siete locos termina de escribirse en 1929. Los lanzallamas en 1931. Entremedias, un golpe de Estado en Argentina, algo que se respira como inminente, fatalmente necesario, a lo largo de la primera novela.

     No tuvo Arlt una educación al uso, más bien se formó a sí mismo, de manera deslabazada, pero constante, y así es su obra, y de ahí proviene el desprecio que destila hacia aquellos que le recriminan su particular uso de la gramática, su lenguaje, propio e intransferible que no duda en inventar una palabra cuando la necesita -eso sí, el significado se deduce al leerla-. Su visión valleinclanesca, su desgarro dostoievskiano, la constante angustia existencial que acompaña a Erdosain, claro trasunto del autor, y a otros de los locos que transitan por sus líneas, su afán enumerativa propio de Huymans -aunque en las antípodas-, todo ello y más, hacen sin duda de la obra de Roberto Arlt, una obra singular, profusa, irregular a veces, por momentos, genial. Si a esto añadimos su gusto por las personas que pueblan lo que damos en llamar los “bajos fondos”, tenemos el marco en el que se desarrollan ambas novelas que muy bien podrían ser una sola.

      ¿Quiénes van a hacer la revolución social, sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te crees que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos? Con este pretexto, cambiar el mundo a través de una revolución, transcurren Los siete locos y Los lanzallamas, hacer la revolución por una vida de humillación, por cubrir un robo, por un matrimonio desgraciado, por un invento absurdo; o por autoafirmarse como ser humano; o por curiosidad …Me sube la curiosidad del asesinato, curiosidad que debe ser mi última tristeza, la tristeza de la curiosidad. O por venganza o… porque un cambio radical es necesario. Una galería de personajes extremos, una organización que se financiará con un robo y prostíbulos, muchos prostíbulos -proporcionados por El rufián melancólico-. Cambiar el mundo diseñando un nuevo dios tan mentiroso como los demás, un nuevo lider, una nueva fe. Aquel que encuentre la mentira que necesita el corazón de la multitud, será el Rey del Mundo. El Erdosaín inventor, pergeñará una forma de gasear a la escoria humana -nada extraño: recién la Gran Guerra demostró que era factible-. Una trama que apunta un cambio cambio radical y violento.

     Mención aparte merece el tratamiento de las mujeres, siendo la esposa del protagonista el reflejo de la atormentada relación del autor con su mujer. Aparecen como figuras prosaicas, atentas únicamente a la manutención, la economía, pendientes y dependientes de la figura masculina que ha de facilitarles el futuro. No obstante Hipólita, en su demencial trayectoria -no menos demencial que la del resto-, busca por sí misma, pero, o además -el conector es discutible- se salva, si salvación hubiere, junto al eunuco.  Todo, todos y todas en esta obra -que son dos- es extenso, es prolijo, abrumador casi -en contenido, en significados, en resonancias-. No vale para todo tipo de lector o de lectora. Puede resultar irritante, onerosa o genial, desmesurada. Esperpento, profundo drama tragicómico, panoplia de personajes patológicamente enfermos cuyo pasado conforma su papel, definidos y presentados en irónicas o falsarias perífrasis disparatadamente plausibles –El hombre que vio a la partera, El buscador de oro, Hipólita la Coja-.  Una atisbo de lo que puede ser leer Los siete locos y Los lanzallamas se intuye en la frase de Erdosain que perfectamente puede encajarle a Roberto Arlt: … de mi honradez criminal depende todo.

      En cuanto a la edición -crítica-, bien podría decirse que es absolutamente exhaustiva. Incluso en exceso pues, en su afán de fidelidad al estilo de autor, por un lado perpetúa incluso lo que son claras erratas, por otro, durante gran parte de las dos novelas -en algún momento se cansaron-, insiste en indicar en la parte inferior que Vd. corresponde a usted. Sin embargo la cantidad de información, de artículos es muy abundante y los, creo recordar que son tres, textos de Arlt justifican su elección -bueno, justificaron: está agotada-.

Memoria para el olvido de Mahmud Darwish

 

Mahmud Darwish (1941-2008) es el gran poeta palestino y lo es, no solo por su inevitable apoyo a una causa que no termina, sino por su empeño en la poesía, por su perseverancia en la evolución de un mundo propio e innovador aparentemente incompatible con una vida de destierro y conflicto. Exiliado a los cinco años de su aldea natal, desaparecida del mapa por obra y gracia del ejército israelí en 1948, tras distintas moradas provisionales que incluyeron estancias legales e ilegales en su tierra, vivió diez años en Beirut, hasta que el gobierno libanés, a instancias de Israel -instancias que supusieron coches bombas, bombardeos regulares durante siete días por mar, por aire, etc.- los expulsó de su territorio en 1982 y no de vuelta a la Tierra Prometida -como tal ve Palestina Darwish en su obra-. Es en este contexto donde se sitúa Memoria para el olvido, mezcla de memoria, reflexión y poesía necesaria.

     Memoria para el olvido. Tiempo: Beirut. Lugar: un día de agosto de 1982. Y no me he equivocado. Como tal viene indicado en la primera página. Comienza en el entresueño del despertar a un día más de hostigamiento y finaliza con la duermevela del final de la jornada y el mar. La palabra “mar”, en árabe, significa tanto el “mar” como “metro” poético. El autor se sitúa en un territorio sitiado y bombardeado, pero para él, para ellos, Líbano, Beirut, comenzó mucho antes, con partidas, con regresos, y ha llegado el momento de marchar, mas ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? La narración como necesidad en un momento impropio para la literatura que … se adorna con su halo de santidad y se apropia de la dicha de los sueños. El deseo de silencio -proyectiles, bombas de vacío, misiles…- para emerger a la vida frente al azul de cielo y mar y no frente al gris del plomo. El mar yace repleto de disparos errados. El mar altera su naturaleza, se metaliza. La búsqueda de un lugar que puede provenir del café, con el café un cigarro y el periódico. El café es geografía. […] El café no debe beberse con prisas. El café es hermano del tiempo. El agua -no el mar-. Sin agua no hay café, no hay nada, ni vida. Qué alegría cuando Israel devuelve el agua -aunque no para todos-. Y después salir, porque es mejor salir. No quiero morir bajo los escombros. Quiero morir en plena calle. La libertad narrativa del Poeta que fue, que era, atempera el cerco real de Mahmud Darwish. Acompañan sus pasos compañeros de lucha, historias míticas y trágicas, la realidad política y la decepción, la parálisis dolorosa, el movimiento cautivo e imponderable, el amor y el desamor -… el amor no es un derecho-. La libertad formal le permite narrar, teatralizar, versificar, reflexionar, parafrasear, citar -y no brevemente-, autocitarse, todo con un aliento lírico brillante y conmovedor -no confundir con lacrimógeno-. Se irán, sí, se fueron, no paran de irse.

 -Nos llevaremos el aroma del café, el polvo que cubre la albahaca, la obsesión de la tinta.     -No quería herirte.                                                                                                                 -Nos llevaremos los recuerdos más leves, los títulos de una epopeya, los principios de las plegarias…                                                                                                                             -No quería herirte.

    Una obra magnífica. Su poesía es un placer hermoso, triste, turbador, rabioso, lúcido… Este breve diario de un día de guerra, también.

Desoriental de Négar Djavadi

En Desoriental, una mujer, Kimia -de Alquimia, cuyo significado no es baladí-, reconstruye su historia familiar remontándose a los tiempos de su bisabuelo paterno, hacia finales del XIX, hasta llegar a la actualidad. Al igual que Négar Djavadi, ha nacido en Irán, pero ha tenido que crecer en Francia desde los 10 años a causa del necesario exilio de sus padres. Négar Djavadi publicó esta novela con éxito en 2016. El título ya dice mucho con el juego semántico que el prefijo privativo aporta, ausencia, carencia o renuncia a Oriente, pero si jugamos también con el sufijo, anticipa la desorientación de quien de repente, en medio de un café de París, mira a su alrededor y se dice : Soy la nieta de un mujer nacida en un harem. Y ese «desorienta» ronda también entorno a la orientación sexual. Sin embargo no hay ni rastro de desorientación en el pulso narrativo de esta escritora que, ligando secretos, leyendas, intrigas y dramas familiares, recrea un contexto político y social, claramente coprotagonista y motor de la peripecia vital expuesta, cuestionada y, al tiempo, atesorada. En este collage, aparentemente deshilvanados fragmentos persas de resonancias míticas y vívidas instantáneas occidentales se entrecruzan, dos mundos donde Kimia no se reconoce, aunque se podría concluir, igualmente, lo contrario, que aprehende las esencias y se libra de prejuicios. A una explicación racional se le puede sobreponer, sin necesidad de elección, una interpretación extraordinaria, insólita y coherente.

Esa tendencia a chismorrear sin parar, a lanzar frases al aire como lazos al encuentro del otro, a contar historias que cual matrioskas se abren a otras historias es, sin duda, una manera de acomodarse a un destino que sólo ha conocido invasiones y totalitarismo*. Dentro de esta frase referida a sus antiguos compatriotas, se encuentra parte del sortilegio de Négar Djavadi cuando recoge el testimonio de esta joven de nombre claramente extranjero que aguarda sola en una sala de espera francesa. Desde allí, la memoria retrocede hacia lo que podría ser el principio y para ello toma prestada la voz de su tío número 2 que se remonta a un tiempo de resonancias míticas sabiamente punteadas de ironía, pero esa voz también se desarrolla ligada a la niña que Kimia fue entonces y la mujer que es. No es el relato emprendido por la protagonista charla banal, sino necesidad de hacerse entender. … algunos me pondrían frente al paredón si supiesen, me escupirían a la cara, me tirarían a la calle. Nadie se tomaría la molestia de comprender, de preguntar, de mirarme a mí también como a una incongruente suma de circunstancias, de fatalidad, de herencias, de desgracias y de dramas. Por eso escribo.*** Unas historias abren a otras que se resolverán -o no-, incógnitas que se despiertan en el pasado anterior, en el reciente o en el presente. Entre tantos relatos, la trama se va urdiendo con la tradición representada por el abuelo paterno y recogida, a su manera, por el tío segundo, personaje que se articulará con Kimia no sólo recogiendo el pasado para los demás, sino que representarán la cara y y la cruz de la sexualidad silenciada. Se urde también con el odio del padre a esa tradición y, por lo tanto, a la religión, ciega, cruel, despiadada, basada únicamente en el miedo; igualmente, se hila esta obra con la fuerza de las mujeres que luchan como pueden, que aprenden, reflexionan, avanzan, actúan, que pueden callar pero no claudican. A la Cara A -así titulada la primera parte-, le sigue la Cara B, ambas, significativa y simbólicamente antecedidas por un breve preámbulo titulado L’escalator (Las escaleras mecánicas). La cara A necesita de la B y viceversa. La segunda parte resuelve los principales sucesos que la primera anuncia, mas no únicamente. A Oriente le sigue Occidente pero siempre se cruzan. Traducirse del persa al francés y en la traducción perder. Si en la cara A Kimia solo se vale de sí misma y de la voz de su tío iraní para remontarse a los comienzos, la B comienza con la traducción que Sara hace de su propio libro acerca de la huida de Irán, libro que ninguna de sus hijas quiere traducir y que Kimia ni tan siquiera quiere leer. También recoge una carta escrita por Emma, la abuela materna -armenia huida a Irán para, a su vez, ver exiliarse a su hija de Irán a Francia, mitificado país que no resulta tan acogedor-, la carta de alguien que sabe aunque parta desde otro punto. Y, más actual, un correo electrónico de su hermana Mina -interesante personaje salvador y, con la otra hermana, aglutinador-. El relato de Djavadi se abre o se cierra con un final perfecto tras destrenzar crecimiento y desarraigo, esencia y tradición, maternidad y sexualidad, familia e ideología…

Una estupenda novela con muchos matices maravillosamente engarzados, sin respuestas tajantes, hecha de rupturas y abierta a interpretaciones. Hay una preciosísima edición en castellano de la editorial Malpaso. De la traducción, no sé, pero su francés es esmerado, preciso, con un vago aliento poético festoneado de un fino sentido del humor y, para quienes no sepan o hayan olvidado cuanto en Irán acaeció en el siglo XX, Négar Djavadi, consciente de la gran ignorancia sobre Persia que en Occidente pesa, anota sintéticamente a pie de página cuanto es necesario saber al respecto. Léanla.

El año del pensamiento mágico de Joan Didion

 

Fueron, sin duda, la belleza de la edición, turbadora y sensiblemente ilustrada por Paula Bonet, el hecho de tener pendiente de leer algo de Joan Didion y la cercana irrupción de la muerte, los motivos que me decidieron a comprar este libro en cuestión de segundos, en cuanto cayó en mis manos pululando por los pasillos de una librería.

     Este conjuro contra el pensamiento mágico -el que habita en una realidad paralela, propia, casi secreta e irracional, donde comienzan a instalarse objetos, imágenes, frases, voluntades…,  íntimos fetiches tangibles o intangibles, que pasan a formar parte de una nueva vida interior-, este anuario de salvífica voluntad lo comienza a escribir Joan Didion nueve meses y cinco días después de que su marido muriera, probablemente, frente a ella. Muchas preguntas la abordan sin remedio transcurridos los momentos de estupor, preguntas recurrentes, independientes, obsesivas. ¿En qué momento exacto? es una de ellas. Hacía ya casi siete meses que le habían hecho un implante y ya en 1987, dieciséis años antes, le habían intervenido la arteria descendiente anterior izquierda, conocida por la clase médica -y por ellos- como la “hacedora de viudas”, pero ella, Joan Didion no estaba preparada, tal vez no me había fijado lo suficiente -otro de los ritornelos que la acompañaran-. Los supervivientes miran hacia atrás y ven presagios, mensajes que se perdieron. Recuerdan el árbol que se murió y la gaviota que se estrelló contra el capó del coche. Viven por medio de símbolos. Símbolos y puntos de referencia, fechas, marcas en el tiempo, volátil, anclas para tomar tierra cuando navegas sin rumbo, perdida. El reloj parado de la funeraria, la hora exacta de la muerte, los versos compartidos, los que resurgen, los que reaparecen o nacen –más que un solo día más-, los libros como aliados en busca de no se sabe muy bien qué, si conocimientos, reconocimiento, comprensión, razones, la razón…, libros de consulta -que no de autoayuda- de Freud, de Klein, de medicina, incluso un libro de etiqueta de 1922 de la señorita Post que escribía en un mundo en el que el duelo seguía siendo algo reconocido y permitido y no se escondía. La diferencia entre el dolor y el duelo, los asaltos del pasado en cualquier sitio, por los motivos más inesperados, el tiempo, siempre el tiempo, como aliado o como enemigo, el tiempo que pasa y que se puede contar, el tiempo que un año después te recordará que tal día del año anterior, ya estabas sola.

   Joan Didion afrontó la muerte de su esposo como pudo, como mejor supo. La mujer que cantaba lo de atravesar la tormenta daba por sentado que, si no lo hacía, la tormenta acabaría con ella. Lo cierto es que, poco después de acabar este libro, también murió su hija, presente en toda esta obra ya que ella ya estaba muy enferma cuando John, John Gregory Dunne, falleció. No es un libro alegre, sí es un libro hermoso, sincero, de límpida y sentida  profundidad.

Corazón que ríe, corazón que llora de Maryse Condé

Maryse Conté nació en 1937 en la isla de Guadalupe y el año pasado recibió el Premio Nobel alternativo, cuya relevancia desconozco, pero que algo, sin duda, ha de significar. Este libro, publicado en 1999, no es quizás el más acertado para empezar a leerla -no obstante en el prólogo lo consideran la mar de oportuno-, ya que se trata de sus recuerdos de la infancia y, junto a otros 3 o 4, recorre su biografía, la cual, sin lugar a dudas, una vez echada una ojeada a su periplo vital, ha de ser sumamente substanciosa. De un autor o autora, prefiero empezar por sus obras de creación -tomando el relato de su vida por una recreación, aunque se podría discutir largo y tendido al respecto-, no necesito conocer su historia antes ni, salvo contadas excepciones, después, pero este pequeño volumen, que, sin grandes intensidades, nos sitúa en una zona del mundo poco conocida por nosotros, rostros pálidos europeos, e ignorada también por su continente madre, África, este sencillo libro de memorias retenidas, atesoradas, consigue despertar mi interés en la obra de Conté por unas cuantas razones.

     Mujer, mulata, hija de la primera profesora de color de la isla y de un padre veinte años mayor que su madre fundador del que llegaría a ser el Banco Antillano, nieta y bisnieta de mujeres violadas y abandonadas, Maryse Condé crece de espaldas a lo que significa ser negro fuera de su isla, pero no porque no salga de Guadalupe -salvo durante los años de la Segunda Guerra Mundial la familia va con regularidad a París-, sino porque su … familia iba por ahí como si su mierda no oliera, una familia de negros que se las daba de blancos. La conciencia social tampoco era un aspecto tenido en consideración y, uno de los mayores aciertos en la narración, es la capacidad de Condé para transmitir sus perplejidades infantiles sin interferencias de la Maryse Condé adulta. El clasismo familiar, la negación del pasado y el carácter contradictorio materno se perfilan como algunas de las premisas fundamentales que marcarán la trayectoria de la persona que devendrá nuestra autora una vez se enfrente, sola y muy joven, primero a Francia, posteriormente a África y, por último, a su isla -… regresar al vientre de mi madre y reencontrar así la felicidad que, al nacer, bien lo sabía, había perdido para siempre-. A estas circunstancias, minoritaria dentro de las minorías -mujer dentro de la literatura antillana-, se suman, a la hora de despertar algo más que curiosidad por su obra, unas cualidades que se encuentran ya en la niña antillana: una pluma nada condescendiente, abrumadoramente sincera que, ya en sus primeros escritos, le trae consecuencias desastrosas de cara a su mejor amiga y a su propia madre. Como lectora, la literatura le abrió puertas y ha llegado lejos con su propia voz, muy personal, que, sin dudas, ha cambiado el color de la máscara. Tenía «piel negra, máscara blanca», como escribió Frantz Fanon pensando en mí. 

King, una historia de la calle de John Berger

Las obras de Berger no suelen ser obras compactas, cerradas, controladas hasta en los más mínimos detalles, pero están llenas de los más mínimos detalles, abren zonas oscuras, quiebran discursos lineales, derraman hechos, sensaciones, sentimientos, preguntas, imágenes… y cada frase, cada palabra tiene su propio sentido y se relaciona con todo lo demás.

     King es un perro vagabundo, sin embargo está unido a una pareja que vive en un solar abandonado que a pesar de ello tiene un dueño y una particular geografía. Su amigo del alma se hace llamar Vico, como Giambatista Vico y se hace llamar así porque Vico fue el primer pensador que se dio cuenta de que Dios no tenía poder, Vico supo, reconoció y escribió que los perpetradores de la Historia eran los hombres y que, por lo tanto, la Histotia era en sí una ciencia susceptible de ser conocida y estudiada ya que no dependía de ningún ser supremo. Y a través de los ojos de King, vamos a seguir la historia de este otro Vico y su compañera, Vica, y de aquellos que habitan este paisaje ignorado que va a dejar de ser ignorado para entrar en un proceso lucrativo y, en consecuencia, de progreso, civilizador. Lo que nadie veía porque estaba escondido en las proximidades de una gran autopista se ha hecho visible y quienes allí están pasarán a ser una molestia: un error. No existe un error derrotado. Los errores existen o no existen, y si existen, han de ser escondidos. En esta novela sobre las personas excluidas del circulo de consumo en el que la humanidad gira, por respeto y para evitar la compasión, elige Berger la mirada de un perro y los trazos filosóficos de un napolitano que inició otro forma de mirar, alejada del cartesianismo y más próxima al ser humano –¿Cómo puede salir nada real de una abstracción?-. El contraste entre la mirada limpia de King y los acontecimientos que van cercando a los protagonistas –La violencia es por lo general rápida. Cuando es lenta … no hay escapatoria.-; el concepto del tiempo estancado por la falta de perspectivas y el dolor del pasado -… yo ya sé que en la hora siguiente no voy a hacer lo que tengo que hacer. Tengo que poner fin a esa hora.-, el olor del fracaso y de la locura… Es un libro breve, el paseo de un perro en apenas un día, no es desgarrador, sí punzante. Os lo habéis buscado. Esa es la frase que por lo general precede a la tortura, a la violación, al asesinato

     Los pobres, si están cerca, molestan. A los pobres, como a los herejes del XVII -a Bruno, por ejemplo, 68 años antes de nacer Vico-, los queman. Giambattistas Vico decía que la historia se repite, pero en forma de espiral, como un eterno retorno que se va ensanchando. Piensa el perro en esta novela que si hay una fuerza del mal -que sí, a mí me parece que la hay, y es muy potente-, tiene que haber la contraria. Pero King es solo una narración más, formalmente, no ambiciona tanto como G, tampoco se lanza a un recorrido tan exhaustivo, pero sigue comprendiendo -en sus cuatro acepciones: abrazar, contener, entender, justificar- lo esencial.  Es un grandísima novela. Y el final es magnífico.

G de John Berger

Cuando en 1972 John Berger recibió el Premio Booker por esta novela, la mitad del premio se la cedió a los Panteras Negras y con la otra mitad financió lo que sería Un séptimo hombre, estudio sobre las experiencias de los trabajadores migrantes, trabajadores explotados por empresas como Booker McConnell, que le otorgaba el premio y cuyos vínculos con las plantaciones en régimen de esclavitud en los países del Caribe denunció en el momento de recibirlo acompañado por un representante de los antedichos Panteras Negras. Ese mismo año, a la encorsetada visión del arte recogida por Kenneth Clarks en la serie televisiva Civilización, Berger respondió con la inteligente, fresca y diferente Modos de ver que, a quien no la haya visto, le recomiendo no pierda el tiempo y se vaya ya a disfrutarla en Youtube.

     Toda minoría dirigente tiene que acallar y, si es posible, matar, proponiéndoles un presente continuo, el sentido del tiempo de aquellos a quienes explota. Como minoría dirigente dentro de su propia novela, John Berger, paradigma de la coherencia, nos ofrece una novela fraccionada, donde, como en un fresco dialéctico y marxista, todo está relacionado, ahora bien, ciertamente, los y las lectoras no somos explotados, pero sí impelidos a cuestionar, obligados a relacionar, arrastrados a mirar. No es fácil abordar esta obra, si bien para eso ha sido escrita y por eso mismo abre tantos flancos, empezando por el título, G. Siguiendo un principal hilo temporal, conocemos a los progenitores del ilegítimo G: un burgués algo ridículo, pero afortunado y temeroso de las masas, y una norteamericana liberada, pero hija de un general británico y perteneciente a una clase extemporánea y parásita que considera que el honor comienza con un hombre y un caballo. En la narración, el exquisito sentido del humor bergeriano es acompasado por las circunstancias históricas, en general simultáneamente al desarrollo de los hechos, hechos estos que, curiosamente, parecen no afectar personalmente a G, fruto extraño de una sociedad en continua decadencia que dialoga o se contrapone a otra sociedad emergente en la que a su vez también se establece una dialéctica frente a la que G pretende permanecer al margen. G de Garibaldi, o de Don Giovanni -es decir, Don Juan-, o del mismísimo punto G. Porque diríase que este joven al que acompañaremos durante momentos trascendentales de finales del XIX y principios del siglo XX hasta llegar a los comienzos de la Gran Guerra, tiene una habilidad especial con las mujeres, cuya vida cambia al conocerlo. No es ese ángel pasoliniano que unos años antes cambiaba las vidas de una familia burguesísima en Teorema, mas es inevitable recordarlo y avistar una cierta sintonía entre ambos escritores de izquierdas.

     Demasiado prolijo decir cuáles son las líneas fundamentales que desarrolla la novela. Están las guerras y los conflictos de clase, necesariamente conectados. Ya en el primer capítulo se anuncian con la sencilla mención de la inocencia de la nación italiana y Garibaldi –¿Con qué clase de hombre -con su total integridad personal- se podía engañar más satisfactoriamente a la mayoría de la nación italiana?-, continúan con la matanza perpetrada por el general Beccaris en 1898 contra la clase obrera milanesa en manifestación, sigue con la guerra de los Boers y una magnífica síntesis en un párrafo memorable sobre el imperio británico del que no me resisto a recoger el final: Una mitad del Imperio disfruta del verano, mientras la otra mitad está en invierno; a la hazaña realizada por el peruano Chávez de cruzar los Andes, la acompañan, sotto voce, las matanzas belgas perpetradas en el Congo, nada lejanas de otras similares en otras colonias, mientras G cena primero y pasea después con un ingeniero de la Peugeot y un directivo de la Pirelli, clase dirigente que tiene claro cómo relegar a Marx y superar las posibles revueltas obreras: Los dirigentes de las masas trabajadoras no querían el poder. Sólo querían mejoras. […] De vez en cuando sacan a relucir la palabra socialismo. Esa palabra equivale a la ruptura temporal de las negociaciones, pero siempre con la intención de reiniciarlas. Si formamos adecuadamente a la gente, si aprovechamos la ciencia moderna, refrenamos el poder de la monarquía y confiamos en el sistema parlamentario, no hay razón alguna para pensar que el orden social actual vaya a cambiar violentamente. Desemboca en los conflictos nacionales centrados en la ciudad de Trieste poco después de las guerras balcánicas -guerras recidivas- y a punto de unirse Italia a la Primera Guerra Mundial, a una de cuyas más sangrientas batallas asistimos mientras que el austríaco Von Hartmann de las fuerzas de ocupación austrohúngaras reflexiona sobre el poder que ejerce sobre su mujer.

     Esta es parte de la convulsa realidad social que se entrevera en la vida de un diletante cuyo centro de interés parece radicar en las mujeres y es a las mujeres –Para Anya y para sus compañeras del Movimiento Feminista de Liberación Femenina– a quien va dedicado el libro. G, por momentos, ejerce de catalizador, por momentos semeja asumir la voz del autor, a veces se diría un dios iluminador o un mito erótico. G sirve para desvelar la situación de dependencia femenina que, con la maternidad, triplica su papel a interpretar -objeto sexual, marioneta social, agente de los hijos del esposo-, se demuestra ajeno a cualquier conflicto social, pero desempeña un rol frente a las mujeres y es un rol sumamente egocéntrico e hipersexualizado. G no es sino un instrumento que a medida que el tiempo avanza, se siente más insatisfecho y su forma de intervención es, invariablemente, por mediación femenina. Frente a los distintos tipos de mujer que se cruzan en su camino, ejerce un papel de superioridad por su sexo y por su estatus económico, sin embargo, a veces, se da una aparente fusión con el autor que, sin embargo, de vez en cuando, también explicita su posición como tal dentro del relato. En todo caso, la voluntad femenina de desembarazarse de sus roles, consciente o inconscientemente, está ahí y solo le cabe crecer lo cual, para el propio personaje tiene sus consecuencias, como las tiene el paso del tiempo y el aburrimiento. 

     Una novela ambiciosa que parte de la premisa de que la narración ya no puede ni debe ser lineal, que la precisión no existe, que tampoco valen las generalizaciones -y en la sexualidad, menos-, que sí que existe el miedo y algo por encima del miedo, que… Vale la pena leerlo. Está maravillosamente escrita, con temas y sensaciones que viven, avanzan, se repiten, lírica, erótica, reveladora, lúcida. Es amplia, es profusa, es rica, es polémica, sigue siendo actual.  Es, era, siempre será, John Berger, más joven, más arriesgado, más temerario.

El cuaderno de Bento de John Berger

 

Bento, Benedict de Spinoza, buscaba, como los presocráticos, una substancia primera (o una causa última), la razón original y, afecto a Euclides y a Descartes de los que se vale para el desarrollo de su Ética, concluye que esa substancia primera que se justifica en sí misma es Dios a quien identifica con la Naturaleza. Hasta qué punto fue creyente o no, se puede discutir o dilucidar, pero lo cierto es que, sufriendo represalias por su forma de pensar, decidió no seguir publicando, ganarse la vida puliendo lentes y desarrollar su filosofía en privado, compartiéndola únicamente con personas de confianza. Decidió con libertad, en el sentido que él mismo dio a esta palabra, viviendo de acuerdo a un corpus de pensamiento que premiaba la reflexión y aceptación de aquello que no puede ser cambiado, con conocimiento de causa, evitando el error.

     John Berger iba para pintor, pero abandonó el pincel, empuñó la pluma, lo hizo desde un punto de vista personal y, también, marxista, impelido por la situación que vivía la sociedad, inmersa en la guerra fría y la injusticia social. Como Platonov, sobre quien recoge apuntes y un dibujo en este cuaderno, que abandonó la escritura para ejercer su profesión de ingeniero agrícola ante la sequía y la hambruna que asolaba a sus compatriotas soviéticos.

     El cuaderno de Bento data de 2011, la publicó pues con 85 años, tras una vida larga y rica en experiencias y en conocimientos, generosa y arriesgada, sabia, profunda, comprometida y solidaria. Según los amigos de Spinoza, este solía dibujar en un cuaderno y Berger juega a imitarlo, a citarlo e, incluso a interpelarlo. Con esa forma de mirar que, con tanta perseverancia, ha intentado transmitir en libros, guiones, películas, documentales, etc. recoge fragmentos de Spinoza -fundamentalmente de su Ética-, y añade sus dibujos, breves historias, homenajes, reflexiones…, que, en apariencia, no guardan una ilación. Pero para Berger, como para Spinoza, las apariencias son algo más y hay que mirar, buscar, preguntar, preguntarse.

     Comienza con un dibujo de Beverly, su esposa, aún viva cuando la obra se ofreció al público, y la narración del acto de dibujar del natural un racimo de ciruelas. A continuación, nos alumbra sobre el porqué del título. En apenas seis páginas, ante tres circunstancias distintas -una ofrenda, el subcomandante Marcos encapuchado y el movimiento de una bailarina- repite … Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable… Mientras, nos hace ver que dibuja, que dibujar es corregir y que es una cuestión de esperanza. Después se oye la voz de Spinoza … nuestra alma, en cuanto que implica la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, es eterna, y esta existencia suya no puede definirse por el tiempo, o sea, no puede explicarse por la duración. Así transita este cuaderno que simula ser un florilegio de retazos, cuando, en cada reflexión, incluso, a veces, simulada confesión, recibimos una parte de un todo que busca contener algo esencial y, por lo tanto, eterno y, no solo a través de la palabra, sino del trazo al que, en determinado momento del libro, llega a comparar con la conducción de una moto -ambos implican movimiento, una mirada que no se centre en el detalle que desestabiliza- para llegar a comprender -piscina y mujer camboyana de por medio- cuál es el sentimiento de una persona desplazada.

     Para Berger hay dos tipos de narración, para hacernos llegar hasta ellas se detiene en dos bodas y la forma de celebrarlas. Están las que tratan de lo invisible y lo oculto, y están las que exponen y ofrecen lo revelado. […] La introvertida y la extrovertida. Sin lugar a dudas el pecio que se reúne en esta obra pertenece a la preferida por Berger, la introvertida, porque -y copio todo el párrafo porque es imposible ser más preciso respecto de lo tratado en El cuaderno de Bento-: Porque sus historias permanecen inacabadas. Porque entrañan la necesidad de compartir. Porque en su forma de relatar, un cuerpo se refiere tanto a un individuo como a un conjunto de individuos. Porque en estas narraciones el misterio no es algo que se vaya a resolver, sino algo que se lleva con uno. Porque, aunque puedan tratar de una violencia, de una pérdida o de una furia súbitas, no se quedan en lo inmediato, miran a lo lejos. Y sobre todo porque sus protagonistas no son actores, sino supervivientes. Engarzando filosofía, bosquejos, recuerdos, amistades, afectos, deseos, etc., esta impostura, con bergeriana tenacidad, intenta vulnerar la pasividad y reivindicar la esperanza y la necesidad de rebelión, de compromiso. Protestamos porque no hacerlo sería demasiado humillante, demasiado reductor, demasiado terrible. Con una hermosa prosa, emoción poética, con esbozos que indagan, dibujos que se sobreponen, con sentido del humor, con esa pasión por cuestionar que siempre está presente en sus escritos, en sus exposiciones, pasamos de un museo, a un centro comercial, de Chejov a la danza del vientre, de… Porque vivimos en un mundo en el que todo está conectado y no deberíamos aislarnos del orden general del universo, porque no deberíamos ignorar las causas que determinan nuestro estar en el mundo, nuestra libertad.

     Hay que leer y escuchar, siempre, a John Berger. Y, por qué no, a Spinoza.

 

 

Los pasos perdidos de Alejo Carpentier

los pasos perdidos

 

En 1947, durante su estancia en Venezuela que duró catorce años, Alejo Carpentier hizo un viaje al interior de la selva venezolana y de esta experiencia se vale para el transcurrir de esta obra, Los pasos perdidos, publicada en el 53. La novela se abre con una cita del Deutoronomio sobre la condena del hombre por apartarse de la segunda ley de Moisés -nunca son baladíes, cuando las hay, las citas que anteceden los capítulos de las obras de Carpentier- y, en primera persona, nos conduce por la angustia de un protagonista aplastado por la urbe y alienado por sus obligaciones laborales, sociales, maritales…, las políticas, como constataremos en la primera etapa de su periplo, no tienen lectura directa ninguna, pues cuando llega al país sudamericano desde donde partirá en busca de unos instrumentos musicales arcaicos, tal vez primigenios, país convulso en plena rebelión, no sabe nada, no entiende nada, lo cual, por otra parte, revela el caos gubernamental que rige el destino de estos territorios que recuerdan sin esfuerzo a Cuba -aún quedaba lejos la revolución y al lado el golpe de Estado de Batista-, Perú, Uruguay, República Dominicana, Venezuela… El narrador trabaja poniendo música a películas publicitarias, … un cómplice de los afeadores del paisaje, de los empapeladores de murallas, de los pregoneros del Orvietano. Su mujer es actriz de teatro, actriz de éxito por un único papel que está condenada a representar día tras día durante años. Ella se va fuera de representación mientras él se enfrenta a unas vacaciones en soledad. Sísifo se siente perdido sin piedra que empujar. Estamos en la era … del Hombre-Avispa, el Hombre-Ninguno, en que las almas no se venden al Diablo, sino al Contable o al Cómitre. Y sin mucho entusiasmo y con menos voluntad, se deja arrastrar en un viaje que resultará iniciático, en compañía de su amante, Mouche –el nombre, mosca o lunar postizo, es suficientemente significativo-. A partir del segundo capítulo, la novela se transforma en algo así como un diario de abordo que arranca en algún lugar de Latinoamérica, lo que le hace volver a sus orígenes pues en similar paisaje y con la misma lengua creció. Aunque nunca da nombres reales, Nueva York es fácilmente identificable -allí vivió Alejo Carpentier, pero rechazó quedarse- y la selva venezolana es reconocida, incluso con nombres, en la nota final. La Naturaleza es la primera invasora de estas caóticas poblaciones una vez que quienes las atienden, por la revolución que estalla, abandonan unos días su domesticación. A medida que avanza, el narrador va soltando lastre y no solo mental. Los mitos se hacen realidad, Sísifo encuentra a un griego cuyo único libro es La Odisea, y, como Odiseo, Yannos verá a Sísifo empujar la piedra, para volver por ella. El punto central a partir del cual el viaje se convierte definitivamente a “lo real maravilloso” -como Carpentier gusta de llamar e esas realidades insólitas que se superponen a la contemporaneidad tan vacía de sentido, propulsora del desarraigo del hombre occidentalizado- es una taguara -tienda modesta, bar, centro de reunión, burdel…- llamada, Recuerdos del porvenir. No es solo el espacio y con él, el paisaje, lo que cambia, es el tiempo: un regreso a los orígenes, a la génesis, al nacimiento, un viaje al pasado, a diferentes periodos de nuestra evolución, sin abandonar el siglo, y es hermoso, pero también cruel, es más acorde con la esencia y, cuando menos, tan despiadado. El salvaje no es tal, sino un ser humano llegado a maestro en la totalidad de oficios propiciados por el teatro de la existencia. En el devenir del río, mito y realidad dialogan y el autor se abandona, mas es en falso ya que, lo que él ha incorporado -cultura, poesía, música, arte en fin- lo asalta a pesar de haber rastreado las fuentes, y el deseo que es impulso por materializar aquello hacia lo que su mente -su espíritu, su alma- se siente impelida, así como aquello de lo que huye están tan presentes como los tiempos antiguos que allí se suceden, se superponen, mueren, renacen. El miedo, fiel compañero de nuestra humanidad, la destrucción -ese runrún que le acompaña de la Canción a las ruinas de Itálica: Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado / fueron un tiempo Itálica famosa.-, la espiritualidad -el treno indígena confluyente con la antigua Grecia, los santos intermediarios con la divinidad-, la búsqueda, la socialización, el castigo, todo un entramado de emociones, conocimientos, paralelismos, etc. puestos al servicio de una evolución oculta, silenciada, pero real, maravillosa, encontrada y perdida. Por lo menos, así fue, ahora…

     Aunque en eso se equivocó, no las tenía todas consigo Carpentier cuando publicó Los pasos perdidos. Su ritmo, sin diálogos en época tan acelerada, la profusión de alusiones y referencias que van de la Biblia a Esquilo, Homero, Shelley, Shakespeare, Beethoven…, la ambición que le caracteriza por conectar en espacio y tiempo lo que nos hace más humanos, nuestras creaciones, el arte, las artes, su afán por encontrar el comienzo de la trama. Porque mi viaje ha barajado, para mí, las nociones de pretérito, presente, futuro. No puede ser presente esto que será ayer antes de que el hombre haya podido vivirlo y contemplarlo; no puede ser presente esta fría geometría sin estilo, donde todo se cansa y envejece a las pocas horas de haber nacido. Esto lo escribió a principios de los 50. Quizás no sea su obra más fácil -que no es, en absoluto difícil-, pero vale la pena dejarse llevar por este río, que él pudo navegar y supo interpretar. Que siguió navegando por diferentes camino y que no sé yo en este vertiginoso, intrincado siglo XXI.

Novela con cocaina de M. Aguéiev

M. Aguéiev es, según se sabe con seguridad desde 1994, el pseudónimo de un profesor de alemán de la Universidad de Yereván (Armenia) llamado Marko Lazárievich Levi que nació en 1898 en Moscú donde estudió hasta los 18 años. Viajó a Alemania, en 1930 se trasladó a Estambul y de allí fue deportado a la Unión Soviética donde moriría en 1973. Además de esta obra, publicó un cuento. Poco más relevante se sabe de él.

     Fue desde Estambul desde donde envió el manuscrito de Novela con cocaína a la redacción de una revista francesa editada por emigrados rusos, Cifras. Tras ser publicados algunos fragmentos, la novela vio la luz como libro en 1936, gozó de una buena acogida, mas efímera, sin duda por las circunstancias históricas de aquellos años, y fue rescatada en los ochenta por un grupo de eslavistas occidentales dando lugar a todo tipo de controversias acerca de la autoría que incluían a Nabokov como posible autor, tesis tajante y “sutilmente” rechazada por Vera Nabókova … y [mi marido] escribe, a diferencia de Aguéiev, en un estilo petersburgués extraordinario, límpido y correcto.

     Abre la novela -retando a Monterroso avant la lettrela frase -que no la cita- Burkievits se ha negado; a continuación desarrolla en cuatro partes y un informe final, una peculiar novela de (de)formación que resultará especular respecto a Burkievits de quien sabremos de forma aparentemente tangencial a lo largo de estas anotaciones de Vadim -así se llama nuestro protagonista y narrador-. En Instituto, asistimos a la ruptura con la adolescencia de un joven egoísta que se forja en función de aquellos susceptibles de ejercer el poder, ya sea económico o social. Un desclasado que niega sus orígenes. A continuación, en Sonia, conoce el amor que, al tiempo que lo dulcifica y rejuvenece, le avergüenza. Esta parte se cierra con una carta de ella, una mujer inteligente y clara que lamenta, entre otras cosas, no dejar a su marido porque … el golpe que habría propinado a su estupidez el conocimiento de mi traición, le hubiera sido muy beneficioso. Y el proceso de peregrinación lo emprende Vadim por la senda de la cocaína en los seis capítulos de Cocaína y Pensamientos, dentro de una lógica aparentemente enfermiza que persigue una felicidad artificial –la causa de la actividad humana […] responde a la necesidad de ejecutar en el mundo exterior un acto que, al reflejarse en la conciencia, despierte una sensación de felicidad-, y mantiene el conflicto entre el bien y el mal subyacente en toda la obra, con una más que interesante y sugerente coherencia interna que plantea más de un debate moral –Mostradnos obras en las que triunfen los malos y perezcan los buenos y comprobaréis que esos espectáculos acabarán llevándonos a la calle y empujándonos a la revuelta, a la insurrección, al motín– y con una envolvente coherencia externa sabiamente expuesta en el informe final –con la carta de Sonia, los únicos apuntes que no corresponden a la pluma narrador, Vadim-, el cual cierra el libro y resitúa la Novela con cocaína en un contexto más amplio, desenlace de la juventud, del paso del tiempo, del paso por la historia de los ganadores.

   Estupendo hallazgo, más que recomendable. No todas las Bildungsroman son ejemplarizantes y esta es un gran ejemplo.