La habitación de Nona de Cristina Fernández Cubas

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Abre el libro de Cristina Fernández Cubas una cita de Einstein La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente. Podríamos cambiar los términos y decir que la ilusión es simplemente una realidad, aunque muy persistente, porque persistentes y tenaces son algunas de las ilusiones de estos relatos, otras son inconsistentes y funestas, mudas e incómodas, recurrentes y familiares, tramposas y esperanzadoras o vitales y antiguas. Si bien igualmente podríamos hablar de las realidades en los mismos términos. O casi. Pero también ambas son necesarias, terribles, inexplicables, íntimas o irreductibles. La habitación de Nona está atravesada por todas ellas en un desdoblamiento brillante que da voz a quien no puede y no suele tenerla, una voz cómplice, inocente, sensata y voluntariosa que solo espera que las aguas vuelvan a su cauce. Hablar con viejos, que con El final de Barbro es la que más tiene de juego perverso, convierte una quimera -que siempre tiene a un o una infeliz ilusa detrás- en la nueva ilusión de un ser de pesadilla. En Interno con figura, cuadro que ilustra la portada, la autora, en primera persona, busca e imagina la historia que podría haber detrás de un cuadro, el cuadro se abre a otros ojos, la voz escucha otro relato, tres realidades, tres ficciones y las tres nos las acerca imperiosamente quien no puede hacer sino eso, la narradora. En El final de Barbro, tres hermanas y una sola voz que miran sin ver, casi cuentan sin querer y aprovechan la oportunidad de una venganza más que poética (ridiculizó a quien más queríamos, invadió nuestro terreno, nos robó los mejores recuerdos, se burló de todo lo que respetábamos y nos resarció con el más absoluto desprecio -no se podía expresar mejor, son motivos más que suficientes-), una venganza que no existe puesto que nadie la ve ni la verá. Una variante del léxico familiar algo más transcendente y cuasitenebrosa. Una nueva vida está engarzada con una dulce ironía que comienza en el título y transcurre acompasada por la afirmación de Einstein de que como físico usted sabrá que para mí no existe pasado ni presente, algo que queda demostrado por el sentido roce de una mejilla, aunque a la postre… Y por último Días entre los Wasi-Wano, la más luminosa -que no alegre-, vindicación de un posible paraíso encontrado y del amor -adolescente- por los héroes, por muy cuestionados que queden por los hechos, las acciones u omisiones.

   Dónde termina lo real y comienza lo otro. O viceversa. Cristina Fernández Cubas difumina estos límites. La ilusión de la huida y diferentes formas de caer en la realidad a través de seis relatos de distintos tonos, de tres edades. Nona y los Wasi-Wano abren y cierran con sus ojos inocentes y sus esenciales realidades paralelas, Interno con figura y La nueva vida tienen un mirada más madura, mas no exenta de temor y consciente del ridículo. Hablar con viejas y Barbro son historias tenuemente maléficas y, especialmente Barbro, estupendamente narradas, con ojos jóvenes y atrevidos. Todos los ojos de todos los cuentos también asustados.  

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La niña perdida de Elena Ferranre

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No cambian los hábitos en la cuarta entrega de la Tetralogía napolitana de Elena Ferrante, se funden y la consolidan. Relación de personajes y circunstancias; como en el primero, La amiga estupenda, dos partes y cada una con un subtítulo: Madurez – La niña perdida y Vejez – Historia de la mala sangrey un broche final, oscuro y brillante, intitulado Epílogo constituido por dos entradas.

    Madurez – La niña perdida. Antes de volver al punto en el que nos habíamos quedado, como en cada etapa, Lenù, de la mano de Ferrante, nos anticipa que en los tiempos venideros, resentida con Lila por haber puesto el dedo en la llaga -la culpa, siempre la culpa, y esta vez la culpa respecto a sus hijas- intentará alejarse de ella. Al mismo tiempo, recuerda cuál es el motivo por el que está escribiendo esta novela y concluye que para no perder de vista a Lila ha de hablar de sí misma en la justa medida a riesgo de perder el rastro de su amiga. Aclarado esto, el relato continúa. Lenù, 32 años, agobiada en el estrecho papel de madre y esposa ha de reinventarse y potenciar su imagen a riesgo de ser absorbida por su gran amor de juventud. Retoma su papel de escritora y se lanza al mundo con sus propias armas: la escritura y sus vivencias, armas que confronta con el público, ayudándose así a entender y componer -hay cosas que no se recomponen y hay que comenzar de cero- un nuevo mundo que habitar en un periodo en el que reina el caos dentro y fuera de ella misma. Es un periodo candente, el fin de una época entrañada en su primer compañero, Franco, una época que en su declive estaba arrasando con todas las categorías que habían servido de brújula. Una época de desastres: Uno, el ocaso del sujeto revolucionario por excelencia, la clase obrera; dos, la dispersión definitiva del patrimonio político de socialistas y comunistas, un tanto desvirtuados ya por disputarse a diario el papel de báculo del capital; tres, el fin de toda hipótesis de cambio. El comienzo de otra, muy bien comprendida por su amante del momento, Nino –le gusta más caer simpático a los que mandan que batirse por una idea, un técnico muy servicial- y el mantenimiento de los de siempre, altivos clasistas que desprecian a la plebe y el feminismo, sempiternos gatopardos que siempre están ahí -aquí los Salina son los Airota, la familia de Pietro, su exmarido-. En el desayuno acostumbran a ingeniárselas para imponer un subsecretario y en la cena, para destituir a un ministro.

    Lenù vuelve a Nápoles en cuerpo y alma. Ha de reencontrarse por fin con la madre, entenderla y asumirla incluso físicamente; con su amiga, compartir de nuevo con ella amistad, complicidades, así como antitéticos y gratos periodos de embarazo. Es por Lila -el aparente contrapoder del barrio- por quien sabe de lo que ocurre en el barrio, lo que en realidad se mueve intramuros, lo que suponen las drogas en un barrio tomado, solo que ahora el sistema, los Solara, la camorra -en esta novela sí que la mencionan, lo hace Nino-, puede percibirlo desde dentro. Ambas se enfrentan unidas, pero a su manera, a este sistema. Se produce en la ciudad -y en sus vidas– un terremoto del que Lenù sale reforzada, mientras que Lila, la fuerte, la manipuladora, se desborda. El simbolismo se acentúa, el que viene de atrás y el que surge en la madurez, con la ciudad, con el volcán que todo lo arrasa, con las hijas concebidas a la par, con las muñecas desaparecidas… Sin aportar temas nuevos, arrastrándolos todos en una contextualización admirable, crecen, se retroalimentan, se actualizan, se enriquecen…

    Vejez – Historia de la mala sangre. Comienza en 1995 con su partida de Nápoles, nos adelanta cuáles serán sus pasos más importantes y cómo siente que el mundo al que pertenecía desaparece y ella con él. Después volverá sobre sus pasos para avanzar en los cambios de la vida de ambas, sus nuevos desencuentros, las nuevas heridas. El barrio degenera con las drogas, pero todo sigue progresando, por el camino quedaron y siguen quedando muchos de los personajes adyacentes, todos ellos con funciones vitales en este fresco coral en el que la ciudad es una parte importante de la historia. Cada cual organiza el recuerdo como le conviene y además se necesita un lenguaje común. Lila ha sido absorbida por el dolor y no consiguen volver a encontrarse. Mientras su italiano era traducido del dialecto, mi dialecto era cada vez más traducido del italiano y las dos hablábamos en una lengua artificial. Distintos espectros para los mismos miedos de la infancia: Chernobyl, el progreso como una pesadilla, quiénes serán los nuevos capos (a los Solara se les perdona, a Pasquale, el revolucionario, no). La explotación del hombre por el hombre y la lógica del máximo beneficio, antes consideradas una abominación, volvían a ser en todas partes las bases de la libertad y de la democracia. La clase política se ve salpicada, pero se recupera. Y Lenù ya no es hija, apenas madre o abuela en la distancia, ya no viven cerca y ella ha escrito y publicado sobre algo tajantemente prohibido por Lila. No vuelven a entablar relación. Nuevos miedos y miedos que regresan, como las muñecas y el brazalete de su madre: ¿estará escribiendo Lila, lo hará mejor que ella, se juntarán todas las Lilas (la escritora infantil, la zapatera, la elegante esposa, la artista, la obrera, la programadora informática, la apasionada de Nápoles…) y la superarán? Entonces mi vida entera quedaría reducida a una batalla mezquina por cambiar de clase social.

    Mención especial merecen muchas, muchas cosas de esta larga novela de cuatro libros de seis partes y un epílogo que vuelve la novela redonda, como ese Jardín de las delicias del Bosco que gana enteros cuando lo ves cerrado, porque lo sabes completo, en su finitud infinito. Mención especial, decía, merecen las entradas finales sobre Nápoles, el testigo que Imma, la hija de Lenù, recibe de Lila: el amor, el reconocimiento, la historia de esta convulsa metrópoli, donde las dos amigas han sido y, mal que le pese a Lila, son. Y donde siempre las recordaremos quienes leamos este extraordinario retablo de la segunda mitad del siglo XX y comienzos de este nuestro siglo XXI en el que el sueño de progreso sin límites es, en realidad, una pesadilla llena de ferocidad y de muerte.

Imprescindible

Las deudas del cuerpo de Elena Ferrante

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De nuevo Ferrante lo primero que nos presenta es la relación de personajes que va aumentando, a continuación comienza la novela que, a pesar de abarcar un amplio periodo, consta solo de una parte: Tiempo intermedio, y esta de 123 entradas.

    Antes de situarse donde nos dejó, Lenù nos habla del último encuentro con Lila, su contraego. Fue en 2005. Todos han cambiado, se han marchitado o algo peor -como nos demuestra la irrupción de Gigliola-. Han pasado y siguen pasando muchas cosas -la vida, con sus luces e infinidad de sombras-, la visión del mundo y de Nápoles de Lenù ha cambiado, pero su amiga no está receptiva y cuanto consigue de Lila es la prohibición de escribir sobre ella. Como ya sabemos, Lenù se la está saltando y, con ello, desafiándola, obligándola a no desaparecer, a estar a pesar de todo. Su conflicto amor-odio, su dependencia pervive. Es una conjura, pero también una convocatoria.

    Volvemos al espacio y las circunstancias del último capítulo de Un mal nombre. Una se va, la otra se queda. Lenù avanza por un camino nuevo, el de la escritura, en otro ambiente, intelectual y adinerado, con clase, con mucha clase, para ello ha de romper tabúes y enfrentarse a las costumbres familiares a riesgo de ser incomprendida y vilipendiada –el exceso de estudios me había ablandado el cerebro (…) me dejaba tratar como una furcia…-, ha de afrontar sus propias inseguridades, sus miedos, sus prejuicios –¿Y si mi madre sale de mi vientre justamente cuando creo encontrarme a salvo?-, tomar partido, ser consecuente con las ideas que día a día va perfilando y modificando para conseguir ser ella misma y, por tanto, consecuente con lo que cree pensar. Sin embargo lo que parecía una línea recta, resulta más abrupta: nada es sencillo ni para toda la vida. Hay momentos exultantes y días de abandono, de ajenidad. Ser o no ser. Abandonar o mantener los deseos infantiles. No es asunto baladí, convertirse en escritora, emparejarse con Pietro, una roca a la que agarrarse para salir de Nápoles, para alejarse del servilismo del padre y la zafiedad de la madre, del sistema de prebendas y extorsiones que respira su barrio -sistema le llaman los italianos a la Camorra, qué clarividencia- y descubrir ser la patente de corso de la progresía culta -¿qué soy yo para los Airota, la joya de la corona de su amplitud de miras?-, vivir la contradicciones del candente feminismo bullente de aquellos años en que estaba casi todo por hacer -y en esas seguimos, ¡oh, Lilith!- como madre, como hija, como nuera, como amiga, como esposa, como amante, como ama de casa -quizá esta la más paralizante y a la vez la más reactiva función después de tanto prepararse para comerse o, cuando menos, darle unos mordisquitos al mundo-. 

    Lila se queda y debe sobrevivir dentro del silente sistema que todo lo envuelve y que nadie nombra. Ni siquiera Ferrante. Para ello, también ha de buscarse a sí misma y hacerlo en contra de casi todo lo que la rodea. Es joven, mucho, y no se resigna a renunciar al amor, ni a soportar al cabestro de su marido, ni el yugo -además de yugo, lascivo- del patrón que, no obstante, acaba dependiendo o mejor sería decir pendiendo del mismo entramado corrupto que gestiona Nápoles. Si Lenù se aferró a Pietro, Lila encuentra otro asidero dentro del barrio, Enzo, y es también a través del estudio que este busca su salvación. Mientras la que se fue busca en las palabras, en la reflexión, ellos, asalariados, buscan en la técnica, en el trabajo. Fuera, la teoría, el feminismo, la política de aula (y de salón), dentro, la producción, la lucha de clases efectiva y el nacimiento de la informática. Ese es el carro al que se suben Enzo y Lila. Lila que es un revulsivo para ella misma y allí donde para, sea su hogar, un barrio, una tienda, una fábrica… Sin embargo no es quien quiere dinamitar las estructuras.

Entremedias el amor. Romántico y reivindicativo en Lenù. Escéptico y defensivo en Lila. En la fábrica el amor se convertía en una distracción que atenuaba el cansancio y el aburrimiento, daba una impresión de verdadera vida. La familia y la sospecha de como se reproducen los modelos. Los cambios de la gente de toda la vida, salidas de armario, asesinatos políticos y venganzas camorristas, la habilidad de los dueños del barrio para modernizarse los primeros…

Ambas amigas se cruzan, desde sus distintas posiciones sociales, ambos medios se encuentran y se enfrentan o se apoyan. No existen los compartimentos estancos, el presente viene del pasado y camina hacia el futuro. Ambos espacios se necesitan, se retroalimentan, se contaminan, se agreden. No son realidades paralelas. Al comienzo Lenù se lo intenta decir a Lila que no quiere escucharla: … se trataba de una cadena con eslabones cada vez más grandes: el barrio remitía a la ciudad, la ciudad a Italia, Italia a Europa, Europa a todo el planeta. Hoy lo veo así: no es el barrio el que está enfermo, no es Nápoles, sino el planeta, es el universo, o los universos. Esto se lo dice en 2005, aún ha de transcurrir La niña perdida.

Novela de tránsito imprescindible. Con y sin coma.

Un mal nombre de Elena Ferrante

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Es la segunda novela de la tetralogía napolitana, tras La amiga estupenda. Un mal nombre solo contiene una parte, se titula Juventud y consta de 125 entradas.

     Comienza Lenù hablándonos de una caja metálica con ocho cuadernos que Lila le entrega haciéndole jurar que no los leerá. En su interior está Lila, clara y contundente. Lee todo y después lo tira al río, pero con 66 años, que es cuando emprende esta narración para convocar o para no olvidar, recuerda perfectamente, lo que le permitirá a la narradora profundizar en la vida y los sentimientos de su amiga, incluso entrar en su pensamiento durante un breve fragmento, el 113.

   Retoma el relato exactamente donde lo dejó, en el banquete de bodas. La adolescencia queda atrás para ambas, pero sobre todo para Lila que pasa a formar parte del universo femenino adulto -… qué es esta argolla de oro, este cero brillante dentro del que he metido el dedo-, dándose de bruces con una tela de araña que envuelve el barrio entero, custodiada por una ley del silencio antigua, conocida y respetada por todos y por todas, de la que son artífices los mafiosos del barrio, antiguos compañeros de colegio. En este contexto profundamente machista en el que las mujeres tienen una función clara de sometimiento y obediencia -… unas veces tocan bofetones, otras veces tocan besos…- y un fin fundamental, la procreación, ellas mismas presionan, temen y condenan el rechazo de este papel tradicional. Lenù las observa: … Parecían haber perdido los rasgos femeninos que tanto nos importaban a nosotras, las muchachas (…) Habían sido devoradas por el cuerpo de sus maridos, de sus padres, de sus hermanos, a quienes terminaban por parecerse cada vez más a causa de las fatigas o la llegada de la vejez, la enfermedad. ¿Cuándo empezaba esa transformación?… En el juego de espejos que desarrolla con Lila, en el que tanto se aproximan como se alejan, no deja de admirar su coraje y reconocer su sinuosa rebeldía, y al mismo tiempo esto le sirve para tener algo muy claro: estudiará, se irá de allí. Ni una ni otra son personajes lineales, una se queda en el barrio, pero es la que quiere partir quien reconoce en sí misma maneras que se transmiten de generación en generación: la voz melosa de las mujeres, la máscara de docilidad y sumisión del padre, el temor de ambos… Cada una desea y aborrece al mismo tiempo, alternativamente, lo que la otra tiene.

     En determinado momento Lila acepta su rol y asume voluntariamente el nombre que le corresponde que no es Raffaella Cerullo de Caracci, sino Señora Caracci. Acepta todo, el dinero sucio del esposo, su papel de incubadora, de sparring, de tendera… Pero solo tienen 19 años y la historia progresa. Lenù vive su despertar de otra manera, el estudio la sitúa fuera del barrio, aunque ella siga dentro de él, aunque el barrio siga dentro de ella. Ambas desconfían, se observan de lejos o de cerca, se enfrentan, se ignoran, se tienen en cuenta, se quieren, y en este largo proceso, se retroalimentan. Lenù teme que si Lila vuelve a estudiar la supere, Lila pretende despreciar el discurso intelectual que ya no se siente capaz de alcanzar. Mientras, en Nápoles, algunos amigos intentan cambiar y no ven la violación como una forma de relación válida, los mayores envejecen y las riendas cambian de generación aunque no por ello se aflojan, la conciencia de clase va creciendo entre algunos de ellos. Y Lenù consigue alejarse e ir a estudiar a Pisa. Allí se le abre un mundo diferente en el que va, mal que bien, encajando y lo hace, en parte, no tanto a través de su dura dedicación a los estudios en los que es brillante, como a través de algunos hombres que la eligen, cuya posición la ilumina a los ojos de los demás y la impulsa. Sin embargo, cuando vuelve a Nápoles, siempre con el temor de no poder salir de allí, repara en que lo que ha aprendido en su ciudad natal, con Lila como referente en muchas ocasiones, a defenderse con uñas y dientes, le ha sido de gran utilidad en Pisa, ahora bien, lo que ha aprendido en Pisa, los buenos modales, la voz y el aspecto cuidados (…) eran muestras de debilidad que me convertían en presa segura, de esas que no se libran. Ah, Nápoles, abigarrado e intenso telón de fondo que respira por dentro y por fuera de las dos amigas.

     La tetralogía continúa. Siguiente: Las deudas del cuerpo. Y sigue siendo excelente. Imprescindible.

Transición de Pablo Fernández Barba

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Transición es la novela gallega que ganó el XVI Premio Vicente Risco. A pesar de ello ha habido problemas con su edición, problemas afortunadamente solventados, pero que no dejan de poner en solfa el modelo editorial que arrastramos y que se resiste a adaptarse a los nuevos tiempos. Mas eso es otro cantar del que la salvó Urco Editora.

     En determinado momento de Transición se pregunta el narrador por el precio del silencio. Sin entrar en poesías inquiere:

El silencio no pesa, así que, ¿cuánto cuesta un quilo de  silencio?

El silencio no ocupa, así que, ¿cuánto cuesta un ferrado* de silencio?

Pero el silencio sí dura, así que, ¿cuánto cuesta un año de silencio?

     Transición, la nuestra, la modélica y exportable santa transición española. ¿Aún la quiere alguien? Ella es el telón de fondo -uno, hay otro que, en buena lógica, viene de antes- y también el motor que impulsará el futuro de nuestro cronista, alguien que por azar y por hablar gallego -esto sí que es inusitado dado lo maltratada que ha sido y sigue siendo esta preciosa e histórica lengua- consigue ascender de los sótanos del renombrado periódico donde trabaja a hacer un reportaje que podría cambiar sus perspectivas de futuro laboral -o sea, casi todo-. ¿Es una novela negra? Negrísima. ¿Una novela gótica? Demonios hay, unos cuantos; niebla, para parar el tráfico hasta en la carretera general; el reportero, un halo de romántico tiene entre Esmeralda y Lorena. ¿Una novela política? El marco histórico es amplio, pero los poderes permanecen difusos. Y actuantes. Quien quiera puede sentirlos. ¿Un falso reportaje que mezcla verdad y ficción? Desgraciadamente muchas veces la realidad supera a la ficción, si bien esta es dura y correosa, llevada con soltura e ironía, sin ningún tipo de complejos ni pelos en la lengua. Se ve que le gusta el cine y se sirve de él para contextualizar momentos precisos de nuestra historia -nada lejana, por cierto- o para establecer símiles, y que se permite licencias a la hora de enjuiciar lo que le apetece, aunque sin excederse. Se nota que el autor, a pesar de lo duro de la trama, ha disfrutado escribiéndola y eso se transmite. Son seis días en una investigación al principio algo morosa, el innominado periodista busca no sabe muy bien qué y se explaya por el camino hasta que llega el meollo del asunto que ha de reportar con celeridad a las altas esferas del gran diario de tirada nacional. No ahorra realismo en los peores estertores -entiéndanse en sentido real y figurado- ni en los crímenes atroces. Y como dueños del relato, los señores de la prensa. Esa que no quiere adaptarnos a los nuevos tiempos y sigue informando de aquello que poderes económicos o fácticos consideran que podemos o debemos saber. Desinformando. ¿A cómo irá el quilo de silencio en los medios de comunicación?

     Vale la pena leerla. Ya lo creo. Muy bienvenido este nuevo autor.

  Y lo que más lamento es no hacer esta reseña en gallego -eterna asignatura pendiente- dadas mis pobres habilidades para expresarme en él. Podería facelo pero aínda o faría peor.

* En Galicia un ferrado es una medida de superficie que varía dependiendo del lugar.

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La amiga estupenda de Elena Ferrante

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Elena Ferrante con sus Crónicas del desamor, tres breves e intensas novelas centradas en tres diferentes episodios -o podríamos decir 3 papeles: hija, esposa, madre- cuestiona y despliega presente y pasado de cada protagonista. El futuro queda, como tal, abierto. La amiga estupenda va más lejos y aborda dos vidas y su estrecha y vinculante relación de amistad con sus dependencias, equívocos, encuentros y desencuentros.

     Elena Greco, Lenú, tiene 66 años cuando su amiga Lila -Lila para ella, para los demás Lina o Raffaella- desaparece sin dejar el menor rastro de su existencia. Cabreada, comienza la historia de Lila que es también la suya: Veremos quién se sale con la suya. A continuación procede con su infancia y su adolescencia. Las de ambas, ligadas desde el principio por una atracción mutua y por una amistad sellada en la búsqueda de sus dos muñecas perdidas -inevitable recordar la muñeca de La hija oscura y dar vueltas a todos los significados que ese juguete tan sexualmente definido puede tener en la obra de Ferrante y en la vida de las niñas y de algunos niños, cómo no-.

     La Infancia es también la Historia de don Achille, el cacique del barrio. Desde el comienzo ambas tienen un papel, Lila es la mala, la lista, la de piernas ágiles y valentía feroz; Lenú, la rastreadora de sus vidas y sus relaciones, acepta lo que entiende como hechos probados, conformándose con ser la mejor después de su amiga, se presenta a sí misma como una niña que busca agradar, ser aceptada y un tanto despegada de sus actos. Crecen en Nápoles y es esta ciudad la tercera protagonista de la novela. Un barrio obrero con su cacique omnipresente, temido y silenciado en cada casa. Una escuela donde las jerarquías se sienten y se visibilizan, las diferencias van inscritas en cada uno de los niños o de las niñas, pero ellas, las alumnas, cuentan con otro enemigo tan peligroso y es el propio hogar. Cualquier hombre, ya sea padre o hermano, … en una cadena de agravios que genera agravios, descargaba sobre los familiares y las mujeres, las madres en apariencia silenciosas y complacientes, cuando se enfadaban iban hasta el fondo de su rabia sin detenerse nunca. Las hijas pues están al final de la cadena de revanchas y crecen en el miedo. En el miedo a todo. Es época de posguerra … nuestro mundo estaba lleno de palabras que mataban: el crup, el tétanos, el tifus petequial, el gas, la guerra, el torno, los escombros, el trabajo, el bombardeo, la bomba, la tuberculosis, la supuración… Sin embargo Lila no parece temer a nadie. A finales de la primaria ellas, que gustan de leer y de aprender, están convencidas de que el estudio les proporcionará la riqueza.

     La adolescencia es también la Historia de los zapatos, zapatos que pondrán los pies de Lila sobre la tierra que le corresponde –Los sueños de la cabeza han acabado bajo los pies-, que definen a Nápoles. Nápoles: Sin amor, no solo se seca la vida de las personas, sino también la de las ciudades. Termina cuando ambas tienen dieciséis años y vidas muy diferentes. Dos evoluciones que se separan y una misma clase social. Dos cuerpos y dos intelectos unidos y dispares que se quieren, se siguen, se enfrentan, se separan, se buscan, se miran entre sí. Pero es Lenú quien lo cuenta y para contar necesita -y teme y envidia- a Lila. Conflictos con el cuerpo, con el sexo, otra mirada sobre el entorno y un concepto de riqueza diferente que toma el testigo de Don Achille. Y la confirmación de que la plebe, por la que la profesora Oliviero preguntaba a Lenú … éramos nosotras.

     Me importa muy poco quién es Elena Ferrante. Sabe muy bien sobre lo que escribe, sobre quién escribe y lo hace de forma magistral. No juega con el lector. Tan claro quiere que esté todo que, antes de empezar, nos presenta a los personajes con los triviales datos que ubican a cada cual en su familia, en su casa. La infancia es breve y define a la perfección de donde parten. La adolescencia es turbia, confusa, equívoca y arranca con un episodio que la define a la perfección. Un desbordamiento. Y es Lila quien lo padece, no Lenú, víctima no obstante de granos, miopía… La narrativa no es lineal, pero se desliza como la seda con orden y gran concierto. Le siguen otras tres novelas que conforman la vida de dos amigas y mucho más. Imprescindible.

Crónicas del desamor: La hija oscura de Elena Ferrante

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Es la tercera y última crónica del desamor. Del desamor y de la soledad. De nuevo una mujer de mediana edad que, mientras en El amor molesto se enfrentaba al papel de la madre y en Los días del abandono era el rol de esposa el que la cuestionaba, en La hija oscura desde el título sabemos cual es el papel a desplegar, si bien, necesariamente, las tres representaciones asignadas a la mujer, -madre, esposa e hija- se cruzan, se enfrentan, se buscan, se rechazan.

      Leda se despierta en el hospital. A continuación desgrana, a lo largo de los siguientes 24 capítulos, por qué llegó hasta ahí. Por fin es libre. Las hijas, ya criadas y convenientemente educadas, están en Canadá con el padre, su exmarido, un buen hombre. Las primeras vacaciones sin ataduras y con gratificantes tareas pendientes, además se siente bien, rejuvenecida. Un cierto resquemor de camino y ya el primer fin de semana todo parece torcerse: la playa se llena, la prototípica familia napolitana -tan similar a la suya en la infancia- irrumpe en su parcela de arena y es objeto de su curiosidad, de sus filias y de sus fobias. La hermosa estampa de una joven madre con su hija y una muñeca vieja de la que no se separa ha sido el foco de su atención en contraste con el resto del clan, de belleza más ruda y primitiva. Un gesto impulsivo y difícil de explicar, el no saber enmendarlo a tiempo y un, si no morboso, sí obsesivo interés que acaba resultando recíproco entrecruzan breve, pero intensamente, las vidas de la joven madre y de la ahora infértil Leda. Al hilo de esta relación revisa la suya con sus hijas, su sobreesfuerzo en los primeros años, su huida, su incapacidad como modelo a seguir. La muñeca desaparecida como inequívoco símbolo de aquello a lo que las niñas se aferran, espejo invertido de lo que de ellas se espera, y la frustración que puede nacer de una pérdida o de un acto irreflexivo e inexplicable acaban enredando a la propia Leda con el presente y el pasado, con su progenie y el nuevo entorno social, con su propio protagonismo mal asumido y su deseo de reconocimiento.

      Es de nuevo una novela de alta intensidad y, como tal, encierra una herida aguda, interna, profunda. Una herida punzante, como hecha por un alfiler largo, de esos con los que se sujeta un sombrero.

      Son unas crónicas abiertamente interiores, sin cronotopo definido, podrían darse en cualquier lugar o tiempo, aunque se sientan vecinas por el asfixiante y preciso entorno de cada una de ellas. El detonante es siempre una separación, los hechos son breves, transcurren en pocos días, la protagonista ha de encontrarse consigo misma y afrontar los recuerdos y el miedo, la decepción, el desconcierto, la esperanza…, y resolver la situación. Son una inmersión en la vulnerabilidad, en la fragilidad de las certezas y de los sentimientos narrada con una extraña sencillez, precisa y acorde a cada caso. Poliédrica y reconcentrada con la madre; vertiginosa y crispada en la mujer abandonada; contradictoria, misteriosa, irónica, abierta, absurda, perfectamente asumible… La hija oscura.

      De obligada lectura. Así lo dijo José María Guelbenzu en una reseña sobre estas Crónicas que le leí hace tiempo. Le hice caso. Siempre se lo agradeceré.