Tango satánico de László Krasznahorkai

Lázsló Krasznahorkai es húngaro, actualmente tiene 65 años y publicó Tango satánico en 1985, recién estrenada la treintena, en un Bloque del Este que daba evidentes muestras de envejecimiento y donde su secretario general, Janos Kadar, caminaba hacia la que se consideraba necesaria apertura a Europa Occidental y al capitalismo. Durante este periodo y en una abandonada explotación agrícola próxima a la frontera rumana, sitúa Krasznahorkai su obra.

     La novela se divide en dos partes, ambas con seis capítulos, sólo que la segunda tiene la peculiaridad de comenzar por el sexto y terminar en el primero. Dicen que la lectura de esta obra no es fácil, mas no puedo estar de acuerdo -claro está que no se trata de literatura de comer-, lo que sí ocurre es que su contenido es profuso, va más allá de sus líneas, ahora bien, es atendiendo a sus propias líneas como se encuentran las huellas que nos guiarán y que, una vez terminado el libro, nos harán volver sobre lo leído, con asombro, con admiración y, sobre todo, con renovadas ganas. …sólo quedaba esperar; a que la verdad se manifestara de repente, de la noche a la mañana, en todo su esplendor; entonces se harían visibles otros detalles y se podría decidir, retrospectivamente, en qué orden poner los elementos de la historia original. Esta cita pertenece al capítulo IV de la Primera Parte, subtitulado El ocho acostado, signo del infinito y cuatro capítulos más tarde, enlaza por un sutil hilo -de araña, tal vez-, con el capítulo IV de la Segunda Parte, en un ocho acostado que cierra el infinito, un ocho como los que … los incansables moscardones trazaban […] en torno a la lámpara que apenas iluminaba. Esta simetría, este signo que se cierra en un centro que no es sino una separación convencional, se da en cada capítulo con su respectivo. No son obvios, pero una vez terminada la novela, la sensación de que las telas de araña que han estado invadiendo las decrépitas construcciones donde sobreviven y esperan -Godot, siempre Godot, aunque en este caso, Godot se presentará y estará entre un Moisés guiando al pueblo a la tierra prometida y un Lucifer apresando seres desprovistos de voluntad e inteligencia-, estas telas cuyas hilanderas nunca llegan a ser vistas por sus presas, abarcan más que las casas, la fonda, el molino…

     Cuando algunos de los que malviven en esta explotación sin nada que explotar están decididos a abandonarla con un golpe de mano moralmente reprobable, llega la noticia de que Irimiás, a quien se cree muerto desde hace año y medio, vuelve y con él vuelve la esperanza, a pesar de las sombras pasadas que sobre él planean. Irimiás sabrá que hacer. Esta primera resurrección enlazará con una segunda, la primera proviene de las tinieblas, a la segunda la alientan los ángeles, manteniéndose ambas en una difícil balanza entre el bien y el mal. La inercia, la desidia, el miedo, la avaricia que los mantiene atrapados -… una puerta que quedaba abierta para siempre: una cerradura que nunca se abría-, se ha roto y fantasmales campanas lo anuncian. La trama va avanzando en dos escenarios: el creado alrededor de los atrapados y el que sigue al renacido mesías. En este sentido son significativos los capítulos II y II que sitúan el marco de los hechos lejos de las infelices almas casi muertas, en un contexto más amplio, tanto político como social y tienen, además, un cáustico sentido del humor, resituando a Irimiás en una posición muy diferente. Sólo con las palabras soy capaz de determinar la estructura de los hechos que se producen a mi alrededor, dice el médico, personaje singular, motor y herramienta obsesionado por fijar el momento y por el tiempo perdido. Entre anacoreta y loco, también se deja engañar, pero por sí mismo. Todos se enredan, todos nos enredamos. También Erkine, la niña pequeña juega su papel en un capítulo desgarrador, tremendo. Nada en esta novela es baladí, ni las descripciones orogénicas que lee el doctor. La recorre un fuerte aliento lírico, denso, reiterativo, claustrofóbico, que consigue que la lluvia, el viento, el fango, los charcos, los esqueletos de las acacias, la niebla, el abandono, la oscuridad invadan páginas y actitudes. El capítulo VI Tango satánico (al que sigue el VI) es, a la par, patético e hilarante, depende de la perspectiva. Porque la perspectiva es importante, aunque Irimiás y el ávido fondista -limpiador tenaz de invasivas telarañas …que no había visto nunca ni una sola araña, pese a haber permanecido noches enteras en vela, vigilando desde detrás de la barra– no creen lo que ven sus ojos. Porque las perspectivas existen y están por doquier: por ejemplo, el fondista, a quien únicamente le consuelan los números (y poder fornicar con la Sra. Schmidt), puede llegar a tener momentos de complicidad con alguien aparentemente opuesto (… el encuentro entre la hiena que se encuentra en una jaula y el buitre que revolotea arriba en libertad). Futaki, un cojo iluso, pero a la postre, lúcido. La Sra. Schmidt, una musa inalcanzable, al tiempo que una vulgar buscona y una ingenua enamorada. Y otras y otros aferrados a una inquebrantable solidaridad que salta en pedazos con absurda, alcohólica y lógica regularidad.  Un microcosmos cerrado y finito, como el signo infinito, limitado en el espacio, inagotable en su repetición, agónico en sus tinieblas, humanamente prosaico cuando no esperpéntico, una Historia infernal de la asfixia. Magnífica. Asombrosamente próxima y distante. Una maravilla de la literatura contemporánea de inexcusable lectura.

     Cuando la obra fue publicada, el director Béla Tarr, con quien, regularmente, colaboró Krasznahorkai hasta su última película, El caballo de Turín, quiso filmarla, mas, por motivos políticos, no lo consiguió hasta 1994. Dura siete horas y pico. Sobre ella dijo Susan Sontag que sería feliz viéndola una vez al año hasta el fin de sus días. Tal vez lo hizo.

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Siempre hemos vivido en el castillo de Shirley Jackson

Shirley Jackson murió de un ataque al corazón en 1964, a los 49 años, tras publicar esta novela y con otra en marcha, víctima del abuso del alcohol, el tabaco, de los medicamentos prescritos para que adelgazara por un lado, para que se relajara por otro, para que luchara contra su reciente agorafobia, su ansiedad, etc. -anfetaminas, tranquilizantes, barbitúricos…-, para que, en resumen, aceptase su vida de ama de casa al servicio del esposo -profesor y crítico literario-, las tareas de limpieza del hogar, la cocina, la educación de la prole -tuvo 2 niñas y dos niños- etc. con resignación, pero eso sí, produciendo artículos, cuentos, novelas…, ya que el peso económico de la patriarcal familia recaía sobre ella. A su madre no le gustaba su hija y hasta el final de sus días -los de Shirley- mantuvieron una relación difícil. Su desconsolado marido se casó el mismo año de su muerte con una joven alumna. Ella escribió desde muy jovencita y su salto a la fama provino del magnífico cuento La lotería y, no tanto por su calidad, que sí, pues hoy es el día en el que sigue resultando francamente sorprendente y perturbador, como por la reacción de lectores y lectoras, así como por la gran cantidad de cartas de protestas que llegaron a la redacción de la revista donde se publicó.

     En esta novela gótica contemporánea las tinieblas no proceden del castillo, donde aparentemente todo funciona feliz y armoniosamente dentro de unos límites realmente marcados, sino del exterior, del pueblo donde … los hombres se mantenían jóvenes y se dedicaban al chismorreo, mientras que las mujeres envejecían con un maligno cansancio gris…, no hay damas secuestradas por alguien malévolo, sino las últimas supervivientes, muy bien educadas, de una familia de potentados, abrumadas por un sentimiento de rechazo hacia y desde la sociedad que las cerca -asfixiante, clasista, prejuiciosa, claustrofóbica, hipócrita, culpable…; el que se quisiera héroe no va a rescatar, es más un fantasma que busca expoliar. La atmósfera de misterio está dirigida por una voz fresca e inquietante, poderosa, protectora y agresiva, festoneada por un ácido y perverso sentido del humor -recreado para ausentar a las escasas visitas- y Jackson la dosifica a la perfección, avisando de lo inminente, mientras a través del trastornado tío Julian  va desentrañando el siniestro pasado.

     La historia la cuenta Mary Katherine Blackwood, tiene dieciocho años, la conoceremos a lo largo del relato como Merrycat -también tiene un gato, Jonas, y sí, es feliz- y su vida gira entorno a su hermana, Constance. Ambas son la cara y la cruz indisoluble de esta historia y, por qué no, de muchas mujeres: Merrycat, asilvestrada y fantasiosa, afronta el peligro y la animadversión de los resentidos habitantes de una pequeña y fea ciudad de provincias, imagina caminar sobre sus cadáveres cuando la incordian, recorre todos los caminos de su enorme y señorial finca enterrando o colgando objetos familiares para conjurar los posibles males que sobre ellas puedan acechar; Constance, fiel a la tradición de las mujeres de la mansión, dirige la casa, recoge los alimentos de la tierra, los conserva y los cocina, atiende al tío Julian… Constance es bella, Merrycat, no sabemos, para Constance, sí. La joven Merrycat nos va a contar la nueva calamidad que se ha cernido sobre los Blackwood y Julian, víctima de la gran desgracia que aconteció seis años atrás, en su esfuerzo por no olvidar lo que pasó (recurrentemente pregunta ¿Sucedió realmente?) va consignando cuanto recuerda de aquel día trágico. Ellas no lo hablan. Constance envasa: … los tarros de intensos colores con encurtidos y verduras y mermeladas granate, ámbar y verde oscuro estaban unos al lado de los otros y allí se quedarían para siempre, como un poema escrito por las mujeres de la familia Blackwood. Merrycat vigila, protege el castillo, teme por su fiel hermana que empieza a contemplar la posibilidad de… y planea una vida distinta para ella, Constance y Jonas en la Luna, su refugio seguro. Y tal vez también para el tío Julian. Solo tendrán que crear una nueva rutina.

     Una obra llena de detalles inmersos en una cotidianeidad extraña y amoral con la que Jackson bombarbea -sería más acertado decir, envenena- a la familia tradicional y a la sociedad obtusa donde le tocó convivir. Fueron tiempos en los que, acabada la Segunda Guerra Mundial, el discurso vigente y recogido por Betty Friedan en La mística de la feminidad, conminaba a las mujeres -una vez conseguido el voto, el derecho al empleo y a la educación, etc.- a retornar felices al hogar, a potenciar sus cualidades más rancias, a servir y callar, fueron tiempos de ansiedad, depresión, neurosis y Shirley Jackson fue una de sus damnificadas. Murió pronto, pero nos dejó esta rica e inquietante pequeña obra maestra, además de la genial La lotería. Y estamos de enhorabuena porque Minúscula sigue recuperando obra suya. Por el momento, cuentos, confiemos en que lleguen las demás novelas.

 

El castillo de Franz Kafka

Kafka comenzó a escribir El castillo en febrero del 1922, algo más de dos años antes de morir, y empezó a redactarlo en primera persona, pero en el capítulo tercero cambió el “yo” por K. Otra vez K. Entra de nuevo en un periodo prolífico de su literatura tras concertar una ruptura de relaciones -sobre todo por correspondencia- con Milena. Su salud va empeorando, en junio del 22 consigue la jubilación anticipada y va alternando estancias en un hospital para tuberculosos, la casa de su querida hermana pequeña, Praga… Coherente con su vida y su literatura -cómplices entre sí-, previendo acabar el libro -cosa que no hizo- con el agotamiento del protagonista, él mismo se agotó primero y murió en 1924, un mes antes de cumplir 41, quedando el final de El castillo en una frase en suspenso…

     K llega de noche a un pueblo, desde un puente mira hacia arriba, hacia donde debería estar el castillo, y observa el aparente vacío de allí en lo alto. Le permiten dormir, sin mucho entusiasmo, en medio de una taberna y, como el anterior K, ve su sueño interrumpido. Samsa se despertaba en un cuerpo que le era ajeno y se preocupaba, sobre todo, de cumplir en su trabajo, al K de El proceso lo despertaban para detenerlo y se inquietaba por el cumplimiento de su trabajo en el banco, K es despertado bruscamente mientras reposa su agotamiento en la primera posada que encuentra, la Posada del Puente, para incorporarse a su nuevo trabajo de agrimensor, persona que se dedica al arte de medir tierras, mas no son tierras las que va a calibrar K. Quizá este nuevo empleo de K responda al deseo expresado por Kafka en su Carta al padre de buscar un suelo firme bajo los pies, y el afán del protagonista, a lo largo de la novela, de integrarse en la comunidad aledaña al castillo, sea -entre otras muchas cosas, Kafka tiene mucha, mucha miga- trasunto de las dificultades que sintió a lo largo de su vida para integrarse en algún círculo, extranjero como siempre se sintió respecto a su familia, el colegio, la comunidad judía, la patria, etc. A él, como a K, le … atraía irresistiblemente buscar nuevas relaciones, pero cada nueva relación intensificaba su cansancio, cansancio que crece a lo largo de la novela y de la vida de Kafka, según su correspondencia.

     Nos introduce dentro de un paisaje antiguo, a pesar de que el castillo, al que desde el principio K no puede acceder, no presenta un aspecto digno de tal nombre, con un exterior agresivo e invadido por la nieve -si bien curiosamente, en lo alto, en la fortaleza, hay mucha menos nieve que en el pueblo-, los interiores de las casas del poblado son angostos, oscuros, caprichosos, sus moradores responden a distintas tipologías, siendo los aldeanos pequeños, de cráneos achatados; los sirvientes igualmente burdos, pero de mejillas redondas y comportamiento hipócrita -digno en el castillo, francamente vulgar en la aldea-; su mensajero y sus ayudantes -las gentes que tienen trato directo con los funcionarios del castillo, pues que este está repleto de funcionarios, secretarios, ayudantes…- esbeltos, ágiles, gentiles; y los funcionarios, versátiles, escurridizos, indefinibles. Entre ellos destaca Klamm, de quien a través de múltiples personajes interpuestos, depende K. Por otro lado están las mujeres. Frieda. En alemán Frieden significa “paz, calma, tranquilidad”. De la misma manera que Felice estaba presente en El proceso, así Milena transita por El castillo y, como Milena, Frieda … era la mujer enamorada. Para ella, el amor era lo único verdaderamente grande. (En contrapartida Klamm, su amante, tiene claras reminiscencias del marido de Milena, Ernst Pollak, desde el nombre -Klamm significa “agarrotado” y Ernst “serio”- hasta el tipo de relación de dependencia de la pareja). Frieda … deja al águila, para unirse a la culebra ciega, siendo la culebra K que capítulo a capítulo va perdiendo terreno y reconfigurando sus expectativas, mientras que Frieda, según Camus –El mito de Sísifo-, acaba prefiriendo lo cotidiano frente a la angustia vital que representa K. Olga y Amalia, ambas pertenecientes a una familia excluida de la comunidad, como los judíos, con un padre cansado que no reacciona y se aferra a sus diplomas, a las apariencias y una madre agotada -inevitable ver aquí ecos de los propios padres de K-. Olga busca la manera de salvarse y salvarlos desde una moral distraída aunque adecuada a las relaciones castillo-aldea, pero Amalia, que rechaza sacrificarse por todos ellos y que transmite un fuerte deseo de soledad -como Kafka, quien también rechazaba someterse a los designios parentales y sociales: el matrimonio- es contemplada con desconfianza por K en su lucha por insertarse entre la plebe para poder alcanzar el castillo. Según Brod, albacea literario de Kafka, el castillo simbolizaba la gracia. A partir de esto, Amalia rechazaría la gracia y Olga actuaría correctamente, sin embargo, es igualmente repudiada. Las esposas de los dueños de las posadas son poderosas y controlan algo más que las tabernas y a sus cónyuges, ejerciendo de intermediarias entre señores y siervos. Y Pepi, la joven camarera con su ridículo vestido lleno de cintas ante quien K … tuvo que taparse los ojos un momento, porque la estaba mirando con concupiscencia, recuerda a Julie Wohryzek, la hija de un sacristanucho de sinagoga, sobre quien el padre de Kafka le dijo, según la Carta al padre: … Seguro que se ha puesto una blusa bien bonita, como hacen todas las judías de Praga y tú, claro, a la primera de cambio has decidido casarte con ella. […] Como si no hubiera otras probabilidades. Si te da miedo te acompaño yo. Kafka, personal y universal.

      K mira hacia lo alto, pero arriba podría estar Yavhé, la gracia, la clase dirigente, el imperio autrohúngaro, el gran inquisidor… o nadie. La cadena de montaje con los funcionarios del primer plano que cierran el acceso a los que están por encima, que a su vez pueden tener otros por encima y así ad infinitum hasta llegar el nominado Conde de quien solo sabemos al comienzo, asistidos todos ellos por secretarios, subsecretarios y mensajeros, la cadena mantiene un engranaje de solicitudes, respuestas, cartas, apremios, sentencias, etc. en un marco singular de espacio y tiempo -citas nocturnas en cubículos de la Posada de los Señores, días a la espera en las primeras estancias de la fortaleza a la que se puede acceder dependiendo del día o de la temporada por una vía u otra-, dentro de una administración que no puede equivocarse, donde cada cual es competente en lo que es competente y no puede ni debe inmiscuirse allí donde el asunto no sea de su incumbencia, aunque considere la posibilidad de que un administrado […] sorprenda en mitad de la noche a un secretario que tenga cierta competencia para el caso de que se trate. […] ¿Cree que no puede ocurrir? Tiene razón, no puede ocurrir. Pero una noche -¿quién puede responder de todo?- ocurre sin embargo. Es verdad que no tengo entre mis conocidos a nadie a quien le haya ocurrido; sin embargo eso no prueba nada… Como el abogado de El proceso, el funcionario Bürgel (Bürger: “ciudadano”, Burg: “castillo”, Bügel: “percha, estribo”) se explaya en la descripción de procedimientos ilógicos -aunque más reales de lo que quisiéramos creer- e insta a K a perseverar en su empeño mientras K, agotado, se adormece, sueña y se equivoca, siempre se equivoca.

     Kafka y su obra son un continuum por partida doble. Probablemente una obra no existiría sin la anterior -no, no creo que todos los escritoras, sean así, algunos, sí, los y las excepcionales-, y, gracias a sus diarios y correspondencia, podemos acceder a su proceso de creación de esa fortaleza en la quería y no quería encerrarse para dedicarse a la literatura. Cada obra da un paso más y recoge lo anterior. Entre La transformación, El proceso y El castillo, hay cuentos excepcionales, igualmente simbólicos y absolutos. La condena –fundamental para llegar a La transformación- , En la colonia penitenciario -escrita entre medias de El proceso, como sí, no pudiendo ejecutar a K como aquí se hace, necesitara desplegar el tecnológico castigo que en plena Guerra Mundial preconiza tanto-, Blumfeld, un soltero de cierta edad… -delicia del humor sarcástico-, etc., etc. Me voy a dar un descanso, aún me faltan El desaparecido y algunos cuentos. Sí aman la literatura, Kafka es imprescindible. No dejen de leerlo.

La metamorfosis de Franz Kafka

Vaya por delante que no sé alemán. La metamorfosis o La transformación. Ya el título provoca traducciones dispares, qué no será de la interpretación de la obra. Por un lado hay quienes defienden metamorfosis, entre otras cosas, porque el término elegido por Kafka fue Verwandlung y con tal término se habían traducido Las metamorfosis de Ovidio hasta el siglo XIX, además Goethe lo empleaba en sus textos literarios, mientras que, en los científicos, utilizaba Metamorphosen. Enlazando con Ovidio se apoyan quienes subscriben La transformación, porque -entiendo que a partir del XIX- sus Metamorfosis se tradujeron como Die Metamorphosen y el lenguaje de Kafka, siendo, como era, efectivo, austero, consuetudinario, eligió, no obstante, Die Verwandlung, mucho más próximo al común de los mortales y sobre todo en Praga donde convivían el checo y un idioma alemán alejado de Alemania y por lo tanto, menos actualizado y, a excepción de Kafka, más rimbombante en los autores de esta lengua, por eso de marcar la diferencia y la preeminencia. Además, según comienza la obra, en las primeras líneas, Gregorio Samsa se transforma –verwandelt-, no se metamorfosea.

     Cinco años antes de escribir La metamorfosis, en Preparativos de boda en el campo -obra que escribió antes de empezar a trabajar-, Kafka concibe un sujeto escindido que envía su cuerpo vestido fuera, a hacer vida social o a tropezarse, a caerse, mientras su yo permanece en cama con la forma de un gran escarabajo, simulando un sueño invernal y apretando sus patitas contra su cuerpo abultado… En 1912 este insecto tiene un nombre, Gregorio Samsa, una familia, un trabajo, un jefe, una amante… y queda encerrado en su cuarto: El solitario punto central del círculo solitario, frase de Kleist, autor de referencia para Kafka.

     El acercarme a esta obra que absorbí con estupor en mi adolescencia no ha sido otro que la diferente opinión sobre su relectura de un par de contertulios adictos a la lectura. Para mí fue la primera novela -devorada a hurtadillas durante las supuestas horas de estudio en el colegio- que me abrió un mundo literario diferente y me condujo a Sartre, Camus y, cómo no, Beckett. Y su segunda lectura ha sido, si cabe -no podría asegurarlo ¿quién recuerda con certeza?- mejor, por lo menos tan absorbente, sin duda menos atolondrada. El ritmo, con su lenguaje preciso, casi desnudo, es -y me ha sorprendido: realmente solo me acordaba de que Gregorio Samsa se había convertido en una cucaracha-, el ritmo es trepidante y el humor, presente y no necesariamente negro (eso sí que no lo recordaba en absoluto ¡ah, la la adolescencia a tientas!).

     Samsa nos dice ser un viajante que trabaja muy a su pesar, pendiente siempre del reloj, sometido a la jerarquía laboral y a unas relaciones fugaces y, sobre todo y en primera instancia, a la familia que es donde comienza la cadena y la condena. El poder nace al mismo tiempo que el individuo y es en el hogar donde primero se siente el engranaje de su superestructura. En el arranque, ya por todos conocido, es la mente de Samsa que, sin cuestionar sus nuevas circunstancias -el hábito de aceptar y adecuarse es el motor cotidiano- intenta hacerse entender por los demás. Kafka nos describe con minuciosidad la casa -al punto de que Nabokov hiciera varios croquis sobre ella-, los objetos, el tiempo atmosférico -siempre oscuro, excepto al final, cuando ya no hay alimaña-. Apenas hace retrocesos en el tiempo, algunas alusiones al comienzo cuando Samsa nos pone al tanto del punto de partida con respecto a sus obligaciones, que eran su vida. Tres partes. I. El descubrimiento del hijo como un bicho raro, asqueroso, y la primera herida. II. La convivencia con el monstruo: una nueva rutina que va evolucionando. La figura finalmente emergente del padre que tanta presión ejerció sobre Samsa. La segunda herida -esta escena es magnífica, con las manzanas al vuelo y un fino, agridulce sentido del humor-. III. El abandono y con él, la sociedad que entra en la casa y el oprobio no se puede mantener. La manzana podrida ¡qué imagen! en la herida mortal. La progresión en los tres capítulos es trepidante, el desarrollo es perfecto, en el aparente absurdo existencial de la familia cada miembro ejerce su papel y, de vez en cuando, una pregunta parece cruzar sus mentes, pero ese animal repugnante, incomprensible e idiota, no encaja en la pequeña colectividad. La soledad de Samsa crece hasta el límite  a medida que su cuerpo se reduce y su espacio vital se llena de escollos.

      Imprescindible -para quienes lean literatura, claro-.

    La edición del 30 aniversario de Alianza es exquisita -no así la traducción, por cierto anónima, y esto se nota más si lees a Kafka en la excelente versión editada, y creo que agotada, de Galaxia Gutemberg-. Se complementa con La carta al padre, que alumbra muchos aspectos de La transformación, de la obra de Kafka y del propio Kafka -hay quienes dicen que solo es literatura, por eso la salvó Max Brod, el amigo encargado de quemar su obra-, continúa felizmente con un irónico relato de Nadine Gordimer Carta del padre y se cierra con un interesantísimo álbum ilustrado que sigue la vida y las obras de Franz Kafka.

El último de la estirpe de Fleur Jaeggy

El último de la estirpe

 

Fleur Jaeggy es una escritora suiza que escribe en italiano. Nació en el 1940 y este es el último libro publicado en esta España nuestra.

   Hay autores o autoras que provocan una tristeza dulce, sosegada o incluso una tristeza airada, sarcástica, con o sin arrebatos creativos, con o sin incontinencia verbal o escrita. Fleur Jaeggy provoca una tristeza hueca. Con un ritmo rápido, preciso, elíptico: Conocí a Agnes el día en que cumplió once años. Se había negado a apagar las velas. Desde entonces somos inseparables. Como una enfermedad. Un narrativa envolvente de voz suave, tono ingenuo, inocentemente distante, con ecos de antiguos relatos de atmósfera casi espectral o los colores de un daguerrotipo. Finales rotundos: tras una breve divagación -delectatio morosa (Gato)-, el zarpazo final. A veces cruelmente irónico. Un engranaje perfecto para describir y transmitir el vacío existencial. Seco, conciso. De asociaciones rápidas, sincrético. En cada uno de los relatos, de alguna manera, la vida se va, se fue o se está yendo, incluso la vida de un cuadro. Con el trazo frío de un pincel fiel a una foto algo fantasmagórica, Jaeggy nos conduce de una miniatura a otra. Arranca el trío formado por la propia narradora, el hermano que escribe que escribió y la hermana XX que escribió al hermano escritor, usurpándose los tres la autoría de la historia de insomnes que aparece y desaparece en el ámbito familiar que atraviesa estos cuentos. Tras este primer relato de un escritor, la búsqueda de ninguna parte de Josef Brodsky en el segundo –Negde-. De las frías aguas de Nedge al lago helado de El último de la estirpe, y del presunto asesino del retrato de El último de la estirpe, a la ausencia de retratos de Regula y más en El gentilhombre y el vacío. Signos sutiles unen estas narraciones atravesadas por el cansancio, la ausencia, el deseo de partir, la soledad, la nada. Una imagen compartida con Ingeborg (Bachmann) -amiga de Jaeggy y muerta en un incendio- en Sala aséptica, antecede a La herederaMientras las llamas la envolvían sintió una terrible nostalgia-. Oliver Sacks y un pez atrapado mirando desde su pecera, preceden al gracioso pajarito de La pajarera. Criaturas solas, hijos o hijas no queridos, temidos. Personajes que quieren desaparecer o prefieren el encierro, que no saben adónde ir, que sobreviven, atrapados… ¿A qué seguir?

   No es un libro animoso, pero sí un collage uniforme, de mirada perspicaz y diferente, con tanta homogeneidad y coherencia en su sentido -ciertamente desasosegante o, cuando menos, perturbador-, como diversidad en sus formas de abordarlo y riqueza en sus diferentes perspectivas. Con algunos arranques –Hay quietud en la casa. La quietud parece impuesta por la violencia. Las persianas están cerradas, como si fueran párpados,-, párrafos o finales –Nombres– magníficos. Y con unos cuantos relatos memorables. Soy hermano de XX, Agnes, La pajarera, Adelaide, La elección perfecta…

   Como autoayuda no vale.

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Claus y Lucas: La tercera mentira de Agota Kristof

La tercera mentira

Agota Kristof siempre escribió poesía en húngaro, su idioma natal, mientras que en prosa se expresaba en francés, su lengua de acogida. Lucas, a quien al final de El gran cuaderno dejamos cruzando la frontera de su país de origen, aprendió pronto su nueva lengua para poder escribir cosas inventadas. Historias que no son ciertas, pero que podrían serlo. Claus, el que no se fue, escribía poesía desde joven, permaneciendo en el país, en el idioma y en la triste, oscura y lúgubre historia de su familia y del periodo que le toco vivir.

     Desgarro, desarraigo de ambos y también de la autora. Los libros van encajando, van influyendo los unos en los otros, se miran, se reflejan, se anteponen y se complementan. Los personajes que por ellos desfilan van encontrando papeles y funciones diferentes, Agota se divide y se separa de sí misma, como también se separó de su hermano hermano mayor con quien compartía historias y del pequeño que las recibía y en ocasiones las sufría. Se marchó sin despedirse, como quien pisa una mina y rompe con todo aquello que es y a lo que pertenece. Su propia vida, como en tantos autores, sirve de punto de partida. Si en El Gran Cuaderno, partiendo de sus ejercicios de teatro en Suiza y de las experiencias vividas en Hungría, en su pueblo natal Köszeg, surgen los dos gemelos, analíticos y disciplinados, crueles y, a su manera, moralistas, ávidos lectores del único libro que los acompaña, la Biblia, y después de aquellos que encuentran y les satisfacen -no les gusta cualquier cosa-, si en La Prueba, su francés más firme y su pulso narrativo más afianzado, los gemelos han crecido separados y resultan uno, en La tercera mentira -tres son las mentiras de Lucas que lo separan de la verdad oficial y, por qué no, de la realidad, tres mentiras necesarias, de supervivencia, que, en esta última obra, suponen el pretexto para el pretendido desconocimiento entre ellos-, como decía, en La tercera mentira Lucas -sin identidad, enfermo tal vez de anonimia-, en la primera parte, desde tres tiempos distintos que se aúnan generalmente en un presente verbal biográfico, acepta o sencillamente desgrana los acontecimientos que desembocan en su desapego; Claus, el poeta secreto, hace lo mismo en la segunda parte, nos conduce por los acontecimientos hasta su ahora y sendas historias se siguen una a otra, se sobreponen sobre las de las dos novelas anteriores y, simultáneamente, constituyen de nuevo un libro escrito por ambos. Tres mentiras y dos memorias, ¿las auténticas?, ¿las verdaderas semblanzas de Claus y Lucas?, ¿las definitivas? Lo cierto es que para mí no. Poco más escribió esta autora, pero yo ya lo he encargado todo. No su teatro -una pasión de la infancia que la ayudó a integrarse en la literatura de lengua gala y a caminar por este idioma hasta esta grandísima trilogía que, según la acabas, te lleva al principio de nuevo-, pero sí las escuetas obras narrativas que están a mi alcance. Obras lacónicas, breves, beckettianas. Imprescindible dentro de la literatura europea del siglo XX. Singular y memorable.

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Claus y Lucas: La prueba de Agota Kristof

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Con 21 años Agota Kristof cruzó la frontera de Hungría a pie con su hija de cuatro meses y marido, su profesor de Historia, quien había participado en las revueltas antisoviéticas de 1956. Por motivos ajenos a su voluntad, acabaron en la zona francófona de Suiza. ¡Tiempos aquellos de acogida y distribución de refugiados!

      Habíamos dejado a Lucas y Claus a punto de separarse para cruzar uno de ellos la frontera a costa del cadáver de su padre. Desde el primer capítulo sabemos que el que se quedó fue Lucas, lo cual, en última instancia, es irrelevante pues no había distinción entre uno y otro en El Gran Cuaderno. La prueba no es un diario, es una novela salpicada de derrotas en una guerra constante interior o exterior. Ocho capítulos en los que la narradora sigue a Lucas que no sabe como continuar viviendo. Tras perder pie, recupera sus hábitos -la casa, la huerta, la armónica…- y va entrando en relación con otros perdedores cuyas historias se recogen con mayor o menor detalle. Interfiere en la vida de otros -los más despojados, los que están al margen, los que tienen en contra al poder establecido, los que lo pueden tener y viven ocultos dentro de él- y se implica en la vida de algunos. Persevera en seguir escribiendo su cuaderno para que Claus lo lea a su regreso, aunque no sabe nada de él. Se compromete a pesar de seguir sin saber lo que significa la palabra amor. No habla él, pero Lucas sigue siendo un personaje ajeno a la expresión de sus afectos o desafectos, sin embargo Matías, un niño tullido fruto del incesto, canaliza su necesidad de sentir; Clara, un víctima inestable de la sinrazón política, su pulsión sexual con tintes también incestuosos; en su soledad, se relaciona con personas solas, abandonadas, ultrajadas, mas él también deja sus muertos y arrastra los esqueletos cuyas vidas parece seguir buscando. Mención especial merece la peripecia de Victor –el librero- cuya obra debería valerle la salvación. Je suis convaincu, Lucas, que tout être humain est né pour écrire un livre, et pour rien d’autre. Un sorprendente halo de bondad -tenue, delicado- guía a Michel, el vecino de enfrente y sus dos historias de amor.

     Los cadáveres se reflejan de un libro a otro, los y las heridas también y al final, con el regreso de Claus, todas las realidades tan objetivamente trazadas en ambos libros quedan en cuestión con un papel oficial.

       Todavía queda “La gran mentira”

Agotas