El rojo y el negro de Stendhal

Henri Beyle, como Voltaire que riza el rizo con otro pseudónimo para su libérrimo Cándido, como su admirado Molière, a cuyo Tartufo tan próximo se encuentra el protagonista, Julien Sorel, sólo publico con su nombre una obra, eligiendo Stendhal como sobrenombre a partir de los 34 años, pero manteniendo el hábito de cambiar de identidad en su correspondencia y en sus obras más personales -dejó unas cuantas inacabadas-. Los motivos quedarán para las diversas disquisiciones, desde su deseo juvenil de ser músico, comediógrafo, seductor de mujeres, italiano, o el desprecio hacia su padre, el desproporcionado amor a su madre, o el simple juego alusivo o no, etcétera, etcétera. Publica El rojo y el negro en 1930 y lo subtitula Crónica del siglo XIX, si bien, tanto la primera parte como la segunda, llevan por título Crónica de 1830 y la novela, a medida que va avanzando, recoge acontecimientos, ahora ya históricos, que necesariamente tenían que estar sucediendo en los días de su creación.

     El rojo y el negro es o podría ser una novela de aprendizaje en la que Stendhal se vale de sí mismo, de quién fue él, a lo que aspiró o pudo aspirar, su timidez junto a su osadía de juventud, su orgullo en ocasiones iracundo, su extravío en medio de la sociedad parisina donde al principio no encajaba. Un homme malhereux en guerre avec la société*. Es también trasunto del caso Antoine Berthet -que no voy a desentrañar porque siempre habrá alguien que no la haya leído y uno de los placeres de leer es ir descubriendo-, cuya línea argumental, entonces conocida, pero no como ahora -en algún momento se pregunta Lucien si podrán los periódicos sustituir al clero a la hora de formar ¡oh, visionario! Si llega a conocer la televisión…- está imbuida de la sin duda feroz lucha de clases en la que nobleza y clero se resistían a la pérdida de sus privilegios. Es una magistral inmersión psicológica en su principal protagonista y, en menor medida, en las mujeres de su vida y en sus distintos empleadores y consejeros, con un precisión y una frescura no entendida por muchos en su tiempo -Hugo la encontraba deleznable, claro está que las formas de narrar están en la antípodas, además Stendhal dictaba sus textos lo que les da una especial ligereza y musicalidad-. Sorel persigue la gloria e, inconscientemente, busca la ternura que Stendhal perdió a los siete años con la muerte de su madre y que su protagonista encuentra en Madame Rênal, su primer amor, su amor de provincias, tan diferente a su amor en la gran ciudad, París, plagado de subterfugios, imposturas, artificios e intereses. Es una recreación de avatares políticos en los que Lucien Sorel se ve enredado con paradigmática naturalidad y que va desentrañando a la par que el lector -para refrescar memoria, quien la vaya perdiendo o no la tenga y poder aprehender toda la amplitud de esta obra, es bueno revisar qué se cocía en ese año de la Restauración-.

     Dos partes, dos períodos en la vida de Julien. El arranque es una breve descripción de un lugar imaginario, Verrières, y al tiempo que lo describe, sabemos de qué viven, quién manda, por qué, los valores que priman, todo con un toque de sobria ironía y en cuatro páginas. La primera parte, su salida de la casa paterna donde padre y hermanos trabajan duramente en el aserradero, oficio para el que no vale pero donde, a pesar del desprecio de que es víctima, consigue formarse cultural y políticamente por un viejo cirujano bonapartista pariente de los Sorel, y religiosamente gracias a un cura jansenista M. Chélan. Esta educación le permite entrar al servicio del alcalde Monsieur Rênal y señora, con el objeto de enseñar a sus hijos. Julien es muy joven y ambicioso, desea llegar lejos y esta es una inmejorable ocasión. Aquí conoce el amor y a manejarse en sociedad, pero en una sociedad provinciana y, tras pasar por el seminario, donde de nuevo está bajo la protección de otro padre jansenita, su instrucción puede darse por terminada. La baza que le posibilita introducirse en este mundo, además de una prodigiosa memoria por la que recita en latín las Escrituras, es su deseo de entrar al servicio de Dios, sinuoso e hipócrita deseo ya que su corazón y su razón son de Napoleón. Quand Bonaparte fit parler de lui, la France avait peur d’être envahie: le mérite militaire était nécessaire et à la mode. Aujourd’hui, on voit des prêtres, de quarante ans, avoir cent mille francs d’appointements, c’est-à-dire trois fois autant que les fameux généraux de Napoléon. Il leur faut des gens qui les secondent. Voilà ce juge de paix, si bonne tête, su honnête homme jusqu’ici, si vieux, qui se déshonore par crainte de déplaire à un jeune vicaire de trente ans. Il faut être prêtre**. He aquí el color negro. Sobre el rojo corre tinta ya que dijo Stendhal a sus amigos que era el color del ejército, pero el ejército napoleónico iba de azul y el propio Julien recuerda las capas blancas que por Verrières lucía un regimiento que despertó sus ansias de ser soldado. Bien puede ser el color de los labios de las mujeres que tanto papel juegan en el destino del protagonista. Elle n’est point jolie. Elle n’a point de rouge *** (Frase de Sainte-Beuve que encabeza la segunda parte). O mismo el de la sangre que con tanto frenesí bombea en los momentos de arrebato. Además era Stendhal muy dado a las imposturas y no sólo con los nombres. Muchas de las citas que introducen cada capítulo no pertenecen al autor citado, empezando por la que encabeza la obra, atribuida a Danton. Se salvan siempre las de su admirado Lord Byron.

     La segunda parte conduce a Julien a París. Aquí la inmediatez de los hechos históricos que Stendhal está viviendo hace irrupción y la manera que el autor tiene de enredar a Julien en los grandes sucesos que en aquellos momentos de efervescencia política acontecen enriquece el relato y añade contenido sin recurrir a narraciones adyacentes. Ya en el primer capítulo, a través de una conversación, Julien y quienes le seguimos somos testigos, mediante una conversación en la diligencia, de los conflictos que se arrastran tras la revolución, conversación sobre la que el propio autor nos informa: La conversation fut infinie, ce texte va occuper la France encore un demi-siècle****. Al entrar Sorel de ayudante del M. de la Mole, ministro del rey, Carlos X, su posición es privilegiada para acceder a asuntos conspiratorios y avatares que están candentes en 1830, por otro lado un nuevo amor, más civilizado -en el peor sentido de la palabra- desvía su norte y cae víctima de sus propios afanes, sus contradicciones, sus hipocresías. Sin embargo, frente al entorno que Stendhal ha descrito, Julien es un damnificado, su farsa no deja de ser fruto de una injusticia consustancial a una sociedad artificiosa, mucho más farisaica y  en la que la educación de los pobres representa un peligro. ...Les hommes de sa société répétaient que le retour de Robespierre était surtout possible à cause de ces jeunes gens des basses classes, trop bien élevés*****.

     Una novela extraordinaria, abundante en vertientes, profusa en perfiles, incomprendida en su tiempo pues, indudablemente, el autor, que fue ingenuo, hipócrita -un Tartufo más moderno, menos teatral, más reivindicativo, más profundo-, seductor, romántico, soldado, viajero, amante de la música que dejó su epitafio escrito en el que rezaba y reza: Errico Beyle, milanais, a vécu, écrit, aimé. Cette âme adorait Cimarosa, Mozart, Shakespeare******, beylista (tenía su propia manera de alcanzar la felicidad), clarividente (supo que su obra sería valorada a finales de siglo), etc., el autor, en resumen, se adelantó a su tiempo y adelantó otras formas de narrar que aún ahora permanecen lozanas y en desarrollo. De obligada lectura y relectura.

* Un hombre desgraciado en guerra con la sociedad.

** Cuando Bonaparte dio que hablar, Francia tenía miedo de ser invadida: el mérito militar era necesario y estaba de moda. Hoy vemos que sacerdotes de cuarenta años tienen un salario de cien mil francos, o sea, tres veces el de los famosos generales de Napoleón. Necesitan gente que los secunde. He ahí ese juez de paz, tan buena gente, tan honesto hasta ahora, tan viejo y que se deshonra por miedo a desagradar a un joven vicario de treinta años. Es necesario hacerse sacerdote.

*** No es nada bonita. No lleva rojo alguno. “Rouge” se utiliza en francés para referirse al lápiz labial.

**** La conversación fue infinita, este texto va a tener ocupada a Francia durante medio siglo.

***** Los hombres de su sociedad repetían que el regreso de Robespierre era posible, sobre todo, a causa de esa gente joven de las clases bajas, demasiado bien educada.

****** Errico Beyle, milanés, ha vivido, escrito, amado. Esta alma adoraba a Cimarrosa, Mozart, Shakespeare.

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Canción dulce de Leïla Slimani

 

Leïla Slimani nació en 1981, llegó a Francia con 17 años desde Marruecos y en 2016 ganó el premio Goncourt con su segunda novela, Canción dulce, publicada recientemente en castellano por la editorial Cabaret Voltaire.

Luisa no es una institutriz como Jane Eyre, tampoco en una interna, es una mujer francesa contratada legalmente para cuidar de un bebé y una niña pequeña, por una joven pareja de jóvenes y ambiciosos emprendedores con estudios y aficiones: él, dedicado al mundo de la música, de buena familia, madre progresista, padre adinerado; ella, de origen magrebí, alumna aventajada de derecho que no ha querido renunciar ni a la maternidad ni a realizarse profesionalmente. La novela no quiere ser una novela de intriga y comienza desvelando desde el principio el terrible crimen cometido, no es, pues, cuestión de saber cómo terminará todo, sino qué y por qué pasó. Expuesto lo peor, la autora retrocede y, en primer lugar, describe el proceso que condujo a la decisión de buscar una niñera, proceso que surge, naturalmente, de una necesidad materna. En esta exploración desde atrás, Leila Slimani intercala capítulos con nombres propios sobre el pasado más lejano o reciente de Luisa. Quien lee asiste a una reconstrucción en la que, llegados al momento de máximo idilio entre empleadores y empleada con unas vacaciones todos juntos, los vínculos se van corroyendo, la individualidad de Luisa se impone poco a poco, su realidad, interesadamente obviada, aparece, es molesta y crece la tensión mientras la historia de Luisa avanza, siempre a través de terceros personajes. Entre estos testigos no están los padres de Mila y Adam, cuya evolución va envuelta en el devenir ineludible. Una prosa sobria y poética que usa del presente para seguir la relación que se establece entre patronos y niñera, así como la evolución del trío, y que usa del pasado para ir estableciendo marco, escenario, actores y actrices en la vida de Luisa. Sin cargar las tintas, expone con exquisita, en ocasiones lírica, siempre triste sensibilidad las posibles respuestas a preguntas sin formular. Myriam, la madre que desgarra con su grito el primer capítulo, es abogada y de penal, ella busca como defender lo a veces indefendible: Debemos probar que tú también eres una víctima. La niñera no existe para ellos fuera del hogar. No tiene historia, solo tiene la capacidad de suplirlos hasta un cien por cien cuando es necesario. Regularmente. La inmediatez de su vida, sus absorbentes trabajos, su propio egoísmo encuentran la salvación en una persona a quien no conocen y que no les interesa, únicamente les sirve y muy por encima de lo que ellos soñaban conseguir. Luisa es una mujer inmadura -por momentos diríase una niña de imaginación perversa incapaz de afrontar sus problemas- saturada de intimidades ajenas que, quizá de tanto dar, se agostó. Slimani desgrana con gran habilidad, sin ruidos ni estridencias, dos conflictos -y más- que se le presentan a la joven y arrojada burguesía –bobo les llaman en Francia, de burgués y bohemio- que ha crecido con la convicción de que lo puede todo con dinero y voluntad, sin renuncias: quién lleva el control de sus vidas y el/la otra existe y tiene su propia vida, sus propios conflictos. Dependencias y aislamiento. Uno de los testimonios que cruza el texto para forjar a Luisa es el de una vecina, Rosa Grinberg, que piensa que ella podría haber cambiado el rumbo de los acontecimientos si Luisa no le hubiera apretado tanto el puño, si no le hubiera clavado sus ojos negros, como una injuria o una amenaza… Dos citas encabezan el relato, una de Kipling acerca de la indiferencia de la empleadora hacia las circunstancias de su empleada, otra de Crimen y castigo en la que Raskolvikov recuerda la pregunta que le hizo Marmeladov -el borracho infeliz, padre de Sonia-: ¿Comprende usted, Señor, comprende lo que significa no tener adónde ir?  

      Una novela escrita con suma inteligencia, de una prosa cálida, descriptiva, ajustada, de una acidez no exenta de ironía, que establece el marco y se acerca respetuosamente a los protagonistas sin moralismos. En buena lógica la carga cae con más peso sobre los personajes femeninos, inevitablemente lastrados por la dependencia y el deseo de lo que viene impuesto por una sociedad opulenta y veloz. Y como todo lo que toca estos temas, da para discutir, si bien Leïla Slimani es naturalmente considerada en lo que al tema se refiere. Muy recomendable. 

Gomorra de Roberto Saviano

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Termina Saviano Gomorra gritando: ¡Malditos bastardos, todavía estoy vivo! Esto fue en 2006, aún no pesaba sobre él la condena -a fin de cuentas cualquier camorrista sería recompensado por su desaparición- que siguió a esta obra. Ojalá pueda seguir diciéndolo durante años por mucho que haya cambiado su vida.

    En la primera parte nos conduce hasta Nápoles entrando por el puerto de una forma rotunda, con la caída de un montón de cadáveres amontonados en un contenedor previo pago: son los restos de emigrantes chinos que quieren ser enterrados en su tierra y salen por el puerto europeo en el que el 99 por ciento de la mercancía que se mueve procede de su tierra. Estos cargamentos nacen a medias en el centro de China, se completan en alguna periferia eslava, se perfeccionan en el nordeste de Italia, se elaboran en Apulia o en el norte de Tirana para acabar en quién sabe qué almacén de Europa. La mercancía tiene en sí misma los derechos de circulación que ningún ser humano podrá tener jamás. Muchas veces se vale Saviano de personas que conoció en las andanzas que le permitieron entregarnos este libro. Por ejemplo, Pasquale. En el segundo capítulo él encarna la desprotección, el abuso y la ausencia de alternativas en la segunda geografía por la que nos conduce, Secondigliano, Nápoles, lugar sin esperanzas para una población desprotegida, inmersa en una economía, más que sumergida, flotante, pues flotando se mantienen, sin avanzar nunca, estancados y dependientes, a expensas de unos empresarios que no conocen de derechos y leyes, sometidos a las necesidades de la Camorra y del mercado de la moda, mercado que desmenuza con muy poco glamour y eso que su producto puede acabar en manos tales como las de Angelina Jolie -así se intitula- o en cualquier todo a cien de nuestro barrio. Eso depende. Una vez aquí llegados, procede a hablar del Sistema -así conocen ellos a la Camorra-, de su directorio y a desmenuzar su forma de funcionar, de incrustarse en el entramado social, bancario, político, laboral, etcétera, etcétera. Este Sistema no es sino el reflejo de una sociedad más global cuyos atenazantes tentáculos preferimos ignorar. Conocido este, nos narra la guerra entre dos familias –faida– que allí tuvo lugar desde 2004 -y probablemente siga, más soterrada, diferente, no tan extendida-, con la cocaína como valor de cambio y que fue especialmente sangrienta. Sobre esta guerra nada transcendió a los medios de (des)información a excepción de la nota que le puso punto final, firmada por uno de los boss en liza, el boss de los boss, la cual fue publicada en un diario que se podía comprar en todos los quioscos. El cambio de modelo de negocio resultó caro en vidas, alistó combatientes nuevos -no solo en África hay niños soldado- y, claro está, el negocio pervivió. Muchos cronistas creen encontrar en Secondigliano el gueto de Europa, la miseria absoluta. Si consiguieran no escapar, se darían cuenta de que tienen delante los pilares de la economía, el filón oculto, las tinieblas donde encuentra energía el corazón palpitante del mercado. Y también las mujeres están en este entramado, Saviano no las desatiende, algunas en un lugar de honor entre los victimarios.

    En la segunda parte, dada una visión global y precisa, es donde Saviano apunta más fino. Excelente y significativo el ensayo Kaláshnikov en el que conocemos al progenitor de Roberto Saviano y a través de ambos podemos percibir la importancia que las armas tienen en estas tierras de Campania. Con su experiencia personal, la vehemencia del economista y distribuidor de café, Mariano, la función que esta ametralladora desempeña en la vida cotidiana de Nápoles y en el contexto internacional, consigue el autor uno de los mejores cuadros de Gomorra. De nuestro mundo. … Para evaluar la situación de los derechos humanos, los analistas observan el precio al que se vende la kalàshnikov. Cuanto más barata sea la metralleta, más se violan los derechos humanos, más corrompido se halla el Estado de derecho, y más podrido y arruinado está el armazón de los equilibrios sociales. El Sistema controla el tráfico de armas gracias a sus acuerdos extraoficiales con los países del Este, de la misma manera que los clanes de Secondigliano “democratizaron” el mercado de la cocaína, este subfusil que el disciplinado soldado Kalashnikov creó para el bien de su ejército ha puesto al alcance de cualquiera disparar a lo que sea menester. A continuación sigue escudriñando en el imperio de la construcción con Cemento armado y para ello nos lleva fuera de Nápoles, a Casal di Principe. El camorrista se hace; el casalés nace. Núcleo duro del Sistema, empresariado práctico y eficiente, pionero en comprender que el mayor mercado había de ser el de una droga capaz de no matar en un tiempo breve, capaz de ser más un aperitivo burgués que un veneno de los parias. Emprendedores tan sagaces no podían por menos que manejar el negocio de la construcción, ligando para ello a constructores y bancos y convirtiéndose en una nueva burguesía que maneja el crimen organizado como una adquisición planificada de servicios. Ellos son la auténtica clase dirigente sin escrúpulo ninguno acerca de la plebe y el territorio. Esto quedará más diáfano, si cabe, en el último capítulo, Tierra de los fuegos, en el que, a través de un avaricioso y turbio intermediario, el stakeholderexperto en residuos y en camuflar aquello que no se debe camuflar eludiendo normas y encontrando o creando vías libres para abaratar costes al margen de las consecuencias ecológicas y sanitarias- han hecho de la Campania, del Sur de Italia, de países enormemente inestables -¡qué eufemismo!-, del mar o de lo que sea necesario, es decir, rentable y oculto, verdaderas bombas para la población y a la larga para todo el planeta. Y nosotros, en cuanto tocamos la basura, hacemos que se convierta en oro. Entre medias otros capítulos igualmente ilustrativos. El dedicado al Padre Diana, en el que además de encomiar la labor de este párroco valiente que se enfrentó no sólo desde el púlpito, sino en la práctica, dejando constancia por escrito y persiguiendo la verdad de casa en casa, nos proporciona un retrato de los boss, sabedores de que a larga están condenados a vivir encarcelados, sin disfrutar de su dinero o a morir y que se ven a sí mismos como nuevos mesías obligados a cargar con el dolor y el peso del pecado por el bien del clan, pretendiendo de su entorno que se someta en cuerpo y alma al espíritu de la Camorra. De nuevo los medios, silentes frente a tanta fechoría, sí que han dado eco a la difamación ya que cualquier asesinado por el Sistema ve flotar y expandirse sobre su cadáver la sombra de la duda. A esta parte debemos el título, al texto que no quiso ni pudo leer un amigo del Padre Diana, un texto de tintes evangélicos que increpa e intenta impeler a la acción. Hemos de correr el riesgo de convertirnos en sal, hemos de volvernos a mirar lo que está ocurriendo, lo que se cierne sobre Gomorra, la destrucción total donde la vida se suma y se resta a vuestras operaciones económicas. ¿No veis que esta tierra es Gomorra?, ¿no lo veis? Recordad. Cuando vean que toda su tierra es azufre, sal, aridez y ya no haya simiente, ni fruto, ni crezca hierba… Y en esas están, envenenando su propia tierra. Y la ajena. Hollywood hace un repaso de la gestualidad y las referencias del clan -una casa construida a imagen y semejanza de la de Tony Montana en El precio del poder- al tiempo que nos relata la breve vida de dos jóvenes que no suman treinta años, que viven al límite la ficción de las películas de gánster adaptadas a su ciudad. También merece capítulo aparte el Sistema de Mondragone y su filial -limpia de negocios sucios- de Aberdeen, con una ideología propia y de una crueldad peculiar en la que tienen muy claro que Nada tiene valor si no genera poder.

    Lo cierto es que me acerqué a este libro más con la intención de echarle una ojeada que de leerlo y quedé atrapada, porque si hay una cosa que transmite Saviano y, cada vez más, a medida que lo lees, es emoción. Desgrana hechos, económicos y sociales, desmenuza relaciones, entramados de poder e iniquidad, aporta cifras e historias, transmite, transmite siempre, conocimientos y sentimientos, datos y desasosiegos. Donde otros dijeron, Me acuerdo, él, como Pasolini, dice Yo sé, lo dice tras ver una muerte más, lo dice y lo repite, como un ritornelo, porque sabe y nos lo cuenta, porque aún confía -por lo menos confiaba, entiendo que sigue siendo así, pues sigue ahí, de libro en libro, y de un sitio a otro-, confía en la palabra. No sé si la palabra está de su parte, espero que así pueda ser. De nuestra parte

Imprescindible.

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Nora Webster de Colm Toíbín

Nora Webster

 

Colm Toíbín tenía 9 años cuando empezó a tartamudear y 12 cuando murió su padre. Ambos hechos son recogidos en este libro que, según sus palabras, tardó 12 años en escribir, sin embargo no corresponden exactamente ya que el tartamudeo no le sobrevino tras la muerte de su padre. Esto da una idea de que lo importante aquí no es la fidelidad de la historia, sino la percepción de un proceso de recomposición personal y femenino tan conciso como expresivo; es también un respetuoso y comprensivo homenaje a su madre y, al mismo tiempo, la aproximación a esos tres años que recoge de su adolescencia.

      Nora Helmer, en Casa de muñecas, lo deja todo, hogar, marido e hijos, para encontrarse a sí misma, para aprender a ser una persona independiente y no un objeto decorativo en la casa de su esposo. Nora Webster ha de aprender a ser ella misma, no alguien a la sombra de Maurice, su marido, que muere tras dos dolorosos meses de agonía y dolor. Para ello, Toíbín adopta un tono preciso, descriptivo, dándole a la protagonista una voz parca, en ocasiones fría, en ocasiones llena de estupor, otras veces arriesgada, pero sin grandes explicaciones, una voz que nunca se regodea o invoca el pasado -aunque a veces, inevitablemente, la interpele-, sino que se asombra del presente que va recomponiendo a medida que pasan los días, sin alharacas, sin grandes pretensiones, saliendo al paso de los acontecimientos que la abordan quiera o no. La novela recorre tres años en los que va aprendiendo a pisar fuerte y a pisar donde quiere en una pequeña ciudad en la que, desde la primera página, sabemos que todo el mundo sabe todo de todo el mundo y se aprovecha la más mínima oportunidad para meter la nariz en los asuntos del vecino o la vecina en este caso.

      El silencio y la incomunicación tras una existencia bajo el aura de alguien carismático, preeminente incluso para sus propias hermanas, bajo un manto protector y a la postre paralizante. Era como si viviera dentro del agua y hubiera cejado en su lucha por nadar hacia el aire. Tras veinte años, afrontar sola lo cotidiano y sin embargo nuevo: hijos e hijas, nuevas y viejas amistades, conocidos, el antiguo empleo recuperado, el deterioro de las paredes, de los muebles… Tres años de pocas palabras para rehacer su espacio vital, su forma de relacionarse, su voluntad, sus pequeños placeres o sencillamente sus olvidados y desatendidos bálsamos y para aceptar que lo que había ocurrido podía borrarse. Tres años durante los que reaparece su antiguo yo -y con él, el recuerdo de su madre con quien tan mal se llevaba- y que culminan con un fantasma shakespeariano que le sirve a Nora para culminar su huida hacia adelante y comenzar de nuevo con los armarios limpios y la música olvidada que no había sabido echar en falta.

      Una extraordinaria novela que dice más de lo que cuenta, narrando lo justo, sin escarbar en presuntas psicologías quizá poco respetuosas con una madre. No le hace falta, sólo hay que saber escuchar los espacios en blanco. Indudablemente seguiré con Colm Toíbín. Además de Nuevas maneras de matar a una madre (necesariamente Nora Webster, que necesitó años para madurar, para encontrar su forma, hubo de tener que ver con ese estupendo rastreo de las huellas familiares en diversos autores) y este hay bastantes más. Qué feliz futuro lector me espera. Anímense.

ColmToibin

El alumno Gerber de Friedrich Torberg

El alumno Gerber

 

Doce capítulos apropiadamente encabezados con un título esclarecedor. Gerber y el resto de sus compañeros vuelven al instituto para cursar su último curso superado el cual serán bachilleres y podrán optar a un buen trabajo y/o ser funcionarios. Pero desde el primer día todo toma un mal cariz. Friedrich Torberg tuvo que repetir el último curso. Al año siguiente, en 1929, varios artículos hablaron del suicidio de diez estudiantes en una sola semana. Esta novela vio la luz en 1930, dos años después de la obtención del codiciado título por el autor que tenía 22 años en el momento de su publicación. Mucho de Gerber ha de estar en él.

      Si al comienzo seguimos la mirada del alumno, una vez conocida la noticia, el autor pasa a descubrirnos al artífice de tanto desasosiego entre los y las estudiantes de octavo: el profesor de matemáticas conocido como el dios Kupfer. Escogía a sus víctimas como un gourmet selecciona la carne de venado más sabrosa, se reservaba las partes más jugosas y el deleite que le producía cortarlas en pedacitos era tal que bastaba para saciarlo. Pertenece a ese tipo de personas, funestas en cualquier ámbito, pero especialmente dañinas en la enseñanza, que se hacen fuertes en su trabajo e, incapaces, ya no brillar, ni siquiera de llamar la atención fuera de él, despliegan todas sus armas -a eso no se le pueden llamar habilidades- en demostrar su ansiada superioridad y omnipotencia que solo dura, en este caso, lo que dura el curso -diez meses ni más ni menos en tan vulnerable edad, una eternidad-. Él era ejercido por su profesión. Y lo hacen sobre quienes de ellos dependen, llámeselos alumnos o alumnas, empleados o empleadas, usuarios o usuarias, esposas, etc. Sabía que, mientras estuviera fuera de la esfera de influencia del instituto, no podría imponer nada a nadie.

      Si bien Torberg nos dice de la madurez de Gerber, no deja de ser un joven con todos los frentes abiertos: esperanzas y dependencias familiares, amores inestables, personalidad en formación… No cabe duda de que el autor aún lo tiene fresco y nos despliega una mirada amplia y rica sobre los conflictos que ha de resolver un adolescente en ese ecuador preestablecido que se supone separa la juventud del arranque de la edad adulta. Así nos conduce por los distintas vicisitudes que ha de afrontar el joven Gerder a manos del dios, pero también de su amada Lisa -a quien ama sobre todo porque, a diferencia de él, que se situaba por encima de cualquier situación, ella las recibía de frente-, el peso la imagen que quiere representar entre sus compañeros y la que cree que representa, sus obligaciones para con el padre, sus propios deseos o la ausencia de ellos… hasta llegar a una tensión final en la que los distintos vericuetos que su ardiente mente recorre se superponen en un relato subjetivo que a la postre, quien sobrevive a él, tal vez intente olvidarlo -si lo consigue o no es otra historia-, tal vez no, tal vez relatarlo.

      Un libro interesante y sincero que todavía es recomendado como lectura en algunos cursos de pedagogía alemanes y austríacos. Muchos elementos -entre ellos la capacidad y las motivaciones de los evaluadores- son, cuando menos, discutibles.

Nuevas maneras de matar a tu madre de Colm Tóibín

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Colm Toíbín es un autor y crítico literario de origen irlandés y católico que tiene en la actualidad 60 años. Su último libro Nora Webster aborda la vida de una mujer que se queda viuda y se basa en su madre que perdió a su marido cuando él tenía 12 años. Otra novela anterior, El testamento de María, trata también del dolor de una madre al perder a su hijo, en este caso Jesucristo, y es con la figura de la madre ausente en la novela del siglo XIX como arranca este libro de ensayos literarios acerca de la familia y los rastros -que en algunos casos son heridas, en otros formas de matar, en otros formas de exponer o exponerse…- que la familia deja en los escritores y/o en sus obras.

      Lo introduce con un sugerente y exhaustivo ensayo sobre Jane Austen y el muy presente a lo largo de la obra Henry James -no en vano tiene una novela biográfica acerca de él, The master: retrato del novelista adulto-; en él aborda la novela decimonónica como una representación de la destrucción de la familia y el ascenso de la conciencia moderna o del espíritu individual centrándose en la figura materna, en general muerta o desaparecida, siendo sustituida en muchas ocasiones por las tías, figura que rastrea hasta Joyce: Las tías se marchan en las novelas igual que llegan, para alterar la paz y aligerar el tono. Las madres impiden el crecimiento de la protagonista. Esto lo ilustra especialmente siguiendo a Austen, pero también a James, hasta llegar a finales del XIX cuando es la figura masculina la que potencia la tensión de los personajes.

      Curiosamente cierra el libro con dos artículos acerca de la figura del padre a finales del XX, a través, básicamente, del interesantísimo James Baldwin y el, bastante menos llamativo, Barak Obama. En el medio, 2 bloques, uno centrado en Irlanda y el otro intitulado En otros lugares. Irlanda arranca con dos capítulos dedicados a Yeats; en el primero Nuevas maneras de matar a tu padre, rastrea, también con Henry James de acompañante, como de padres asaz disolutos y con ansias creativas, crecen hijos poderosos a pesar de no haber podido ir a la universidad que tampoco destrozó sus mentes y contempla como forma de venganza de estos hacia sus progenitores el permitirles publicar sus libros, los cuales dejaban bastante que desear. Este impulso lo retoma más adelante con Borges, no en cuanto a su revancha, sino en cuanto a coger el testigo de la creación ante el fracaso de su predecesor. Tras el padre de Yeats, en Willie y George, le toca el turno a su cónyuge, esposa-madre e impulso fraudulento de parte del simbolismo esotérico en su obra. A Yeats le sigue su amigo Synge con su religiosa y adinerada familia, su absorbente y celosa madre de la que se alejaba y sobre la que recaída, desarrollando su vida y obra a la contra, pero apoyándose en ella. A continuación Beckett -gran deudor del teatro de Synge a cuyas obras de teatro, que tanto escandalizaron a los irlandeses, asistía sin falta en el teatro Abbey- y de nuevo la madre, al parecer depresiva y neurótica, que freudianamente condujo al laso Samuel al psicoanalista. Si Synge y, por supuesto, Beckett se alejaron, pero también regresaron, de su otra familia, más profunda, menos evidente, menos -o quizá no- psicoanalizable, que eran la tradicional y pía Irlanda, su enfrentamiento político y el idioma, los siguientes ensayos versan sobre autores que de diferentes maneras se enfrentaron o afrontaron las dos vertientes como un conflicto. Brian Moore que acabó en Estados Unidos, Sebastian Barry en cuyo teatro se superponen el padre de la nación y el dométsico y, por último, Roddy Doyle y Hugo Hamilton que en su rebelión matan al padre a través de la lengua o la lengua a través del padre, el primero con humor, el segundo por necesidad: el conocimiento de la lengua irlandesa se asociaba a la pobreza, por lo que abandonar el idioma es posible que constituyera una forma, aunque extraña e imperceptible, de ascender. Esto me recuerda algo. ¿Será a la igualmente encapotada y verde Galicia durante 40 años?

      La segunda parte se abre con dos pesos pesados: Thomas Mann y Borges. Al primero lo acompaña la leyenda de Nuevas maneras de malcriar a los hijos, suave teniendo en cuenta que dos de ellos se suicidaron y que un lema del Mago fue Hay que acostumbrar a los hijos a la injusticia desde el primer momento. Si a cada autor lo acompañan lides varias que van desde el alcoholismo, padre, madre o ambos autoritarios, problemas de opción sexual, etc., la familia Mann es una buena panoplia de bretes que incluyen incestos, drogas, ambigüedad política, etc. Mucho se ha escrito sobre ese enorme escritor que fue Thomas Mann y a su luz o su sombra se han alumbrado o ensombrecido hijos e hijas, amigos, amigas, amigos y amigas de hijos e hijas y demás. Erika y Klaus indudablemente crecieron gracias y a pesar de él, pero siempre con esa pequeña gran figura embrujando sus acciones, sus escritos, su creatividad en fin. En cuanto a Borges, difícilmente rastreables en sus narraciones -que no en las particulares traducciones inscritas en su nombre con la bendición, sino la hechura de su madre- ambos progenitores, tendiente el padre a lo europeo, orgullosa ella de su criollismo de antigua alcurnia, posibilitaron sin duda ese particular universo borgeano y su asistenta Fanny y su recelada Maria Kodama pusieron el resto. Si a eso añadimos las digamos desafortunadas posiciones políticas de Jorge Luis, el rechazo académico argentino que entre otras cosas le achacó desviadas tendencias de la literatura inglesa y jactanciosa erudición recóndita es interesante seguir con Colin Toíbín donde estaban algunas de sus obras y en qué momentos. Tras ellos un atormentado y alcohólico Hart Crane de familia disfuncional, sexualidad culpable, embriaguez recidiva, suicidio transatlántico y gran poesía (ver El puente, por ejemplo). Tenessee Williams, su hermana, Henry James y la suya, ambas de exquisita prosa y débil salud. El teatro de Williams viene a ser el escenario de la frágil personalidad de su querida Rose y la enfermedad tan poco exponible que él mismo creía -también estuvo internado- bordear. A lo que hay que añadir el alcoholismo, tan recurrente en muchos de los autores que aquí nos ocupan. John Cheever, quien además de contar en su haber con una homosexualidad culpable, mas activa, también freudianamente achacada a sus padres, y una dipsomanía reiterativa, quería formar una familia convencional y decía aborrecer a los discípulos de Sodoma, mientras guardaba unos detallados diarios para ser leídos por la posteridad. Y por último Baldwin, gran novelista y lúcido ensayista que quiso, y literalmente lo hizo, matar al padre literario y blanco –Hemingway, Dos Passos, Faulkner…-, al tiempo que consideraba que el problema estadounidense era que los hijos se avergonzaban de los padres. Por otro lado reivindicaba a ¡oh, de nuevo! Henry James y buscaba una síntesis en sus libros entre Miles Davies y Ray Charles. Baldwin quien no quería librarse del chamán africano para confiar en el psiquiatra norteamericano, y quien lúcidamente observa que los europeos llegados a colonizar América pasaron de ser por ejemplo noruegos, a ser blancos frente al negro, pero que, al salir de su país, no le queda otra que reconocerse como norteamericano. Tanto Obama como él, muerto el progenitor, comienzan a ser ellos, como las heroínas de Austen sin sus madres. Las de la introducción de las Nuevas maneras de matar a tu madre

    Ay, la familia, qué gran tema, de fondo y de trasfondo. Muy recomendable para amantes de la literatura y sus vertientes y entresijos, que no sus cotilleos –de buscar únicamente esto último, sin duda, se aburrirán-. 

Foto Toibin

Vida de una mujer amorosa de Ihara Saikaku

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Este es de esos libros comprados por impulso. Como siempre una estupenda edición de El Sexto Piso, preciosas guardas rojas, dibujos sencillos en blanco y negro en el interior, una bonita portada y una contraportada acertada con la mención de que junto a La historia de Genji -que espera impaciente en algún estante que me haga con ella- es uno de los relatos mas bellos de la literatura japonesa antigua. Son un buen puñado de motivos para desembolsar rápidamente los euros correspondientes y salir huyendo de la librería a riesgo de seguir aumentando mis gastos, algo que no conviene en absoluto.

          Ihara Saikaku vivió en la segunda mitad del siglo XVII, en pleno periodo Edo. Mientras en Europa se siguen cazando brujas, y misioneros y comerciantes amplían horizontes allende sus fronteras, en Japón están prohibidos los libros extranjeros y, desde 1641, portugueses, españoles y holandeses y, posteriormente, todos los cristianos dejan de tener acceso al país. Esta situación, sakoku, establecida por el shogunato Tokugawa o Edo (ahora Tokio), se mantuvo hasta mediado el siglo XIX cuando se interrumpe por la tenacidad de un estadounidense (quien dice uno, seguro que dice unos cuantos…). Y es en el periodo más virulento del sakoku, en sus comienzos, cuando escribe Saikaku -vive entre 1642 y 1693-. Fue un gran versificador, no sé yo en calidad, mas en cantidad parece ser que no tuvo rival, e inició lo que aquí se traduce como las novelas del “mundo flotante”, ukiyo. Estas estaban escritas en kana -silabario fonético japonés- más asequible y por tanto popular que el kanji -logogramas- y por ukiyo se refiere a un estilo de vida urbano entregado al placer, la vanidad, la pereza…, como muy bien define el traductor “… a lo efímero y fortuito de la existencia (…), un mundo sin asidero moral ni certezas.”. Vida de una mujer amorosa pertenece a este género de ficción y se estructura en seis libros, que a su vez constan de una introducción y un inventario donde se adelantan los acontecimientos narrados en los cuatro capítulos que conforman cada una de las seis partes. Saikaku es el primer escritor de una nueva clase, la burguesía japonesa, los chönin, y refleja su nuevo entorno: la protagonista de esta historia procede de esa nueva clase ya que es hija de un caballero venido a menos y vive en la ciudad.

          La voz que conduce el relato sigue a dos jóvenes hasta el refugio de una anciana quien les hablará sobre el amor como experta en este arte. Autotildándose frívola a los 10 años por sus caprichos y aspiraciones, su vida como dama de honor en la corte hace que ya a los 13 años un hombre sea ejecutado por su causa y ella sea desterrada. A partir de ahí la seguimos en su pendiente pasando de los jerarquizados y selectos burdeles -donde hay distintos rangos de prostitutas y pasa por ellos-, a concubina, monja, sirvienta, etc. e incluso esposa, siguiendo siempre tanto la protagonista como los distintos relatos una corriente suave, que se desliza con un lenguaje sencillo y plástico, una especial atención al vestido y todo lo superfluo punteada de lacónicas y amargas pinceladas, una mezcla de sexo y lírica –se puede hacer el amor hasta extinguirse-, áspera y suave –A una chica de los baños no se la debe juzgar de la misma manera que a una cortesana. El entretenimiento con ella no consiste en limpiarse la roña del cuerpo, sino en hacer que nos rasque las pasiones que nos atormentan, permitiendo que la corriente del agua las arrastre-, terrenal, muy terrenal, nada hipócrita -no así monjes o aristócratas que caminan por el lecho-, detallista -hasta el precio por intercambio, lugar, y otras menudencias tal ropa-. Y entre las vivencias de la mujer, los cuentos procaces se van desgranando. Una estupenda pintura, precisa, de los intercambios amorosos a los que la mujer estaba abocada allí y entonces desde su naturaleza. Naturaleza femenina, indigna y vil, si bien en algún momento “lo arregla”: No hay dolor comparable al de ser mujer. Más de lo mismo en Japón que en Occidente. No obstante, una delicatessen, no etérea, delicada como un haiku, pero interesante, amena, curiosa, muy ilustrativa. Y una estupenda traducción suficientemente anotada.

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