Las olas de Virginia Woolf

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Si en La Sra. Dalloway Virginia Woolf se centra en un día de la vida de Clarissa, si en Al faro parte de tres tiempos diferentes para encontrar y construir una forma, tal vez una fórmula, de expresar, de recoger lo que quiere transmitir, si en Orlando se entrega al juego para romper a su antojo las reglas al uso del tiempo -semanas que duran años, siglos que duran meses, etc-, su reto en Las olas es más radical, pero sin la diversión que supuso Orlando, ni la facilidad y claridad de Al faro.

      Partió de una anécdota relatada por su hermana Vanessa en una carta: al retener una enorme falena macho que acabó pereciendo, su casa se llenó de hembras en su busca. Lentamente, la va enfocando como una obra poética, teatral, en una zona entre mística y abstracta, siendo consciente de lo complejo y lo difuso de su proyecto. Quiere dejarla madurar lentamente mientras se cuestiona la novela sin poesía como algo ajeno a lo que entiende por literatura. Primero son mariposas nocturnas entorno a una luz y una planta cuyas flores cambian constantemente, desechándolas a la postre porque las falenas … no vuelan de día. Y no puede haber una vela encendida. La empezó varias veces, avanzando con esfuerzo y convencida de que hacía … bien en buscar un sitio donde poner a (su) gente contra el tiempo y el mar. Sus obsesiones: fijar todos los detalles de un momento, recoger la esencia a través del lenguaje, reflejar el fluir del tiempo y a la vez el instante, saber con qué palabras, a través de qué historias, cómo seguir un ritmo y no un argumento… En persecución de estas respuestas va la voz de Bernard, una de las seis que recorre Las olas. En persecución de una imagen de las sombras en movimiento, una imagen cadenciosa en un fluir poético, van las 6 voces de Virginia Woolf, disgregadas, pero dependientes unas de otras, Bernard y Rhoda más claramente encarnaciones -mejor sería decir fusiones- de la autora. Bernard es la Virginia arriesgada, fecunda, profusa, empática, diversa, aunque también sobrecargada, dependiente, incapaz de escribir la carta a quien quiere. Rhoda, la Virginia perdida en sociedad y en sí misma, poética y arisca, lejana e inmóvil. El resto, Neville y Louis, claros testaferros de Litton Strachey y T. S. Eliot; Susan y Jinny, hasta dónde Vanessa y quién más. Todos con un rumor poético asociado a ellos, entreverados de Shelley, Catulo, Byron, Eliot…, en resumen, de aliento lírico y compartiendo lo que de Virginia hay ellos.

     Dado que Woolf no quiso llamarlos capítulos y lo que realmente consigue es una corriente que va y vuelve mientras las voces están condenadas a apagarse, diremos que la obra consta de 9 olas, introducida cada una por un a modo de interludio que, de leerse seguido, describe el día desde el primer resplandor que apunta la salida del sol hasta su puesta. Su cénit está en la quinta ola, ola en la que muere el único personaje cuyo discurso está ausente y en torno al cual giran de alguna manera los demás: el joven Percival. Como él, murió Thoby Woolf, a los 26 años, y fue entorno a él, el hermano mayor, que comenzó a gestarse Bloomsbury, él, su hermano y hermanas y sus antiguos compañeros de universidad. No cabe elegía más intensa. Las voces se superponen, arrastran sentimientos, miedos, olores, imágenes, versos, historias antiguas… Hay olas excelsas, la cuarta y la quinta por ejemplo. Y especial mención a la última, arrastrada por Bernard, donde cambia el tiempo verbal. Desde la infancia hasta la puesta todo es presente, el final es en pasado, Bernard se vuelve, mira e intenta seguir el rastro y avanzar, él, que es él y fue otros, él, que tenía cientos de historias sin final… La naturaleza, la luz, las olas siempre siguen, aunque el sol se oculte.

      Un día y la esencia en el tiempo de un grupo de amigos. De una intensidad abrumadora. No apto para todo tipo de lector o lectora. En los tiempos de su publicación, Virginia comenzó a perder el favor del público, las corrientes literarias y políticas variaban su cauce y ella pertenecía ya al pasado frente a nuevos autores como Auden, más beligerantes y, en buena lógica, enfrentados a sus predecesores. A fin de cuentas ella era ya una escritora consagrada y los retos de su generación no eran de recibo en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

Virginia por Vanessa

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Orlando de Virginia Woolf

Orlando

 

Virginia Woolf ha entrado en su periodo más prolífico y va creciendo como escritora. Entre Al faro y La olas, siguiendo tal vez y en parte un consejo de su amigo Lytton Strachey, Deberías coger algo más loco, más fantástico, una estructura que admita cualquier cosa, como Tristram Shandy, emprende algo más ligero, algo que suponga una diversión y un descanso entre estas dos novelas no por perfectas, en el sentido de acabadas y acabadas conforme a lo perseguido por la autora, menos experimentales en su época. Virginia va creando y profundizando en su propia narrativa, en la creación de una literatura acorde a un visión personal siempre en movimiento y al mismo tiempo fijando el instante, el entorno, la vida, acorde a una percepción intuitiva transmitida a través de las palabras, a una experiencia si no bergsoniana, muy proustiana. Leonard Woolf afirma que su esposa no había leído a Bergson, pero sin duda, estando tan próximo lo que ella buscaba del pensamiento poéticofilosófico de este, estando el filósofo tan en el candelero como para que sus conferencias estuvieran abarrotadas, es imponsible contemplar que lo ignorara.

      Al faro, personalmente, resulta para Virginia una especie de exorcismo literario con el que logra despegarse del lastre emocional que sus padres suponen para ella, una afirmación del camino que ha emprendido en lo que ella no está muy convencida de llamar novela y, también, un espaldarazo en cuanto a público y, en general, críticos se refiere. Su relación con Vita Sackville-West está en su momento más álgido y le dedica esta obra. Cuenta en su diario que visitando la mansión y los campos de Knole de Vita, al preguntarle Virginia cómo veía aquello, sus propiedades, ella contestó … como algo que había sucedido durante cientos de años. Habían traído madera del parque para llenar las grandes chimeneas durante siglos; y sus antepasados habían paseado así por la nieve con los perros correteando a su lado. Todos esos siglos parecían iluminados, el pasado expresivo, coherente; no mudo y olvidado; pero una multitud estaba detrás, no muerta en absoluto; nada notables; rubios, de miembros largos, afables; y así llegamos a los tiempos de Elizabeth muy fácilmente. Meses después Virginia concibe … una biografía que comenzaría en el año 1500 y continuaría hasta nuestros días, titulada Orlando: Vita; solo que con un cambio de un sexo a otro.

      Y con irónico estilo y a la antigua, cual libérrimo biógrafo, la autora se dispone a seguir la pista de Orlando desde el día en que recibió el favor de la que sabemos reina Isabel, la reina Virgen, hasta … el jueves, once de Octubre del año Mil Novecientos Veintiocho, día exacto de su publicación.

      Lo cierto es que para leer la obra no hace falta saber todo esto. Virginia se divierte y nos divierte, desplegando su fino humor, su inteligente sarcasmo, recorriendo los siglos a través de 6 capítulos sin ataduras temporales ni temáticas. La protagonista es él, Orlando, que conoce el amor durante la gran helada del Támesis para perderlo cuando el río vuelve a su ser -y reencontrarlo en el siglo XX considerablemente cambiado-, Orlando que escribe, Orlando mecenas que quiere aprender y recurre a Greene -claro trasunto del Greene coetáneo y detractor de Shakespeare- escritor, crítico, antipático, que se mofa públicamente de sus obras y a lo largo de los siglos va adaptándose, representando y apuntalando la cultura oficial -sea el XVII, XVIII o el XIX-. El tiempo es uno de los claros protagonistas, Orlando duerme siete días y se retira a su mansión, duerme siete días y despierta mujer. Sube a la encina a ver sus tierras, a ver incluso la costa desde sus tierras y su percepción no es una percepción de un tiempo matemático, acotado, es otra su medida, son sus sensaciones -o sus sueños- los que lo definen frente al paisaje histórico de sus tierras que permanece, no así el de Londres. Orlando llega hasta los 36 pero ella, pues desde el capítulo 3, en Constantinopla, ella se torna mujer. Y una vez mujer, si bien sigue siendo la misma persona, la perspectiva cambia: problemas con las señoras de la Castidad, la Pureza y la Modestia, problemas con la propiedad de su herencia -tal y como le ocurrió a Vita con Knole-, problemas con el proceso de creación artística… Pero Orlando maneja su nueva identidad de maravilla usando una u otra según la vida o su deseo lo requieran, que no la ley, con quien está en liza. En el capítulo 5 Virginia Woolf nos introduce brillantemente en las tinieblas del XIX, el siglo imperial y también el siglo de la razón: La humedad hirió adentro. Los hombres sintieron frío en el corazón y humedad en el alma. En el desesperado esfuerzo de abrigar de algún modo sus sentimientos, agotaron todos los subterfugios. El amor, el nacimiento y la muerte fueron arropados en bellas frases. Los sexos se distanciaron más y más. Por ambas partes se practicaron la disimulación y el rodeo. En el XIX el “Espíritu de la época” le bloquea su capacidad creativa hasta que un anillo… En fin, que alcanza Orlando al siglo XX de la mano de la autora quien llega a dirigirse al lector desde la propia imprenta, como si la libertad de Vita-Orlando se le hubiera contagiado.

      Un oasis en la ardua tarea de creación que Virginia Woolf emprendió. Divertida, inteligente, arriesgada… Como consecuencia del empacho biográfico y enciclopédico procedente del XIX, pensaron los libreros que por ser su título original: Orlando. Una biografía, no se vendería, pero se equivocaron. ¿Qué pasó con el subtítulo? Pues lo mismo para la segunda edición ya lo quitaron y así sigue. Digo yo. En cuanto a la traducción, pues es de Borges… Se lee con placer en castellano, pero…

Virginia

Al faro de Virginia Woolf

AL FARO

 

Abre la novela y abre con un capítulo titulado La ventana, una vez esta abierta van desfilando los personajes que habitan esta casa de veraneo en el mar. Arranca con la firme voluntad de ir al faro “… si hace bueno”. Y dos son los faros sobre los que pivota esta novela, el real, al que con todas su ansias infantiles quiere ir James, hijo de Mrs. Ramsay, y el que orienta todo y a todos cuantos se mueven allí, la propia Mrs. Ramsay. Al primero no se llega hasta el tercer y último capítulo -no es una novela de intriga, puedo contarlo- y el segundo faro, la principal dama, brilla especialmente -eso sí, durante 116 páginas de 197- en el primero.

     Con consumada habilidad en el manejo del monólogo interior de los personajes, cambia de la primera a la tercera persona describiendo el entorno, recogiendo reflexiones, impresiones, sentimientos de las distintas voces, creando una malla de relaciones, deseos, pequeñas frustraciones, grandes fruslerías y apuntalando, en resumen, las distintas perspectivas de los acontecimientos, de las emociones, de las personas. Tras Mrs. Dalloway Virginia Woolf se encuentra cómoda escribiendo, la novela fluye … me parece que ahora puedo sacarlo todo a flote; y “todo” es una considerable multitud y peso y confusión en la mente. El pretexto primero de su contemplación son sus padres, con el transfondo de hijos e intelectuales varios, añejos, machistas e incluso misógino alguno que otro. Sobre estos últimos apuntaba, con su personal ironía, que gustaba de verlos y oírlos de cerca Si no los veo, los idealizo. Esta reflexión la subscribo y me la quedo. Julia Stephen es Mrs. Ramsay, mujer de clase alta, convencional y perfecta, atenta servidora de su marido y alma mater en el funcionamiento del mecanismos aparentemente perfecto, aunque chirriante, que es su familia, siempre girando entorno al bienestar del padre, hombre caprichoso, iracundo, egocéntrico y más limitado de lo que él se piensa -no así los demás-. Si en un principio comenta en sus diarios que querría escribir básicamente sobre su padre, es sobre su madre sobre la que descansa la estructura familiar y también de la obra. De ella dijo que apenas consiguió estar nunca en su compañía más de 15 minutos, lo cual aclara su anotación sobre la protección maternal que, por alguna razón, es lo que más he deseado que me dieran todos. Y algo de esa hija observada con curiosidad por la señora de la casa hay en Lily Briscoe, de la que se vale Virginia Woolf para observar a Los Ramsay y demás satélites, y para reflexionar sobre el arte, la forma particular de buscar la luz, el color, la atmósfera, el tiempo, la esencia en su cuadros -Lily es pintora, como Vanessa Bell, hermana de Virginia- que no deja de ser una autoreflexión imbricada en toda la vasta mirada que la autora dirige al pasado y al presente. El tiempo y el arte, el arte y la vida, paisajes, luces, sombras, palabras, silencios… El todo de la obra que ella busca infatigablemente. Aún entonces.

     Dos tiempos marcan también la obra. El último afirma la posición de Lily, la recoge encontrando algo que había olvidado que buscaba. Es quizás el presente de Virginia Woolf que, con su padre vivo, no habría podido escribir. Los Ramsay del final no son lo mismos. Han pasado la adversidad y la Gran Guerra también por ellos. Faltan algunos. Los jóvenes han crecido y se someten al padre con dificultad. Mr. Ramsay no parece haber cambiado. Lily consigue apresar lo inaprensible, tal vez.

     Una excelente novela que a decir de la autora acabó resultando un exorcismo hacia sus padres, pero que, datos biográficos aparte, pues son absolutamente prescindibles, recoge la imagen de una mujer que es casi una efigie, tras la que tal vez se pueda intuir un algo soñador o perdido -Julia Stephen, al igual que él, era viuda cuando se casó con el padre de Virginia- mas ese algo está totalmente controlado, dedicada como vive en cuerpo y alma a los demás, y, esencialmente, al marido. Diríase que ese es el pacto. Un estilo de vida que ya entonces era contemplado por Virginia Woolf como caduco. Una narración rica, inteligente, suavemente irónica, poética, en la que cada página encierra un sinnúmero de detalles para disfrute del lector o la lectora.

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Un cuarto propio de Virginia Wolf

Un cuarto propio

 

En 1928 le encargaron a Virginia Woolf una conferencia sobre las mujeres y la literatura que daría lugar a Una habitación propia, publicada en 1929. Mientras, terminaba Orlando y, posteriormente, durante la corrección de las pruebas de este cuarto propio, avanzaba en lo que entonces titulaba Las falenas y que acabaría siendo Las olas. En 1928 Ulises ya tenía 6 años, La montaña mágica 4, la generación del 27 estaba en pleno fulgor, acababan de ver la luz póstumamente los últimos dos libros de En busca del tiempo perdido, Faulkner escribía El ruido y la furia y algunas grandes escritoras contemporáneas contaban con una voz reconocida y respetada: Katherine Mansfield, Willa Cather, Edith Wharton, Colette… En el 28, en el Reino Unido acababan de aprobar el voto femenino a partir de los 18 años, el sempiterno tema estaba -o seguía- en la palestra y Virginia, que no consideró el asunto baladí, no se conformó con dar una respuesta convencional pues el tema, como ya expone en la primera página, abría varios frentes. Desecha todos ellos, adelanta su conclusión y explica a través de una estrategia de diversificación de distintas y posibles identidades femeninas cómo llegó a esta simple, pero conspicua, certeza: … para escribir (…) una mujer debe tener dinero y un cuarto propio.

            Aborda el tema desplegando una ficción en la que se vale de nombres aparentemente al azar y cuasi anónimos: … Y allí estaba yo, díganme Mary Benton, Mary Seton, Mary Carmichael… y va desplegando un hilo conductor firmemente enlazado a la realidad pasada y presente. Con fina, medida y precisa ironía, Virginia Woolf, de la mano de Benton, su álter ego que afirmará encontrar más importante una renta de 500 euros anuales que el voto, divaga sobre el tema y también por un césped que resulta ser para uso exclusivo del Profesorado y el Magisterio; posteriormente ve vedado su acceso a la Biblioteca donde su errar mental y físico la han conducido para hacer una consulta. El idílico entorno, el tenaz y masculino contexto, el erudito y ingenuamente sagaz discurrir de Benton son expuestos con aparente ligereza, inteligencia traviesa, y gentil, aunque mordaz, desapego.

          A lo largo de seis capítulos, Woolf va enlazando, hasta sus días, la historia de las mujeres y de algunas autoras, desde el periodo isabelino, en cuyos tiempos, una supuesta hermana de Shakespeare -una mujer de talento- habría contado con tres alternativas: bruja, loca o suicida-; el deseo de ser anónimas -como las 3 Marys recogidas de una balada del siglo XVI- o veladas (Curren Bell, Eliot, Sand)- y la gran presencia de la mujer en la poesía así como su total ausencia de la historia; compara emociones que enturbian la obra en ambos géneros -la ira- o en el masculino -la vanidad-, analiza una supuesta novela del momento, su autora Mary Carmichael, y, a partir de ella, apunta la necesidad de una visión propia, no solo de la realidad, también del otro sexo; se pregunta si no será la falta de tiempo y de espacio uno de los motivos de que sea precisamente la novela el género más frecuentado por las escritoras, etc, etc, etc.

          Un compacto mosaico en el que la gran escritora que fue Virginia Woolf expone con claridad y gran riqueza un tema aún jugoso. Hacia el principio, durante un almuerzo estupendamente abastecido, acompañada por la crème de la crème de la universidad, Benton repara en la pérdida de algo en el ambiente, algo que se ha desvanecido tras la Gran Guerra y después, dejándose llevar por su cavilaciones y por sus pasos, llega al colegio de señoritas donde, Mary Seton entre otras, les sirven una escueta cena. Hacia el final del libro, con la madeja devanada, constata que, además de al trabajo de tantas mujeres en el pasado, … gracias a dos guerras, la de Crimea, que sacó a Florence Nightingale de su sala, y la europea, que abrió las puertas a la mujer común unos sesenta años después, esos males -los que afectan a su independencia económica- van en camino de mejorar. Todo está conectado en este breve ensayo que por momentos adopta tono de cuento humorístico -quizá tenga algo que ver su coescritura con Orlando-.

          En cuanto a la traducción: es de Borges. Tanto él como la traductora de la edición Una habitación propia traducen la conferencia de Virginia Woolf  Women and fiction como Las mujeres y la novela, siendo, en mi opinión, lo correcto, en general, “Las mujeres y la literatura”. El término novela restringe el campo semántico y cuando Virginia Woolf se quiere referir a ella -por ejemplo, cuando se pregunta sobre el porqué de la mayor inclinación de las escritoras por la novela- escribe “novel” y no “fiction”. Borges me perdone. O su madre, que con él nunca se sabe…

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Delirio y destino de María Zambrano

Delirio y destino

Cuenta María Zambrano en su escueta presentación que escribió este libro en Cuba a comienzos de los años 50 llevada por un impulso que quizá respondiera “a una llamada misteriosa del viejo continente” al tener noticia de la convocatoria de un premio del Institut Européen Universitaire de la Culture para una novela o biografía . No lo ganó, si bien recibió “una Mención de Honor y se recomendó su publicación”. No se trata, en absoluto, de una autobiografía al uso, algo de esperar en esta gran filosofa poeta. En primer lugar, en su afán de objetivizar y “desentrañar” esos años, en todo momento se refiere a si misma en tercera persona y rara vez especifica los nombres de aquellos que estuvieron con ella codo a codo o enfrente. Únicamente llama por su nombre a sus mayores -o los que ella considera sus mayores-, tanto próximos en el tiempo (Ortega, Valle-Inclán, Unamuno…) como lejanos (aquí el abanico es muy amplio y va desde su reivindicado Galdós -tan denostado en aquellos tiempos- a Empédocles, San Juan de la Cruz, Zurbarán y un largo etcétera.)

     Delirio y destino. De hecho, los Delirios dan título a la segunda parte de la obra y la primera se titula Un destino soñado, pero no puedo evitar señalar lo mucho que de delirio hay en la explosión de alegría, de alucinada esperanza -esa esperanza zambraniana que esclaviza- que estalla en España ese olvidado 14 de abril de 1931 y que con tanto entusiasmo relata.

     Por supuesto no comienza dándonos noticia de su nacimiento, los datos no son importantes, comienza dejando constancia ya en el título, Adsum, de que está ahí, de que nace y es, mas ¿qué significa nacer?, “¿un sacrificio a la luz?”, y cuánto cuesta ser. Dice de “ella”, arrojada a la vida, lo difícil que le resultó incorporarse al mundo, su necesidad de la filosofía como herramienta para comprender, para comprenderse, de sus idas y venidas de la vida real. Y lo cuenta con esa mezcla de poesía, filosofía y humanidad que impregna todos sus escritos. Con su estilo, propio y único, entrevera su historia y la de aquella generación de jóvenes que creyeron poder cambiar el destino de nuestro país, y la Historia de España, esa España tan necesitada de un cambio. “Era el momento, el exacto momento de la unidad europea”. Su ser y el ser de España. Su incorporación a la política (lo real) y el alejamiento español de una evolución que a tantos les resultaba natural y lógica. Pero “… descubrió así que la ley es una decepción de la esperanza, (…), que la justicia no basta”. La enfermedad forma parte de su biografía y de la nuestra, mas, a nivel personal, llega a considerar que la enfermedad le concede un regalo: tiempo. No es así con España. El tiempo le permite pensar, estudiar, dedicarse a la lectura, profundizar en lo que tanto desea. Con la salud vuelve la vida de verdad: un Madrid efervescente, el cine, el Prado, los mítines por pueblos y ciudades… Es la hora de desencantar a Dulcinea “la esencia perdida, ofreciéndole su adecuada forma”.

     Su participación más activa comienza con el final de la dictadura de Primo de Rivera y desde entonces nos conduce, a través de su singular pensamiento político, hacia el sacrificio inútil de una generación que se queda sin tiempo y sin espacio. Apenas 4 breves capítulos tras la proclamación de la República. Nada acerca de la Guerra Civil. Cruza la frontera, primero a Francia -el miedo-, luego a Cuba… La agonía de Europa a través de la de su madre que está París los días del repliegue de las tropas francesas durante la Segunda Guerra Mundial. El regreso y la figura de su hermana, Antígona, arrastrando la tragedia.

     En alguna parte del libro dice de la meditación “que es adiestramiento”. Pues bien, la meditación ha terminado. Dice también de la poesía que “es un orden del delirio”. Nueve delirios componen la segunda parte. Primero el de la paloma, que quiere volver a España cuando no osó hacerlo. Sigue La loca,  La del Dulce nombre y otros seis preciosos cofres diversos, merecedores de comentarios y relectura. El último, De vuelta el Nuevo Mundo -optativas e igualmente válidas las minúsculas- y el anterior un precioso poema dialogado en prosa, El cáliz (¡ay, San Juan, San Juan, cuánto bien le hiciste a la literatura!).

     No es fácil, pero es imprescindible. Para mi, como tal queda.

María Zambrano

El poder del perro de Don Winslow

 

El poder del perro

El negro absorbe todos los colores. El poder del perro absorbe todas las maldades, tinieblas y perversiones de este estupendo sistema capitalista sobre el que nos asientan. Es coherente, es precisa, es trepidante. Y apesta. Como las cloacas. Coherente, porque no hay personajes limpios y porque solo un armazón tan complejo es tan difícil de desentrañar y de desmontar por las “mayorías”. Precisa en su cronología y en su lógica interna -en perfecta consonancia ambas con la cronología y lógica externa al relato, la realidad: hay respuesta y reflejo para casi todo y, en ese casi, va la vida interior de cada personaje-. Trepidante porque todo es inmediato, es presente -presente es el tiempo elegido por el autor en la mayor parte del relato y solo lo rompe, estupendamente, para cubrir elipsis-. Y es cruel, es sangrienta, es impía. Según cuenta el autor, por presión del editor hubo de renunciar a una parte que correspondía al subcomandante Marcos. Parece ser que fue por la gran extensión de la novela, pero lo cierto es que yo esperaba su aparición y después me preguntaba el porqué de su ausencia.

     Arranca con un prólogo -la escena de un montón de cadáveres a todas luces inocentes- que es también el prólogo de la decisión de Don Winslow: la lectura en la prensa de una noticia sobre la matanza de una amplia familia en México dio pie a esta obra cuya elaboración le llevó cinco años. Él es un autor omnisciente y por su boca hablan los protagonistas cuyos orígenes nos son presentados en la primera parte de título Pecados originales. Estos empiezan en México 1975 para el agente de la DEA Art Keller, Adán Barrera -el narcoempresario, verdadero pilar social-, el padre Parada -claro trasunto del asesinado cardenal Posadas- y, algo más tarde, para Nora -prostituta de lujo a quien formó el álter ego de Heidi Fless- y Callan -matón profesional del lado estadounidense, a sueldo primero de la Mafia y después de la CIA o, sencillamente, de lo que se ha dado en llamar razones del Estado-.

     La segunda parte transcurre entre 1984 y 1985, se titula Cerbero y este perro -infernal y poderoso, de infinitas cabezas y rabo de serpiente- no vigila el Hades, sino los tres mil kilómetros de frontera mexicana y el trasiego de contrabando de almas e ideologías, armas y drogas. La tercera, TLCAN -Tratado del libre comercio de América del Norte- comprende dos capítulos extensos y tremendos Día de los inocentes y Día de los muertos. Aquí se vuelca toda la basura que gobiernos, policías, potentados, eclesiásticos, delegados civiles -o brazos armados o adinerados o poderosos, a la larga resultan ser lo mismo- de la Iglesia (Opus Dei), etc necesitan para mantener su estatus. Dan ganas de vomitar por su rotunda plausibilidad y su claro reflejo de unos hechos que aún están sin resolución.

     Un buenísima novela en la que las altas instancias saben bien aquello que apuntaba Lampedusa sobre la clase dirigente de Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. La inserción social de muchos de sus protagonistas me traía y trae a la cabeza a Hanna Arendt y su perspicaz análisis del mal, en el que su estandarización y oficialidad acaba convirtiéndolo en algo banal, y ha de ser eso lo que nos tiene ahora donde estamos. Nuestros mandatarios, que son muchos y de muy distintos pelajes, han tejido una tela de araña y ahí estamos todos, en proceso de succión por distintos tipos de arácnidos. Un verdadero puñetazo en el estómago, en la cara.

     No obstante finaliza con un epílogo de justicia poética. De agradecer.

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Hacia un saber sobre el alma de María Zambrano

En este libro, María Zambrano reunió una serie de artículos que alumbran el nacimiento de su razón poética . Para quien no la ha leído es, quizá, el mejor principio, pues siendo publicaciones dispersas, las juntó conforme a una unidad y una progresión interna en la que el único ensayo que se atiene a la cronología es Hacia un saber sobre el alma, que fue escrito el primero, antes de la guerra civil, antes del exilio. El libro se publicó en 1950 y su pensamiento, que no es sino el germen de toda su fenomenología de lo divino, fue refrendado por ella misma en la reedición de 1986 (la que ahora se publica).

Se pregunta, entre otras cosas, por la Filosofía y su razón de ser para nosotros y, ante este requerimiento, aclara que “justificarse no es otra cosa que mostrar los orígenes, confrontar el ser que se ha llegado a ser, con la necesidad originaria que le hace surgir”. Así procede, tanto en lo que a la filosofía, en general, se refiere, como a la suya propia. Y en un ejercicio de coherencia personal a todos los niveles, María Zambrano arranca con el interrogante de si es posible para el hombre ordenar su interior y nos va desgranado el por qué de esa pregunta, al tiempo que, paralelamente, vemos crecer los elementos que conformarán su corpus filosófico. En los siete primeros ensayos, como si de un largo poema se tratase, va concatenando los conceptos que atañen al alma humana en el afán de perdurar y reconocerse, en la necesidad de encontrar un territorio, un camino que no sea únicamente el de la razón o la naturaleza. María va despejando esa senda. “Quien escribe, acalla sus pasiones y, sobre todo, su vanidad”. Filosofía, Religión y Poesía se cruzan. La Poesía como lenguaje primero que nace unido a lo sagrado. Ambas preceden al pensamiento y abren espacios que recuerdan el origen. Forma, fondo y ritmo están en la base de las tres con profundas conexiones entre ellas, mal que les pese. Y el sistema como aspiración del pensamiento. Sistema que también el alma requiere, que el hombre y la mujer buscan para poder orientarse.

Particularmente hermoso y quizá el núcleo central de las entrañas filosóficas de María Zambrano en esta obra es el ensayo “La metáfora del corazón (Fragmento)”. En él, el corazón en llamas, el corazón herido, el corazón que pesa (su pesadumbre) es el que se da y quiere darse. La Filosofía nació para romper el misterio. La palabra no es sino trozo de un discurso discontinuo del pensamiento y está fuera del tiempo. El corazón siempre está ahí, en su espacio interior, sin otra huida que el amor, la esclavitud. Nuestros místicos pasean por todo estas líneas. Y los Románticos.

Habla de las formas de expresión filosófica, reparando especialmente en la Guía para Perplejos, dándonos una sutil definición de la perplejidad y su inevitabilidad. No olvida los poemas filosóficos, que además no responden al Método tan requerido por el pensamiento. Y todo su libro tiene algo de guía y mucho de poema. Es como una corriente que recorre y une cada ensayo.

Al hilo de la Vida en crisis, donde desarrolla ontológicamente la relación del alma con la realidad y su consiguiente inquietud, en el siguiente ensayo se acerca a Freud. Es un placer seguirla en su animadversión al freudismo (no necesariamente porque la comparta). Nada como sus palabras. “…difundió, con la seducción literaria que le prestaban los mitos trágicos a que acudía, y aún acrecentó, el mal terrible; pero no pudo curarlo”. Más adelante Platón y su ciudad ideal, frente a la ciudad de Dios, “germen de los anhelos revolucionarios”. Plotino con los estoicos favoreciendo el triunfo del cristianismo. Y la potencia creadora y vital de Nietszche, su retorno a la Naturaleza y a la Poesía con su particular Circe: la Moral. No falta una recriminación, que merece todo un pequeño ensayo, a Lou Andreas Salomé por su prólogo al libro que escribió sobre Nietszche. Y alabanzas al método y a la congruencia en Descartes y en Fichte.

Para terminar, un opúsculo, Diotima de Mantinea, quien probablemente no existió y es citada por Platón como la transmisora de los secretos del Amor a Sócrates. Un poema filosófico en prosa. Del tiempo, el corazón, el amor, la esclavitud, la noche…

Imposible resumirlo. Su búsqueda es única y hay que seguirla por sus profundos, bellos y sabios meandros. Todo un ejercicio de reflexión, espiritualidad y sentimiento.

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