Con la misma moneda de Verity Bargate

 

En puridad, el título de la novela debería de traducirse como Toma y daca ya que esta expresión corresponde exactamente al original Tit for tat, yendo en ambas implícito el hecho de que se trata de un intercambio de golpes. Ahora bien, la expresión inglesa, como acertadamente se indica antes de comenzar el libro, juega también con el sentido de tit, vulgarmente, teta. Tanto los golpes como la anatomía femenina desempeñan un papel fundamental en la novela que es una sucesión de reveses -… por tu bien. Porque te quiero…-, un continuo toma y daca que comenzó con la madre de la protagonista y culmina con Sadie (sad: triste; sadist: sádica). Casi una novela de (de)formación.

     Sadie es una mujer que ha crecido sin afecto, ni referentes y sale al mundo con 19 años tras la muerte de su madre casi siempre ausente, Eva, la madre original. Su relato del cuerpo hasta ese momento lo refleja como un lastre -monjas que te hacen vestirte desvistiéndote vestida, una madre distante que considera que ser mujer ya es lo suficientemente repugnante por sí solo, la regla como un castigo por la propia condición femenina…-. Ha de construirse y de reconstruir la visión del amor que arrastra desde la breve y mala convivencia que tuvo con Eva y su padrastro, significativamente llamado Jock, y ha de hacerlo rápido, casi tan rápido como Verity tuvo que escribir y reescribir, por petición del editor, esta corrosiva e incómoda novela, en la que la verdad y la mentira parecen callejones sin salida de la convivencia, donde el equilibrio emocional a través del castigo o la venganza acaba encerrando a las tres protagonistas en una trinidad acorralada, donde el miedo cambia de bando frente a una realidad que en ocasiones está más próxima a la mentira, donde la enfermedad parece la consecuencia lógica, la sororidad el único bálsamo y la falta de comunicación el punto de partida. La carga de profundidad que arrastra en cada página se desarrolla con ligereza, pero es intensa, lacerante.

      Fue su última obra -escribió tres y murió al mes de la publicación de esta-. Es rápida, precisa, descriptiva, por momentos, en sus detalles de convivencia, parece teatro. Se retrotrae lo justo hacia el pasado, como si las cosas importantes se pudieran aprehender sin florituras y así es. Los símbolos recorren estancias y vivencias –vírgenes con niño, las dos sufridas Chris, la amazona-, pero también hay lugar para hospitales, doctores y pacientes, para la Iglesia y su curia, para el sentido del humor -ácido, sin duda, e inteligente- y para el amor, eso sí, como pretexto que no siempre vale.

      Otra estupenda y tremenda novela de Verity Bargate: parece mentira que Verity sea su nombre real, pues no podría ser más apropiado para la autora de esta descarnada obra, tan al límite como su No, mamá, no. Ya solo falta una por traducir. Esperémosla.

Anuncios

El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura

El hombre que amaba a los perros es una novela perfectamente planificada y construida. La primera parte abre camino a tres líneas argumentales cuyo final conocemos desde el principio. El primer capítulo arranca en un cementerio y el narrador, Iván, se dirige a nosotros, lectores y lectoras, para contarnos una historia que no es la de su vida, aunque, de alguna manera, sí que lo es, y es, además, una historia que le ha marcado, tanto por lo que implica y plantea, como por el hecho de no haberse atrevido a contarla. En el segundo capítulo Liev Davidovich, Trotski, entra significativamente en escena cuestionándose el derecho de la Revolución a trastocar un orden ancestral como el de las piedras sagradas, para, a continuación, recibir la orden de Stalin de abandonar la Unión Soviética en veinticuatro horas, no satisfecho el Sepulturero, como el propio Trotski lo bautizó, con haberlo enviado a Alma Atá, en las lindes del imperio, mirando a China. En el tercer capítulo, Ramón Mercader, estando en el frente de Guadarrama, recibe la visita de su madre, Caridad del Río, con una propuesta que marcará su vida. Partiendo de tres momentos diferentes en el tiempo, Padura nos conduce hacia los puntos de confluencia, con efectividad, despertando la intriga: los quince primeros capítulos que conforman la primera parte, dejan a los tres protagonistas en suspenso en tres momentos alejados y cruciales de sus biografías. Iván busca información, Trotski emprende camino a México y Ramón Mercader ha abandonado definitivamente su identidad y es un número, el 13, susceptible de asumir cualquier personalidad y dispuesto a cualquier cosa por el triunfo y mantenimiento de la revolución proletaria soviética. En la segunda parte, todo camina hacia el encuentro entre victimario y víctima, mientras que Iván, aparentemente, parece ocupar un segundo plano, que recuperará en uno los dos últimos apartes que conforman el final bajo el elocuente título de Apocalipsis. La novela recorre un periodo histórico convulso y fundamental para el devenir de nuestra realidad -cubana, española, soviética, europea, mundial- y plantea claramente un debate sobre los movimientos de izquierdas desde entonces hasta ahora. Tanto Mercader como Trotski, así como las mujeres que con ellos se relacionan, viven la política y se sacrifican en sus aras, no así Iván y su compañera, contemporáneos y herederos de un devenir histórico de duras consecuencias en la isla caribeña. Los intereses de Stalin triunfaron en las filas del legítimo ejército español y se esparcieron por el Este de Europa, la idea de la revolución permanente así como la de un socialismo internacional de Trotski se difuminaron en el mapa ideológico comunista y las directrices estalinistas posicionaron a la Unión Soviética en una alianza temporal con Hitler difícil de entender para quienes no se subían al carro con anteojeras de la única revolución obrera triunfante. Padura hace un relato exhaustivo del exilio itinerante de Trotski, recapitulando hechos especialmente dolorosos para el ucraniano y judío -las muertes de sus hijas, hijos, amistades, compañeros, los procesos de Moscú, el abandono de los republicanos españoles a su suerte atroz- y le hace hablar largo y tendido, si bien, en ocasiones, más parece Padura que Leon Davidovich, mas así perfila claramente dos posiciones encontradas que pudieron conducir, como de hecho así fue, a borrar su figura del mapa y perfilar el presente -en el caso de Iván, por partida doble-. Sin embargo, como ya se puede deducir del título, estando el conflicto desmenuzado y servido, la mirada sobre ambos busca su humanidad y para ello, no se sirve únicamente de los perros, que dan un carácter sensible a los tres, puesto que los tres aman a los perros, se sirve, especialmente de otros sentimientos más universales y comunes, como son el miedo y la compasión que, por momentos, antes y después del homicidio, aproximan a los tres. Al lado, humanizándolos también, ellas, la edípica madre Caridad -y su joven espejo, África-, la compañera fiel, Natalia Sedova y Ana, otro cadáver silencioso y póstumo de esta historia y de la Historia.

     Una buena novela, para leer y para polemizar.

El proceso de Franz Kafka

Escribía Kafka a Felice: La verdad interna de un relato no se deja determinar nunca, sino que debe ser aceptada o negada una y otra vez, por cada uno de los lectores u oyentes -y dice oyentes porque le gustaba leer en voz alta sus escritos a los demás-. Nada mejor concebido con respecto a sus obras, piezas maestras de la amplitud de significados, manantial de interpretaciones y fuente de inagotable literatura.

Felice Bauer, la que fuera prometida oficial de Kafka contando con el beneplácito del padre del escritor, cinco años antes de morir y cuarenta y ocho después de la muerte de Kafka, vendió las cartas a ella escritas por el autor checo. Se conocieron en 1912 en casa de Max Brod -a quien tanto debemos por salvar la obra a él encomendada para su quema por Kafka- y, dos días después de dirigirle Kafka su primera misiva, escribió de un tirón y en una noche La condena. Esta, junto a La transformación y El fogonero -que, posteriormente pasaría a ser el primer capítulo de la novela El desaparecido, también conocida como América-, Kafka quería que su editor las publicase bajo el significativo y unificador título de Los hijos -sobre estas tres y su progresión también habría otro tanto que comentar, como con toda la obra de Kafka, individualmente, en conjunto o en la relación de unas con otras-. 1912 constituye el primer periodo de gran producción kafkiano. Al año siguiente, a medida que su relación con Felice iba avanzando, su obra se estancaba. El 3 de julio de 1913, fecha en la que cumple 30 años, con vistas a su posible compromiso, le comunica a Felice que, a instancias de sus padres, no satisfechos con haberla investigado a ella, ha autorizado solicitar informes también acerca de su familia. Algo impropio de lo que posteriormente se retracta. A Joseph K, el día de su 30 cumpleaños, lo detienen dos agentes a la vista de subalternos de su trabajo, vecinos que van aumentando de número y que observan desde las ventanas, los interrogatorios se llevan adelante en el cuarto de una señorita, Fraülein Burstner -burstner: follar-, en medio de los artículos personales de esta muchacha y de una camisa blanca colgada de una percha. En la pedida oficial de la mano de Felice se reúnen ambas familias y algunos amigos y amigas -Grete Bloch, ambigua mediadora y confidente de ambos novios-. A la luz de la exhaustiva obra de Elias Canetti El otro proceso a Kafka, he aquí el germen de El proceso. Tanto Kafka en su pedida, por lo que se lee en sus diarios y cartas, como K en su detención no se sienten aludidos y sí ajenos. Kafka y Felice rompen el 12 de julio de 1914, unos días después de cumplir Kafka 31 años, en una ceremonia a la que Kafka denominará desde entonces “el tribunal” -según algunos traductores, según otros, “el juicio”- en la que guarda silencio y acepta la humillación. Joseph K se encamina al final de su proceso el día de su 31 cumpleaños y se siente como un perro al que la vergüenza debiera sobrevivirlo. Sobre que parte del germen de El proceso esté ahí, caben pocas dudas, ahora bien, sobre que El proceso es mucho más, tampoco.

     Kafka en este tiempo se había reconocido en el concepto de la angustia Kierkegaard, en agosto de 1914 apenas hace un mes que la Primera Guerra Mundial ha irrumpido en su vida y en la de todos, como consecuencia por fin ha abandonado su habitación en la casa paterna -más por imperativo familiar que por decisión propia-, en su estrenada soledad comienza a describir los sueños de su vida interior y en ese mismo mes de agosto empieza a escribir la novela que nos ocupa. Como en La transformación, todo arranca en su cuarto, en el de Josef K, solo que aquí es la realidad bajo la forma de dos guardias la que invade su habitación de una forma absurda y lo hace para detenerlo, si bien Nuestras autoridades no buscan la culpa entre la población sino que, como dice la ley, es la culpa la que las atrae. Él come una manzana que le resulta deliciosa, probablemente la última comida que disfrute, manzana muy lejana, pero igualmente simbólica, a la que cae sobre Gregorio Samsa. Y como Samsa, él también tiene que ir a trabajar, su trabajo es muy importante, trabaja en la Banca. Hay una breve descripción de su vida cotidiana hasta el momento y el encuentro con dos mujeres de muy diferente signo. Las mujeres en la obra de Kafka: o lo distraen de sus causas y son de moral cuestionable o, como su casera, resultan irritantes y no entienden nada, aunque sean eficientes. A partir de ahí, tiene lugar realmente el proceso. El tribunal, cuyas dimensiones físicas no lo contienen, lo conforman cubículos, ropa tendida, humedad, aire viciado, sombras y ardores que envuelven recurrentemente a K cada vez que lo busca o, sencillamente, lo encuentra. La culpa que lo persigue y crece sin saber cuál es mientras la va asumiendo. Flageladores, ujieres, mujeres provocativamente serviciales, abogados que nunca redactan la primera solicitud, jueces vanidosos, retratistas mayestáticos que pintan a la Justicia y a diosa de la Victoria fundidas –No es una buena combinación, la Justicia tiene que reposar; si no se moverá la balanza…-, acusados serviles o arteros… Un tribunal compuesto por la mayoría que culmina en el capítulo penúltimo En la catedral. Este contiene el relato Ante la ley -publicado y leído aparte por Kafka-. La riqueza de esta obra es incontenible y, aquí, se engrandece porque, como dice el sacerdote -no podía faltar-, La exacta comprensión de una cosa y su mala interpretación no se excluyen. ¿Entiende K el proceso? ¿Cuántas interpretaciones hay? Habla de la Ley, de las costumbres establecidas, de la pena –para el sospechoso el movimiento es mejor que el reposo, porque quien reposa, sin saberlo, puede estar en una balanza y ser pesado con sus pecados-, del engaño, de la necesidad del engaño, de la libertad –con frecuencia es mejor estar encadenado que libre-, de las propias elecciones, de Felice, del Talmud –Ante la ley no deja de ser una parábola y el capítulo, quizá incluso el libro, su exégesis-, de las funciones que se reparten en esta sociedad, de la pulsión de muerte, de la culpa como motor. Habla incluso del lector y lo que está leyendo. Y aquí, en la catedral, tras hablar con el sacerdote, ya no hay penumbra, sino total oscuridad. Aún queda un capítulo. Y otros descartados -a fin de cuentas Kafka la dejó, si no inconclusa, sí sin ordenar y  los fragmentos que restan, los estudiosos y Max Brod, los dejaron de lado, aunque figuren en esta estupenda edición de Galaxia Gutenberg-.

     Quedan muchas cosas en el tintero. Cada capítulo es embrión de numerosas reflexiones. Las consideraciones de su abogado -no hay que olvidar que Kafka estudió Derecho y pensaba que: En esos años me alimentaba intelectualmente de auténtico serrín que, además, miles de mandíbulas habían masticado previamente. Además, trabajaba en seguros -muy a su pesar, ciertamente, mas con el objetivo de ganarse la vida y tener tiempo para escribir, tiempo que un matrimonio le robaría- y era tremendamente concienzudo en su trabajo. Asimismo leía a Freud y más que una interpretación de los sueños, hace una transposición de la realidad a una sinrazón, no tanto trágica, que sí -el final es magnífico- como descabellada, pero substancialmente acertada. Levanta la estructura de una existencia cautiva, sustentada por la culpa y la humillación. Léanla. Y si ya lo hicieron, reléanla. Es una fuente inagotable.

La ciudad de las mujeres de Cristina de Pizán

damas

Cristina de Pizán escribe La ciudad de las mujeres en 1405, 523 años después, en 1928, Virginia Woolf sigue dándole vueltas al mismo tema en las charlas ante las estudiantes de la Universidad de Cambridge que constituirían Una habitación propia. Cristina sí la tenía, pero le costó años de litigios conservar su herencia, muertos su padre y su esposo, así pues, ella sí se retira a su “étude” y con este acto arranca esta alegoría y defensa de las mujeres que, ya en su tiempo, dio amplio lugar a polémicas entre los doctos varones de su tiempo. Recibe la ayuda de tres Damas: Razón, Justicia y Derechura (este término, tan francamente feo, ha sido seleccionado por la traductora, por un lado para recoger el sentido de la palabra Droitture que alude tanto a lo judicial como a lo geométrico y, por otro, para alejar cualquier connotación del rigor religioso que el término “rectitud” suele llevar anejo). Son ellas quienes invitan a Cristina a levantar una Ciudad desde donde las mujeres puedan defenderse de tan perversa y continuada agresión, mezclando con tinta la argamasa que las tres van a proporcionarle. Esta ciudad tomará los materiales de un enfoque y una lectura diferente acerca de los papeles que figuras femeninas, tanto históricas como legendarias y literarias, jugaron desde un tiempo que no figura en los escritos hasta aquel remoto y recién estrenado siglo XV. No deja de ser interesante el hecho de que Virginia Woolf, 5 siglos después, eligiera también apoyarse en tres personajes igualmente ficticios, Mary Benton, Mary Senton y Mary Carmichael, para defenderse de, si no tan contumaces ataques, por lo menos igualmente sectarios e interesados -lo de machistas o patriarcales, casi que sobra decirlo-, y concluir que lo que las mujeres necesitaban era poseer un espacio y una renta, haciéndolo, no desde una ciudad en femenino, pero sí desde una universidad para jóvenes del sexo “débil”.

     Quien se acerque a este libro buscando información fidedigna sobre las acciones de las mujeres en la Antigüedad, encontrará una absoluta falta de rigor, falta de rigor igualmente achacable a aquellos a quienes rebatía. No se trata de una historia de las mujeres, sino de un recopilación de personajes femeninos desde una perspectiva prefeminista, lejos de los estereotipos aceptados y consensuados, y de la refutación de un argumentario francamente ofensivo y denigrante. Para ello la autora, resultándole difícil asumir como propia de su persona y de la de tantas otras la imagen recibida, primero cuestiona la autenticidad de los tópicos transmitidos por el saber masculino que se podrían resumir en filósofos, moralistas, todos parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio. Y para empezar, desde esta alegoría, recurso tan en boga en aquellos tiempos, se dirige hacia el Campo de las Letras pertrechada con la azada de la inteligencia y dispuesta a cavar hondo -no era para menos- con la ayuda, en primer lugar de la dama Razón. Y cavar hondo en ocasiones requiere -metafóricamente hablando, claro está- una cierta exhaustividad por lo que esta parte, dedicada en profundidad a desmontar pretendidos razonamientos hoy denominados misóginos, es, sin duda, la más ardua y desarrolla las respuestas a preguntas que Cristina le va haciendo a Razón, preguntas que se originan en Ovidio, Catón, Aristóteles y un largo etcétera y cuya contestación permitirá asentar las primeras piedras en la base de los muros del nuevo baluarte: heroicas damas de la guerra como Semíramis o las Amazonas; de la política, como Nicaula, la reina de Saba, o Fredegunda y otras nobles; de las ciencias y las artes como Safo, Ceres, Minerva, –Te vuelvo a decir, y nadie podrá sostener lo contrario, que si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos.- y por último damas dotadas de buen juicio, entendiendo por juicio la capacidad de reflexionar sobre lo que se quiere emprender para llevarlo a buen término como Dido o la Gaya Cirila. En la segunda parte, Derechura le proporcionará el material que solidificará el muro y, dado que aún casi estamos en la Edad Media, son sibilas, profetisas, hijas y esposas devotas y entregadas, discretas, prudentes, honestas, etc. que rebaten zafias aseveraciones sobre el talante femenino: que si son cotillas, cónyuges furibundas y amargadas, coquetas, que si les gusta que las violen…, a qué seguir. La lista de menosprecios es larga, mas la cantidad de mujeres con las que refuta tamañas tropelías es profusa y en este caso mucho más amena, a fin de cuentas son las piedras preciosas que trabarán las murallas de palacios y mansiones en la nueva Ciudad. Reformula el enunciado haciéndose portadora del discurso oral y doméstico silenciado a otra luz, la que no pasó a los escritos y que por lo tanto es, era, inexistente. Por último llega el turno de Justicia y, con ella, de la religión y la Reina de los Cielos. Esta es la parte más corta en la que un breve martirologio de santas, beatas y mártires con María a la cabeza consagran la ciudad. El feudalismo está siendo transformado y la Iglesia dicta (siempre que puede, lo hizo, lo hace y lo hará), nadie es ajeno a su poder y la fe se da por sentada, así como los mandamientos y la servidumbre. No obstante muchas de las frases rebatidas no han desaparecido, han pasado más de seiscientos años y su desiderata final no podría ser más asumible: Huid, damas mías, huid del insensato amor con que os apremian. Huid de la enloquecida pasión cuyos juegos placenteros siempre terminan en perjuicio vuestro.  (…) Acordaos de cómo los hombres os tienen por frágiles, frívolas, fácilmente manejables y en la caza amorosa os tienden trampas para cogeros en sus redes como animales salvajes. Huid, queridas amigas, huid de los labios y sonrisas que esconden envenenados dardos que luego os han de doler. Alegraos apurando gustosamente el saber y cultivad vuestros méritos. Así crecerá gozosamente nuestra Ciudad.

     Convengamos que Virginia dio un paso más sobre la forma de conseguirlo, aunque ambas estaban lejos de llegar a aquellas que no tenían -ni tienen- acceso a la educación. Ambas presentan más de un paralelismo, escritoras e impresoras que fueron de sus propios libros, iluminados los de Cristina por sus ayudantes y los de Virginia por su hermana, ambas, en algún momento, desearon ser hombres y en alguna de sus obras fabularon con ello. ¡Qué corra más la igualdad y no pasen otras tantas centurias para volver a leer otra defensa de las mujeres o peor, para que alguna -o alguno, que también los hay- tenga de volver a escribirla!

Crematorio de Rafael Chirbes

Crematorio

 

El título, que Herralde intentó cambiar por lo que se ve, en vano, no llama a engaño, como no llama a engaño Chirbes con su literatura. No la agiliza con diálogos, con puntos y aparte, con soluciones morales, interpretaciones claras, lecturas entre líneas, etc. Crematorio es un crematorio y un punto de encuentro entorno al que pululan unas voces, las de esta novela.

       El peso de Crematorio recae sobre tres soliloquios del constructor Rubén Bertomeu situados estratégicamente al principio, en el medio y al final de la obra. En ocasiones -ya en el mismo arranque de la novela-, el destinatario de sus palabras es Matias, su difunto hermano, un ausente idealista, pertinaz, pero con sombras y sin voz a quien, a lo largo de los distintos capítulos, conoceremos por boca de otros personajes y del autor narrador que dirige los diferentes monólogos que conforman este retablo. Dirige todos, excepto los de Rubén que se convierte así en una voz más subjetiva, más vulnerable y al mismo tiempo más solida, una voz emotiva, personal, una voz que se justifica y al mismo tiempo está cansada, una voz temida y esperada, odiada y necesitada. También Juan, en un contrapunto con el escritor Brouard, habla con su propia voz en un capítulo, pero esta es menos profusa, se acerca al artista, es testigo de la creación y el creador y en un juego de espejos autor-escritor-biógrafo recoge los versos de Baudelaire que encabezan la novela, como frase que encabezará la biografía del amigo de infancia y juventud de los Bertomeu. Los demás apuntalan la obra dibujando la telaraña familiar, compleja, enfrentada, de emociones austeras, contenidas, llena de incomprensiones y reproches, y con una posición económica muy solvente en la que se enfrentan necesariamente lo nuevo y lo viejo, el arte y el consumo, el saber y el no saber, una posición que es la base sobre la que se levanta un imperio económico fruto de la especulación, la droga, el chantaje, el crimen organizado…; trazan el entramado social y el político que se arrastran desde las postrimerías del franquismo hasta el boom de la construcción, cuya burbuja inmobiliaria describe a la perfección Chirbes tanto aquí como en En la orilla, pasando por la Santa Transición que tan bien queda dibujada a través de las relaciones y reacciones de los Bertomeu, Brouard y demás actores y actrices. Juegos de poder, grandes corrupciones y pequeñas corruptelas, mafias al uso frente a otras nuevas, diferentes, ideales perdidos, difuminados o aferrados. La muerte como motor primero de esta historia compleja, rica, estupendamente narrada, incómoda, correosa. El telón de fondo, a veces no tan de fondo, del paisaje como una pérdida, de ese círculo indisoluble: entorno, individuo y sociedad tan sistemáticamente agredido. Nuestro demacrado hábitat. Sin grandes respuestas y muchas preguntas y de calado, de las que no gustan o no apetece afrontar.

       Una gran novela.

Rafael Vhirbes

Las palmeras salvajes de William Faulkner por Jorge Luis Borges

faulkner-wild-palms

 

Faulkner publica Las palmeras salvajes en 1939. Su apuesta más arriesgada hasta el momento había sido El ruido y la furia, 1929, obra que siguió en su cabeza y a la que añadió un capítulo quince años después de publicada. Desde entonces Yoknopatawpha no había hecho sino crecer en historias y habitantes, sin embargo Las palmeras salvajes no transcurre allí, sino en lugares con sus nombres reales y un río, el Misisipi -o Misisipí, como gusta de traducir Borges- conocido como El viejo y que da nombre a una de las dos historias que constituyen esta obra. El título que Faulkner había elegido era un verso del Libro de los salmos, del salmo 137, Si me olvidare de ti, Jerusalén, pero el editor impuso el de uno de los dos relatos. Tremendo y bellísimo salmo que sigue  “pierda mi diestra su destreza / mi lengua se pegue a mi paladar…” Y tremendo es todo en estas dos narraciones que, a decir de Faulkner bastantes años después de haberla escrito, fueron alimentándose la una a la otra en función de la necesidad que requería la obra, sin llegar a cruzarse ni en el tiempo ni en el espacio, esas dos dimensiones y obsesiones de su literatura, si bien el destino de ambos protagonistas acaba siendo el mismo y en el mismo sitio, aunque por motivos muy distintos.

        La traducción que he leído es, sorprendentemente, la única que hay. Ciertamente no es de cualquiera, que la firma Borges, pero:

– En sus ensayos autobiográficos  hace referencia a haber trabajado en ella y también a que su madre había hecho algunas traducciones consideradas suyas entre ellas Faulkner.
– Está hecha sobre la edición inglesa en la que los editores Chatto y Windus pulieron expresiones malsonantes -incluida la frase final-.
– Ël mismo dice haber modificado algunos diálogos entre Harry y Carlota por encontrar a Carlota demasiado masculina y viceversa, así como haber jugado con el estilo directo en indirecto en la historia de El viejo para aclarar el caos faulkneriano.
– En la época de su traducción sentía un cada vez más profundo rechazo por la novela y otros pormenores que no vienen al caso, además de tener un personal concepto de la traducción..

        Vamos, que no estaría de más otra versión menos personal -reconociendo el valor de esta pues no en vano autores como Onetti y Márquez reconocen en ella una profunda influencia- y sin otro objetivo que transmitirnos a Faulkner.

      Apuntado lo anterior, este experimento no deja de ser Faulkner en un sui géneris contrapunto que aspira al equilibrio en medio de la desmesura. La voz de un autor que todo lo sabe arranca el relato primero, Las palmeras salvajes, presentando a un doctor profundamente convencional y su señora, una mujer gris, muy gris. A continuación aparecen sus inquilinos, la pareja protagonista, Harry y Carlota, pareja peculiar y a todas luces adúltera. El siguiente capítulo corresponde a El viejo, en él nos son presentados un penado alto, flaco, sin barriga…, otro bajo y rechoncho, el flaco, preso por creer a pies juntillas las novelas baratas de héroes poco ejemplares e intentar emular sus actos, el segundo encerrado por credulidad, ignorancia y mala suerte. Los quijote y sancho del Misisipí. Un total de diez capítulos, cinco y cinco, intercalados y enfrentados. Una fatalista historia de amour fou, cargadísima de tintas, profundamente obscena para la moral de la época, frente al absurdo periplo de un preso por volver a sus cadenas. Dos viajes, una huida frente a un regreso. Las fuerzas interiores y las fuerzas de la Naturaleza. El amor y el dolor, la libertad y el encierro. Dos hombre vírgenes frente a unas mujeres incognoscibles (¿para Faulkner también?). Carlota, “una inundación violenta y amarilla”, “un halcón“, “más caballero”, radical, probablemente madre doliente, no obstante al mirarla las reflexiones de Harry no son tan románticas cuando se admira de  “la habilidad de las mujeres para adaptar lo ilícito y aun lo criminal a un molde burgués de decencia“; la mujer que rescata el penado, en un momento, vista como “esto, de toda la carne de mujer que anda por el mundo, es lo que me toca en un bote huido”. Ambas madres, ambos inexpertos. Harry que llega a disfrutar escribiendo novelas baratas, el penado que caza cocodrilos a cuerpo. La narración va creciendo y en los capítulos 3 está en su esplendor. Hay párrafos magníficos y la lejanía de los paisajes sitúa las dos narraciones en su nivel más intenso y también más confrontado. Da para mucho, pero esto solo es una breve reseña. Resulta toda una diversión de lector ir ajustando la balanza entre capítulo y capítulo y llegar al final, enhebrando la ironía que flota por el libro como si una inundación de imposturas entre Faulkner y Borges nos llegara a la cintura.

 

William-Faulkner-Hollywood-Odyssey-Meta-Carpenter-3_0Borges y su madre