Gomorra de Roberto Saviano

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Termina Saviano Gomorra gritando: ¡Malditos bastardos, todavía estoy vivo! Esto fue en 2006, aún no pesaba sobre él la condena -a fin de cuentas cualquier camorrista sería recompensado por su desaparición- que siguió a esta obra. Ojalá pueda seguir diciéndolo durante años por mucho que haya cambiado su vida.

    En la primera parte nos conduce hasta Nápoles entrando por el puerto de una forma rotunda, con la caída de un montón de cadáveres amontonados en un contenedor previo pago: son los restos de emigrantes chinos que quieren ser enterrados en su tierra y salen por el puerto europeo en el que el 99 por ciento de la mercancía que se mueve procede de su tierra. Estos cargamentos nacen a medias en el centro de China, se completan en alguna periferia eslava, se perfeccionan en el nordeste de Italia, se elaboran en Apulia o en el norte de Tirana para acabar en quién sabe qué almacén de Europa. La mercancía tiene en sí misma los derechos de circulación que ningún ser humano podrá tener jamás. Muchas veces se vale Saviano de personas que conoció en las andanzas que le permitieron entregarnos este libro. Por ejemplo, Pasquale. En el segundo capítulo él encarna la desprotección, el abuso y la ausencia de alternativas en la segunda geografía por la que nos conduce, Secondigliano, Nápoles, lugar sin esperanzas para una población desprotegida, inmersa en una economía, más que sumergida, flotante, pues flotando se mantienen, sin avanzar nunca, estancados y dependientes, a expensas de unos empresarios que no conocen de derechos y leyes, sometidos a las necesidades de la Camorra y del mercado de la moda, mercado que desmenuza con muy poco glamour y eso que su producto puede acabar en manos tales como las de Angelina Jolie -así se intitula- o en cualquier todo a cien de nuestro barrio. Eso depende. Una vez aquí llegados, procede a hablar del Sistema -así conocen ellos a la Camorra-, de su directorio y a desmenuzar su forma de funcionar, de incrustarse en el entramado social, bancario, político, laboral, etcétera, etcétera. Este Sistema no es sino el reflejo de una sociedad más global cuyos atenazantes tentáculos preferimos ignorar. Conocido este, nos narra la guerra entre dos familias –faida– que allí tuvo lugar desde 2004 -y probablemente siga, más soterrada, diferente, no tan extendida-, con la cocaína como valor de cambio y que fue especialmente sangrienta. Sobre esta guerra nada transcendió a los medios de (des)información a excepción de la nota que le puso punto final, firmada por uno de los boss en liza, el boss de los boss, la cual fue publicada en un diario que se podía comprar en todos los quioscos. El cambio de modelo de negocio resultó caro en vidas, alistó combatientes nuevos -no solo en África hay niños soldado- y, claro está, el negocio pervivió. Muchos cronistas creen encontrar en Secondigliano el gueto de Europa, la miseria absoluta. Si consiguieran no escapar, se darían cuenta de que tienen delante los pilares de la economía, el filón oculto, las tinieblas donde encuentra energía el corazón palpitante del mercado. Y también las mujeres están en este entramado, Saviano no las desatiende, algunas en un lugar de honor entre los victimarios.

    En la segunda parte, dada una visión global y precisa, es donde Saviano apunta más fino. Excelente y significativo el ensayo Kaláshnikov en el que conocemos al progenitor de Roberto Saviano y a través de ambos podemos percibir la importancia que las armas tienen en estas tierras de Campania. Con su experiencia personal, la vehemencia del economista y distribuidor de café, Mariano, la función que esta ametralladora desempeña en la vida cotidiana de Nápoles y en el contexto internacional, consigue el autor uno de los mejores cuadros de Gomorra. De nuestro mundo. … Para evaluar la situación de los derechos humanos, los analistas observan el precio al que se vende la kalàshnikov. Cuanto más barata sea la metralleta, más se violan los derechos humanos, más corrompido se halla el Estado de derecho, y más podrido y arruinado está el armazón de los equilibrios sociales. El Sistema controla el tráfico de armas gracias a sus acuerdos extraoficiales con los países del Este, de la misma manera que los clanes de Secondigliano “democratizaron” el mercado de la cocaína, este subfusil que el disciplinado soldado Kalashnikov creó para el bien de su ejército ha puesto al alcance de cualquiera disparar a lo que sea menester. A continuación sigue escudriñando en el imperio de la construcción con Cemento armado y para ello nos lleva fuera de Nápoles, a Casal di Principe. El camorrista se hace; el casalés nace. Núcleo duro del Sistema, empresariado práctico y eficiente, pionero en comprender que el mayor mercado había de ser el de una droga capaz de no matar en un tiempo breve, capaz de ser más un aperitivo burgués que un veneno de los parias. Emprendedores tan sagaces no podían por menos que manejar el negocio de la construcción, ligando para ello a constructores y bancos y convirtiéndose en una nueva burguesía que maneja el crimen organizado como una adquisición planificada de servicios. Ellos son la auténtica clase dirigente sin escrúpulo ninguno acerca de la plebe y el territorio. Esto quedará más diáfano, si cabe, en el último capítulo, Tierra de los fuegos, en el que, a través de un avaricioso y turbio intermediario, el stakeholderexperto en residuos y en camuflar aquello que no se debe camuflar eludiendo normas y encontrando o creando vías libres para abaratar costes al margen de las consecuencias ecológicas y sanitarias- han hecho de la Campania, del Sur de Italia, de países enormemente inestables -¡qué eufemismo!-, del mar o de lo que sea necesario, es decir, rentable y oculto, verdaderas bombas para la población y a la larga para todo el planeta. Y nosotros, en cuanto tocamos la basura, hacemos que se convierta en oro. Entre medias otros capítulos igualmente ilustrativos. El dedicado al Padre Diana, en el que además de encomiar la labor de este párroco valiente que se enfrentó no sólo desde el púlpito, sino en la práctica, dejando constancia por escrito y persiguiendo la verdad de casa en casa, nos proporciona un retrato de los boss, sabedores de que a larga están condenados a vivir encarcelados, sin disfrutar de su dinero o a morir y que se ven a sí mismos como nuevos mesías obligados a cargar con el dolor y el peso del pecado por el bien del clan, pretendiendo de su entorno que se someta en cuerpo y alma al espíritu de la Camorra. De nuevo los medios, silentes frente a tanta fechoría, sí que han dado eco a la difamación ya que cualquier asesinado por el Sistema ve flotar y expandirse sobre su cadáver la sombra de la duda. A esta parte debemos el título, al texto que no quiso ni pudo leer un amigo del Padre Diana, un texto de tintes evangélicos que increpa e intenta impeler a la acción. Hemos de correr el riesgo de convertirnos en sal, hemos de volvernos a mirar lo que está ocurriendo, lo que se cierne sobre Gomorra, la destrucción total donde la vida se suma y se resta a vuestras operaciones económicas. ¿No veis que esta tierra es Gomorra?, ¿no lo veis? Recordad. Cuando vean que toda su tierra es azufre, sal, aridez y ya no haya simiente, ni fruto, ni crezca hierba… Y en esas están, envenenando su propia tierra. Y la ajena. Hollywood hace un repaso de la gestualidad y las referencias del clan -una casa construida a imagen y semejanza de la de Tony Montana en El precio del poder- al tiempo que nos relata la breve vida de dos jóvenes que no suman treinta años, que viven al límite la ficción de las películas de gánster adaptadas a su ciudad. También merece capítulo aparte el Sistema de Mondragone y su filial -limpia de negocios sucios- de Aberdeen, con una ideología propia y de una crueldad peculiar en la que tienen muy claro que Nada tiene valor si no genera poder.

    Lo cierto es que me acerqué a este libro más con la intención de echarle una ojeada que de leerlo y quedé atrapada, porque si hay una cosa que transmite Saviano y, cada vez más, a medida que lo lees, es emoción. Desgrana hechos, económicos y sociales, desmenuza relaciones, entramados de poder e iniquidad, aporta cifras e historias, transmite, transmite siempre, conocimientos y sentimientos, datos y desasosiegos. Donde otros dijeron, Me acuerdo, él, como Pasolini, dice Yo sé, lo dice tras ver una muerte más, lo dice y lo repite, como un ritornelo, porque sabe y nos lo cuenta, porque aún confía -por lo menos confiaba, entiendo que sigue siendo así, pues sigue ahí, de libro en libro, y de un sitio a otro-, confía en la palabra. No sé si la palabra está de su parte, espero que así pueda ser. De nuestra parte

Imprescindible.

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La niña perdida de Elena Ferranre

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No cambian los hábitos en la cuarta entrega de la Tetralogía napolitana de Elena Ferrante, se funden y la consolidan. Relación de personajes y circunstancias; como en el primero, La amiga estupenda, dos partes y cada una con un subtítulo: Madurez – La niña perdida y Vejez – Historia de la mala sangrey un broche final, oscuro y brillante, intitulado Epílogo constituido por dos entradas.

    Madurez – La niña perdida. Antes de volver al punto en el que nos habíamos quedado, como en cada etapa, Lenù, de la mano de Ferrante, nos anticipa que en los tiempos venideros, resentida con Lila por haber puesto el dedo en la llaga -la culpa, siempre la culpa, y esta vez la culpa respecto a sus hijas- intentará alejarse de ella. Al mismo tiempo, recuerda cuál es el motivo por el que está escribiendo esta novela y concluye que para no perder de vista a Lila ha de hablar de sí misma en la justa medida a riesgo de perder el rastro de su amiga. Aclarado esto, el relato continúa. Lenù, 32 años, agobiada en el estrecho papel de madre y esposa ha de reinventarse y potenciar su imagen a riesgo de ser absorbida por su gran amor de juventud. Retoma su papel de escritora y se lanza al mundo con sus propias armas: la escritura y sus vivencias, armas que confronta con el público, ayudándose así a entender y componer -hay cosas que no se recomponen y hay que comenzar de cero- un nuevo mundo que habitar en un periodo en el que reina el caos dentro y fuera de ella misma. Es un periodo candente, el fin de una época entrañada en su primer compañero, Franco, una época que en su declive estaba arrasando con todas las categorías que habían servido de brújula. Una época de desastres: Uno, el ocaso del sujeto revolucionario por excelencia, la clase obrera; dos, la dispersión definitiva del patrimonio político de socialistas y comunistas, un tanto desvirtuados ya por disputarse a diario el papel de báculo del capital; tres, el fin de toda hipótesis de cambio. El comienzo de otra, muy bien comprendida por su amante del momento, Nino –le gusta más caer simpático a los que mandan que batirse por una idea, un técnico muy servicial- y el mantenimiento de los de siempre, altivos clasistas que desprecian a la plebe y el feminismo, sempiternos gatopardos que siempre están ahí -aquí los Salina son los Airota, la familia de Pietro, su exmarido-. En el desayuno acostumbran a ingeniárselas para imponer un subsecretario y en la cena, para destituir a un ministro.

    Lenù vuelve a Nápoles en cuerpo y alma. Ha de reencontrarse por fin con la madre, entenderla y asumirla incluso físicamente; con su amiga, compartir de nuevo con ella amistad, complicidades, así como antitéticos y gratos periodos de embarazo. Es por Lila -el aparente contrapoder del barrio- por quien sabe de lo que ocurre en el barrio, lo que en realidad se mueve intramuros, lo que suponen las drogas en un barrio tomado, solo que ahora el sistema, los Solara, la camorra -en esta novela sí que la mencionan, lo hace Nino-, puede percibirlo desde dentro. Ambas se enfrentan unidas, pero a su manera, a este sistema. Se produce en la ciudad -y en sus vidas– un terremoto del que Lenù sale reforzada, mientras que Lila, la fuerte, la manipuladora, se desborda. El simbolismo se acentúa, el que viene de atrás y el que surge en la madurez, con la ciudad, con el volcán que todo lo arrasa, con las hijas concebidas a la par, con las muñecas desaparecidas… Sin aportar temas nuevos, arrastrándolos todos en una contextualización admirable, crecen, se retroalimentan, se actualizan, se enriquecen…

    Vejez – Historia de la mala sangre. Comienza en 1995 con su partida de Nápoles, nos adelanta cuáles serán sus pasos más importantes y cómo siente que el mundo al que pertenecía desaparece y ella con él. Después volverá sobre sus pasos para avanzar en los cambios de la vida de ambas, sus nuevos desencuentros, las nuevas heridas. El barrio degenera con las drogas, pero todo sigue progresando, por el camino quedaron y siguen quedando muchos de los personajes adyacentes, todos ellos con funciones vitales en este fresco coral en el que la ciudad es una parte importante de la historia. Cada cual organiza el recuerdo como le conviene y además se necesita un lenguaje común. Lila ha sido absorbida por el dolor y no consiguen volver a encontrarse. Mientras su italiano era traducido del dialecto, mi dialecto era cada vez más traducido del italiano y las dos hablábamos en una lengua artificial. Distintos espectros para los mismos miedos de la infancia: Chernobyl, el progreso como una pesadilla, quiénes serán los nuevos capos (a los Solara se les perdona, a Pasquale, el revolucionario, no). La explotación del hombre por el hombre y la lógica del máximo beneficio, antes consideradas una abominación, volvían a ser en todas partes las bases de la libertad y de la democracia. La clase política se ve salpicada, pero se recupera. Y Lenù ya no es hija, apenas madre o abuela en la distancia, ya no viven cerca y ella ha escrito y publicado sobre algo tajantemente prohibido por Lila. No vuelven a entablar relación. Nuevos miedos y miedos que regresan, como las muñecas y el brazalete de su madre: ¿estará escribiendo Lila, lo hará mejor que ella, se juntarán todas las Lilas (la escritora infantil, la zapatera, la elegante esposa, la artista, la obrera, la programadora informática, la apasionada de Nápoles…) y la superarán? Entonces mi vida entera quedaría reducida a una batalla mezquina por cambiar de clase social.

    Mención especial merecen muchas, muchas cosas de esta larga novela de cuatro libros de seis partes y un epílogo que vuelve la novela redonda, como ese Jardín de las delicias del Bosco que gana enteros cuando lo ves cerrado, porque lo sabes completo, en su finitud infinito. Mención especial, decía, merecen las entradas finales sobre Nápoles, el testigo que Imma, la hija de Lenù, recibe de Lila: el amor, el reconocimiento, la historia de esta convulsa metrópoli, donde las dos amigas han sido y, mal que le pese a Lila, son. Y donde siempre las recordaremos quienes leamos este extraordinario retablo de la segunda mitad del siglo XX y comienzos de este nuestro siglo XXI en el que el sueño de progreso sin límites es, en realidad, una pesadilla llena de ferocidad y de muerte.

Imprescindible

Las deudas del cuerpo de Elena Ferrante

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De nuevo Ferrante lo primero que nos presenta es la relación de personajes que va aumentando, a continuación comienza la novela que, a pesar de abarcar un amplio periodo, consta solo de una parte: Tiempo intermedio, y esta de 123 entradas.

    Antes de situarse donde nos dejó, Lenù nos habla del último encuentro con Lila, su contraego. Fue en 2005. Todos han cambiado, se han marchitado o algo peor -como nos demuestra la irrupción de Gigliola-. Han pasado y siguen pasando muchas cosas -la vida, con sus luces e infinidad de sombras-, la visión del mundo y de Nápoles de Lenù ha cambiado, pero su amiga no está receptiva y cuanto consigue de Lila es la prohibición de escribir sobre ella. Como ya sabemos, Lenù se la está saltando y, con ello, desafiándola, obligándola a no desaparecer, a estar a pesar de todo. Su conflicto amor-odio, su dependencia pervive. Es una conjura, pero también una convocatoria.

    Volvemos al espacio y las circunstancias del último capítulo de Un mal nombre. Una se va, la otra se queda. Lenù avanza por un camino nuevo, el de la escritura, en otro ambiente, intelectual y adinerado, con clase, con mucha clase, para ello ha de romper tabúes y enfrentarse a las costumbres familiares a riesgo de ser incomprendida y vilipendiada –el exceso de estudios me había ablandado el cerebro (…) me dejaba tratar como una furcia…-, ha de afrontar sus propias inseguridades, sus miedos, sus prejuicios –¿Y si mi madre sale de mi vientre justamente cuando creo encontrarme a salvo?-, tomar partido, ser consecuente con las ideas que día a día va perfilando y modificando para conseguir ser ella misma y, por tanto, consecuente con lo que cree pensar. Sin embargo lo que parecía una línea recta, resulta más abrupta: nada es sencillo ni para toda la vida. Hay momentos exultantes y días de abandono, de ajenidad. Ser o no ser. Abandonar o mantener los deseos infantiles. No es asunto baladí, convertirse en escritora, emparejarse con Pietro, una roca a la que agarrarse para salir de Nápoles, para alejarse del servilismo del padre y la zafiedad de la madre, del sistema de prebendas y extorsiones que respira su barrio -sistema le llaman los italianos a la Camorra, qué clarividencia- y descubrir ser la patente de corso de la progresía culta -¿qué soy yo para los Airota, la joya de la corona de su amplitud de miras?-, vivir la contradicciones del candente feminismo bullente de aquellos años en que estaba casi todo por hacer -y en esas seguimos, ¡oh, Lilith!- como madre, como hija, como nuera, como amiga, como esposa, como amante, como ama de casa -quizá esta la más paralizante y a la vez la más reactiva función después de tanto prepararse para comerse o, cuando menos, darle unos mordisquitos al mundo-. 

    Lila se queda y debe sobrevivir dentro del silente sistema que todo lo envuelve y que nadie nombra. Ni siquiera Ferrante. Para ello, también ha de buscarse a sí misma y hacerlo en contra de casi todo lo que la rodea. Es joven, mucho, y no se resigna a renunciar al amor, ni a soportar al cabestro de su marido, ni el yugo -además de yugo, lascivo- del patrón que, no obstante, acaba dependiendo o mejor sería decir pendiendo del mismo entramado corrupto que gestiona Nápoles. Si Lenù se aferró a Pietro, Lila encuentra otro asidero dentro del barrio, Enzo, y es también a través del estudio que este busca su salvación. Mientras la que se fue busca en las palabras, en la reflexión, ellos, asalariados, buscan en la técnica, en el trabajo. Fuera, la teoría, el feminismo, la política de aula (y de salón), dentro, la producción, la lucha de clases efectiva y el nacimiento de la informática. Ese es el carro al que se suben Enzo y Lila. Lila que es un revulsivo para ella misma y allí donde para, sea su hogar, un barrio, una tienda, una fábrica… Sin embargo no es quien quiere dinamitar las estructuras.

Entremedias el amor. Romántico y reivindicativo en Lenù. Escéptico y defensivo en Lila. En la fábrica el amor se convertía en una distracción que atenuaba el cansancio y el aburrimiento, daba una impresión de verdadera vida. La familia y la sospecha de como se reproducen los modelos. Los cambios de la gente de toda la vida, salidas de armario, asesinatos políticos y venganzas camorristas, la habilidad de los dueños del barrio para modernizarse los primeros…

Ambas amigas se cruzan, desde sus distintas posiciones sociales, ambos medios se encuentran y se enfrentan o se apoyan. No existen los compartimentos estancos, el presente viene del pasado y camina hacia el futuro. Ambos espacios se necesitan, se retroalimentan, se contaminan, se agreden. No son realidades paralelas. Al comienzo Lenù se lo intenta decir a Lila que no quiere escucharla: … se trataba de una cadena con eslabones cada vez más grandes: el barrio remitía a la ciudad, la ciudad a Italia, Italia a Europa, Europa a todo el planeta. Hoy lo veo así: no es el barrio el que está enfermo, no es Nápoles, sino el planeta, es el universo, o los universos. Esto se lo dice en 2005, aún ha de transcurrir La niña perdida.

Novela de tránsito imprescindible. Con y sin coma.

Las chicas de Emma Cline

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Las chicas se basa en las jóvenes que perpetraron los salvajes asesinatos de Sharon Tate -joven actriz embarazada de ocho meses y medio en el momento de la carnicería-y otras cuatro personas más que entonces estaban en su acomodado hogar. Según la autora, lo hace, no para recrear los hechos ni para centrarse en su gurú y motor, Charles Manson, sino para ilustrar una edad y una decisión errónea.

    Lo primero que nos presenta Emma Cline es la imagen de las tres chicas, hermosas, relucientes, distintas –como realeza en el exilio-, desafiantes, risueñas, mágicas –gráciles y despreocupadas, como tiburones cortando el agua-. A continuación comienza la novela y lo primero que nos describe es el espacio cotidiano donde perderán la vida un hombre, dos mujeres y un niño. Este breve apunte y la narradora se desvela en la actualidad: alguien está irrumpiendo en la vivienda donde deja pasar los días. Teme. Son dos jóvenes, un chico, Julian, hijo de Dan, el amigo que le presta la casa, y Sasha, su chica.

    A excepción de la cuarta parte, comienza cada una de las otras tres con su estancia compartida por la joven pareja en la casa prestada de un ciudad anodina con un mar frío, donde cultiva la invisibilidad. Los hechos de 1969 siguen vivos en su mente y Julian sabe de su participación, lo que parece despertar el interés de ambos por ella, Evie. Mientras tanto ella observa la relación que hay entre los dos, la vulnerabilidad y la dependencia de Sasha frente a su amado. La misma vulnerabilidad y dependencia que ella sintió desde un principio por Suzanne, una de las tres chicas de Russel (trasunto de Manson).-Gran parte del deseo, a esa edad, era un acto deliberado. … Más tarde lo vería: lo impersonal y rapaz que era nuestro amor, enviando una señal por todo el universo con la esperanza de encontrar un depositario que diera forma a nuestros deseos-.

    1969. Evie tenía 14 años, no era lo suficientemente guapa para no sacar notas brillantes, tenía una amiga en plena fase de desencuentro y, como tantas adolescentes, se sentía un bicho raro; sus padres, recién separados, se desentendían de su hija para centrarse en sus vidas. El afán de recibir amor, el deseo de gustar, la vergüenza de saberse sola, la necesidad de dar sin tener a quién, todo ese infinito mare magnum en el que se debaten las aspirantes a la edad adulta -¿existe tal cosa?- le hacen refugiarse en la comunidad a la que pertenece su adorada Suzanne, esa chica que parece flotar y sin embargo la mira y ella siente que la ve por dentro, tal y como es. Reparar en la seguridad que a todas Las chicas les proporcionaba el grupo, la desinhibición de sus movimientos, de su forma de actuar, frente a la amistad aniñada y caprichosa conocida hasta entonces, la falta de recursos emocionales por parte de madre y padre, el atractivo de lo prohibido con el consiguiente abuso de las drogas que le permiten dejarse llevar, desasistirse, la necesidad de abandonar la tutela de sus progenitores -los niños no son propiedad nuestra: … mi madre no era mi dueña solo porque me hubiese parido-, el amparo de saberse conocedora y partícipe de un ritual selecto y selectivo, junto a la sugestión -casi autosugestión- de salirse del cliché de la gente normal y la sensación de poder frente a esta plebe alienada, le hacen sumergirse más y más en el clan de Russel.

    En el fondo siempre late la resistencia a ese rol de chica, lo que de ella se espera -Sasha lo reproduce ante Evie-, conformarse, esperar, atajar el dolor con un gesto de cortesía, al igual que su madre cuya imagen está definitivamente rota como modelo -también la de su padre-. Desgrana con gran acierto una edad compleja y especialmente agresiva con las futuras mujeres que, probablemente, como Evie, crecerán con miedo: al otro, a sí mismas. Aún crecen con miedo. Lo describe desde la madurez, por lo que en ocasiones se cruzan las dos voces, si bien esto no crea confusión. Se echa en falta una mayor profundidad en el personaje de Suzanne que llega como un deslumbramiento y permanece oscura. Quizá porque oscuros permanecen los amores primeros, sobre todo si arrastran y condicionan el devenir personal. Como a Evie. 

    Una buena novela.

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Un mal nombre de Elena Ferrante

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Es la segunda novela de la tetralogía napolitana, tras La amiga estupenda. Un mal nombre solo contiene una parte, se titula Juventud y consta de 125 entradas.

     Comienza Lenù hablándonos de una caja metálica con ocho cuadernos que Lila le entrega haciéndole jurar que no los leerá. En su interior está Lila, clara y contundente. Lee todo y después lo tira al río, pero con 66 años, que es cuando emprende esta narración para convocar o para no olvidar, recuerda perfectamente, lo que le permitirá a la narradora profundizar en la vida y los sentimientos de su amiga, incluso entrar en su pensamiento durante un breve fragmento, el 113.

   Retoma el relato exactamente donde lo dejó, en el banquete de bodas. La adolescencia queda atrás para ambas, pero sobre todo para Lila que pasa a formar parte del universo femenino adulto -… qué es esta argolla de oro, este cero brillante dentro del que he metido el dedo-, dándose de bruces con una tela de araña que envuelve el barrio entero, custodiada por una ley del silencio antigua, conocida y respetada por todos y por todas, de la que son artífices los mafiosos del barrio, antiguos compañeros de colegio. En este contexto profundamente machista en el que las mujeres tienen una función clara de sometimiento y obediencia -… unas veces tocan bofetones, otras veces tocan besos…- y un fin fundamental, la procreación, ellas mismas presionan, temen y condenan el rechazo de este papel tradicional. Lenù las observa: … Parecían haber perdido los rasgos femeninos que tanto nos importaban a nosotras, las muchachas (…) Habían sido devoradas por el cuerpo de sus maridos, de sus padres, de sus hermanos, a quienes terminaban por parecerse cada vez más a causa de las fatigas o la llegada de la vejez, la enfermedad. ¿Cuándo empezaba esa transformación?… En el juego de espejos que desarrolla con Lila, en el que tanto se aproximan como se alejan, no deja de admirar su coraje y reconocer su sinuosa rebeldía, y al mismo tiempo esto le sirve para tener algo muy claro: estudiará, se irá de allí. Ni una ni otra son personajes lineales, una se queda en el barrio, pero es la que quiere partir quien reconoce en sí misma maneras que se transmiten de generación en generación: la voz melosa de las mujeres, la máscara de docilidad y sumisión del padre, el temor de ambos… Cada una desea y aborrece al mismo tiempo, alternativamente, lo que la otra tiene.

     En determinado momento Lila acepta su rol y asume voluntariamente el nombre que le corresponde que no es Raffaella Cerullo de Caracci, sino Señora Caracci. Acepta todo, el dinero sucio del esposo, su papel de incubadora, de sparring, de tendera… Pero solo tienen 19 años y la historia progresa. Lenù vive su despertar de otra manera, el estudio la sitúa fuera del barrio, aunque ella siga dentro de él, aunque el barrio siga dentro de ella. Ambas desconfían, se observan de lejos o de cerca, se enfrentan, se ignoran, se tienen en cuenta, se quieren, y en este largo proceso, se retroalimentan. Lenù teme que si Lila vuelve a estudiar la supere, Lila pretende despreciar el discurso intelectual que ya no se siente capaz de alcanzar. Mientras, en Nápoles, algunos amigos intentan cambiar y no ven la violación como una forma de relación válida, los mayores envejecen y las riendas cambian de generación aunque no por ello se aflojan, la conciencia de clase va creciendo entre algunos de ellos. Y Lenù consigue alejarse e ir a estudiar a Pisa. Allí se le abre un mundo diferente en el que va, mal que bien, encajando y lo hace, en parte, no tanto a través de su dura dedicación a los estudios en los que es brillante, como a través de algunos hombres que la eligen, cuya posición la ilumina a los ojos de los demás y la impulsa. Sin embargo, cuando vuelve a Nápoles, siempre con el temor de no poder salir de allí, repara en que lo que ha aprendido en su ciudad natal, con Lila como referente en muchas ocasiones, a defenderse con uñas y dientes, le ha sido de gran utilidad en Pisa, ahora bien, lo que ha aprendido en Pisa, los buenos modales, la voz y el aspecto cuidados (…) eran muestras de debilidad que me convertían en presa segura, de esas que no se libran. Ah, Nápoles, abigarrado e intenso telón de fondo que respira por dentro y por fuera de las dos amigas.

     La tetralogía continúa. Siguiente: Las deudas del cuerpo. Y sigue siendo excelente. Imprescindible.

Transición de Pablo Fernández Barba

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Transición es la novela gallega que ganó el XVI Premio Vicente Risco. A pesar de ello ha habido problemas con su edición, problemas afortunadamente solventados, pero que no dejan de poner en solfa el modelo editorial que arrastramos y que se resiste a adaptarse a los nuevos tiempos. Mas eso es otro cantar del que la salvó Urco Editora.

     En determinado momento de Transición se pregunta el narrador por el precio del silencio. Sin entrar en poesías inquiere:

El silencio no pesa, así que, ¿cuánto cuesta un quilo de  silencio?

El silencio no ocupa, así que, ¿cuánto cuesta un ferrado* de silencio?

Pero el silencio sí dura, así que, ¿cuánto cuesta un año de silencio?

     Transición, la nuestra, la modélica y exportable santa transición española. ¿Aún la quiere alguien? Ella es el telón de fondo -uno, hay otro que, en buena lógica, viene de antes- y también el motor que impulsará el futuro de nuestro cronista, alguien que por azar y por hablar gallego -esto sí que es inusitado dado lo maltratada que ha sido y sigue siendo esta preciosa e histórica lengua- consigue ascender de los sótanos del renombrado periódico donde trabaja a hacer un reportaje que podría cambiar sus perspectivas de futuro laboral -o sea, casi todo-. ¿Es una novela negra? Negrísima. ¿Una novela gótica? Demonios hay, unos cuantos; niebla, para parar el tráfico hasta en la carretera general; el reportero, un halo de romántico tiene entre Esmeralda y Lorena. ¿Una novela política? El marco histórico es amplio, pero los poderes permanecen difusos. Y actuantes. Quien quiera puede sentirlos. ¿Un falso reportaje que mezcla verdad y ficción? Desgraciadamente muchas veces la realidad supera a la ficción, si bien esta es dura y correosa, llevada con soltura e ironía, sin ningún tipo de complejos ni pelos en la lengua. Se ve que le gusta el cine y se sirve de él para contextualizar momentos precisos de nuestra historia -nada lejana, por cierto- o para establecer símiles, y que se permite licencias a la hora de enjuiciar lo que le apetece, aunque sin excederse. Se nota que el autor, a pesar de lo duro de la trama, ha disfrutado escribiéndola y eso se transmite. Son seis días en una investigación al principio algo morosa, el innominado periodista busca no sabe muy bien qué y se explaya por el camino hasta que llega el meollo del asunto que ha de reportar con celeridad a las altas esferas del gran diario de tirada nacional. No ahorra realismo en los peores estertores -entiéndanse en sentido real y figurado- ni en los crímenes atroces. Y como dueños del relato, los señores de la prensa. Esa que no quiere adaptarnos a los nuevos tiempos y sigue informando de aquello que poderes económicos o fácticos consideran que podemos o debemos saber. Desinformando. ¿A cómo irá el quilo de silencio en los medios de comunicación?

     Vale la pena leerla. Ya lo creo. Muy bienvenido este nuevo autor.

  Y lo que más lamento es no hacer esta reseña en gallego -eterna asignatura pendiente- dadas mis pobres habilidades para expresarme en él. Podería facelo pero aínda o faría peor.

* En Galicia un ferrado es una medida de superficie que varía dependiendo del lugar.

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La amiga estupenda de Elena Ferrante

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Elena Ferrante con sus Crónicas del desamor, tres breves e intensas novelas centradas en tres diferentes episodios -o podríamos decir 3 papeles: hija, esposa, madre- cuestiona y despliega presente y pasado de cada protagonista. El futuro queda, como tal, abierto. La amiga estupenda va más lejos y aborda dos vidas y su estrecha y vinculante relación de amistad con sus dependencias, equívocos, encuentros y desencuentros.

     Elena Greco, Lenú, tiene 66 años cuando su amiga Lila -Lila para ella, para los demás Lina o Raffaella- desaparece sin dejar el menor rastro de su existencia. Cabreada, comienza la historia de Lila que es también la suya: Veremos quién se sale con la suya. A continuación procede con su infancia y su adolescencia. Las de ambas, ligadas desde el principio por una atracción mutua y por una amistad sellada en la búsqueda de sus dos muñecas perdidas -inevitable recordar la muñeca de La hija oscura y dar vueltas a todos los significados que ese juguete tan sexualmente definido puede tener en la obra de Ferrante y en la vida de las niñas y de algunos niños, cómo no-.

     La Infancia es también la Historia de don Achille, el cacique del barrio. Desde el comienzo ambas tienen un papel, Lila es la mala, la lista, la de piernas ágiles y valentía feroz; Lenú, la rastreadora de sus vidas y sus relaciones, acepta lo que entiende como hechos probados, conformándose con ser la mejor después de su amiga, se presenta a sí misma como una niña que busca agradar, ser aceptada y un tanto despegada de sus actos. Crecen en Nápoles y es esta ciudad la tercera protagonista de la novela. Un barrio obrero con su cacique omnipresente, temido y silenciado en cada casa. Una escuela donde las jerarquías se sienten y se visibilizan, las diferencias van inscritas en cada uno de los niños o de las niñas, pero ellas, las alumnas, cuentan con otro enemigo tan peligroso y es el propio hogar. Cualquier hombre, ya sea padre o hermano, … en una cadena de agravios que genera agravios, descargaba sobre los familiares y las mujeres, las madres en apariencia silenciosas y complacientes, cuando se enfadaban iban hasta el fondo de su rabia sin detenerse nunca. Las hijas pues están al final de la cadena de revanchas y crecen en el miedo. En el miedo a todo. Es época de posguerra … nuestro mundo estaba lleno de palabras que mataban: el crup, el tétanos, el tifus petequial, el gas, la guerra, el torno, los escombros, el trabajo, el bombardeo, la bomba, la tuberculosis, la supuración… Sin embargo Lila no parece temer a nadie. A finales de la primaria ellas, que gustan de leer y de aprender, están convencidas de que el estudio les proporcionará la riqueza.

     La adolescencia es también la Historia de los zapatos, zapatos que pondrán los pies de Lila sobre la tierra que le corresponde –Los sueños de la cabeza han acabado bajo los pies-, que definen a Nápoles. Nápoles: Sin amor, no solo se seca la vida de las personas, sino también la de las ciudades. Termina cuando ambas tienen dieciséis años y vidas muy diferentes. Dos evoluciones que se separan y una misma clase social. Dos cuerpos y dos intelectos unidos y dispares que se quieren, se siguen, se enfrentan, se separan, se buscan, se miran entre sí. Pero es Lenú quien lo cuenta y para contar necesita -y teme y envidia- a Lila. Conflictos con el cuerpo, con el sexo, otra mirada sobre el entorno y un concepto de riqueza diferente que toma el testigo de Don Achille. Y la confirmación de que la plebe, por la que la profesora Oliviero preguntaba a Lenú … éramos nosotras.

     Me importa muy poco quién es Elena Ferrante. Sabe muy bien sobre lo que escribe, sobre quién escribe y lo hace de forma magistral. No juega con el lector. Tan claro quiere que esté todo que, antes de empezar, nos presenta a los personajes con los triviales datos que ubican a cada cual en su familia, en su casa. La infancia es breve y define a la perfección de donde parten. La adolescencia es turbia, confusa, equívoca y arranca con un episodio que la define a la perfección. Un desbordamiento. Y es Lila quien lo padece, no Lenú, víctima no obstante de granos, miopía… La narrativa no es lineal, pero se desliza como la seda con orden y gran concierto. Le siguen otras tres novelas que conforman la vida de dos amigas y mucho más. Imprescindible.