La tía Mame de Patrick Dennis

Edward Everett Tanner II en doce de sus dieciseis novelas firmó con el pseudónimo de Patrick Dennis, en las otras cuatro lo hizo con el de Virginia Rowans (porque le obligó la editorial, en realidad él quería firmar con el nombre de su marca de tabaco favorito: Virginia Rounds). Su padre, avezado deportista y destacado piloto durante la I Guerra Mundial, le llamaba Pat, en honor al boxeador Pat Sweeney, intentando marcar un estilo del que su hijo se situaría muy lejos: a Edward sólo le interesaban la literatura, el teatro y el cine (no obstante sí participó en la II Guerra Mundial, pero mucho más apegado a la tierra, como conductor de ambulancias).

     La tía Mame vio la luz en 1955 tras ser rechazada por casi una veintena de editoriales y, una vez conseguida su publicación gracias a un neófito en Vanguard Press, la falta de confianza en la obra, redundó en la carencia de publicidad, por lo que nuestro ya Patrick Dennis y un amigo se dedicaron a promocionarla librería a librería, alcanzando cifras de venta récord durante dos años, 1955 y 1956. Su secuela no alcanzó tamaña proeza, pero nuestro autor pudo prescindir de su alimenticio trabajo y además se enriqueció. Y es que La tía Mame es un regalo para el humor.

     La hermana de su padre, que murió con 94 años, reivindicaba ser la inspiradora del personaje, pero, recorriendo la vida de nuestro ínclito personaje, es más que plausible que, como tantos autores, cogiera de ella, mas también de sí mismo: su biografía es una mina de ires y venires repletos de subidas y bajadas emocionales, económicas, geográficas, etcétera. Baste decir que, además de arruinarse, años antes de morir, trabajó de mayordomo -a su decir, con regocijo: I’m embarking on what is probably the best career that I will ever have– para el fundador de MacDonald’s.

     Un niño de 10 años, Patrick Dennis, queda huérfano y va a parar a manos de su Tía Mame, de quien su propio padre, no muy apegado a la criatura dice que … era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro… A partir de ahí, durante los diez capítulos restantes -el primero nos describe su llegada a la sofisticada leonera de Mame- asistimos a una serie de historias conectadas, que siguen una línea temporal, y corresponden a las distintas aventuras de la estrafalaria, genuina, instruida y libérrima protagonista. Patrick es rico por herencia y su padre, a pesar de dejarle con su hermana, puso a buen recaudo su fortuna y su plan educativo con un dickensiano fideicomisario. La tía, bueno, la tía, en principio también es acaudalada, pero el crack del 29 -tras unos felicísimos años veinte- le pasa factura -a la familia Tanner también se la pasó- y con ello comienzan sus primeras vicisitudes. Aventuras y desventuras de tía y sobrino que finalizan siete años después de la Segunda Guerra Mundial.

     Un humor chispeante, ocurrente y desihibido. Un personaje intenso, apasionado y, también, desesperante, que fue recogido por el cine y el teatro durante largas temporadas -La tía Mame fue representada por Rosalind Russell en el cine y el teatro, donde fue sustituida, sucesivamente por Greer Garson, Beatrice Lillie, Constance Bennett, Sylvia Sidney y Eve Arden- con una coreografía a su servicio, como debe ser para que brille. No se me ocurre mejor libro para desengrasar. Yo quedé tan ligera que me dispongo a revisitar a Kafka. Y no es broma.

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Tuyo es el mañana de Pablo Martín Sánchez

Tuyo es el mañana

 

El día dividido en seis bloques de tiempo: Medianoche, madrugada, mañana, mediodía, tarde, noche. Cada bloque integrado por seis voces, cada voz ocupa un puesto diferente en las distintas partes conforme a una secuencia. Seis personajes narran cuanto les acontece a determinadas horas entre las 00.00 y las 23.15 del día 18 de marzo de 1977. Nada es aquí aleatorio, la arquitectura es un juego de números al que se suma una introducción a los distintos tiempos del día. En ella, una voz diferente se dirige a un niño describiéndole sus origines, su nacimiento y poniéndole en situación sobre dónde está. Es también quien despide el libro, sumando siete intervenciones, cerrando el círculo y alargando su trayectoria, abriendo otro lapso por vivir.

    Clara, una niña sensible e insomne que no quiere ir al colegio por temor a un compañero de clase, una niña con miedo a las reacciones de los mayores, pero pizpireta y audaz con la que es indudable que el autor se divierte hasta que avanza la trama y cumple su cometido en ella. Y que se formula un pregunta que no puedo por menos que consignar aquí: si yo soy la pluma, ¿quién es la azada? (ver respuesta en el libro). Gerardo, un profesor de Política con un duro pasado de tortura y de pérdida que va más allá de su deseo expreso de mantener la memoria como forma de resistencia. Solitario III, un galgo inmigrante irlandés de mucho pedigrí cansado de correr para la gente, animal sensible con atroces pesadillas y cuyo nombre cambiará a lo largo del relato. Carlota, una estudiante de Periodismo liberada, ambiciosa, pero precavida. Un Don José Maria Raich y Ros de Olano -con tanto apellido no podía sino proceder del difuminado régimen franquista- machista, prepotente, mirón, petulante y putero. Y por último Dª Maria Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre del ínclito, sacrificada progenitora como dios manda cuya voz, como la del galgo, no es de este mundo, condenada ella, que fue la discreción personificada, la pureza misma, a ser una mirona -menos mal que está la televisión que la informa y entretiene-. La mayoría de los personajes tienen problemas para conciliar el sueño, el miedo es una constante en las vidas de Clara y Solitario, un recuerdo obsesivo en el profesor y en Dª Lola, algo nuevo para Carlota y D. José María. Los hechos se suceden por boca de los protagonistas, otros intervinientes acompasan los hechos, dan pie a las voces para desplegarse y a avanzar la trama que se precipita en la última parte encajando el rompecabezas que hemos ido componiendo con toda la literatura -e información- que, generosamente, nos ha proporcionado el autor.

    Estupenda novela ubicada en plena transición, con diversas líneas argumentales abiertas y sin cerrar, como en estos tiempos. Bien podría situarla en 2017, todo estaba y está sin resolver en nuestro figurado cambio de sistema -quizá el terrorismo no, este ha cambiado de piel-. Las mismas líneas argumentales siguen abiertas. Este Oulipo, Pedro Martín Sánchez, las despliega y, para nuestro divertimento, las adereza con variopintas cotidianeidades, algunas lúdicas, otras no tanto, todas significativas en el desarrollo de los portadores de esta urdimbre, algunas curiosas, otras.., otras se ve que le gustan, sencillamente, y hacen de esta obra un lectura enriquecedora y al mismo tiempo que inquietante, retozona. Un placer.

El alumno Gerber de Friedrich Torberg

El alumno Gerber

 

Doce capítulos apropiadamente encabezados con un título esclarecedor. Gerber y el resto de sus compañeros vuelven al instituto para cursar su último curso superado el cual serán bachilleres y podrán optar a un buen trabajo y/o ser funcionarios. Pero desde el primer día todo toma un mal cariz. Friedrich Torberg tuvo que repetir el último curso. Al año siguiente, en 1929, varios artículos hablaron del suicidio de diez estudiantes en una sola semana. Esta novela vio la luz en 1930, dos años después de la obtención del codiciado título por el autor que tenía 22 años en el momento de su publicación. Mucho de Gerber ha de estar en él.

      Si al comienzo seguimos la mirada del alumno, una vez conocida la noticia, el autor pasa a descubrirnos al artífice de tanto desasosiego entre los y las estudiantes de octavo: el profesor de matemáticas conocido como el dios Kupfer. Escogía a sus víctimas como un gourmet selecciona la carne de venado más sabrosa, se reservaba las partes más jugosas y el deleite que le producía cortarlas en pedacitos era tal que bastaba para saciarlo. Pertenece a ese tipo de personas, funestas en cualquier ámbito, pero especialmente dañinas en la enseñanza, que se hacen fuertes en su trabajo e, incapaces, ya no brillar, ni siquiera de llamar la atención fuera de él, despliegan todas sus armas -a eso no se le pueden llamar habilidades- en demostrar su ansiada superioridad y omnipotencia que solo dura, en este caso, lo que dura el curso -diez meses ni más ni menos en tan vulnerable edad, una eternidad-. Él era ejercido por su profesión. Y lo hacen sobre quienes de ellos dependen, llámeselos alumnos o alumnas, empleados o empleadas, usuarios o usuarias, esposas, etc. Sabía que, mientras estuviera fuera de la esfera de influencia del instituto, no podría imponer nada a nadie.

      Si bien Torberg nos dice de la madurez de Gerber, no deja de ser un joven con todos los frentes abiertos: esperanzas y dependencias familiares, amores inestables, personalidad en formación… No cabe duda de que el autor aún lo tiene fresco y nos despliega una mirada amplia y rica sobre los conflictos que ha de resolver un adolescente en ese ecuador preestablecido que se supone separa la juventud del arranque de la edad adulta. Así nos conduce por los distintas vicisitudes que ha de afrontar el joven Gerder a manos del dios, pero también de su amada Lisa -a quien ama sobre todo porque, a diferencia de él, que se situaba por encima de cualquier situación, ella las recibía de frente-, el peso la imagen que quiere representar entre sus compañeros y la que cree que representa, sus obligaciones para con el padre, sus propios deseos o la ausencia de ellos… hasta llegar a una tensión final en la que los distintos vericuetos que su ardiente mente recorre se superponen en un relato subjetivo que a la postre, quien sobrevive a él, tal vez intente olvidarlo -si lo consigue o no es otra historia-, tal vez no, tal vez relatarlo.

      Un libro interesante y sincero que todavía es recomendado como lectura en algunos cursos de pedagogía alemanes y austríacos. Muchos elementos -entre ellos la capacidad y las motivaciones de los evaluadores- son, cuando menos, discutibles.