King, una historia de la calle de John Berger

Las obras de Berger no suelen ser obras compactas, cerradas, controladas hasta en los más mínimos detalles, pero están llenas de los más mínimos detalles, abren zonas oscuras, quiebran discursos lineales, derraman hechos, sensaciones, sentimientos, preguntas, imágenes… y cada frase, cada palabra tiene su propio sentido y se relaciona con todo lo demás.

     King es un perro vagabundo, sin embargo está unido a una pareja que vive en un solar abandonado que a pesar de ello tiene un dueño y una particular geografía. Su amigo del alma se hace llamar Vico, como Giambatista Vico y se hace llamar así porque Vico fue el primer pensador que se dio cuenta de que Dios no tenía poder, Vico supo, reconoció y escribió que los perpetradores de la Historia eran los hombres y que, por lo tanto, la Histotia era en sí una ciencia susceptible de ser conocida y estudiada ya que no dependía de ningún ser supremo. Y a través de los ojos de King, vamos a seguir la historia de este otro Vico y su compañera, Vica, y de aquellos que habitan este paisaje ignorado que va a dejar de ser ignorado para entrar en un proceso lucrativo y, en consecuencia, de progreso, civilizador. Lo que nadie veía porque estaba escondido en las proximidades de una gran autopista se ha hecho visible y quienes allí están pasarán a ser una molestia: un error. No existe un error derrotado. Los errores existen o no existen, y si existen, han de ser escondidos. En esta novela sobre las personas excluidas del circulo de consumo en el que la humanidad gira, por respeto y para evitar la compasión, elige Berger la mirada de un perro y los trazos filosóficos de un napolitano que inició otro forma de mirar, alejada del cartesianismo y más próxima al ser humano –¿Cómo puede salir nada real de una abstracción?-. El contraste entre la mirada limpia de King y los acontecimientos que van cercando a los protagonistas –La violencia es por lo general rápida. Cuando es lenta … no hay escapatoria.-; el concepto del tiempo estancado por la falta de perspectivas y el dolor del pasado -… yo ya sé que en la hora siguiente no voy a hacer lo que tengo que hacer. Tengo que poner fin a esa hora.-, el olor del fracaso y de la locura… Es un libro breve, el paseo de un perro en apenas un día, no es desgarrador, sí punzante. Os lo habéis buscado. Esa es la frase que por lo general precede a la tortura, a la violación, al asesinato

     Los pobres, si están cerca, molestan. A los pobres, como a los herejes del XVII -a Bruno, por ejemplo, 68 años antes de nacer Vico-, los queman. Giambattistas Vico decía que la historia se repite, pero en forma de espiral, como un eterno retorno que se va ensanchando. Piensa el perro en esta novela que si hay una fuerza del mal -que sí, a mí me parece que la hay, y es muy potente-, tiene que haber la contraria. Pero King es solo una narración más, formalmente, no ambiciona tanto como G, tampoco se lanza a un recorrido tan exhaustivo, pero sigue comprendiendo -en sus cuatro acepciones: abrazar, contener, entender, justificar- lo esencial.  Es un grandísima novela. Y el final es magnífico.

Anuncios

G de John Berger

Cuando en 1972 John Berger recibió el Premio Booker por esta novela, la mitad del premio se la cedió a los Panteras Negras y con la otra mitad financió lo que sería Un séptimo hombre, estudio sobre las experiencias de los trabajadores migrantes, trabajadores explotados por empresas como Booker McConnell, que le otorgaba el premio y cuyos vínculos con las plantaciones en régimen de esclavitud en los países del Caribe denunció en el momento de recibirlo acompañado por un representante de los antedichos Panteras Negras. Ese mismo año, a la encorsetada visión del arte recogida por Kenneth Clarks en la serie televisiva Civilización, Berger respondió con la inteligente, fresca y diferente Modos de ver que, a quien no la haya visto, le recomiendo no pierda el tiempo y se vaya ya a disfrutarla en Youtube.

     Toda minoría dirigente tiene que acallar y, si es posible, matar, proponiéndoles un presente continuo, el sentido del tiempo de aquellos a quienes explota. Como minoría dirigente dentro de su propia novela, John Berger, paradigma de la coherencia, nos ofrece una novela fraccionada, donde, como en un fresco dialéctico y marxista, todo está relacionado, ahora bien, ciertamente, los y las lectoras no somos explotados, pero sí impelidos a cuestionar, obligados a relacionar, arrastrados a mirar. No es fácil abordar esta obra, si bien para eso ha sido escrita y por eso mismo abre tantos flancos, empezando por el título, G. Siguiendo un principal hilo temporal, conocemos a los progenitores del ilegítimo G: un burgués algo ridículo, pero afortunado y temeroso de las masas, y una norteamericana liberada, pero hija de un general británico y perteneciente a una clase extemporánea y parásita que considera que el honor comienza con un hombre y un caballo. En la narración, el exquisito sentido del humor bergeriano es acompasado por las circunstancias históricas, en general simultáneamente al desarrollo de los hechos, hechos estos que, curiosamente, parecen no afectar personalmente a G, fruto extraño de una sociedad en continua decadencia que dialoga o se contrapone a otra sociedad emergente en la que a su vez también se establece una dialéctica frente a la que G pretende permanecer al margen. G de Garibaldi, o de Don Giovanni -es decir, Don Juan-, o del mismísimo punto G. Porque diríase que este joven al que acompañaremos durante momentos trascendentales de finales del XIX y principios del siglo XX hasta llegar a los comienzos de la Gran Guerra, tiene una habilidad especial con las mujeres, cuya vida cambia al conocerlo. No es ese ángel pasoliniano que unos años antes cambiaba las vidas de una familia burguesísima en Teorema, mas es inevitable recordarlo y avistar una cierta sintonía entre ambos escritores de izquierdas.

     Demasiado prolijo decir cuáles son las líneas fundamentales que desarrolla la novela. Están las guerras y los conflictos de clase, necesariamente conectados. Ya en el primer capítulo se anuncian con la sencilla mención de la inocencia de la nación italiana y Garibaldi –¿Con qué clase de hombre -con su total integridad personal- se podía engañar más satisfactoriamente a la mayoría de la nación italiana?-, continúan con la matanza perpetrada por el general Beccaris en 1898 contra la clase obrera milanesa en manifestación, sigue con la guerra de los Boers y una magnífica síntesis en un párrafo memorable sobre el imperio británico del que no me resisto a recoger el final: Una mitad del Imperio disfruta del verano, mientras la otra mitad está en invierno; a la hazaña realizada por el peruano Chávez de cruzar los Andes, la acompañan, sotto voce, las matanzas belgas perpetradas en el Congo, nada lejanas de otras similares en otras colonias, mientras G cena primero y pasea después con un ingeniero de la Peugeot y un directivo de la Pirelli, clase dirigente que tiene claro cómo relegar a Marx y superar las posibles revueltas obreras: Los dirigentes de las masas trabajadoras no querían el poder. Sólo querían mejoras. […] De vez en cuando sacan a relucir la palabra socialismo. Esa palabra equivale a la ruptura temporal de las negociaciones, pero siempre con la intención de reiniciarlas. Si formamos adecuadamente a la gente, si aprovechamos la ciencia moderna, refrenamos el poder de la monarquía y confiamos en el sistema parlamentario, no hay razón alguna para pensar que el orden social actual vaya a cambiar violentamente. Desemboca en los conflictos nacionales centrados en la ciudad de Trieste poco después de las guerras balcánicas -guerras recidivas- y a punto de unirse Italia a la Primera Guerra Mundial, a una de cuyas más sangrientas batallas asistimos mientras que el austríaco Von Hartmann de las fuerzas de ocupación austrohúngaras reflexiona sobre el poder que ejerce sobre su mujer.

     Esta es parte de la convulsa realidad social que se entrevera en la vida de un diletante cuyo centro de interés parece radicar en las mujeres y es a las mujeres –Para Anya y para sus compañeras del Movimiento Feminista de Liberación Femenina– a quien va dedicado el libro. G, por momentos, ejerce de catalizador, por momentos semeja asumir la voz del autor, a veces se diría un dios iluminador o un mito erótico. G sirve para desvelar la situación de dependencia femenina que, con la maternidad, triplica su papel a interpretar -objeto sexual, marioneta social, agente de los hijos del esposo-, se demuestra ajeno a cualquier conflicto social, pero desempeña un rol frente a las mujeres y es un rol sumamente egocéntrico e hipersexualizado. G no es sino un instrumento que a medida que el tiempo avanza, se siente más insatisfecho y su forma de intervención es, invariablemente, por mediación femenina. Frente a los distintos tipos de mujer que se cruzan en su camino, ejerce un papel de superioridad por su sexo y por su estatus económico, sin embargo, a veces, se da una aparente fusión con el autor que, sin embargo, de vez en cuando, también explicita su posición como tal dentro del relato. En todo caso, la voluntad femenina de desembarazarse de sus roles, consciente o inconscientemente, está ahí y solo le cabe crecer lo cual, para el propio personaje tiene sus consecuencias, como las tiene el paso del tiempo y el aburrimiento. 

     Una novela ambiciosa que parte de la premisa de que la narración ya no puede ni debe ser lineal, que la precisión no existe, que tampoco valen las generalizaciones -y en la sexualidad, menos-, que sí que existe el miedo y algo por encima del miedo, que… Vale la pena leerlo. Está maravillosamente escrita, con temas y sensaciones que viven, avanzan, se repiten, lírica, erótica, reveladora, lúcida. Es amplia, es profusa, es rica, es polémica, sigue siendo actual.  Es, era, siempre será, John Berger, más joven, más arriesgado, más temerario.

El cuaderno de Bento de John Berger

 

Bento, Benedict de Spinoza, buscaba, como los presocráticos, una substancia primera (o una causa última), la razón original y, afecto a Euclides y a Descartes de los que se vale para el desarrollo de su Ética, concluye que esa substancia primera que se justifica en sí misma es Dios a quien identifica con la Naturaleza. Hasta qué punto fue creyente o no, se puede discutir o dilucidar, pero lo cierto es que, sufriendo represalias por su forma de pensar, decidió no seguir publicando, ganarse la vida puliendo lentes y desarrollar su filosofía en privado, compartiéndola únicamente con personas de confianza. Decidió con libertad, en el sentido que él mismo dio a esta palabra, viviendo de acuerdo a un corpus de pensamiento que premiaba la reflexión y aceptación de aquello que no puede ser cambiado, con conocimiento de causa, evitando el error.

     John Berger iba para pintor, pero abandonó el pincel, empuñó la pluma, lo hizo desde un punto de vista personal y, también, marxista, impelido por la situación que vivía la sociedad, inmersa en la guerra fría y la injusticia social. Como Platonov, sobre quien recoge apuntes y un dibujo en este cuaderno, que abandonó la escritura para ejercer su profesión de ingeniero agrícola ante la sequía y la hambruna que asolaba a sus compatriotas soviéticos.

     El cuaderno de Bento data de 2011, la publicó pues con 85 años, tras una vida larga y rica en experiencias y en conocimientos, generosa y arriesgada, sabia, profunda, comprometida y solidaria. Según los amigos de Spinoza, este solía dibujar en un cuaderno y Berger juega a imitarlo, a citarlo e, incluso a interpelarlo. Con esa forma de mirar que, con tanta perseverancia, ha intentado transmitir en libros, guiones, películas, documentales, etc. recoge fragmentos de Spinoza -fundamentalmente de su Ética-, y añade sus dibujos, breves historias, homenajes, reflexiones…, que, en apariencia, no guardan una ilación. Pero para Berger, como para Spinoza, las apariencias son algo más y hay que mirar, buscar, preguntar, preguntarse.

     Comienza con un dibujo de Beverly, su esposa, aún viva cuando la obra se ofreció al público, y la narración del acto de dibujar del natural un racimo de ciruelas. A continuación, nos alumbra sobre el porqué del título. En apenas seis páginas, ante tres circunstancias distintas -una ofrenda, el subcomandante Marcos encapuchado y el movimiento de una bailarina- repite … Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable… Mientras, nos hace ver que dibuja, que dibujar es corregir y que es una cuestión de esperanza. Después se oye la voz de Spinoza … nuestra alma, en cuanto que implica la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, es eterna, y esta existencia suya no puede definirse por el tiempo, o sea, no puede explicarse por la duración. Así transita este cuaderno que simula ser un florilegio de retazos, cuando, en cada reflexión, incluso, a veces, simulada confesión, recibimos una parte de un todo que busca contener algo esencial y, por lo tanto, eterno y, no solo a través de la palabra, sino del trazo al que, en determinado momento del libro, llega a comparar con la conducción de una moto -ambos implican movimiento, una mirada que no se centre en el detalle que desestabiliza- para llegar a comprender -piscina y mujer camboyana de por medio- cuál es el sentimiento de una persona desplazada.

     Para Berger hay dos tipos de narración, para hacernos llegar hasta ellas se detiene en dos bodas y la forma de celebrarlas. Están las que tratan de lo invisible y lo oculto, y están las que exponen y ofrecen lo revelado. […] La introvertida y la extrovertida. Sin lugar a dudas el pecio que se reúne en esta obra pertenece a la preferida por Berger, la introvertida, porque -y copio todo el párrafo porque es imposible ser más preciso respecto de lo tratado en El cuaderno de Bento-: Porque sus historias permanecen inacabadas. Porque entrañan la necesidad de compartir. Porque en su forma de relatar, un cuerpo se refiere tanto a un individuo como a un conjunto de individuos. Porque en estas narraciones el misterio no es algo que se vaya a resolver, sino algo que se lleva con uno. Porque, aunque puedan tratar de una violencia, de una pérdida o de una furia súbitas, no se quedan en lo inmediato, miran a lo lejos. Y sobre todo porque sus protagonistas no son actores, sino supervivientes. Engarzando filosofía, bosquejos, recuerdos, amistades, afectos, deseos, etc., esta impostura, con bergeriana tenacidad, intenta vulnerar la pasividad y reivindicar la esperanza y la necesidad de rebelión, de compromiso. Protestamos porque no hacerlo sería demasiado humillante, demasiado reductor, demasiado terrible. Con una hermosa prosa, emoción poética, con esbozos que indagan, dibujos que se sobreponen, con sentido del humor, con esa pasión por cuestionar que siempre está presente en sus escritos, en sus exposiciones, pasamos de un museo, a un centro comercial, de Chejov a la danza del vientre, de… Porque vivimos en un mundo en el que todo está conectado y no deberíamos aislarnos del orden general del universo, porque no deberíamos ignorar las causas que determinan nuestro estar en el mundo, nuestra libertad.

     Hay que leer y escuchar, siempre, a John Berger. Y, por qué no, a Spinoza.

 

 

Petersburgo de Andréi Biely

Andrei Biely es el seudónimo de Borís Nikoláyevich Bugáiev, dizque por no perjudicar la reputación de su padre, matemático insigne, aunque no puede ser puro azar que eligiera el apellido Biely, blanco, siendo los simbolistas tan amigos de jugar con los colores y estando el rojo avanzando, como avanza en la propia novela, por las calles y el destino de Rusia. Petersburgo fue rechazada en 1912, posteriormente fue publicada por entregas, vio la luz completa en 1916 y, posteriormente, fue modificada varias veces por su autor, siendo su última versión publicada en Berlín en 1922 y en Rusia en 1928.

     Petersburgo ciudad nació como San Petersburgo en 1703 y en 1914, fecha con la que concluye la novela Petersburgo, pasa a llamarse Petrogrado. Ironías del destino, de la historia o quizá solo un símbolo a los que tan afecto era Biely, a la muerte de Lenin, pasa a llamarse Leningrado en honor a quien trasladó la capitalidad que Peter, como la llaman coloquialmente en Rusia, ostentaba desde su construcción, a Moscú. Esta ciudad nacida del deseo de europeización y de dar una salida al Báltico a Rusia es telón de fondo y protagonista de la novela, si bien no fue Biely quien eligió el nombre, sino que le vino impuesto. Su formación y conformación, el viento que recorre sus avenidas al son de los aires revolucionarios que avanzan desde la frustrada revolución de 1905 hasta la del 17, el paisaje que inunda sus calles donde bombines, chisteras y tricornios conviven o se ven, por momentos, sustituidos por gorros manchúes, las sombras que emergen de las islas desde el verde del mar Bático al rojo de las banderas que ocupan la perspectiva Nevski, el azul de sus cielos cíclicamente invadidos por la niebla, el amarillo del peligro procedente del Este donde Rusia acababa de perder Port Arthur, sus colores y formas significan, aluden, representan, encauzan circunstancias históricas pasadas y por venir -no en vano es el simbolismo la corriente por la que fluye el autor-. Petersburgo es el lugar de encuentro entre las sombras del pasado -Pedro I, El jinete de bronce, a lomos de su caballo sobre la enorme piedra que los sacrificados trabajadores hubieron de trasladar al lugar adecuado-, las sombras del presente -los obreros que sobreviven en las islas donde el Holandés [errante] encendió las infernales lucecitas de unas cuantas tabernas, a las que el pueblo eslavo acudiría en tropel, el putrefacto contagio…- y las sombras del futuro -los japoneses, las huelgas, la revolución…- . No obstante, nada más lejos de este festín literario que ser reivindicativo, si bien Biely anduvo yendo y viniendo de su tierra al extranjero para acabar finalmente sus días en la Unión Soviética: no hay más que echar una ojeada a la opinión de Trotsky en su Literatura y revolución donde, sin lugar a dudas lo incluye, con cierta gracia -no le faltaba a él tampoco el sentido del humor-, entre los individualistas, los místicos y demás epilépticos. Parece que no estaban, en su opinión y, dado el resultado, la de muchos y muchas más, los tiempos para florituras. Afortunadamente, el siempre juguetón Nabokov la revivificó para la literatura no eslava al incluirla entre las cuatro mejores novelas del siglo XX y Vila Matas la recuperó para estos tiempos hace ya unos cuantos años, en un estupendo artículo sobre ella -supongo que cuando se estaba cociendo la edición de Akal que fue la que compré en su momento, casi nerviosa porque no la encontraba por ningún sitio-.

     Y es que Biely hace lo que le da la gana. Como Nabokov, como Faulkner, como Morante, como tantas y tantos, fue primero poeta y eso se nota en el ritmo vertiginoso que, en ocasiones, imprime a una trama que, en principio, no es nada del otro mundo -lo cual no es raro-, manejando repeticiones que podrían figurar el sonido del agua, el rumor del descontento, la resistencia al cambio, sinécdoques y metonimias que dibujan de un trazo un conjunto, alusiones, metáforas, personificaciones, apóstrofes (muchas de ellas al lector) … Sin ser una novela en absoluto psicológica, parte del conflicto reposa -bueno, aquí nada reposa, la niebla va y viene, las estatuas de piedra corren, las latas de sardinas son resortes fatales…-, reposa sobre la relación padre-hijo, la necesidad de matar al padre y de romper con…, bueno, eso no queda muy claro. Padre e hijo son presentados por su nombre desde el principio, al resto hemos de seguirlos por partes: el hombre del bigotito, el de la verruga, el que no para de sonarse…, hasta que son identificados por un nombre (cuando no tienen varios como el agente doble o triple que maneja hilos entre tinieblas y cuya función, de tenerla, es la de vértice donde revolucionarios y conservadores se encuentran). El aspecto físico es caricaturizado y qué decir del carácter. Uno es la frialdad personificada, adora la línea recta, a continuación es el cuadrado lo que le proporciona sosiego, su posición al sentarse le hace merecedor del calificativo de El egipcio, sus orejas son lo más representativo y trabaja en el Organismo -cualquiera vale-, otro se inclina por lo redondo hasta el punto de verse estallar, oscila entre apolíneo y batracio, muy miope… Frente al hijo, Nikolai, se sitúa su cómplice Alexander, verdugo y víctima desquiciada y febril del partido, para acabar ambos siendo marionetas de un malvado horriblemente feo, pergeñador del infausto destino de ambos. La riqueza y profusión lingüística es evidente e, indudablemente, algo se pierde con la traducción, pero las notas del traductor ayudan a descifrar el sentido de juegos de palabras y otras puntadas finas. Los personajes femeninos son simples, dependientes, pero los masculinos no salen bien parados, resultando, en conjunto, bastante ignominiosos todos. Dobles papadas -no hay papada que se resista a su descripción-, cárdenas e prominentes narices, orejas extensas…, el esperpento ruso, prematuro Joyce, pero también del Oulipo. Hay pasajes hermosos (la voz de la infancia a través de las grullas que vuelan sobre la ciudad, pero nadie escucha), hilarantes, prolepsis, analepsis, repetición de escenas desde distintos puntos de vista (la pareja Sergei-Sophía y sus encuentros y desencuentros), divagaciones antroposóficoliterarioreligiosas o vete tú a saber -quizá, a mi modo de ver, las más engorrosas, aunque suele acabar salvándolas con efectos de lo más salerosos: se estaba tomando demasiado en serio-. En fin una obra que puede resultar aborrecible (no solo Trotsky, también Brodsky la denostaba) o una juerga. Literatura sobre la obra rueda mucho por la web y, por la propia novela, asoma, ostentosamente, Pushkin con su Jinete de bronce y La Dama de picas, pero también Dostoyevski -necesariamente ya que se trata de la ciudad de la que se trata- su Doble y otros atormentados, Gogol -narices y capotes exponiéndose- y seguro que otros -dudo que otras- que me he perdido o ignoro. Y más cosas, muchas más: Apolo, Saturno, Mercurio, Kant… Y alrededor de esta ciudad y de este artificioso constructo, el río Neva, las tenebrosas islas y la Perspectiva Nevski.

     No para todos los paladares lectores, pero un jolgorio para quienes la sepan degustar.

 

Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin

Manual mujeres de la limpieza

 

Hacia el final del libro, miraba yo, inquieta, cuántos relatos me quedaban por leer. Solo cuatro, solo tres… Cuanto más avanzaba, más tiempo dejaba pasar entre uno y el siguiente. A pocas páginas del fin, decidí leer la introducción, acción religiosamente reservada -de hacerlo- para el final y absurda estrategia de autoengaño. Hay libros que no quieres terminar -más si sabes que ningún otro relato te deparará la caprichosa industria editorial, ni la reducida obra de la autora-.

      Los cuentos de Lucia Berlin se circunscriben a su vida. O no, pero lo parece. Transcurren en los sitios en los que ella vivió, sus protagonistas ejercen un oficio que ella ejerció o son objeto, mejor sería, en estos casos, decir sujetos de su observación, llena de perspicacia, sensibilidad, ironía, humor y, cómo no, amor -incluso cuando el personaje es tan deleznable como el abuelo-. Desde fuera o desde dentro, en primera persona, en tercera, en ambas, con una visión amplia y larga o de cerca, desde el interior, hacia o desde el pasado, desde o hacia el presente, la aguda mirada de esta escritora te atrapa, su capacidad de supervivencia, la implícita aceptación de las cartas que le tocan en el juego de la vida, su vitalidad observadora y reflexiva te arrastran de relato en relato. No sé hasta que punto el orden es cronológico -el antepenúltimo, B.F. y yo, fue el último que escribió-, pero el orden en el que están dispuestos es de lo más acertado. Su familia está presente: aparecen al principio el padre y el abuelo, con muchos tintes de realidad –Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad, decía su hijo. Su hermana y su madre van surgiendo entre narraciones para ganar presencia, historia y verdad, con un trazo preciso y muy personal en el que el detalle te atrae y amplía la imagen. Mientras, otras vidas reclaman el foco y a veces, en un mismo relato, ridículas, terribles, risibles pequeñas o grandes tragedias urden un telón de fondo ante el que se presentas distintos puntos de vista –Mijito, una turbia anunciación con delicadas miniaturas ilustrando el fondo; A ver esa sonrisa, una visión cálida y compresiva, culpable y fatal, irónica y lúcida, a tres, a cuatro bandas con el lector o la lectora, de una relación inusual y judicialmente perseguida-. Incluso el gran telón de fondo puede ser el protagonista –Apuntes de la sala de urgencias– o puede partir de un ingenuo juego con las palabras que culmina por las subliminales vías de las asociaciones –Mi jockey, Macadán-. Lo cotidiano en su contexto más oscuro, expuesto con frescura, con una particular imaginería que nos conduce con suavidad, incluso entre fragmentos, hasta la última frase. Definitiva, lapidaria, rematando el cuadro. Buenos y malos.  Y el humor, negro y brillante, que alumbra desde sus propios alter ego, como una chispa para burlar la amargura -de nuevo Mijito, una maravilla con una perla negra en la frase final-.

Pararse en cualquiera de sus cuentos es un grato ejercicio de observación. Por ejemplo el que da título al libro,  Manual para mujeres de la limpieza. Ocho paradas de autobús estructuran el relato. La consejera, la autora, su sosias acude a limpiar a distintos hogares, una ligera angustia emocional la envuelve y va avanzando en breves y cada vez más intensos y concretos recuerdos que ella expresa en pocas frases mientras, entre esperas y trayectos viajamos con ella, la parada, los vaivenes de la gente, los saltos de su memoria, las familias a quienes sirve, los consejos a tener en cuenta en un trabajo así… Y la última frase. Tanta angustia de la mano de tanta ironía. Pero como este, casi cualquiera, cada uno desde un sitio diferente. Con una esencia propia, mas sin unas normas fijas. Con un ingenio perverso y dulce. Sin moral ni moralina  –Es lo asqueroso de las drogas. Funcionan.- Lucia Berlin también funciona. De maravilla. De endiablada maravilla. Imprescindible. Lo mejor, leerla, que se releerá.

Lucia Berlin

Charlotte de David Foenkinos

FOENKINOS David COUV Charlotte

 

Vaya por delante que me declaro literaria y cinematográficamente francófila. Pasando por alto creadores y creadoras francesas, así como los acogidos y adoptados, prefiero sin titubeos dos horas de cursi verborrea francesa a veinte minutos de incansables persecuciones hollywoodienses. Por otro lado, siempre me resultó sorprendente ese amor galo a sus obras, a sus autores y autoras, a sus productos culturales y lo bien que los defendieron y defienden en el cada vez más mercado (ahora todo es mercado, pero figurado, sin los colores y olores de los tradicionales, eso sí, con los gritos desde los puestos de los cada vez menos leídos periódicos y demás publicaciones de las voces del amo de múltiples cabezas).

Cuando se lanzó el libro en España, me llegaron las ondas y caí sobre él con interés: la biografía de Charlotte Salomon no podía ser más sugerente, tanto por sus antecedentes familiares y su historia personal, como por el contexto -Alemania y Francia 1917-1943-, si bien hay tanta literatura sobre esta época, que resulta difícil encontrar obras que aporten algo nuevo y como tal se vende Charlotte. La historia es tremenda y el final demoledor, podría dar lugar a un relato de enjundia, como, efectivamente, debe de ser la obra que Charlotte Salomon pugnó por pintar, escribir y musicar a pocos pasos de su muerte. El libro, nada más abrirlo, llama la atención pues parece estar escrito en verso. ¿Quizá se trate de una aproximación lírica?, me pregunté, para decirme, uy, qué miedo. Y no, es más bien un relato ágil, muy ágil, que da un paseo detallado, por la vida de la pintora, valiéndose de frases cortas y ¿verso? libre. El drama sin fin que vive esta mujer, como tantas personas que han de huir de su casa porque el poder omnipotente cae sobre ellos -de ejemplos no carecemos y no hace falta, desgraciadamente, volver a la Segunda Guerra Mundial para refrescarlos, bien vivos deberían de estar en nuestra retinas-, el drama, pues, no necesita aditamentos y Foenkinos no carga los tintas. No las carga en nada. Si su objetivo era exclusivamente el de su parafraseado Benjamin “la verdadera medida de la vida es el recuerdo”, es posible que lo logre. Tal vez no se podría hacer de otra manera si cuanto quería era compartir o desembarazarse de una obsesión, como llama él a su pasión por Charlotte. Charlotte, a pesar de la tragedia, es amable y podría dar pie a una película -francesa o no-. La obra de la autora, ¿Vida? o ¿teatro?, en sintonía con lo más desgarrado y experimental de principios del s. XX -Schiele, Chagal, Dix…- sí que parece estar pidiendo a gritos un editor arriesgado que nos la haga llegar. Por el momento somos ya muchos y muchas quienes la hemos visitado: http://www.jhm.nl/collection/specials/charlotte-salomon

18globe-adam-salomon-blogSpan

David-Foenkinos-120834_L

El secreto de Christine de Benjamin Black

secreto-christine

 

Reconozco mi debilidad por los escritores bifrontes. Antes fueron muchas mujeres, Bronte, Eliot, Sand y otras, pero no era lo mismo. Después Roman Gary y Émile Ajar que se la jugó a los críticos con su Goncourt y tampoco era lo mismo, aunque lo tuvo que disfrutar de lo lindo, solo que de otra manera. Ahora Banville. Otra vuelta de tuerca.

Benjamin Black nace de la mano de John Banville a sus sesenta años y se presenta al público en 2006, un año después de ganar el preciado Booker con “El mar”. De Black, autor de novela negra, dice Banville que puede irse a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez dos mil, y disfrutar con ello, mientras que bajo el sombrero de Banville puedo escribir doscientas al día, sobre si esto es menosprecio hacia los escritores de este género, repone, entre otras cosas, que Simenon escribía sus obras en 10 días y eran obras maestras. Black es más rápido, Banville más elaborado.

Esta es la primera y en ella conocemos, desde la tercera persona, a su peculiar -y peculiaridad, rareza, se llama: Quirke- sabueso, cuyo pasado se nos irá desvelando a lo largo de la trama. No es un policía, no es un detective, es patólogo forense, la muerte, la noche y el alcohol son sus elementos. Es alto, muy alto, grande; a decir de Banville, es su antítesis y tiene mucho de Black, si bien no acierta a recordar si es rubio o moreno, por lo que con el tiempo lo ha ido dejado calvo. Todo empieza con un bebé que es trasladado a Boston y el cadáver de Christine Falls en el depósito donde trabaja Quirke. Por razones familiares este cadáver despierta su interés y a partir de ahí se extiende una red de sospechas que van cobrando cuerpo a medida que el forense busca satisfacer su curiosidad en una especie de ajuste de cuentas que él mismo no termina de entender. Al tiempo Black, nos acerca al personaje, huérfano, ahijado del gran juez Griffin, etc. -es mejor saberlo a medida que se lee-. Este personaje con un ritmo de vida diferente a la mayoría, viudo no se sabe si afligido o perplejo, amargo e irónico, actúa, y el autor nos hace partícipe de sus reflexiones, sus miedos. E inevitablemente a veces es portador de una poesía acerada y oscura dibujaban arabescos de fantasía en las paredes, que a él le recordaban vagamente las células de la sangre comprimida entre dos láminas portaobjetos bajo un microscopio. Los demás -no sé si a Borges le parecerían un número suficientemente discrecional de personajes- actúan y el narrador nos guía por actos, sentimientos e intenciones, en un ambiente lúgubre donde las principales víctimas son los niños y las mujeres en manos de una iglesia y unos poderes políticos y económicos irlandeses a nivel transnacional: Dublín y Boston, años cincuenta. Todo transcurre rápidamente. Una prosa ágil, en un ambiente de humo y humedad en Irlanda, artificioso y nevado en Boston, con historias brillantes de tristeza y desamparo como la de Andy y Claire Stafford, con el punto álgido en el capítulo 9, parte III, donde la relación de Andy, chófer, con la gran familia Crawford a través de Phoebe y el reencuentro de la pareja es narrado con una efectividad, un nervio y una plasticidad  sobresalientes. Como toda la novela.