Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin

Manual mujeres de la limpieza

 

Hacia el final del libro, miraba yo, inquieta, cuántos relatos me quedaban por leer. Solo cuatro, solo tres… Cuanto más avanzaba, más tiempo dejaba pasar entre uno y el siguiente. A pocas páginas del fin, decidí leer la introducción, acción religiosamente reservada -de hacerlo- para el final y absurda estrategia de autoengaño. Hay libros que no quieres terminar -más si sabes que ningún otro relato te deparará la caprichosa industria editorial, ni la reducida obra de la autora-.

      Los cuentos de Lucia Berlin se circunscriben a su vida. O no, pero lo parece. Transcurren en los sitios en los que ella vivió, sus protagonistas ejercen un oficio que ella ejerció o son objeto, mejor sería, en estos casos, decir sujetos de su observación, llena de perspicacia, sensibilidad, ironía, humor y, cómo no, amor -incluso cuando el personaje es tan deleznable como el abuelo-. Desde fuera o desde dentro, en primera persona, en tercera, en ambas, con una visión amplia y larga o de cerca, desde el interior, hacia o desde el pasado, desde o hacia el presente, la aguda mirada de esta escritora te atrapa, su capacidad de supervivencia, la implícita aceptación de las cartas que le tocan en el juego de la vida, su vitalidad observadora y reflexiva te arrastran de relato en relato. No sé hasta que punto el orden es cronológico -el antepenúltimo, B.F. y yo, fue el último que escribió-, pero el orden en el que están dispuestos es de lo más acertado. Su familia está presente: aparecen al principio el padre y el abuelo, con muchos tintes de realidad –Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad, decía su hijo. Su hermana y su madre van surgiendo entre narraciones para ganar presencia, historia y verdad, con un trazo preciso y muy personal en el que el detalle te atrae y amplía la imagen. Mientras, otras vidas reclaman el foco y a veces, en un mismo relato, ridículas, terribles, risibles pequeñas o grandes tragedias urden un telón de fondo ante el que se presentas distintos puntos de vista –Mijito, una turbia anunciación con delicadas miniaturas ilustrando el fondo; A ver esa sonrisa, una visión cálida y compresiva, culpable y fatal, irónica y lúcida, a tres, a cuatro bandas con el lector o la lectora, de una relación inusual y judicialmente perseguida-. Incluso el gran telón de fondo puede ser el protagonista –Apuntes de la sala de urgencias– o puede partir de un ingenuo juego con las palabras que culmina por las subliminales vías de las asociaciones –Mi jockey, Macadán-. Lo cotidiano en su contexto más oscuro, expuesto con frescura, con una particular imaginería que nos conduce con suavidad, incluso entre fragmentos, hasta la última frase. Definitiva, lapidaria, rematando el cuadro. Buenos y malos.  Y el humor, negro y brillante, que alumbra desde sus propios alter ego, como una chispa para burlar la amargura -de nuevo Mijito, una maravilla con una perla negra en la frase final-.

Pararse en cualquiera de sus cuentos es un grato ejercicio de observación. Por ejemplo el que da título al libro,  Manual para mujeres de la limpieza. Ocho paradas de autobús estructuran el relato. La consejera, la autora, su sosias acude a limpiar a distintos hogares, una ligera angustia emocional la envuelve y va avanzando en breves y cada vez más intensos y concretos recuerdos que ella expresa en pocas frases mientras, entre esperas y trayectos viajamos con ella, la parada, los vaivenes de la gente, los saltos de su memoria, las familias a quienes sirve, los consejos a tener en cuenta en un trabajo así… Y la última frase. Tanta angustia de la mano de tanta ironía. Pero como este, casi cualquiera, cada uno desde un sitio diferente. Con una esencia propia, mas sin unas normas fijas. Con un ingenio perverso y dulce. Sin moral ni moralina  –Es lo asqueroso de las drogas. Funcionan.- Lucia Berlin también funciona. De maravilla. De endiablada maravilla. Imprescindible. Lo mejor, leerla, que se releerá.

Lucia Berlin

Charlotte de David Foenkinos

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Vaya por delante que me declaro literaria y cinematográficamente francófila. Pasando por alto creadores y creadoras francesas, así como los acogidos y adoptados, prefiero sin titubeos dos horas de cursi verborrea francesa a veinte minutos de incansables persecuciones hollywoodienses. Por otro lado, siempre me resultó sorprendente ese amor galo a sus obras, a sus autores y autoras, a sus productos culturales y lo bien que los defendieron y defienden en el cada vez más mercado (ahora todo es mercado, pero figurado, sin los colores y olores de los tradicionales, eso sí, con los gritos desde los puestos de los cada vez menos leídos periódicos y demás publicaciones de las voces del amo de múltiples cabezas).

Cuando se lanzó el libro en España, me llegaron las ondas y caí sobre él con interés: la biografía de Charlotte Salomon no podía ser más sugerente, tanto por sus antecedentes familiares y su historia personal, como por el contexto -Alemania y Francia 1917-1943-, si bien hay tanta literatura sobre esta época, que resulta difícil encontrar obras que aporten algo nuevo y como tal se vende Charlotte. La historia es tremenda y el final demoledor, podría dar lugar a un relato de enjundia, como, efectivamente, debe de ser la obra que Charlotte Salomon pugnó por pintar, escribir y musicar a pocos pasos de su muerte. El libro, nada más abrirlo, llama la atención pues parece estar escrito en verso. ¿Quizá se trate de una aproximación lírica?, me pregunté, para decirme, uy, qué miedo. Y no, es más bien un relato ágil, muy ágil, que da un paseo detallado, por la vida de la pintora, valiéndose de frases cortas y ¿verso? libre. El drama sin fin que vive esta mujer, como tantas personas que han de huir de su casa porque el poder omnipotente cae sobre ellos -de ejemplos no carecemos y no hace falta, desgraciadamente, volver a la Segunda Guerra Mundial para refrescarlos, bien vivos deberían de estar en nuestra retinas-, el drama, pues, no necesita aditamentos y Foenkinos no carga los tintas. No las carga en nada. Si su objetivo era exclusivamente el de su parafraseado Benjamin “la verdadera medida de la vida es el recuerdo”, es posible que lo logre. Tal vez no se podría hacer de otra manera si cuanto quería era compartir o desembarazarse de una obsesión, como llama él a su pasión por Charlotte. Charlotte, a pesar de la tragedia, es amable y podría dar pie a una película -francesa o no-. La obra de la autora, ¿Vida? o ¿teatro?, en sintonía con lo más desgarrado y experimental de principios del s. XX -Schiele, Chagal, Dix…- sí que parece estar pidiendo a gritos un editor arriesgado que nos la haga llegar. Por el momento somos ya muchos y muchas quienes la hemos visitado: http://www.jhm.nl/collection/specials/charlotte-salomon

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El secreto de Christine de Benjamin Black

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Reconozco mi debilidad por los escritores bifrontes. Antes fueron muchas mujeres, Bronte, Eliot, Sand y otras, pero no era lo mismo. Después Roman Gary y Émile Ajar que se la jugó a los críticos con su Goncourt y tampoco era lo mismo, aunque lo tuvo que disfrutar de lo lindo, solo que de otra manera. Ahora Banville. Otra vuelta de tuerca.

Benjamin Black nace de la mano de John Banville a sus sesenta años y se presenta al público en 2006, un año después de ganar el preciado Booker con “El mar”. De Black, autor de novela negra, dice Banville que puede irse a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez dos mil, y disfrutar con ello, mientras que bajo el sombrero de Banville puedo escribir doscientas al día, sobre si esto es menosprecio hacia los escritores de este género, repone, entre otras cosas, que Simenon escribía sus obras en 10 días y eran obras maestras. Black es más rápido, Banville más elaborado.

Esta es la primera y en ella conocemos, desde la tercera persona, a su peculiar -y peculiaridad, rareza, se llama: Quirke- sabueso, cuyo pasado se nos irá desvelando a lo largo de la trama. No es un policía, no es un detective, es patólogo forense, la muerte, la noche y el alcohol son sus elementos. Es alto, muy alto, grande; a decir de Banville, es su antítesis y tiene mucho de Black, si bien no acierta a recordar si es rubio o moreno, por lo que con el tiempo lo ha ido dejado calvo. Todo empieza con un bebé que es trasladado a Boston y el cadáver de Christine Falls en el depósito donde trabaja Quirke. Por razones familiares este cadáver despierta su interés y a partir de ahí se extiende una red de sospechas que van cobrando cuerpo a medida que el forense busca satisfacer su curiosidad en una especie de ajuste de cuentas que él mismo no termina de entender. Al tiempo Black, nos acerca al personaje, huérfano, ahijado del gran juez Griffin, etc. -es mejor saberlo a medida que se lee-. Este personaje con un ritmo de vida diferente a la mayoría, viudo no se sabe si afligido o perplejo, amargo e irónico, actúa, y el autor nos hace partícipe de sus reflexiones, sus miedos. E inevitablemente a veces es portador de una poesía acerada y oscura dibujaban arabescos de fantasía en las paredes, que a él le recordaban vagamente las células de la sangre comprimida entre dos láminas portaobjetos bajo un microscopio. Los demás -no sé si a Borges le parecerían un número suficientemente discrecional de personajes- actúan y el narrador nos guía por actos, sentimientos e intenciones, en un ambiente lúgubre donde las principales víctimas son los niños y las mujeres en manos de una iglesia y unos poderes políticos y económicos irlandeses a nivel transnacional: Dublín y Boston, años cincuenta. Todo transcurre rápidamente. Una prosa ágil, en un ambiente de humo y humedad en Irlanda, artificioso y nevado en Boston, con historias brillantes de tristeza y desamparo como la de Andy y Claire Stafford, con el punto álgido en el capítulo 9, parte III, donde la relación de Andy, chófer, con la gran familia Crawford a través de Phoebe y el reencuentro de la pareja es narrado con una efectividad, un nervio y una plasticidad  sobresalientes. Como toda la novela.

Las palmeras salvajes de William Faulkner por Jorge Luis Borges

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Faulkner publica Las palmeras salvajes en 1939. Su apuesta más arriesgada hasta el momento había sido El ruido y la furia, 1929, obra que siguió en su cabeza y a la que añadió un capítulo quince años después de publicada. Desde entonces Yoknopatawpha no había hecho sino crecer en historias y habitantes, sin embargo Las palmeras salvajes no transcurre allí, sino en lugares con sus nombres reales y un río, el Misisipi -o Misisipí, como gusta de traducir Borges- conocido como El viejo y que da nombre a una de las dos historias que constituyen esta obra. El título que Faulkner había elegido era un verso del Libro de los salmos, del salmo 137, Si me olvidare de ti, Jerusalén, pero el editor impuso el de uno de los dos relatos. Tremendo y bellísimo salmo que sigue  “pierda mi diestra su destreza / mi lengua se pegue a mi paladar…” Y tremendo es todo en estas dos narraciones que, a decir de Faulkner bastantes años después de haberla escrito, fueron alimentándose la una a la otra en función de la necesidad que requería la obra, sin llegar a cruzarse ni en el tiempo ni en el espacio, esas dos dimensiones y obsesiones de su literatura, si bien el destino de ambos protagonistas acaba siendo el mismo y en el mismo sitio, aunque por motivos muy distintos.

        La traducción que he leído es, sorprendentemente, la única que hay. Ciertamente no es de cualquiera, que la firma Borges, pero:

– En sus ensayos autobiográficos  hace referencia a haber trabajado en ella y también a que su madre había hecho algunas traducciones consideradas suyas entre ellas Faulkner.
– Está hecha sobre la edición inglesa en la que los editores Chatto y Windus pulieron expresiones malsonantes -incluida la frase final-.
– Ël mismo dice haber modificado algunos diálogos entre Harry y Carlota por encontrar a Carlota demasiado masculina y viceversa, así como haber jugado con el estilo directo en indirecto en la historia de El viejo para aclarar el caos faulkneriano.
– En la época de su traducción sentía un cada vez más profundo rechazo por la novela y otros pormenores que no vienen al caso, además de tener un personal concepto de la traducción..

        Vamos, que no estaría de más otra versión menos personal -reconociendo el valor de esta pues no en vano autores como Onetti y Márquez reconocen en ella una profunda influencia- y sin otro objetivo que transmitirnos a Faulkner.

      Apuntado lo anterior, este experimento no deja de ser Faulkner en un sui géneris contrapunto que aspira al equilibrio en medio de la desmesura. La voz de un autor que todo lo sabe arranca el relato primero, Las palmeras salvajes, presentando a un doctor profundamente convencional y su señora, una mujer gris, muy gris. A continuación aparecen sus inquilinos, la pareja protagonista, Harry y Carlota, pareja peculiar y a todas luces adúltera. El siguiente capítulo corresponde a El viejo, en él nos son presentados un penado alto, flaco, sin barriga…, otro bajo y rechoncho, el flaco, preso por creer a pies juntillas las novelas baratas de héroes poco ejemplares e intentar emular sus actos, el segundo encerrado por credulidad, ignorancia y mala suerte. Los quijote y sancho del Misisipí. Un total de diez capítulos, cinco y cinco, intercalados y enfrentados. Una fatalista historia de amour fou, cargadísima de tintas, profundamente obscena para la moral de la época, frente al absurdo periplo de un preso por volver a sus cadenas. Dos viajes, una huida frente a un regreso. Las fuerzas interiores y las fuerzas de la Naturaleza. El amor y el dolor, la libertad y el encierro. Dos hombre vírgenes frente a unas mujeres incognoscibles (¿para Faulkner también?). Carlota, “una inundación violenta y amarilla”, “un halcón“, “más caballero”, radical, probablemente madre doliente, no obstante al mirarla las reflexiones de Harry no son tan románticas cuando se admira de  “la habilidad de las mujeres para adaptar lo ilícito y aun lo criminal a un molde burgués de decencia“; la mujer que rescata el penado, en un momento, vista como “esto, de toda la carne de mujer que anda por el mundo, es lo que me toca en un bote huido”. Ambas madres, ambos inexpertos. Harry que llega a disfrutar escribiendo novelas baratas, el penado que caza cocodrilos a cuerpo. La narración va creciendo y en los capítulos 3 está en su esplendor. Hay párrafos magníficos y la lejanía de los paisajes sitúa las dos narraciones en su nivel más intenso y también más confrontado. Da para mucho, pero esto solo es una breve reseña. Resulta toda una diversión de lector ir ajustando la balanza entre capítulo y capítulo y llegar al final, enhebrando la ironía que flota por el libro como si una inundación de imposturas entre Faulkner y Borges nos llegara a la cintura.

 

William-Faulkner-Hollywood-Odyssey-Meta-Carpenter-3_0Borges y su madre

 

 

Santuario de William Faulkner

Santuario

 

Tras El ruido y la furia y Mientras agonizo, escribió Faulkner Santuario. A su decir en una segunda edición de 1932 -después de desechar una primera que, según el editor, les hubiera conducido a la cárcel, se publicó, retocada, en 1931-, la hizo por dinero. Seguro que es cierto, pero volvió sobre ella en el 58, corrigiendo errores de las anteriores. Existe, también, una posterior a su muerte en la que Random House recupera la original, la de 1929. Es indudable que esta obra quiere llegar a un público más amplio ya que los retos creativos, los juegos con el tiempo y los puntos de vista, la reconstrucción que el lector ha de hacer de la trama, etc. casi han desaparecido, en consecuencia el simbolismo, las implicaciones, la psicología de los personajes son, indudablemente, menos sutiles, resultando más escabrosa por lo truculento de los acontecimientos narrados.

     La novela consta de 32 capítulos y podría dividirse en 2 partes y un epílogo. La primera serían los 15 iniciales. Comienza con un hombre que llega caminando a la vera de un río y se encuentra con un individuo de aspecto amenazador, no tanto por su físico, peculiar, como por su actitud. Con él se dirige a un caserón que parece abandonado donde vamos conociendo a varios de los protagonistas. Todo transcurre ordenadamente: el caminante es Horace Bendbow y lo seguimos hasta que encuentra a Gowan Stevens. “Basta poner un escarabajo pelotero en alcohol para conseguir un escarabajo sagrado y si se pone en alcohol a un hombre del Mississipi se obtiene un caballero…”, opina sobre él Horace con la tía Jenny -ambos ya conocidos en Sartoris-. Gowan es el motor de arranque de todos los acontecimientos y el primero en poner pies en polvorosa en cuanto es consciente del peligro; es amigo y pretendiente de Narcissa Sartoris y acompaña a una jovencita universitaria, Temple, con quien nos reconduce a la casa del principio donde se desata la primera tragedia -doble-.

     Hasta aquí quedan expuestos los hechos -no tan asépticamente, claro, es Faulkner, pero sí con una eficiencia casi lacónica en ocasiones-. En todo momento se intuye la inminencia de algo terrible, pero más por las descripciones y los diálogos, que por lo que los actores piensan y el autor transcribe.

     Del XVI en adelante, son Horace, sobre todo, y Temple los principales hilos conductores. Él como abogado más bien ingenuo, sin duda escrupuloso -en sus reticencias, en lo desasosegado de su ánimo, en el cumplimiento de sus obligaciones- y siempre mediatizado por las mujeres de su vida -su esposa, su hermana, la compañera del acusado y el binomio Temple/Belle: la joven mancillada y su joven hijastra-. Ella como víctima y, demoledor, como manipulada testigo de cargo. Es posible que esto no le gustara éticamente a Faulkner, pero no lo cambió.

     El capítulo XXXI cuenta la historia del ejecutor del crimen que da lugar al inmisericorde drama.

     Indudablemente el título no puede ser sino una ironía. No hay ningún templo para albergar a ningún santo, aunque si que hay una culpa que se paga erróneamente. No hay nadie limpio, excepción hecha del primer muerto, un deficiente -otro más, Benjy, Vardaman…- y el niño enfermo y adormilado que la supuesta mujer del defendido lleva consigo a todas partes. La pretendida pureza de Bendbow pasea siempre por el filo de la narración con el ambiguo amor a su hijastra. La inconsistencia de Temple -es una adolescente apenas- está repleta de sombras. El mal está en cada uno de los personajes y no hay generosidad hacia ninguno de ellos. Ni siquiera en los nombres. El acusado Goodwin -buena victoria-, Temple es un cruel sarcasmo, Popeye, el propio abogado: Bendbow (inclinada reverencia). Nada ni nadie sale bien parado. La justicia, la política -aquí encontramos un senador Snopes, esa familia tan extensa y tan poco querida en Yoknopatawpa-. Todo es negro. Muy negro. De novela negra. Aquí la gente de color no juega ningún rol, el único es por referencia y como contrapunto: un preso al que van a ahorcar al día siguiente por asesinar a su cónyuge. Pobres mujeres las que recoge Faulkner. Merecen un capítulo aparte. Y un par de escenas dolorosamente cómicas -una protagonizada por otro Snopes en una casa de citas y un funeral mafioso-. Más que un santuario, asemeja un infierno, mas con algún claro oscuro.

     Dicho esto, es una novela estupenda. Menos experimental, literariamente menos arriesgada, pero no me creo que Faulkner abominase de ella, salvo en lo moral, pero ese es otro asunto y da para mucho. No deja títere con cabeza.

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Luz de agosto de William Faulkner

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Faulkner, narrador omnisciente en gran parte del relato, empieza y termina el libro siguiendo a Lena Grove, muchacha aparentemente ingenua, fresca, tenaz, que sale de Alabama buscando al padre del hijo que está a punto de parir, Lucas Burch -“ la gente siempre anda tras él, porque siempre está dispuesto a reír, a divertirse, interrumpiendo su trabajo, muy en contra suya…”-. Poco monólogo interior aporta Lena, pero a través del autor, de Armstid (uno de los que auxilió a los Bundren en su periplo hacia Jefferson para enterrar a la madre) y de su mujer, que la recogen y acogen en su camino, comienza ese poliedro en el que se convierten los personajes de Yoknapatawpha en base a las distintas voces que van construyendo trama y caracteres -voces secundarias, protagonistas y autor, que parece actuar más a modo de guía, de encauzador, que de creador-.

     Entre el primer capítulo y el último transcurren tres semanas. De esos 19 capítulos, restantes, catorce narran el viacrucis de Joe Christmas, llamado así por ser dejado en un orfelinato el día de Navidad, no por nacer en esa fecha. Es un vagabundo víctima desde su nacimiento de los prejuicios raciales, religiosos y machistas que vertebran la sociedad de Jefferson. Tiene sangre negra en sus venas o tal vez mejicana, en ningún momento queda claro, ya que las fuentes de información son los distintos personajes que van contando su historia, así como el propio Christmas que vive escindido por su doble de condición de blanco y negro. Siendo él también verdugo en esta tragedia sudista, muere víctima de la intolerancia y la incomprensión, a manos de un claro convencido de la supremacía, no ya blanca, sino blanca, americana (lo de norteamericana se da por sobrentendido) y militar. Al principio sabemos de la llegada a Jefferson de Burch, hombre pusilánime, tramposo y paradigmático judas a muchos niveles, y de la suya: después, seis estupendos capítulos nos hablan de su pasado hasta llegar a casa de la Sra. Burden, la yanqui amiga de los negros que, sin embargo, pertenece a la tercera generación en esa tierra hostil.

     Un tercer personaje de peso en esta obra es Hightower, pastor apartado de su oficio por la Iglesia, misógino y torturado por un pasado del que Faulner nos adelanta algo en el tercer capítulo por boca de Byron, tal vez el más generoso y desprotegido de los componentes de este fructuoso fresco. Es el confidente de Byron y gran parte del relato nos llega por el artificio de la narración de los hechos y de las emociones que Byron y los Sres. Hines le hacen en su casa. No obstante el francamente tragicómico origen de su determinación no sale a la luz hasta el final. A la luz de agosto que impregna de sudor, de olor a humanidad -bastante deshumanizada- todo el relato. También a esa luz es alumbrado el hijo de Lena.

     Es lástima no mencionar a todos, pero no se trata de hacer un estudio de Luz de agosto, aunque reconozco que, a lo hora de acabar el libro, empezar a mirar subrayados, conexiones, asociaciones, etc., asombra su riqueza y, casi, te encuentras leyéndolo de nuevo. El matrimonio Hines, su pasado y su papel en la tragedia, la Sra. Burden, cuyo abuelo y hermanastro fueron asesinados por Sartoris, los Srs. MacEacher, padre adoptivos de Christmas…

     Como siempre en Faulkner, cada línea argumental, cada nombre, cada acontecimiento es rica fuente de significados. No es que la trama sea lo de menos, pero la apariencia de verdad, el colosal mundo que va levantando en cada novela, sólidamente unido a ese condado de Yoknapatawpha, su capacidad para manejar las elipsis, adelantarlas, atrasarlas, la suspensión del tiempo que provoca con el manejo del tiempo, sus reflexiones al hilo de cada situación o sentir…, eso es un disfrute que no se puede transmitir, que hay que gozarlo.

     Entre otras cosas, de esta extenuante, casi pringosa, Luz de agosto, queda la imagen de un blanco negro, negro blanco que siempre veía ante sí una calle sin fin, oscura donde “en ninguna parte encontraba la paz. Y la calle continuaba, con sus cambios de carácter, con sus fases, pero siempre vacía.”. Sin embargo Lena sigue camino bien acompañada, parece que más por el placer de viajar, que de buscar. Atrás, Jefferson, la cabaña donde nació su hijo y un delincuente cruelmente muerto y mutilado.

Faulkner leyendo

De A para X. Una historia en cartas de John Berger

De A para x

Llegué a John Berger hace muchos años y fue a través del cine, de Alain Tanner y sus Jonás que tendrá veinticinco años en el año 2000 y La salamandra, ambas con guión de ellos dos. Entonces, en sesiones continuas, dobles y maratones de los cines Griffith, veíamos películas de cine europeo, de cine de autor, independiente, antiguo, subtitulado, etc. También entonces, en mis queridísimos y añorados Alphaville -es que estoy lejos, aún siguen allí, aunque ¿cuánto durarán?-, se vendían en su difunta librería guiones cinematográficos (A años luz, Messidor, Rhomer, Wenders…), amén de carteles, fotos, libros… Pasar de los guiones a buscar sus obras respondía a una lógica natural. Además de su estupenda trilogía (Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag), tenía ensayos sobre arte, teatro, poesía y todo ello atravesado por una inmanente mirada política transversal y profunda de la que emanaba, y emana, una sorprendente humanidad contra viento y marea.

       Gratifica saber que sigue ahí, lúcido, generoso, perseverante, sin perder la luz ni la razón.

     De A para X es, entre otras cosas, una historia de amor y constancia. En ella, John Berger, joven incansable, pintor de origen (y tal vez de natural), experimenta con las formas, las cuales adapta a la necesidad del momento, sea la palabra, sea el dibujo, sea el silencio; audaz, no renuncia a ningún lenguaje, ni el de las manos, ni el del tacto, ni el de la ciencia. Todo vale en el arte porque la realidad es poliédrica y nuestras formas de expresión y comprensión son libres. Y este es también un libro sobre la libertad y las celdas. Sobre el amor y el cuerpo.

       Con un artificio tan antiguo en literatura como unas cartas encontradas, se desprende de su autoría y nos expone la relación entre un preso y su amada, que no su esposa pues la autoridades no les permiten el matrimonio. Cada uno pues, en su prisión. X es preso político y mecánico. Recoge apuntes de la realidad política o económica, análisis. A trabaja en una farmacias y sigue viviendo en su antiguo hogar. No se especifica el lugar. Podría ser Palestina, Turquía, Colombia… La principal voz es la de A’ida y su destinatario es Xavier. De su pluma sale este relato que es pintura, y es recopilación, y es la historia de dos que no pueden estar juntos, pero que siguen luchando, y que no están solos porque de los compañeros de la cárcel nos llegan ecos, y de los amigos, vecinos y sus vidas nos llegan noticias. Que ambos están presos de las circunstancias es evidente, que no es necesario dar nombre a sus carceleros, también: podría ser casi cualquier sitio. Poesía y política van de la mano por esta narración. Como matemáticas y pobreza. Como célula y celda. Una pequeña, agridulce y sutil historia, universal y necesaria, con una prosa que usa del verso, de la ilustración, de citas.., que lo aprovecha todo. Como A para X.

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