La última noche del Rais de Yasmina Khadra

La última noche del Rais

Muamar el Gadafi fue un personaje digno de hacer correr ríos de tinta. Sus orígenes, su formación, su evolución, sus relaciones tanto políticas como familiares, personales, etc. están abiertas a la leyenda, mas su papel en la historia de los siglos XX y XXI es indudable. Quien comenzó como el valiente salvador de la patria derrocando al tirano, el hábil político seguidor de Nasser que consiguió negociar con diferentes países ya fueran de la órbita árabe, comunista o capitalista, según el aire del momento, el hombre de Estado que dotó de infraestructuras, de un sistema educativo y sanitario a Libia, devino en un sátrapa excesivo, megalómano, cruel, sobre el que se ha dicho de todo: drogadicto, violador de hombre y mujeres, etcétera, etcétera.

       Yasmina Khadra, exmilitar argelino -país donde está refugiada una buena parte de la familia de Gaddafi- tomó el nombre de su esposa para poder escribir libremente mientras aún estaba en el ejército al que no pertenece desde el año 2000. Plantea la obra como un soliloquio y la ubica en Sirte, escenario en el que transcurrieron los últimos días del dictador y donde halló la atroz muerte cuyas primeras imágenes permanecen en mi retina – no pude verla entera: fue una muerte desmesurada, como el propio Gaddafi-.

      Cual Próspero en su isla, en este caso sitiado en Sirte, Gadafi desgrana su soliloquio entre su habitación y el cuartel improvisado de la parte de abajo de la casa donde se refugian hasta el momento de la huida que se desarrolla en los tres últimos capítulos. El Gran Guía es un hombre cansado que sigue tratando a sus súbditos con crueldad y rudeza. Ya no condena, como antes, ha perdido la capacidad, el vigor, pero no el deseo de hacerlo. La incomprensión de su pueblo, la soberbia de sus logros, el orgullo de su poder dentro y fuera de las fronteras de su país tiran de sus recuerdos, interrumpidos por los acontecimientos que se inmiscuyen en sus reflexiones a través de los miembros fieles de su ejército que le acompañan y quieren protegerle. Necesitado de apoyo para salir de allí, sólo confía en sus hijos ausentes. El pasado, sus deseos, sus frustraciones se mezclan con sus delirios de grandeza, delirios de alguien que considera que se ha hecho a sí mismo, que no le debe nada a nadie. Yo era mi propia progenie, mi propio genitor. Khadra dice en una entrevista contar con algunos testimonios de primera mano, pero, francamente, no me parece importante. Filtraciones de la cultura occidental y políticos coetáneos se cuelan en sus sueños y en su soliloquio. Añora una tempestad digna de él, un espectáculo digno de su grandeza como el que ilustró para los televidentes el bombardeo de Bagdad. La belleza de lenguaje de Khadra lo enfrenta a diferentes tipos de siervo y crea una trama donde no parece haber secretos y mucho menos para el cuasidios. Pero sí los hay. Un final trepidante y por todos conocido se resuelve en una huída indigna y en una percepción final del Hermano Guía que ya no le sirve para nada. Este Próspero ni concedió ni recibió indulgencia.

      Una novela muy shakespeariana -teatral y muy bellamente narrada- que se lee de un tirón. La proximidad del difunto quizá le dé un poco de morbo, pero Yasmina Khadra lo trasciende a pesar de utilizar nombres o acontecimientos contrastables -o no- que quedan al servicio de la creación de un personaje que considera que … me pasa lo que a Dios: el mundo que he creado se rebela contra mí. Vale la pena dejarse caer por ella.

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Las olas de Virginia Woolf

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Si en La Sra. Dalloway Virginia Woolf se centra en un día de la vida de Clarissa, si en Al faro parte de tres tiempos diferentes para encontrar y construir una forma, tal vez una fórmula, de expresar, de recoger lo que quiere transmitir, si en Orlando se entrega al juego para romper a su antojo las reglas al uso del tiempo -semanas que duran años, siglos que duran meses, etc-, su reto en Las olas es más radical, pero sin la diversión que supuso Orlando, ni la facilidad y claridad de Al faro.

      Partió de una anécdota relatada por su hermana Vanessa en una carta: al retener una enorme falena macho que acabó pereciendo, su casa se llenó de hembras en su busca. Lentamente, la va enfocando como una obra poética, teatral, en una zona entre mística y abstracta, siendo consciente de lo complejo y lo difuso de su proyecto. Quiere dejarla madurar lentamente mientras se cuestiona la novela sin poesía como algo ajeno a lo que entiende por literatura. Primero son mariposas nocturnas entorno a una luz y una planta cuyas flores cambian constantemente, desechándolas a la postre porque las falenas … no vuelan de día. Y no puede haber una vela encendida. La empezó varias veces, avanzando con esfuerzo y convencida de que hacía … bien en buscar un sitio donde poner a (su) gente contra el tiempo y el mar. Sus obsesiones: fijar todos los detalles de un momento, recoger la esencia a través del lenguaje, reflejar el fluir del tiempo y a la vez el instante, saber con qué palabras, a través de qué historias, cómo seguir un ritmo y no un argumento… En persecución de estas respuestas va la voz de Bernard, una de las seis que recorre Las olas. En persecución de una imagen de las sombras en movimiento, una imagen cadenciosa en un fluir poético, van las 6 voces de Virginia Woolf, disgregadas, pero dependientes unas de otras, Bernard y Rhoda más claramente encarnaciones -mejor sería decir fusiones- de la autora. Bernard es la Virginia arriesgada, fecunda, profusa, empática, diversa, aunque también sobrecargada, dependiente, incapaz de escribir la carta a quien quiere. Rhoda, la Virginia perdida en sociedad y en sí misma, poética y arisca, lejana e inmóvil. El resto, Neville y Louis, claros testaferros de Litton Strachey y T. S. Eliot; Susan y Jinny, hasta dónde Vanessa y quién más. Todos con un rumor poético asociado a ellos, entreverados de Shelley, Catulo, Byron, Eliot…, en resumen, de aliento lírico y compartiendo lo que de Virginia hay ellos.

     Dado que Woolf no quiso llamarlos capítulos y lo que realmente consigue es una corriente que va y vuelve mientras las voces están condenadas a apagarse, diremos que la obra consta de 9 olas, introducida cada una por un a modo de interludio que, de leerse seguido, describe el día desde el primer resplandor que apunta la salida del sol hasta su puesta. Su cénit está en la quinta ola, ola en la que muere el único personaje cuyo discurso está ausente y en torno al cual giran de alguna manera los demás: el joven Percival. Como él, murió Thoby Woolf, a los 26 años, y fue entorno a él, el hermano mayor, que comenzó a gestarse Bloomsbury, él, su hermano y hermanas y sus antiguos compañeros de universidad. No cabe elegía más intensa. Las voces se superponen, arrastran sentimientos, miedos, olores, imágenes, versos, historias antiguas… Hay olas excelsas, la cuarta y la quinta por ejemplo. Y especial mención a la última, arrastrada por Bernard, donde cambia el tiempo verbal. Desde la infancia hasta la puesta todo es presente, el final es en pasado, Bernard se vuelve, mira e intenta seguir el rastro y avanzar, él, que es él y fue otros, él, que tenía cientos de historias sin final… La naturaleza, la luz, las olas siempre siguen, aunque el sol se oculte.

      Un día y la esencia en el tiempo de un grupo de amigos. De una intensidad abrumadora. No apto para todo tipo de lector o lectora. En los tiempos de su publicación, Virginia comenzó a perder el favor del público, las corrientes literarias y políticas variaban su cauce y ella pertenecía ya al pasado frente a nuevos autores como Auden, más beligerantes y, en buena lógica, enfrentados a sus predecesores. A fin de cuentas ella era ya una escritora consagrada y los retos de su generación no eran de recibo en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

Virginia por Vanessa

Un cuarto propio de Virginia Wolf

Un cuarto propio

 

En 1928 le encargaron a Virginia Woolf una conferencia sobre las mujeres y la literatura que daría lugar a Una habitación propia, publicada en 1929. Mientras, terminaba Orlando y, posteriormente, durante la corrección de las pruebas de este cuarto propio, avanzaba en lo que entonces titulaba Las falenas y que acabaría siendo Las olas. En 1928 Ulises ya tenía 6 años, La montaña mágica 4, la generación del 27 estaba en pleno fulgor, acababan de ver la luz póstumamente los últimos dos libros de En busca del tiempo perdido, Faulkner escribía El ruido y la furia y algunas grandes escritoras contemporáneas contaban con una voz reconocida y respetada: Katherine Mansfield, Willa Cather, Edith Wharton, Colette… En el 28, en el Reino Unido acababan de aprobar el voto femenino a partir de los 18 años, el sempiterno tema estaba -o seguía- en la palestra y Virginia, que no consideró el asunto baladí, no se conformó con dar una respuesta convencional pues el tema, como ya expone en la primera página, abría varios frentes. Desecha todos ellos, adelanta su conclusión y explica a través de una estrategia de diversificación de distintas y posibles identidades femeninas cómo llegó a esta simple, pero conspicua, certeza: … para escribir (…) una mujer debe tener dinero y un cuarto propio.

            Aborda el tema desplegando una ficción en la que se vale de nombres aparentemente al azar y cuasi anónimos: … Y allí estaba yo, díganme Mary Benton, Mary Seton, Mary Carmichael… y va desplegando un hilo conductor firmemente enlazado a la realidad pasada y presente. Con fina, medida y precisa ironía, Virginia Woolf, de la mano de Benton, su álter ego que afirmará encontrar más importante una renta de 500 euros anuales que el voto, divaga sobre el tema y también por un césped que resulta ser para uso exclusivo del Profesorado y el Magisterio; posteriormente ve vedado su acceso a la Biblioteca donde su errar mental y físico la han conducido para hacer una consulta. El idílico entorno, el tenaz y masculino contexto, el erudito y ingenuamente sagaz discurrir de Benton son expuestos con aparente ligereza, inteligencia traviesa, y gentil, aunque mordaz, desapego.

          A lo largo de seis capítulos, Woolf va enlazando, hasta sus días, la historia de las mujeres y de algunas autoras, desde el periodo isabelino, en cuyos tiempos, una supuesta hermana de Shakespeare -una mujer de talento- habría contado con tres alternativas: bruja, loca o suicida-; el deseo de ser anónimas -como las 3 Marys recogidas de una balada del siglo XVI- o veladas (Curren Bell, Eliot, Sand)- y la gran presencia de la mujer en la poesía así como su total ausencia de la historia; compara emociones que enturbian la obra en ambos géneros -la ira- o en el masculino -la vanidad-, analiza una supuesta novela del momento, su autora Mary Carmichael, y, a partir de ella, apunta la necesidad de una visión propia, no solo de la realidad, también del otro sexo; se pregunta si no será la falta de tiempo y de espacio uno de los motivos de que sea precisamente la novela el género más frecuentado por las escritoras, etc, etc, etc.

          Un compacto mosaico en el que la gran escritora que fue Virginia Woolf expone con claridad y gran riqueza un tema aún jugoso. Hacia el principio, durante un almuerzo estupendamente abastecido, acompañada por la crème de la crème de la universidad, Benton repara en la pérdida de algo en el ambiente, algo que se ha desvanecido tras la Gran Guerra y después, dejándose llevar por su cavilaciones y por sus pasos, llega al colegio de señoritas donde, Mary Seton entre otras, les sirven una escueta cena. Hacia el final del libro, con la madeja devanada, constata que, además de al trabajo de tantas mujeres en el pasado, … gracias a dos guerras, la de Crimea, que sacó a Florence Nightingale de su sala, y la europea, que abrió las puertas a la mujer común unos sesenta años después, esos males -los que afectan a su independencia económica- van en camino de mejorar. Todo está conectado en este breve ensayo que por momentos adopta tono de cuento humorístico -quizá tenga algo que ver su coescritura con Orlando-.

          En cuanto a la traducción: es de Borges. Tanto él como la traductora de la edición Una habitación propia traducen la conferencia de Virginia Woolf  Women and fiction como Las mujeres y la novela, siendo, en mi opinión, lo correcto, en general, “Las mujeres y la literatura”. El término novela restringe el campo semántico y cuando Virginia Woolf se quiere referir a ella -por ejemplo, cuando se pregunta sobre el porqué de la mayor inclinación de las escritoras por la novela- escribe “novel” y no “fiction”. Borges me perdone. O su madre, que con él nunca se sabe…

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El negro del “Narcissus” de Joseph Conrad

El negro del Narcissus

 

Cuando Conrad terminó de escribir El negro del Narcissus decidió abandonar el mar y dedicarse en exclusiva a la escritura, lo cual le dio, económicamente hablando, bastantes quebraderos de cabeza. De esto deduzco que las intenciones apuntadas en el prefacio, las vio suficientemente cumplidas. En el considera, entre otras cosas que el arte “debe aspirar sin desfallecimiento a la plasticidad de la escultura, al color de la pintura y a la mágica sugestión de la música, que es el arte entre las artes”. Veamos un pequeño ejemplo, la descripción del Narcissus:

…Había nacido del estrépito de los martillos, contra el hierro, entre nubes de negro humo, bajo un cielo gris, en la ribera del Clyde, cuya ruidosa y sombría corriente engendra seres magníficos que se alejan hacia la claridad del mundo para ser amados por los hombres. 

     El propio Narcissus tiene vida y a lo largo de una larga y bella prosopopeya (“…el barco lo sabía, y a veces enmendaba la presuntuosa ignorancia de los hombres con el sano correctivo del miedo.”) en la que el cocinero llega a acusar al buque de intentar ahogarle en el propio fogón, Conrad nos la trasmite para, a continuación, darnos una lección descriptiva y psicológica del lugar y las complejas relaciones establecidas entre tripulación -tanto los oficiales como los vulgares marinos-, nave, mar y uno mismo. Para ello se vale de un nada condescendiente, sino más bien distante y sarcástico, hombre, el negro del Narcissus, llamado James Wait (y sí, James y todos sus compañeros esperan) que sube a bordo enfermo (o tal vez no, quizá sea lo de menos) y se convierte en el eje entorno al cual se establecen vínculos afectivos que van del amor al odio, del egoísmo más turbio a la más absurda generosidad. Ni los distinguidos y eficientes capitán y sus primero y segundo de a bordo pueden permanecer ajenos a la complicada tela de araña que a partir de la demora de su defunción se teje alrededor del buque. Otro hombre, Donkin, de oscuro carácter y aviesas intenciones, saboteador nato de cualquier cosa constructiva, reinvindicador incansable y fullero, se dedica a sembrar dudas y soliviantar los ánimos en cuanta oportunidad se le brinda. La presencia de la muerte y las incertidumbres sembradas en una tripulación dispar, “perpleja, ingenua y silenciada” dan lugar entre otras cosas a un conato de motín. Solo permanece al margen el “venerable Singlenton”, lobo de mar que en tierra pierde su grandeza. En este microcosmos, de shakespeariana climatología emocional -tempestad, olas gigantes, falta de viento…- el recelo, la inseguridad, la soledad son los protagonistas de una marina feroz. Despùés llegan el desembarco y el cobro de la paga (que como en Brecht “era escasa”).

     Conrad viajó a bordo del Narcissus y, como el narrador (que al principio parece ser un narrador omnisciente, pero, tras un cambio a la primera persona del plural, resulta ser un miembro de la tripulación), partió de Bombay, pero desembarcó en Dunquerque, no en Londres. La obra hubo de ser publicada como Los niños del mar, no tanto por lo peyorativo de la palabra “nigger”, como por lo poco comercial que podría resultar la vida de un negro…

     Es una historia corta, llena de leyenda y aun misterio. Trepidante, casi se puede tocar, ver, oír. Y la traducción de Soriano Marco para Alianza, estupenda.

Conrad

El señor de las moscas de William Golding

 

Hay muchas maneras de llegar a los libros, una de ellas es dejarse llevar por ellos. Así desde Nada de Janne Teller me precipité a El señor de las moscas, libro que, francamente, nunca pensé que releería. Pero la pulsión era muy fuerte y volví para ver las diferencias porque estaba convencida de que en absoluto trataban de lo mismo. Empecé a leerlo y, en breve, estas me importaron bien poco, la novela me absorbió.

William Golding (1911-1993) fue un inglés, hijo de padres instruidos y progresistas, que iba para ciencias, acabó estudiando literatura y quiso ser poeta (sólo publicó un primer libro de poemas del que, posteriormente, no quiso saber nada). Durante la Segunda Guerra Mundial ingresó en la Royal Navy y fue testigo directo, entre otras cosas, del desembarco de Normandía. Amó el teatro, escribió una obra y, en su juventud, trabajó alguna vez como actor. También fue Premio Nobel y profesor de literatura.

El señor de las moscas se abre (tiene mucho de teatral) con un buen chaval muy agraciado, Ralph, y uno gordito y con gafas, Piggy. Por ellos deducimos que hay un montón de niños en lo que, aparentemente, es una isla. Todos chicos ingleses, no hay chicas. Entre ambos cogen una gran caracola que, a partir de ahí, servirá primero para congregarlos, después para tomar la palabra. A la llamada de la caracola, van acudiendo los demás, de todos las edades (los mayores entorno a los 12 años), hasta la llegada del coro. Pero no es el recapitulador y didáctico coro griego, es un coro de iglesia que conserva sus negras capas y su obediencia (de la fe o de dioses no se habla en el libro). Presentados y presentes todos, comienza la lucha por el liderazgo entre Ralph y el jefe del coro, Jack. Piggy, quien simboliza el entendimiento y es más a menudo ridiculizado, intenta hacerse oír en cada enfrentamiento. No es tarea fácil, pues Ralph y Jack, se temen y establecen una tácita alianza.

Se dictan reglas, ellos quieren muuuuchas reglas, y varios objetivos: salir de la isla, y para ello mantener encendido un fuego, habilitar unos refugios para protegerse y conseguir comida. Pero la vida en el paraíso, con el paso del tiempo, no es tan divertida. Por un lado, unos empiezan a echar de menos el calor del hogar, ropa limpia, afecto, por otro surge el instinto de la caza con su alegría salvaje. Ya no se trata de La isla del tesoro. Las buenas costumbres se van perdiendo y el placer del poder, intensificado por el instinto del cazador, les va separando cada vez más brutalmente.

El miedo entre la mayoría crece. Simón, personaje sensible, soñador y tímido, lo entiende y reconoce su forma, mas no sabe transmitir lo que la razón no sabe explicar. Las contradicciones crecen, el equilibrio inestable, se rompe. Algunos van abandonando las normas de convivencia, se dan cuenta de que ya no necesitan inventar una excusa. Los acontecimientos se precipitan.

Se trata de una estupenda obra, llena de simbolismo, que se puede interpretar más o menos profundamente, pero que está al alcance de cualquier buen o buena lector o lectora. Golding era inglés y en varias ocasiones incide en la nacionalidad de los chicos. También la colonizadora Gran Bretaña era y es una isla con sus líderes enfrentados y la razón ausente (no obstante, visto lo visto, trasciende fechas y paises). Está llena de detalles. Por ejemplo, no deja de ser paradójico que para encender el fuego, necesario para cocinar los jabalíes o para encender la hoguera cuyo humo les permitiría ser localizados y rescatados, sean fundamentales las gafas del sabio y vilipendiado Piggy. Hay muchos más, pero mejor descubrirlos con su lectura.