Las chicas de Emma Cline

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Las chicas se basa en las jóvenes que perpetraron los salvajes asesinatos de Sharon Tate -joven actriz embarazada de ocho meses y medio en el momento de la carnicería-y otras cuatro personas más que entonces estaban en su acomodado hogar. Según la autora, lo hace, no para recrear los hechos ni para centrarse en su gurú y motor, Charles Manson, sino para ilustrar una edad y una decisión errónea.

    Lo primero que nos presenta Emma Cline es la imagen de las tres chicas, hermosas, relucientes, distintas –como realeza en el exilio-, desafiantes, risueñas, mágicas –gráciles y despreocupadas, como tiburones cortando el agua-. A continuación comienza la novela y lo primero que nos describe es el espacio cotidiano donde perderán la vida un hombre, dos mujeres y un niño. Este breve apunte y la narradora se desvela en la actualidad: alguien está irrumpiendo en la vivienda donde deja pasar los días. Teme. Son dos jóvenes, un chico, Julian, hijo de Dan, el amigo que le presta la casa, y Sasha, su chica.

    A excepción de la cuarta parte, comienza cada una de las otras tres con su estancia compartida por la joven pareja en la casa prestada de un ciudad anodina con un mar frío, donde cultiva la invisibilidad. Los hechos de 1969 siguen vivos en su mente y Julian sabe de su participación, lo que parece despertar el interés de ambos por ella, Evie. Mientras tanto ella observa la relación que hay entre los dos, la vulnerabilidad y la dependencia de Sasha frente a su amado. La misma vulnerabilidad y dependencia que ella sintió desde un principio por Suzanne, una de las tres chicas de Russel (trasunto de Manson).-Gran parte del deseo, a esa edad, era un acto deliberado. … Más tarde lo vería: lo impersonal y rapaz que era nuestro amor, enviando una señal por todo el universo con la esperanza de encontrar un depositario que diera forma a nuestros deseos-.

    1969. Evie tenía 14 años, no era lo suficientemente guapa para no sacar notas brillantes, tenía una amiga en plena fase de desencuentro y, como tantas adolescentes, se sentía un bicho raro; sus padres, recién separados, se desentendían de su hija para centrarse en sus vidas. El afán de recibir amor, el deseo de gustar, la vergüenza de saberse sola, la necesidad de dar sin tener a quién, todo ese infinito mare magnum en el que se debaten las aspirantes a la edad adulta -¿existe tal cosa?- le hacen refugiarse en la comunidad a la que pertenece su adorada Suzanne, esa chica que parece flotar y sin embargo la mira y ella siente que la ve por dentro, tal y como es. Reparar en la seguridad que a todas Las chicas les proporcionaba el grupo, la desinhibición de sus movimientos, de su forma de actuar, frente a la amistad aniñada y caprichosa conocida hasta entonces, la falta de recursos emocionales por parte de madre y padre, el atractivo de lo prohibido con el consiguiente abuso de las drogas que le permiten dejarse llevar, desasistirse, la necesidad de abandonar la tutela de sus progenitores -los niños no son propiedad nuestra: … mi madre no era mi dueña solo porque me hubiese parido-, el amparo de saberse conocedora y partícipe de un ritual selecto y selectivo, junto a la sugestión -casi autosugestión- de salirse del cliché de la gente normal y la sensación de poder frente a esta plebe alienada, le hacen sumergirse más y más en el clan de Russel.

    En el fondo siempre late la resistencia a ese rol de chica, lo que de ella se espera -Sasha lo reproduce ante Evie-, conformarse, esperar, atajar el dolor con un gesto de cortesía, al igual que su madre cuya imagen está definitivamente rota como modelo -también la de su padre-. Desgrana con gran acierto una edad compleja y especialmente agresiva con las futuras mujeres que, probablemente, como Evie, crecerán con miedo: al otro, a sí mismas. Aún crecen con miedo. Lo describe desde la madurez, por lo que en ocasiones se cruzan las dos voces, si bien esto no crea confusión. Se echa en falta una mayor profundidad en el personaje de Suzanne que llega como un deslumbramiento y permanece oscura. Quizá porque oscuros permanecen los amores primeros, sobre todo si arrastran y condicionan el devenir personal. Como a Evie. 

    Una buena novela.

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Lo bueno de la verdad y La teoría King Kong de Virginie Despentes.

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Virginie Despentes saltó a la fama internacional gracias a la película Baise-moi (Fóllame) que, en Francia, fue polémica, perseguida y finalmente prohibida para los menores de 18 años -el cine porno se puede ver a partir de los 16-. No hay mejor publicidad -aquí casi que me dan ganas de decir marketing-. Lo bueno de la verdad es su tercera novela; la primera, la que le abrió las puertas del mundo editorial, fue Fóllame, publicada siete años antes de filmarla la propia autora. Y, como nos cuenta en La teoría King Kong, es a un crítico del Fóllame escrito a quien debemos el título de la novela que nos ocupa, pues, condescendiente y didáctico, citó a Renoir: Les films devraient être faits par de jolies femmes montrant de jolies choses (“Las películas deberían estar hechas por chicas bonitas mostrando cosas bonitas”). Quiero imaginar que la traducción fue consensuada con la autora, pero no le veo yo ningún aquel con Lo bueno de verdad. Le quita a este cuento perverso, deslenguado y personal, una buena dosis de la picardía que encierra.

      Dos hermanas, Claudine y Pauline, recién llegadas al mundo de la farándula musical parisina. Cada una se adapta a su manera y acaban superponiéndose a pesar de sus opuestos caracteres dentro de una trama de suplantaciones. Posibles desdoblamientos de Virginie Despentes que sin duda guarda más -por ejemplo en Bye, bye, Blondie-. La prostitución, la pornografía, las drogas, la imagen, el sufrimiento por la imagen, el peso de la imagen, la imagen al natural o disfrazada, el uso de la imagen, la dependencia de la imagen… Entorno, una industria, la que ella dice conocer mejor, la musical, y lo que gira o se enreda alrededor de ella.Todo desde un apartamento en un barrio marginal, de mayoría emigrante y frecuentes peleas.

      Se desarrolla en un año, Despentes dice haberla escrito en unos pocos días y puesta de coca -algún tiempo dedicaría después a pulirla, digo yo, por vulgar que pueda resultar el vocabulario, está bien trazada y resuelta-. Empieza en primavera, el periodo más largo y buena época para el suicidio. Transcurre en presente con algún salto al pasado común de ambas gemelas, pasado en el que también se enfrentan y se alternan en el papel concedido por el padre. Tres figuras masculinas y dos diferentes estrategias de seducción frente a los rituales de dominación masculina -una alienante, otra controlada-.

      El lenguaje sin perífrasis, directo, claro, ágil, eficiente. Centra los diferentes encuadres, sigue primero a la más procaz, acompaña después en su transformación a Pauline, intercala diálogos. Llama a las cosas por su nombre, no busca empatía ni simpatía y va cuestionando actitudes, juicios, hechos, etc., lanzando dardos críticos desde los ojos de sus álter ego. Vamos que da mucho juego y, como tenía a mano la Teoría King Kong, decidí completar mi lectura de Despentes ya que parece poner mucha carne en el asador y de la propia.

      La Teoría King Kong se publicó en 2006. Define primero desde dónde y como quién escribe y a continuación, en general con su propia biografía de fondo -sino en primer plano-, van desfilando diferentes cuestiones, todas ellas con la palabra tabú adherida a su signo. Partiendo de la lógica del capitalismo, apela a la necesidad de una revolución de géneros porque, no solo están presos los cuerpos de las mujeres, el cuerpo de los hombres pertenece a la producción en tiempos de paz, y al Estado, en tiempos de guerra; escudriña en aquello que rodea el concepto de violación como alguien que la sufrió y que aún vive con ella; repasa los preceptos anejos a la ineludible existencia de la violación como un instrumento de poder –esqueleto del capitalismo– y se acerca a las actitudes de las víctimas desde sus propias reacciones y reflexiones a lo largo del tiempo; como exprostituta nada arrepentida cuenta su experiencia, en absoluto dramática, defiende el oficio considerando que este no representa mayor violencia contra la mujer que el matrimonio; da un buen repaso al porno ligándolo a la antaño pretendida inexistencia del placer femenino y la preeminencia del modelo de placer masculino. En resumen, aborda todos los temas incómodos que planean alrededor de la lucha de sexos, enfocando la explotación del varón desde la lucha de clases en la que, cómo no, también están inmersas las mujeres; no se salva los conceptos de feminidad (Puta hipocresía. El arte de ser servil) y de maternidad… Todos asuntos controvertidos, matizables, espinosos, y, aparentemente, los aborda a pecho descubierto. Carente de doble moral y de pelos en la lengua. Contiene argumentos muy suscribibles y otros, no tanto, pero no son temas resueltos por lo que nunca está de más darles un par de vueltas.

      Por último, ¿será criptomnesia el haber llamado Pauline a una de las hermanas, pura casualidad o voluntario? En una de las primeras novelas de Dumas padre, Pauline precisamente, a la protagonista se la toma por muerta…, también son dos hombres los que tiran de ella…

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84, Charing Cross Road de Helene Hanff

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Cayó este libro en mis manos por azar. Durante unas vacaciones extemporáneas, unos grandes anfitriones cuya biblioteca me dio inmediata confianza me lo prestaron para un par de días de playa y dolce far niente. Una vez leído y preguntado sobre él a algunos amigos y amigas, amantes de los libros en todas las dimensiones -como en todo hay diversas dimensiones y tamaños-, casi me avergoncé de no saber nada sobre él. Sí me sonaba que había una película, pero no más, me sonaba.

       Toda la información acerca de la autora y el libro aparece al final, en un Post Scriptum, como en mi opinión debería de ser en la mayoría, si no todos, de los libros. Claro está que siempre le queda al lector o la lectora, la libertad de saltárse el prólogo olímpicamente y leerlo después si el libro se lo merece. Y en 84 Charing Cross Road, si está al final, es por algo más que mi mayor o menor disgusto, es por necesidad, porque le añade un encanto particular a la historia, si bien no hace entrar a la autora en el Top10 o Top100 de Harold Bloom -por ejemplo-.

         Se lee como una novela de epistolar -en las antípodas de Las amistades peligrosas- con dos redactores básicos y empieza en octubre de 1949 extendiéndose hasta 1969. Comienza con la petición de unos libros agotados y desde la primera carta queda claro, tanto por las formas como por el contenido, que la redactora no es una persona al uso ni dispone de grandes posibles. Es una mujer autodidacta que vive en Nueva York y, poco a poco, vamos conociendo su contexto. Del librero deducimos que es vocacional y, a medida que se amplía la panoplia de receptores y destinatarios londinenses, sabemos más sobre él y sobre la realidad que en su país se está viviendo, sobre la posguerra. Se crea un entramado de relaciones a través de los libros y la solidaridad que bien podría llamarse amistad. Y un nexo especial entre Helen y Frank Doel -tardamos varias cartas en saber su nombre- al que, por distintas vías, se suman otros trabajadores de la librería, su familia e incluso alguna vecina. Y Helen fantasea con ir a Londres tras un golpe de fortuna…

       No vale la pena decir más al respecto, sí vale la pena leerlo. Cualquier tarde -o mañana o noche- que no sabes muy bien dónde parar (si en casa, si en un libro o en otro, si en esta música o aquella…), tenlo a mano y empieza a leerlo como quien no quiere la cosa, pues al final, la cosa tiene mucha miga y es deliciosa.

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El verano sin hombres de Siri Hustvedt

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La autora le da voz a una mujer de cincuenta y cinco años que nos cuenta la crisis que padeció tras saber que su esposo, Boris, después de treinta años de convivencia, necesitaba una pausa ( la Pausa tenía nombre, aunque nunca lo sabremos, y veinte años menos). Después de un breve internamiento por un “Trastorno Psicótico Transitorio”, se traslada a Minnesota, a una casa alquilada en la ciudad donde nació, próxima al apartamento para gente mayor donde vive su madre. Allí también consigue unas clases de poesía para niños, que resultan ser todas niñas. Nos informa de todo esto al principio, a continuación nos habla de su psiquiatra, que la sigue atiendo por teléfono; de su hija que vendrá a verla y está en contacto con Boris; de los cisnes -así es como llama a la madre y sus amigas, octogenarias las más jóvenes-; de la vecina y sus hijos Flora y Simón; de sus alumnas; de alguien con quien establece una correspondencia anónima y que firma como Don Nadie… Intercala sus estados emocionales, algunos recuerdos, .A medida que avanza, sus penas van estando menos presentes y van progresando las historias del entorno. Un mundo de mujeres: unas, adolescentes -brujas-, otras, en sus años finales y en el medio la narradora, su hija, y Lola la vecina con su pequeña Flora. Durante ese verano, pasa la vida, sin acritud, con los pequeños y trágicos acontecimientos que acompañan a edades tan extremas -adolescencia y vejez- de una clase acomodada.  Y así transcurre también la novela. A favor, la intuición de un mundo secreto y creativo tras un vida femenina cualquiera, la tenaz rebelión que bulle dentro de cada una de las mujeres. Y un ágil e interesante cambio de registro en el que, por momentos, apela al lector; hacia el final, se rebela contra algunas premisas establecidas -el tiempo-; otras, reflexiona partiendo de lo particular, su propia vulnerabilidad por ejemplo, y se explaya en disquisiciones, ágiles en general, pero que aumentan la información, diversifican aún más el relato; por un lado lo eximen de profundidad, y por otro le restan la naturalidad y la frescura de la que hace gala en algunas partes. Un tono monocorde a pesar de la diversidad de personajes. Lo cuenta bien, es todo correcto, a veces tiene cierta gracia -de ahí a tacharla de comedia…-, da noticias interesantes, aborda situaciones complejas y lo enfoca con una mirada inteligente (presión del grupo en las adolescentes, los distintos tipos de soledad femeninos, etc.), pero no termina de cuajar -por lo menos a mi no me lo parece-. Aunque se intuye un tono firme en algunas partes, da la sensación de que no es ese el que quiere potenciar la autora y el otro, el otro todavía lo tiene que desarrollar o aquí no llegó a afinarlo.

 S. Hustvedt

El desfile del amor de Sergio Pitol

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Esta es la primera novela del Tríptico de carnaval. En ella se conjugan tres tiempos. El primero es, en apariencia, un pretexto del personaje conductor, Del Solar, historiador que inicia una investigación movido más por su interés personal, que por el profesional (a lo largo de la novela hará que ambos converjan). La primera obra de Del Solar se centraba en el año 1914, en plena revolución mexicana;  el relato se narra desde 1973. Entre estas dos fechas se sitúa el hecho que da pie a la tabla central de esta novela y que aconteció en 1942, año en el que México le declaró la guerra a Alemania y demás países del Eje. Cuenta Pitol que uno de los motores de este Desfile del amor fueron unas fotos de Erwitt de ese año en las que, junto a artistas del momento como Rivera, Kahlo, Orozco…, aparecían otros de los más dispares: refugiados españoles, príncipes polacos, comunistas alemanes, estrellas de Hollywood -Buster Keaton y Paulette Godard-…

     A esta tríada le añadimos los trípticos de Max Bechmann, sus figuras grotescas, realzadas, en primer plano, sus actos casi cotidianos, el desfile de todos los personajes que rondan, rondaron y rondarán el poder; las diferentes voces que van narrando los hechos pasados siguiendo el enfoque narrativo de Rashomon donde cada personaje da su interpretación del crimen, aunque, por otro lado, es también Lubitsch, y especialmente Ser o no ser, uno de los referentes que tiene Pitol a la hora de enfocar este subtríptico que abre su Tríptico de carnaval; la concepción de Batjin -bien conocido por el autor, pero al que no hace falta haber leído para disfrutar con esta gran parodia- sobre los elementos del carnaval (el enfrentamiento entre lo sagrado y lo profano, la desaparición de las distancias y de las diferencias, la muerte y la risa) y el desarrollo de la polifonía que va construyendo los hechos; la voluntad de escribir una novela policíaca con final abierto; el juego de las máscaras en el teatro y la escatología en la novela picaresca -impagable la escena entre la felliniana Ida Werfel y el vilipendiado Martínez-;  una narración -la de Rosa y su hijo Gabriel- que si Buñuel no la imaginó, estoy segura de que pagaría por leerla en su tumba; la cantante alemana y un castrato mexicano; la, quizá menos grotesca, pero hieráticamente patética, Delfina, hija de revolucionario. El pretendido bastonero de este estupendo desfile, que no tiene desperdicio. La galería de personajes merecería todo un repaso, del que me reprimo; se entreveran lecturas entre cada línea, como en el buen jamón de bellota. Rezuma ingenio e inteligencia en esta visión esperpéntica y lúcida de México, que se enfoca muy bien desde ella misma y, claro está, en tres partes:“Tesis. Antítesis. Síntesis. Tan fácil como eso. ¿Tesis?, el porfiriato. ¿Antítesis?, la revolución. ¿Y la síntesis? La síntesis somos todos. Bueno, todos, todos no; aún no es posible. La síntesis somos nosotros, digamos, los que sobrevivimos al desastre y quienes se nos han incorporado. (…) La síntesis somos precisamente los que estamos sentados a esta mesa.

      Por algo le llama Vila-Matas el Maestro.

Sergio Pitol

Mientras agonizo de William Faulkner

Mientras agonizo

El título proviene de una traducción al inglés de la Odisea en la que Agamenón, muerto, refiriéndose a su esposa dice:

mientras agonizo ya en torno al cuchillo, los brazos

intenté levantar, mas en vano. Y aquella impudente

apartose y no quiso, ni viéndome ya partir para el Hades,

con sus manos mis ojos cubrir ni cerrarme los labios.*


     El viaje que emprenden los protagonistas, si bien está lleno de acontecimientos, no podría buscar una Ítaca más distinta ni tener unos motivos más opuestos. No obstante la venganza, de una manera u otra, está presente en ambos. Saber esto no da necesariamente sentido al libro, sino que enriquece y amplía sus muchas lecturas y abre nuevas ironías al magnífico final. Grande Faulkner.

      A través de distintas voces vamos siguiendo la agonía, muerte, traslado al cementerio y entierro de Addie Bundren. Junto al monólogo interior de los cuatro hijos, hija, padre e incluso la difunta madre, el de otros ocho personajes va desgranando el desarrollo de estos hechos. Cada uno de ellos lo adecua a su forma de ser y de ver su vida. La sensata voz del Dr. Peabody, personaje que como otros -el propio Anse, el padre- aparece en muchas obras de Faulkner que transcurren en Yoknapatawpha, define ya esas tierra como “opacas, lentas, violentas, moldean y crean la vida del hombre a su ensimismada e implacable imagen”. Y ensimismados son los monólogos de todos los actores, pero sobre todo los de los miembros de la familia. El grueso de la historia descansa sobre ellos, aunque avanza muchas veces gracias a los vecinos, testigos, partícipes y víctimas de esta tragicomedia expuesta al público desde narraciones interiores.

        Los Bundren han de trasladar el cadáver de la madre, que al comienzo aún está viva, hasta Jefferson por voluntad de esta. De los Bundren, Darl tiene la voz más presente y también la más personal, es el único capaz de actuar movido por algo distinto a sus propios intereses, de pensar (su monólogo interior es el más rico y extenso) y ver más allá (tanto que llega a contar algunos hechos sin estar presente, como si supiese perfectamente cómo se comporta su familia y qué quiere). Jewel es de naturaleza distinta, más salvaje, primario, solo interviene una vez y lo conocemos a través de Darl principalmente: su madre es un caballo, su cara es de madera, su amor, sus emociones se liberan con violencia. Cash, el mayor, y Dewey Dell, la hija, son primarios en sus distintos objetivos y les mueven únicamente sus necesidades y querencias; Vardaman, el pequeño, es especial, su razonamiento no corresponde a ningún tipo de lógica, su voz cuestiona cosas que no es capaz de responder si no por asociaciones (“Mi madre es un pez.”). Anse, el padre, es un parásito moralista. Avanza a toda costa y a costa de todos. Destaca la irrupción de la voz de Addie Bundren que añade nuevos elementos a los ya abundantes: enfoca su vida y su muerte desde el pensamientos de su padre: “la razón para vivir era prepararse para estar muerto”, introduce giros hacia atrás en el tiempo y en la forma de ver a todos los narradores del relato, considera las grandes palabras, amor, pecado…, una forma de “llenar una carencia”. Ella también, como Darl, predijo que él -su hijo favorito, Jewel, (y aquí, con gran habilidad ese él se sobrepone a Él, Dios) “me salvará del agua y del fuego. Incluso después de exhalar mi último suspiro”.

     El flujo de conciencia de cada voz tiene sus propios ritornelos y le añaden un ritmo y una poética obsesiva y personal que está en la esencia de cada personaje. Una misma escena puede ser enfocada desde varios puntos de vista o, por el contrario, solventada rápidamente en un par de alusiones. El tiempo, por momentos, parece suspendido (magistral la trágica y sarcástica inmersión en el río). El final es sumamente irónico y, salvo Darl, todo parece estar intacto. Forma y fondo encajan a la perfección, si es que puede encajar un mosaico tan rico…

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*Traducción de J. M. Pabón. Editorial Gredos. En el original “expirante”, no  “mientras agonizo” (“As I lye dying”).

 

Habla, memoria de Vladimir Nabokov

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Sabemos por el prólogo del propio Nabokov que este libro fue, previamente, una serie de artículos publicados en varias revistas, si bien, el germen de su posible unión fue previsto desde la publicación en 1936 del primero de ellos, el actual capítulo cuarto, titulado “Mademoiselle O”. Finaliza con su emigración a Estados Unidos en 1940. Se pueden leer, pues, independientemente, aunque el orden cronológico es suficientemente respetado.

     Está escrito en primera persona, alternando descripciones, reflexiones y referencias al lector, en una búsqueda del tiempo perdido que, como él dice, puede ser estimulada, aunque, en ocasiones, no coincidan la propia memoria y la ajena. Sin embargo, hacia la mitad del libro aparece un tú claramente dirigido a la omnipresente Vera, su esposa, tú que reaparece de nuevo en el capítulo 14, para ser omnipresente en el último, donde, dirigiéndose a ella, haciéndole partícipe de sus recuerdos, transmite una imagen de la Europa que va desde 1934, fecha del nacimiento de su hijo, hasta 1940, a través de las vicisitudes propias de unos nuevos padres (jardines, coches de niñ@, etc.). “A medida que transcurría el tiempo y que la sombra de la historia, obra de locos, viciaba incluso la exactitud de los relojes de sol, anduvimos inquietamente de un lado a otro de Europa, y nos pareció que no éramos nosotros, sino aquellos jardines, los que estaban viajando,” Un capítulo delicioso cuya primera parte leí tres veces seguidas porque es un placer para cualquier alma lectora.

     Con esa prosa exquisita de la que hace gala Nabokov y mientras reflexiona sobre la percepción del pasado, va adentrándose en distintos aspectos y protagonistas de su infancia. Con nostalgia por lo que en su momento no supo apreciar (tampoco sabía que lo iba a perder así, tan rápida y definitivamente), no tanto, según dice, por los bienes materiales como por los paisajes, los olores, la propia lengua, va sacando a la luz el pasado, indudablemente, en un intento, si no de fijarlo, sí de recuperarlo. “La nostalgia que he estado acariciando durante todos estos años no es el dolor por los billetes de banco perdidos sino una hipertrofiada conciencia de infancia perdida”.

     Recupera a su familia (a la que dedica un exhaustivo tercer capítulo de nombres, títulos y propiedades. Prolijo capítulo, ¡pardiez!, en el que han de quedar fijados para la posteridad los antiguos y linajudos orígenes de los Nabokov, si bien, al final del mismo, nos alivia en parte de tanta alcurnia: “Aquella robusta realidad convierte el presente en un fantasma. El espejo rebosa de luminosidad; un abejorro acaba de penetrar en la habitación y choca contra el techo. Todo es tal como debería ser, nada cambiará jamás, nadie morirá nunca.” ¡Ay, Proust, cuánto bien hiciste a la literatura!). A su padre, ruso blanco asesinado en el exilio, su madre, muy presente en casi todo el libro, hermanos (uno de los cuales le duele especialmente), sus institutrices y preceptores, las mariposas (esto lo disfrutarán más, sin duda, aquellos que de entomología sepan algo, aunque entre tanta nínfula -este Nabokov, le encanta jugar- deja siempre constancia de algunas de sus esencias: “Descubrí así en la naturaleza los placeres no utilitarios que buscaba en el arte. En ambos casos se trataba de una forma de magia, ambos eran un juego de engaños y hechizos complicadísimos”), el ajedrez, sus primeros amores…

     Todo ello acompasado por su inteligencia, sus controvertidas opiniones, sus socarronas pullas (para Freud hay un par), sus irónicos comentarios y sus juegos (al hacer un repaso de los escritores rusos en el exilio, no deja de demostrar un interés especial por un tal Sirin -seres de la mitología rusa, mitad mujer, mitad ave- que no es otro que él con el seudónimo que usó para firmar sus primeras obras). A medida que se acerca al momento más próximo en el tiempo, el discurso de Nabokov va siendo más preciso e incluso más íntimo. Es la voz que se dirige a Vera y le hace partícipe de lo que nos cuenta. No me resisto a la última cita que dice más que yo con tantas vueltas: “Soy feliz testigo del supremo logro de la memoria, que es el de la magistral utilización que hace de las armonías innatas cuando recoge en sus repliegues las tonalidades suspendidas y errantes del pasado”.

No Butterflies