Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz

Es hacia 1971 cuando termina la trama de la novela que nos ocupa. Fue en 1973 cuando su autor, el cubano Jesús Díaz, la presentó al premio de la Casa de las Américas con el título de Biografía política y, entonces, su estructura respondía al cuestionario que el protagonista, Carlos Pérez Cifredo, como aspirante a “trabajador ejemplar”, debía responder ante una Asamblea del Partido. No considerándola conveniente el jurado, tuvo que retirarla y no vería la luz hasta 15 años después, siendo su título distinto, Las Iniciales de la tierra, y respondiendo su estructura a un orden cronológico, a través de una larga analepsis. Entre una breve introducción en la que Carlos se cuestiona su vida y sus acciones hasta el momento, y un último capítulo, a modo de epílogo, en el que se haya finalmente ante la Asamblea, el autor va desgranando la vida de Carlos, desde un primer periodo consciente de la infancia donde se sientan las bases de un chaval de una gran imaginación alimentada por las películas, los cómics, las novelas juveniles…, un niño que sueña con ser un héroe, salvar -o en su defecto, enseñar- a su amiga analfabeta y que teme e ignora lo que de mágico y ancestral hay en aquellos que no son blancos cubanos. Una de sus primeras enseñanzas es que Los hombres no lloran. Son 21 capítulos que responden todos al mismo mecanismo, partiendo de un punto concreto en el tiempo, el autor vuelve hacia atrás enlazando con las circunstancias o los hechos de uno o varios capítulos anteriores, avanzando hacia el punto de partida del principio del capítulo y trascendiéndolo. Así tenemos una novela de formación en la que cada capítulo gira sobre sí mismo uniéndose a los adyacentes, que arranca poco antes del golpe de Estado de Batista de 1952 y finaliza después del fracaso de la zabra de los 10 millones (1970), recorriendo con ello, preliminares, triunfo y desarrollo de la revolución cubana.

      Nuestro aspirante a obrero ejemplar crece, lo hace del lado de la revolución hacia la que poco a poco no le ha quedado más remedio que decantarse profundizando, así, una brecha familiar con su hermano y con su padre, prestamista. Según va avanzando va aprendiendo y no siempre aprende como debe -eso es evidente durante su periodo maoísta-, más bien aprende como puede hacerlo alguien apegado al hogar materno que siempre quiso ser un héroe y que, a la postre, termina siendo … alguien que siempre quiso ser. Sin embargo estuvo presente o, de una manera u otra, participó en muchos de los hitos históricos de este proceso: la explosión del La Coubre, Girón, muerte del Che… y, en otros, de esa otra Cuba, de misteriosos sesgos como la incorporación de un muerto, la furnia, Alegre -el loco electricista-, o el Tren Fantasma cargado de caña podrida… La prosa de Jesús Dïaz es rica, rítmica, vigorosa, atrevida, juguetona. La música está presente -sobre todo y, significativamente- al principio, pero la melodía, la cadencia del verbo cubano llega hasta a la zafra. Precisamente en el capítulo de la primera zafra de Carlos, el autor cambia por única vez al destinatario de sus palabras: ya no es el lector, es Gisela, la mujer de Carlos, lo que por un lado suaviza la pesantez del trabajo y por otro acentúa la soledad y acompasa la marcha de las duras faenas. No le falta el calor a su protagonista, ni le faltan contradicciones, como a la mismita revolución, pero sigue avanzando, como trabajador, como persona y como hombre que consigue o intenta, por lo menos, reconocerle a la mujer los mismos derechos.

      Una novela bien construida a todos los niveles, escrita por un entonces Jesús Díaz revolucionario, que, no sé sí para su alegría o su pesar, cuenta mucho de las dificultades personales, pero también sociales y políticas de bregar a contracorriente.

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Limónov de Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère admiró literaria y vitalmente a Limónov allá por los años 80, cuando comenzaba el ruso a publicar sus primeros libros en Francia y Carrère, ya licenciado, comenzaba su andadura en el mundo de las letras. Las reacciones que hacia Limónov tenían tanto el pueblo llano de su país, como personalidades tan aparentemente opuestas al personaje por él creado y a la imagen recogida en los medios de comunicación occidentales, como Yelena Bónner, activista por los derechos humanos y viuda de Andréi Sajárov, o la periodista Anna Politkovskaya, avivaron de nuevo su interés más de una veintena de años mas tarde. Cuando a Carrére, un amigo periodista le propuso hacer un reportaje para una nueva revista, su respuesta inmediata fue: Limónov. Patrick me miró con los ojos como platos: “Limónov es un malhechor”. “No lo sé, habría que ver.” El proyecto fue hacia delante y, lo que iba a ser un reportaje, se convirtió en esta obra en parte periodística, pero también una biografía con tintes autobiográficos -pues Carrère da noticias de quién era, cómo era, cómo se veía, como se ve desde la distancia, etc.-, en parte fábula -ya sea la que el biografiado transmite o la que Carrère recrea-, que se lee como una novela y, además, como una novela apasionante, al margen de su mayor o menor veracidad -¿dónde está la verdad, es más, dónde está la verdad en lo que a la Unión Soviética se refiere?-, plausible e inteligentemente contextualizada en lo personal y en lo histórico.

     Eduard Savienko, Limónov, nació el 2 de febrero de 1943, el día de la rendición oficial de las tropas alemanas que sitiaban la entonces Stalingrado. Era hijo de un simple oficial de la NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) y de una comunista convencida que, como entonces –y ahora- ocurría en la URSS, no veían en Stalin al demonio rojo sino al héroe que venció a Hitler y culminó el fin de la Segunda Guerra Mundial. A su vez, Limónov admiraba a los militares –siempre caminará como ellos, … con paso reglamentario, regular y enérgico: a seis quilómetros por hora.- y, sintiéndose avergonzado por la falta de categoría de su progenitor, buscó otros modelos que encontró en la delincuencia, estuvo un breve periodo en la cárcel, trabajó como fundidor, intentó suicidarse, paró en un psiquiátrico donde un médico avispado, reparando en que lo que el paciente quería era llamar la atención, lo derivó hacia un trabajo más acorde, dentro de lo posible, con sus aspiraciones: vendedor ambulante de libros -Limónov, alma rusa amante de la poesía, ya escribía versos y no lo hacía mal-. Era un persona sin prejuicios que tanto se entregaba a la literatura, como cosía sus propios modelos de ropa los cuales también vendía, se casó con una mujer bastante mayor que él que le inició en el mundo de la bohemia -… él la estabiliza, ella le refina.-, se trasladó a Moscú y, a partir de ahí, comenzó lo que él siempre ansió, una vida libre y peligrosa: una vida de hombre. Tras Moscú, Nueva York y París – épater le bourgeois era y es algo que se le daba de maravilla y allí dio con las personas adecuadas-. Tras Anna, Elena y Natasha Medviédieva (cantante y poeta rusa de carácter, por lo menos, tan intenso como el suyo). Y por fin, con su odiada Perestroika y de la mano de su editor ruso, volvió a Moscú donde no se estableció hasta 1994 -curiosamente, Limónov partió y volvió a la URSS en los mismos años que su odiado Solzhenitsyn-. A su regreso Limónov descubre que no encaja, que le duelen Rusia y el pueblo ruso y marcha a la guerra de las Balcanes donde ha de elegir un bando, aunque no cree que un bando tenga toda la razón y el otro esté totalmente equivocado, pero tampoco cree en la neutralidad. Un neutral es un gallina y tiene por fin la oportunidad de sentir la emoción de la guerra, culminando sus deseos juveniles. Tras esto y dada la situación en su patria, regresó con la convicción de que había llegado el momento de entrar en política. Conducidos por Carrère que hace recuento y descripción de hechos y acontecimientos, que opina y contacta con el círculo del que se rodeaba Limónov, los militantes de su partido, entramos en la que es la parte más interesante y, probablemente, la más polémica y, no me cabe duda, la más difícil de desentrañar. Entre iluminado y Peter Pan, entre místico y materialista, entre genio literario y prolífico escritor, entre amante entregado y viejo pedófilo, entre preso modélico y agitador constante, la trayectoria de este escritor, sastre, vagabundo, soldado y un largo etcétera que continúa, en manos de Carrère, resulta absorbente, como también lo es la historia de su país sobre el que tanta tinta ha corrido  guiada por intereses espurios, sobre el que tantos velos se han corrido y se corren desde nuestro “clarividente” occidente.

     No dejen de leerla. Lo harán de un tirón y, tal vez, les surjan dudas y preguntas, lo cual es bueno, muy bueno.

Las chicas de Emma Cline

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Las chicas se basa en las jóvenes que perpetraron los salvajes asesinatos de Sharon Tate -joven actriz embarazada de ocho meses y medio en el momento de la carnicería-y otras cuatro personas más que entonces estaban en su acomodado hogar. Según la autora, lo hace, no para recrear los hechos ni para centrarse en su gurú y motor, Charles Manson, sino para ilustrar una edad y una decisión errónea.

    Lo primero que nos presenta Emma Cline es la imagen de las tres chicas, hermosas, relucientes, distintas –como realeza en el exilio-, desafiantes, risueñas, mágicas –gráciles y despreocupadas, como tiburones cortando el agua-. A continuación comienza la novela y lo primero que nos describe es el espacio cotidiano donde perderán la vida un hombre, dos mujeres y un niño. Este breve apunte y la narradora se desvela en la actualidad: alguien está irrumpiendo en la vivienda donde deja pasar los días. Teme. Son dos jóvenes, un chico, Julian, hijo de Dan, el amigo que le presta la casa, y Sasha, su chica.

    A excepción de la cuarta parte, comienza cada una de las otras tres con su estancia compartida por la joven pareja en la casa prestada de un ciudad anodina con un mar frío, donde cultiva la invisibilidad. Los hechos de 1969 siguen vivos en su mente y Julian sabe de su participación, lo que parece despertar el interés de ambos por ella, Evie. Mientras tanto ella observa la relación que hay entre los dos, la vulnerabilidad y la dependencia de Sasha frente a su amado. La misma vulnerabilidad y dependencia que ella sintió desde un principio por Suzanne, una de las tres chicas de Russel (trasunto de Manson).-Gran parte del deseo, a esa edad, era un acto deliberado. … Más tarde lo vería: lo impersonal y rapaz que era nuestro amor, enviando una señal por todo el universo con la esperanza de encontrar un depositario que diera forma a nuestros deseos-.

    1969. Evie tenía 14 años, no era lo suficientemente guapa para no sacar notas brillantes, tenía una amiga en plena fase de desencuentro y, como tantas adolescentes, se sentía un bicho raro; sus padres, recién separados, se desentendían de su hija para centrarse en sus vidas. El afán de recibir amor, el deseo de gustar, la vergüenza de saberse sola, la necesidad de dar sin tener a quién, todo ese infinito mare magnum en el que se debaten las aspirantes a la edad adulta -¿existe tal cosa?- le hacen refugiarse en la comunidad a la que pertenece su adorada Suzanne, esa chica que parece flotar y sin embargo la mira y ella siente que la ve por dentro, tal y como es. Reparar en la seguridad que a todas Las chicas les proporcionaba el grupo, la desinhibición de sus movimientos, de su forma de actuar, frente a la amistad aniñada y caprichosa conocida hasta entonces, la falta de recursos emocionales por parte de madre y padre, el atractivo de lo prohibido con el consiguiente abuso de las drogas que le permiten dejarse llevar, desasistirse, la necesidad de abandonar la tutela de sus progenitores -los niños no son propiedad nuestra: … mi madre no era mi dueña solo porque me hubiese parido-, el amparo de saberse conocedora y partícipe de un ritual selecto y selectivo, junto a la sugestión -casi autosugestión- de salirse del cliché de la gente normal y la sensación de poder frente a esta plebe alienada, le hacen sumergirse más y más en el clan de Russel.

    En el fondo siempre late la resistencia a ese rol de chica, lo que de ella se espera -Sasha lo reproduce ante Evie-, conformarse, esperar, atajar el dolor con un gesto de cortesía, al igual que su madre cuya imagen está definitivamente rota como modelo -también la de su padre-. Desgrana con gran acierto una edad compleja y especialmente agresiva con las futuras mujeres que, probablemente, como Evie, crecerán con miedo: al otro, a sí mismas. Aún crecen con miedo. Lo describe desde la madurez, por lo que en ocasiones se cruzan las dos voces, si bien esto no crea confusión. Se echa en falta una mayor profundidad en el personaje de Suzanne que llega como un deslumbramiento y permanece oscura. Quizá porque oscuros permanecen los amores primeros, sobre todo si arrastran y condicionan el devenir personal. Como a Evie. 

    Una buena novela.

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Lo bueno de la verdad y La teoría King Kong de Virginie Despentes.

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Virginie Despentes saltó a la fama internacional gracias a la película Baise-moi (Fóllame) que, en Francia, fue polémica, perseguida y finalmente prohibida para los menores de 18 años -el cine porno se puede ver a partir de los 16-. No hay mejor publicidad -aquí casi que me dan ganas de decir marketing-. Lo bueno de la verdad es su tercera novela; la primera, la que le abrió las puertas del mundo editorial, fue Fóllame, publicada siete años antes de filmarla la propia autora. Y, como nos cuenta en La teoría King Kong, es a un crítico del Fóllame escrito a quien debemos el título de la novela que nos ocupa, pues, condescendiente y didáctico, citó a Renoir: Les films devraient être faits par de jolies femmes montrant de jolies choses (“Las películas deberían estar hechas por chicas bonitas mostrando cosas bonitas”). Quiero imaginar que la traducción fue consensuada con la autora, pero no le veo yo ningún aquel con Lo bueno de verdad. Le quita a este cuento perverso, deslenguado y personal, una buena dosis de la picardía que encierra.

      Dos hermanas, Claudine y Pauline, recién llegadas al mundo de la farándula musical parisina. Cada una se adapta a su manera y acaban superponiéndose a pesar de sus opuestos caracteres dentro de una trama de suplantaciones. Posibles desdoblamientos de Virginie Despentes que sin duda guarda más -por ejemplo en Bye, bye, Blondie-. La prostitución, la pornografía, las drogas, la imagen, el sufrimiento por la imagen, el peso de la imagen, la imagen al natural o disfrazada, el uso de la imagen, la dependencia de la imagen… Entorno, una industria, la que ella dice conocer mejor, la musical, y lo que gira o se enreda alrededor de ella.Todo desde un apartamento en un barrio marginal, de mayoría emigrante y frecuentes peleas.

      Se desarrolla en un año, Despentes dice haberla escrito en unos pocos días y puesta de coca -algún tiempo dedicaría después a pulirla, digo yo, por vulgar que pueda resultar el vocabulario, está bien trazada y resuelta-. Empieza en primavera, el periodo más largo y buena época para el suicidio. Transcurre en presente con algún salto al pasado común de ambas gemelas, pasado en el que también se enfrentan y se alternan en el papel concedido por el padre. Tres figuras masculinas y dos diferentes estrategias de seducción frente a los rituales de dominación masculina -una alienante, otra controlada-.

      El lenguaje sin perífrasis, directo, claro, ágil, eficiente. Centra los diferentes encuadres, sigue primero a la más procaz, acompaña después en su transformación a Pauline, intercala diálogos. Llama a las cosas por su nombre, no busca empatía ni simpatía y va cuestionando actitudes, juicios, hechos, etc., lanzando dardos críticos desde los ojos de sus álter ego. Vamos que da mucho juego y, como tenía a mano la Teoría King Kong, decidí completar mi lectura de Despentes ya que parece poner mucha carne en el asador y de la propia.

      La Teoría King Kong se publicó en 2006. Define primero desde dónde y como quién escribe y a continuación, en general con su propia biografía de fondo -sino en primer plano-, van desfilando diferentes cuestiones, todas ellas con la palabra tabú adherida a su signo. Partiendo de la lógica del capitalismo, apela a la necesidad de una revolución de géneros porque, no solo están presos los cuerpos de las mujeres, el cuerpo de los hombres pertenece a la producción en tiempos de paz, y al Estado, en tiempos de guerra; escudriña en aquello que rodea el concepto de violación como alguien que la sufrió y que aún vive con ella; repasa los preceptos anejos a la ineludible existencia de la violación como un instrumento de poder –esqueleto del capitalismo– y se acerca a las actitudes de las víctimas desde sus propias reacciones y reflexiones a lo largo del tiempo; como exprostituta nada arrepentida cuenta su experiencia, en absoluto dramática, defiende el oficio considerando que este no representa mayor violencia contra la mujer que el matrimonio; da un buen repaso al porno ligándolo a la antaño pretendida inexistencia del placer femenino y la preeminencia del modelo de placer masculino. En resumen, aborda todos los temas incómodos que planean alrededor de la lucha de sexos, enfocando la explotación del varón desde la lucha de clases en la que, cómo no, también están inmersas las mujeres; no se salva los conceptos de feminidad (Puta hipocresía. El arte de ser servil) y de maternidad… Todos asuntos controvertidos, matizables, espinosos, y, aparentemente, los aborda a pecho descubierto. Carente de doble moral y de pelos en la lengua. Contiene argumentos muy suscribibles y otros, no tanto, pero no son temas resueltos por lo que nunca está de más darles un par de vueltas.

      Por último, ¿será criptomnesia el haber llamado Pauline a una de las hermanas, pura casualidad o voluntario? En una de las primeras novelas de Dumas padre, Pauline precisamente, a la protagonista se la toma por muerta…, también son dos hombres los que tiran de ella…

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84, Charing Cross Road de Helene Hanff

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Cayó este libro en mis manos por azar. Durante unas vacaciones extemporáneas, unos grandes anfitriones cuya biblioteca me dio inmediata confianza me lo prestaron para un par de días de playa y dolce far niente. Una vez leído y preguntado sobre él a algunos amigos y amigas, amantes de los libros en todas las dimensiones -como en todo hay diversas dimensiones y tamaños-, casi me avergoncé de no saber nada sobre él. Sí me sonaba que había una película, pero no más, me sonaba.

       Toda la información acerca de la autora y el libro aparece al final, en un Post Scriptum, como en mi opinión debería de ser en la mayoría, si no todos, de los libros. Claro está que siempre le queda al lector o la lectora, la libertad de saltárse el prólogo olímpicamente y leerlo después si el libro se lo merece. Y en 84 Charing Cross Road, si está al final, es por algo más que mi mayor o menor disgusto, es por necesidad, porque le añade un encanto particular a la historia, si bien no hace entrar a la autora en el Top10 o Top100 de Harold Bloom -por ejemplo-.

         Se lee como una novela de epistolar -en las antípodas de Las amistades peligrosas- con dos redactores básicos y empieza en octubre de 1949 extendiéndose hasta 1969. Comienza con la petición de unos libros agotados y desde la primera carta queda claro, tanto por las formas como por el contenido, que la redactora no es una persona al uso ni dispone de grandes posibles. Es una mujer autodidacta que vive en Nueva York y, poco a poco, vamos conociendo su contexto. Del librero deducimos que es vocacional y, a medida que se amplía la panoplia de receptores y destinatarios londinenses, sabemos más sobre él y sobre la realidad que en su país se está viviendo, sobre la posguerra. Se crea un entramado de relaciones a través de los libros y la solidaridad que bien podría llamarse amistad. Y un nexo especial entre Helen y Frank Doel -tardamos varias cartas en saber su nombre- al que, por distintas vías, se suman otros trabajadores de la librería, su familia e incluso alguna vecina. Y Helen fantasea con ir a Londres tras un golpe de fortuna…

       No vale la pena decir más al respecto, sí vale la pena leerlo. Cualquier tarde -o mañana o noche- que no sabes muy bien dónde parar (si en casa, si en un libro o en otro, si en esta música o aquella…), tenlo a mano y empieza a leerlo como quien no quiere la cosa, pues al final, la cosa tiene mucha miga y es deliciosa.

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El verano sin hombres de Siri Hustvedt

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La autora le da voz a una mujer de cincuenta y cinco años que nos cuenta la crisis que padeció tras saber que su esposo, Boris, después de treinta años de convivencia, necesitaba una pausa ( la Pausa tenía nombre, aunque nunca lo sabremos, y veinte años menos). Después de un breve internamiento por un “Trastorno Psicótico Transitorio”, se traslada a Minnesota, a una casa alquilada en la ciudad donde nació, próxima al apartamento para gente mayor donde vive su madre. Allí también consigue unas clases de poesía para niños, que resultan ser todas niñas. Nos informa de todo esto al principio, a continuación nos habla de su psiquiatra, que la sigue atiendo por teléfono; de su hija que vendrá a verla y está en contacto con Boris; de los cisnes -así es como llama a la madre y sus amigas, octogenarias las más jóvenes-; de la vecina y sus hijos Flora y Simón; de sus alumnas; de alguien con quien establece una correspondencia anónima y que firma como Don Nadie… Intercala sus estados emocionales, algunos recuerdos, .A medida que avanza, sus penas van estando menos presentes y van progresando las historias del entorno. Un mundo de mujeres: unas, adolescentes -brujas-, otras, en sus años finales y en el medio la narradora, su hija, y Lola la vecina con su pequeña Flora. Durante ese verano, pasa la vida, sin acritud, con los pequeños y trágicos acontecimientos que acompañan a edades tan extremas -adolescencia y vejez- de una clase acomodada.  Y así transcurre también la novela. A favor, la intuición de un mundo secreto y creativo tras un vida femenina cualquiera, la tenaz rebelión que bulle dentro de cada una de las mujeres. Y un ágil e interesante cambio de registro en el que, por momentos, apela al lector; hacia el final, se rebela contra algunas premisas establecidas -el tiempo-; otras, reflexiona partiendo de lo particular, su propia vulnerabilidad por ejemplo, y se explaya en disquisiciones, ágiles en general, pero que aumentan la información, diversifican aún más el relato; por un lado lo eximen de profundidad, y por otro le restan la naturalidad y la frescura de la que hace gala en algunas partes. Un tono monocorde a pesar de la diversidad de personajes. Lo cuenta bien, es todo correcto, a veces tiene cierta gracia -de ahí a tacharla de comedia…-, da noticias interesantes, aborda situaciones complejas y lo enfoca con una mirada inteligente (presión del grupo en las adolescentes, los distintos tipos de soledad femeninos, etc.), pero no termina de cuajar -por lo menos a mi no me lo parece-. Aunque se intuye un tono firme en algunas partes, da la sensación de que no es ese el que quiere potenciar la autora y el otro, el otro todavía lo tiene que desarrollar o aquí no llegó a afinarlo.

 S. Hustvedt

El desfile del amor de Sergio Pitol

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Esta es la primera novela del Tríptico de carnaval. En ella se conjugan tres tiempos. El primero es, en apariencia, un pretexto del personaje conductor, Del Solar, historiador que inicia una investigación movido más por su interés personal, que por el profesional (a lo largo de la novela hará que ambos converjan). La primera obra de Del Solar se centraba en el año 1914, en plena revolución mexicana;  el relato se narra desde 1973. Entre estas dos fechas se sitúa el hecho que da pie a la tabla central de esta novela y que aconteció en 1942, año en el que México le declaró la guerra a Alemania y demás países del Eje. Cuenta Pitol que uno de los motores de este Desfile del amor fueron unas fotos de Erwitt de ese año en las que, junto a artistas del momento como Rivera, Kahlo, Orozco…, aparecían otros de los más dispares: refugiados españoles, príncipes polacos, comunistas alemanes, estrellas de Hollywood -Buster Keaton y Paulette Godard-…

     A esta tríada le añadimos los trípticos de Max Bechmann, sus figuras grotescas, realzadas, en primer plano, sus actos casi cotidianos, el desfile de todos los personajes que rondan, rondaron y rondarán el poder; las diferentes voces que van narrando los hechos pasados siguiendo el enfoque narrativo de Rashomon donde cada personaje da su interpretación del crimen, aunque, por otro lado, es también Lubitsch, y especialmente Ser o no ser, uno de los referentes que tiene Pitol a la hora de enfocar este subtríptico que abre su Tríptico de carnaval; la concepción de Batjin -bien conocido por el autor, pero al que no hace falta haber leído para disfrutar con esta gran parodia- sobre los elementos del carnaval (el enfrentamiento entre lo sagrado y lo profano, la desaparición de las distancias y de las diferencias, la muerte y la risa) y el desarrollo de la polifonía que va construyendo los hechos; la voluntad de escribir una novela policíaca con final abierto; el juego de las máscaras en el teatro y la escatología en la novela picaresca -impagable la escena entre la felliniana Ida Werfel y el vilipendiado Martínez-;  una narración -la de Rosa y su hijo Gabriel- que si Buñuel no la imaginó, estoy segura de que pagaría por leerla en su tumba; la cantante alemana y un castrato mexicano; la, quizá menos grotesca, pero hieráticamente patética, Delfina, hija de revolucionario. El pretendido bastonero de este estupendo desfile, que no tiene desperdicio. La galería de personajes merecería todo un repaso, del que me reprimo; se entreveran lecturas entre cada línea, como en el buen jamón de bellota. Rezuma ingenio e inteligencia en esta visión esperpéntica y lúcida de México, que se enfoca muy bien desde ella misma y, claro está, en tres partes:“Tesis. Antítesis. Síntesis. Tan fácil como eso. ¿Tesis?, el porfiriato. ¿Antítesis?, la revolución. ¿Y la síntesis? La síntesis somos todos. Bueno, todos, todos no; aún no es posible. La síntesis somos nosotros, digamos, los que sobrevivimos al desastre y quienes se nos han incorporado. (…) La síntesis somos precisamente los que estamos sentados a esta mesa.

      Por algo le llama Vila-Matas el Maestro.

Sergio Pitol