Los siete locos. Los lanzallamas. De Roberto Arlt.

 

No se llevaban ni un año Arlt y Borges. A Borges se le sitúa en el grupo de escritores argentinos de Florida,  Arlt era del de Boedo, los de origen más humilde, los de izquierda, mayoritariamente socialistas. Él, en una entrevista, los define por su interés … por el sufrimiento humano, su desprecio por el arte de quincalla, la honradez con que han realizado lo que estaba al alcance de su mano… En su proverbial modestia, comparable a la de su coetáneo, se postula como el mejor escritor vivo y considera su obra en función de sí mismo, con un alto grado de cinismo -aledaño, sino concomitante, con el escepticismo-: Como uno no puede hacer de su vida un laboratorio de ensayos por la falta de tiempo, dinero y cultura, desdoblo de mis deseos personajes imaginarios que trato de novelar.

      Tras El juguete rabioso, de base claramente autobiográfica, Arlt, ya trabajador de un periódico, publica Los siete locos, novela a la que pone punto final, no sin anunciar desde las propias páginas de la obra, que la historia continúa, como así hace en Los lanzallamas. Todos los demonios de Arlt se despliegan en ambas narraciones, también muchos de sus oficios pues, tras una infancia conflictiva marcada por un padre maltratador -reflejada en el atormentado personaje central, Erdosain-, abandonó pronto el hogar y fue pintor de brocha gorda, hojalatero, peón, redactor, inventor…, solo que en vez de intentar inventar una rosa metalizada como su protagonista, él patentó una medias reforzadas con caucho. Una auténtica carcajada arltiana. Los siete locos termina de escribirse en 1929. Los lanzallamas en 1931. Entremedias, un golpe de Estado en Argentina, algo que se respira como inminente, fatalmente necesario, a lo largo de la primera novela.

     No tuvo Arlt una educación al uso, más bien se formó a sí mismo, de manera deslabazada, pero constante, y así es su obra, y de ahí proviene el desprecio que destila hacia aquellos que le recriminan su particular uso de la gramática, su lenguaje, propio e intransferible que no duda en inventar una palabra cuando la necesita -eso sí, el significado se deduce al leerla-. Su visión valleinclanesca, su desgarro dostoievskiano, la constante angustia existencial que acompaña a Erdosain, claro trasunto del autor, y a otros de los locos que transitan por sus líneas, su afán enumerativa propio de Huymans -aunque en las antípodas-, todo ello y más, hacen sin duda de la obra de Roberto Arlt, una obra singular, profusa, irregular a veces, por momentos, genial. Si a esto añadimos su gusto por las personas que pueblan lo que damos en llamar los “bajos fondos”, tenemos el marco en el que se desarrollan ambas novelas que muy bien podrían ser una sola.

      ¿Quiénes van a hacer la revolución social, sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te crees que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos? Con este pretexto, cambiar el mundo a través de una revolución, transcurren Los siete locos y Los lanzallamas, hacer la revolución por una vida de humillación, por cubrir un robo, por un matrimonio desgraciado, por un invento absurdo; o por autoafirmarse como ser humano; o por curiosidad …Me sube la curiosidad del asesinato, curiosidad que debe ser mi última tristeza, la tristeza de la curiosidad. O por venganza o… porque un cambio radical es necesario. Una galería de personajes extremos, una organización que se financiará con un robo y prostíbulos, muchos prostíbulos -proporcionados por El rufián melancólico-. Cambiar el mundo diseñando un nuevo dios tan mentiroso como los demás, un nuevo lider, una nueva fe. Aquel que encuentre la mentira que necesita el corazón de la multitud, será el Rey del Mundo. El Erdosaín inventor, pergeñará una forma de gasear a la escoria humana -nada extraño: recién la Gran Guerra demostró que era factible-. Una trama que apunta un cambio cambio radical y violento.

     Mención aparte merece el tratamiento de las mujeres, siendo la esposa del protagonista el reflejo de la atormentada relación del autor con su mujer. Aparecen como figuras prosaicas, atentas únicamente a la manutención, la economía, pendientes y dependientes de la figura masculina que ha de facilitarles el futuro. No obstante Hipólita, en su demencial trayectoria -no menos demencial que la del resto-, busca por sí misma, pero, o además -el conector es discutible- se salva, si salvación hubiere, junto al eunuco.  Todo, todos y todas en esta obra -que son dos- es extenso, es prolijo, abrumador casi -en contenido, en significados, en resonancias-. No vale para todo tipo de lector o de lectora. Puede resultar irritante, onerosa o genial, desmesurada. Esperpento, profundo drama tragicómico, panoplia de personajes patológicamente enfermos cuyo pasado conforma su papel, definidos y presentados en irónicas o falsarias perífrasis disparatadamente plausibles –El hombre que vio a la partera, El buscador de oro, Hipólita la Coja-.  Una atisbo de lo que puede ser leer Los siete locos y Los lanzallamas se intuye en la frase de Erdosain que perfectamente puede encajarle a Roberto Arlt: … de mi honradez criminal depende todo.

      En cuanto a la edición -crítica-, bien podría decirse que es absolutamente exhaustiva. Incluso en exceso pues, en su afán de fidelidad al estilo de autor, por un lado perpetúa incluso lo que son claras erratas, por otro, durante gran parte de las dos novelas -en algún momento se cansaron-, insiste en indicar en la parte inferior que Vd. corresponde a usted. Sin embargo la cantidad de información, de artículos es muy abundante y los, creo recordar que son tres, textos de Arlt justifican su elección -bueno, justificaron: está agotada-.

El perseguidor de Julio Cortázar

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Lo cierto es que iba a empezar otro libro cuando se me cruzó por casa (los libros, mal que nos pese, tienen vida propia) una preciosa edición del Zorro Rojo (vamos a ponerlo con mayúsculas, se lo merecen) de ese estupendo, como tantos de él, relato de Cortázar. Y en esto que te pones a hojearlo, luego pasas a ojearlo, para terminar encontrándote en la mitad del libro y decides, no puedes hacer otra cosa, terminarlo, porque casi lo habías olvidado, porque da gusto dejarse llevar por la prosa de Cortázar (aquí muy prosa, muy funcional, ajustándose a las necesidades del tempo narrativo cuasi musical -a veces rápido, a veces reflexivo, a veces aquí, a veces perdido-, sin grandes florituras, con grandes temas y juegos en el empleo de los tiempos -el pasado en futuro-). Una vez reparas en esto, paras, buceas en los estantes en busca de cualquier cd de Charlie Parker (o de Jonnhy Carter, qué más da, tras leer El Perseguidor, uno y otro se sobreponen retroalimentándose -qué palabra tan fea- el uno al otro) y te sirves una copa. Qué gozada.

     Las ilustraciones que acompañan al relato, en blanco y negro –no podía ser de otra manera-, regalan buenos momentos para pararse a mirarlas y dejarse llevar por ese túnel del tiempo -y del espacio- donde se pierde Jonnhy en el metro, en un ascensor, en un estudio de grabación… Bruno el narrador, el recopilador, el teórico del jazz, el que sistematiza y clasifica, el que le da nombre a las cosas, el biógrafo, el parásito del músico al que admira y Jonnhy, el pobre Jonnhy, desnudo, buscando, siempre buscando, persiguiendo. Y Bruno que narra, entiende y niega esa parte que le asusta, que no quiere recoger en su libro, pero que sabe que está ahí, en el hombre y en su música. El lamento de un saxo como el de Charlie Parker (el cual, cuenta la leyenda, nunca sonó mejor que en Toronto cuando, por empeñarlo, tuvo que tocar uno de plástico), la abstracción de sus sentimientos en esos solos ensimismados, las distintas dimensiones de la vida, el dolor de la pérdida… El orden frente al caos, las drogas, pero también el miedo de ambos a los propios fantasmas. Y el tiempo.

     El cuento no necesita de Parker para brillar. La realidad frente al arte, vivir aquí, aferrado a lo cotidiano, prosaico, o vivir perdiéndose, persiguiendo en la memoria, en una melodía, en otras formas de percepción. Es corto para ser una novela, largo para ser un cuento. Justo para ser redondo. Si además te vas a dar un paseo por el jazz, pues puedes volver a cogerlo. El tiempo es relativo. Se lee en un par de horas y se saborea durante días y cómo es redondo, siempre puedes volver a entrar y volver a leer para comprobar más tarde «como el paisaje se va rompiendo cuando lo miras alejarse”.

     Y si esta edición es cara, siempre se puede buscar en Las armas secretas. Faltarían las ilustraciones, de agradecer, mas no necesarias. Es un valor añadido. Una delicatessen.

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El secreto del mal de Roberto Bolaño

Ocurre con algunos compositores que, no importa el momento del día o de la noche, ni la veleidad del carácter en que te encuentres, suena su música y se te impone, te lleva a su terreno. Puedes no conocer esa obra, no haberla oído en tu vida. Puedes estar tens@ como el cable de acero de un puente colgante, que te abres, te dejas, te vas. Así Bach. Bach es Música. Bueno, pues Bolaño es así a la Literatura. Que no sé qué leer, que el regustillo del último libro tarda en marcharse… Un Bolaño en la recámara, vamos, en el estante de lo pendiente, y a disfrutar.

    El secreto del mal es un libro póstumo. Según informa Ignacio Echevarría en la nota preliminar, consta “de un puñado de cuentos y de esbozos narrativos entre los numerosos archivos de textos -más de medio centenar- que se encontraron en el ordenador de R. B. tras su muerte”. Algunos están aparentemente acabados…, o no. Por ejemplo Músculos es claramente el origen o la primera versión breve de lo que sería Una novelita lumpen, pero es distinto. El que da título a la novela es muy corto, pero a mi modo de ver es perfecto. ¿Que tal vez, si no se nos hubiera ido de aquí, lo cogiese y nos diera otro relato más amplio? Puede ser, pero, como con su muerte, lo importante ocurre antes. Su albacea literario nos ha seleccionado unos escritos, secretos hasta ahora para el público.

   Hay relatos al uso, al uso de Bolaño, claro. Nos cuenta una de zombies que remite a Rimbaud y Jarry; transita de un loco con pistola a los cuadros de Moreau para acabar en una posada cuando era un joven sensible; estira la cuerda floja que una mujer infiel se van tendiendo; escuchamos la rutina y el vacío de un proceso de regreso de las drogas; sabemos de un músico que vuelve con sus padres; de una Daniela, clase media por herencia, sin remisión, sin objeciones, pero con remordimientos; de la elección entre un bronceado o traerse a una criatura del tercer mundo como formas de perder el tiempo…

   Hay otros ya más biográficos, como No sé leer, donde cuento es el nombre que le da al principio y no deja de ser el cuento de cómo regresó completamente a Chile, con su hijo y el pájaro que sólo él, Bolaño, vio. Y, quizá (lo cierto es que no es importante si es o no es así), La colonia Lindavista, donde, al terminar, queda en la mente un cuadro o varios de Hopper pasado por México pasado por Bolaño.

   Tenemos también de Arturo Belano donde el autor asume al personaje o el personaje asume al autor. Como decimos en Galicia “Vai ti saber”. En El viejo de la montaña Belano recuerda involuntaria y recurrentemente un momento de su relación con su sináptico amigo Ulises Lima a raíz de la supuesta muerte de William Burrough y en Muerte de Ulises, Belano vuelve tras veinte años a México y, eludiendo el compromiso que allí le lleva, va a visitar a Lima. Ambos relatos muy en sintonía y con esa relación tan de B. entre la realidad y la mirada, que tanto se funden como se separan..

   Y por último los que son pura literatura: Laberinto, intelectuales de una foto cruzándose en los juegos de observación e imaginación (o perversión, a veces) de Bolaño: Los sabios de Sodoma. donde Naipaul, ese brillante escritor y correoso personaje, se convierte primero en una imagen abrumada por el peso de su obra y después en protagonista de un relato antiguo de Bolaño al tiempo que hace referencia a un escrito del Nobel sobre Argentina y su estancia en este país; Derivas de la pesada, una conferencia que no me cabe duda debió levantar revuelo, donde se atreve con los más importantes escritores argentinos actuales reduciéndoles a tres líneas y reivindicando en todo momento a Borges, pero sin olvidar a Cortázar; y Sevilla me mata, otra conferencia para responder a la pregunta ”De dónde viene la nueva literatura latinoamericana”, al parecer inacabada y qué lastima, ya que donde dice, luego se desdice, para volver a decir. Estos cuatro, un festín que he leído con verdadero regocijo.

   Los demás también, que conste