El bosque de los zorros de Aro Paasilinna

Poco que añadir sobre Arto Paasilinna a lo dicho en Delicioso suicidio en grupo. Esta obra es de 1983, mientras que la otra es siete años posterior. Ambas tratan de una huida. Esta, en realidad, trata de tres huidas, incluso de alguna más. Hay pocos personajes en esta novela que no deseen abandonar lo que tienen.

      Huye Oiva Juntunen, un hombre de treinta y tantos, alérgico al trabajo, que no quiere compartir el oro robado con sus compañeros, por el momento, encarcelados; huye Sulo Remes, un militar añorante de una guerra que le permita salir de una rutina que sobrelleva con ingentes cantidades de aguardiente de naranja, y huye una nonagenaria lapona, Naska Mosniko, que se salvó in extremis de ser ingresada en un asilo. En la primera y segunda parte nos presenta a los dos hombres, personajes de muy laxa moral, y asistimos a su encuentro. En la tercera irrumpe la vital anciana y la seguimos hasta el refugio de ambos. Tras conocer a los tres y sus circunstancias, Paasilinna los junta aparentemente a salvo del mundo exterior. Esta convivencia los dulcifica y humaniza, especialmente a los dos hombres que, a medida que se han ido enfrentando y conociendo, han establecido acuerdos de supervivencia en común. Mas la cosa no resulta tan sencilla, pues el inteligente militar, no puede evitar, en una de sus excursiones para avituallarse, atender a la llamada de la carne (la de tocar, no la de comer) y dar la nota con sus, aparentemente, descabelladas compras. Así, acaban concitando en el bosque, ese bosque idílico y frío que tan bien conoce y tanto reivindica Paasilinna –se crió en Laponia-, a un aburrido y concienzudo policía –tampoco muy listo- y al más cruel socio y perseguidor de Oiva. Pero el oro vale para mucho en esta sociedad (y en casi todas).

      Ni tan mordaz ni tan caústica ni tan coral como la anterior, sí tiene un toque surrealista y se lee bien, arrancando algunas carcajadas. Los personajes siguen siendo correosos, pero ganan en humanidad a medida que su entorno les es más propicio, filtrando mientras tanto el autor una mirada crítica e irónica hacia las cárceles, las guerras y los militares, y una reivindicación de la vida en la Naturaleza aún presente en aquellas tierras, bien conocidas por el autor.

       He de reconocer que llegar a Paasilinna desde Bolaño y María Zambrano le hace un flaco favor al primero. El bosque de los zorros es  una lectura agradable, incluso divertida, pero no memorable.

 

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Delicioso suicidio en grupo de Arto Paasilinna

      El azar y un título acertado me llevaron a Arto Paasilinna. Ojear los lomos de la biblioteca de un amigo, leer el grupo nominal Delicioso suicidio en grupo y estar algo espesa hicieron que lo extrajera del estante. El título, cuanto menos, era un curioso oxímoron con paradoja, que merecía ser premiado con una hojeada. Y, además de ser de Anagrama y no tener una contraportada estúpida, mi amigo se apresuró a recomendármelo.

     Paasalinna nació en un camión mientras su familia se trasladaba forzosamente por ser originarios del territorio que Finlandia hubo de ceder a la URSS tras las llamadas Guerra de Invierno y Guerra de Continuación. Primero se dirigieron a Noruega de donde fueron expulsados, después a Suecia, de donde también fueron expulsados, acabando en la Laponia finlandesa. “He conocido 4 Estados diferente en mi juventud. La huida se ha convertido en una constante de mis novelas, pero hay algo positivo en ella, si ha habido antes combate”*. Su apellido significa “fortaleza de piedra” y lo acuñó el padre para desmarcarse del apellido de origen sueco que les correspondía. Arto Paasilina sólo habla finés, fue leñador y trabajador agrícola antes de retomar sus estudios y convertirse en periodista. Hacia los 70 empezó a escribir poesía y novelas.

     La obra comienza con la huida de la vida que, regularmente, en la noche de San Juan, llevan adelante los finlandeses (Finlandia tiene una tasa muy alta de suicidio). Un empresario gris y en bancarrota que se dispone a pegarse un tiro en un pajar encuentra allí a un coronel medio ahorcado a quien salva de morir. A partir de este encuentro, inician una relación que van ampliando con el objetivo, no se sabe muy bien si de demorar el final elegido, la muerte, o de hacerlo con más seguridad y firmeza. No desperdicia nada este “aguatragedias”, definición que aplica el autor al único personaje que muestra amor a la vida y que define a la perfección su función de narrador en esta novela. A través de un anuncio y otras estrategias, el grupo va aumentando, pero no consigue encontrar el lugar adecuado para poner fin a sus vidas y acaba recorriendo parte de Europa y, de paso, cogiéndose unas buenas borracheras.

     Cada suicida tiene su historia, tragicómica a veces, a veces, directamente trágica. Dice el autor en una entrevista sobre sus compatriotas “Está claro que no son peores que los otros, pero siguen siendo lo suficientemente malos para tener sobre lo que escribir hasta el final de mis días”**. Pues bien, el libro es un buen memorándum sobre la actual Finlandia donde se despacha a gusto con su sociedad -no creo que quede nada por tocar-, haciendo que los abocados a la muerte, libres ya de las ataduras cotidianas, concluyan, en sus noches de alcohol y confidencias, que ellos “…están en una situación privilegiada comparados con sus compatriotas, a quienes no les quedaba más remedio que continuar con su existencia gris en su miserable país”. Consecuentemente, esta reflexión les hacen sentir sumamente felices. Un humor caústico, gamberro muchas veces, no siempre tan gracioso, sino amargo, mas siempre con un lenguaje medido, ágil, muy plástico. Una historia esperpéntica con una sólida lógica interna. El viaje fluye, las actitudes cambian lentamente al principio, mas rápidamente a medida que se alejan de sus circunstancias. El punto de vista es objetivo y distante. El retrato es coral, el devenir no siempre tan negro (aunque el humor sí lo sea). Sumamente respetuoso, pero mordaz, en ocasiones hilarante, aunque se trate del mismísimo momento del doloroso tránsito .

     Muy recomendable. Estupendo para relativizar: la cita que abre el libro es el proverbio popular “En esta vida lo que más importa es la muerte, y tampoco es que sea para tanto”. La segunda parte lo hace una autocita: “Con la muerte se puede jugar, pero con la vida no. ¡Viva!”. ¿Tesis y antítesis? Divertido e inteligente, a pesar de que su desenlace no sea todo lo iconoclasta que cabría esperar. Aunque visto el panorama, depende del día, es de agradecer.

* “J’ai connu quatre Etats différents dans ma prime jeunesse. La fuite est devenue une constante dans mes récits, mais il y a quelque chose de positif dans la fuite, si avant il y a eu combat.”

** “Ils ne sont certes pas pires que les autres, mais ils restent suffisamment mauvais pour que j’aie de quoi écrire jusqu’à la fin de mes jours”