La muerte de mi hermano Abel de Gregor von Rezzori

El alter ego de von Rezzori en esta novela resulta llamarse Aristides Subicz. Mientras que el primero es de Bucovina, el segundo es de Besarabia, ambos territorios rumanos cuando tanto von Rezzori como Subick nacieron allá por 1914 Gregor, 1919, Aristides, y ambos desaparecidos como estados independientes o rumanos una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Rezzori era de buena familia y, según sus propias palabras, …si no hubiera ocurrido la Primera Guerra Mundial, mi vida habría tomado un bien trazado curso: como mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, me habría convertido en funcionario de la administración real e imperial de Imperio Austrohúngaro, trepando discretamente…, pero las dos guerras ocurrieron y Von Rezzori se convirtió temporalmente, como su sosias Subicz, en apátrida. Como él, el hecho de tener pasaporte rumano y ser bien asesorado, le permitió salvaguardarse sobradamente del frente –cogí mi cuota de bombardeos y todo eso, pero mientras tanto tuve oportunidad de leer y cubrir las increíbles lagunas culturales que tenía-; como él, fue guionista/argumentista de cine, figura de la farándula, escritor… Aristides es el supuesto creador de esta aparentemente caótica obra, es un escritor y como tal se encuentra dividido y enfrentado -tiene en Nagel, renombrado autor de éxito, examigo, antítesis y modelo recurrente en muchas de sus consideraciones, el ejemplo a no seguir en una suerte de arrastrado duelo de admiración y envidia, resquemores y revanchas. En su propia biografía como persona, se encuentra dividido -cuando no suplantado- y ajeno a su yoes anteriores. Como divididos están los apuntes de la novela definitiva que no termina de escribir. Quizá porque ya está escrita, intentando simultanear, encajar, derivar, asociar los diferentes yoes del autor, yoes mudables, yoes perdidos, jóvenes, inmaduros y sujetos de la Historia que se estanca desde la ocupación de Austria por Hitler hasta los procesos de Nuremberg. Aristides no encaja en el reino de las altas instancias, del cual, a través del Tío Ferdinand -quien, dando un paso más allá de sí mismo hacia la atemporalidad de lo simbólico, en una hilarante descripción, ha pasado de enhiesto gallo a araña, una enorme araña de color gris y amarillento-, a través de él, nos ofrece el salpicado retrato de una plutocracia capaz de adaptarse a los nuevos -y norteamericanos- tiempos, si bien ha dejado morir entre las dos Guerras Mundiales el espíritu de una Europa suicida que ha resultado una copia estandarizada de lo que fue y pudo o creyeron que podía haber sido. Una Europa movida por el dinero.

Lo mejor es entrarle al libro a saco, sin preámbulos. El primer capítulo, la introducción, digamos, es sencillo, procaz y puede llamar a engaño. Puede ser una declaración de intenciones solapada, la sugerencia de una seducción. Y un pretexto para hallar cuatro carpetas repletas de papeles escritos. Pneuma. A. B. C.

Procedemos a leer la primera carpeta. Deducimos que un escritor se dirige a su editor, emigrante judío y estadounidense, J.G. Broning, quien, sabremos más adelante, le ha pedido le resuma el argumento de su novela -largamente pagada a través de anticipos- en tres palabras. Se intercalan textos que convocan a su amigo Schwab -primero en ser calificado como su hermano Abel, aunque habrá más-. Schwab, un personaje creado por Subick a partir de su difunto amigo S. y que acaba resultando más real que el modelo. Diálogos pendientes con Christa, su exesposa, u otras de sus mujeres, recreaciones de acontecimientos, ambientes, conversaciones, la Historia recorre cada página, y se circunscribe a distintas vivencias relevantes en la vida de Subick -las distintas etapas de sus distintos yoes: el yo infantil -entre las altas esferas-, el adolescente y el joven -en Viena con su familia adoptiva, profundamente pequeñoburguesa, the fucking middle-class-, y el yo que vivió la Segunda Guerra hasta Nuremberg-, a los que habría que sumar el que se vende por dinero y una vida fácil a los cerdos del cine, el que quiere crear una novela, una que sea … una explosión. Un crecimiento celular híbrido. También el cáncer es, a fin de cuentas, una explosión en cámara lenta. El que se pregunta el porqué y para qué escribir otra novela. El que carga con la culpa, con la propia -el sueño desvela el acto criminal, el asesinato como primera falta: Caín mató a Abel y Raskolnicov a la anciana- y repara en la colectiva –...cuando en la vecina y fraterna Alemania -fraterna en un sentido cainita- se encendieron las antorchas que iluminarían durante doce años el Tercer Reich…- culpa sobre la que se pasa con apremio y voluntad de olvido para intentar clausurarla en un proceso decepcionante. El que ama y odia Francia quien traidoramente finge retrotraerlo por momentos a un pasado perdido de inocencia y autenticidad. El que quiere substrarse a la intoxicación informativa de revistas de papel couché y las alimenta y las recibe…

La prosa de von Rezzori es magnífica, un verdadero deleite, rica en matices y alusiones, profusa en formas y fondos, atrevida y versátil -sitúa, reflexiona, increpa, provoca, emociona, analiza, juega, filosofa…-. En ocasiones puede resultar un poco reiterativa -como en una obertura donde hay una serie de temas que se repiten y que suponen el invisible armazón que unifica el libro, están detrás los unos de los otros, vuelven, retroceden, se mezclan-. El sentido del humor -caústico, seco, inteligente, hábilmente dispuesto- es un regalo. El Zeitgeist, espíritu de la época, por Subick convocado, recorre los pretendidos apuntes y se entreteje con los cuadros de momentos precisos situados especialmente entre los años 1938 y 1948 -el periodo glacial, lo llama Aristides-, con la dualidad de dos frentes -sean el Eje y los Aliados; sean Europa preguerras y Europa -sucursal de Estados Unidos- desde el Plan Marshall; sean Caín y Abel (pueden ser intercambiables y triviales como se vio en los juicios -la banalidad del mal recorre los banquillos de los acusados Su único demonismo es su total falta de imaginación. Su única perversidad es la obediencia ciega a las órdenes y las disposiciones. Ellos no han hecho otra cosa que cumplir con su deber-); sean una novela rentable y ordenada en tiempos de caos y después de Joyce o, puesto que el autor siempre asoma tras el relato, una autobiografía hipotética en la que …sigo viviendo la escritura como un ser vivo que vive mi vida. Debo narrarlo todo como narraría mi vida alguien que no soy yo pero que convive conmigo: viviendo.

Quedan cosas en el tintero porque es abundante en páginas y contenido. Una vez leído, abrirlo y dejarse caer por cualquier página es un verdadero placer. La relación con las mujeres es temprana, variada, apasionada, práctica, entrañable, utilitaria, despectiva, dependiente, romántica…, pocas veces de tú a tú y cuando es el caso, siempre son mujeres independientes y fuertes. Su lenguaje, lejos de lo políticamente correcto de nuestros tiempos, se explaya sin tapujos, con el registro adecuado y sin ningún remilgo. Con gravedad metafísica o irónica aceptación. Me sentía como el hijo pródigo que ha encontrado el camino de regreso. Comprendí en qué medida somos hijos de este mundo, de este pétreo mundo de termitas: hijos de un desierto artificial de piedra, de la penumbra que anuncia la caída definitiva de la noche… ¡Ah! El angustioso valor de las farolas de la calle. Von Rezzori escribía en alemán, sin embargo es en Alemania donde menos se lee su obra. Muy recomendable -salvo para quienes busquen tramas al uso-.

El alumno Gerber de Friedrich Torberg

El alumno Gerber

 

Doce capítulos apropiadamente encabezados con un título esclarecedor. Gerber y el resto de sus compañeros vuelven al instituto para cursar su último curso superado el cual serán bachilleres y podrán optar a un buen trabajo y/o ser funcionarios. Pero desde el primer día todo toma un mal cariz. Friedrich Torberg tuvo que repetir el último curso. Al año siguiente, en 1929, varios artículos hablaron del suicidio de diez estudiantes en una sola semana. Esta novela vio la luz en 1930, dos años después de la obtención del codiciado título por el autor que tenía 22 años en el momento de su publicación. Mucho de Gerber ha de estar en él.

      Si al comienzo seguimos la mirada del alumno, una vez conocida la noticia, el autor pasa a descubrirnos al artífice de tanto desasosiego entre los y las estudiantes de octavo: el profesor de matemáticas conocido como el dios Kupfer. Escogía a sus víctimas como un gourmet selecciona la carne de venado más sabrosa, se reservaba las partes más jugosas y el deleite que le producía cortarlas en pedacitos era tal que bastaba para saciarlo. Pertenece a ese tipo de personas, funestas en cualquier ámbito, pero especialmente dañinas en la enseñanza, que se hacen fuertes en su trabajo e, incapaces, ya no brillar, ni siquiera de llamar la atención fuera de él, despliegan todas sus armas -a eso no se le pueden llamar habilidades- en demostrar su ansiada superioridad y omnipotencia que solo dura, en este caso, lo que dura el curso -diez meses ni más ni menos en tan vulnerable edad, una eternidad-. Él era ejercido por su profesión. Y lo hacen sobre quienes de ellos dependen, llámeselos alumnos o alumnas, empleados o empleadas, usuarios o usuarias, esposas, etc. Sabía que, mientras estuviera fuera de la esfera de influencia del instituto, no podría imponer nada a nadie.

      Si bien Torberg nos dice de la madurez de Gerber, no deja de ser un joven con todos los frentes abiertos: esperanzas y dependencias familiares, amores inestables, personalidad en formación… No cabe duda de que el autor aún lo tiene fresco y nos despliega una mirada amplia y rica sobre los conflictos que ha de resolver un adolescente en ese ecuador preestablecido que se supone separa la juventud del arranque de la edad adulta. Así nos conduce por los distintas vicisitudes que ha de afrontar el joven Gerder a manos del dios, pero también de su amada Lisa -a quien ama sobre todo porque, a diferencia de él, que se situaba por encima de cualquier situación, ella las recibía de frente-, el peso la imagen que quiere representar entre sus compañeros y la que cree que representa, sus obligaciones para con el padre, sus propios deseos o la ausencia de ellos… hasta llegar a una tensión final en la que los distintos vericuetos que su ardiente mente recorre se superponen en un relato subjetivo que a la postre, quien sobrevive a él, tal vez intente olvidarlo -si lo consigue o no es otra historia-, tal vez no, tal vez relatarlo.

      Un libro interesante y sincero que todavía es recomendado como lectura en algunos cursos de pedagogía alemanes y austríacos. Muchos elementos -entre ellos la capacidad y las motivaciones de los evaluadores- son, cuando menos, discutibles.