King, una historia de la calle de John Berger

Las obras de Berger no suelen ser obras compactas, cerradas, controladas hasta en los más mínimos detalles, pero están llenas de los más mínimos detalles, abren zonas oscuras, quiebran discursos lineales, derraman hechos, sensaciones, sentimientos, preguntas, imágenes… y cada frase, cada palabra tiene su propio sentido y se relaciona con todo lo demás.

     King es un perro vagabundo, sin embargo está unido a una pareja que vive en un solar abandonado que a pesar de ello tiene un dueño y una particular geografía. Su amigo del alma se hace llamar Vico, como Giambatista Vico y se hace llamar así porque Vico fue el primer pensador que se dio cuenta de que Dios no tenía poder, Vico supo, reconoció y escribió que los perpetradores de la Historia eran los hombres y que, por lo tanto, la Histotia era en sí una ciencia susceptible de ser conocida y estudiada ya que no dependía de ningún ser supremo. Y a través de los ojos de King, vamos a seguir la historia de este otro Vico y su compañera, Vica, y de aquellos que habitan este paisaje ignorado que va a dejar de ser ignorado para entrar en un proceso lucrativo y, en consecuencia, de progreso, civilizador. Lo que nadie veía porque estaba escondido en las proximidades de una gran autopista se ha hecho visible y quienes allí están pasarán a ser una molestia: un error. No existe un error derrotado. Los errores existen o no existen, y si existen, han de ser escondidos. En esta novela sobre las personas excluidas del circulo de consumo en el que la humanidad gira, por respeto y para evitar la compasión, elige Berger la mirada de un perro y los trazos filosóficos de un napolitano que inició otro forma de mirar, alejada del cartesianismo y más próxima al ser humano –¿Cómo puede salir nada real de una abstracción?-. El contraste entre la mirada limpia de King y los acontecimientos que van cercando a los protagonistas –La violencia es por lo general rápida. Cuando es lenta … no hay escapatoria.-; el concepto del tiempo estancado por la falta de perspectivas y el dolor del pasado -… yo ya sé que en la hora siguiente no voy a hacer lo que tengo que hacer. Tengo que poner fin a esa hora.-, el olor del fracaso y de la locura… Es un libro breve, el paseo de un perro en apenas un día, no es desgarrador, sí punzante. Os lo habéis buscado. Esa es la frase que por lo general precede a la tortura, a la violación, al asesinato

     Los pobres, si están cerca, molestan. A los pobres, como a los herejes del XVII -a Bruno, por ejemplo, 68 años antes de nacer Vico-, los queman. Giambattistas Vico decía que la historia se repite, pero en forma de espiral, como un eterno retorno que se va ensanchando. Piensa el perro en esta novela que si hay una fuerza del mal -que sí, a mí me parece que la hay, y es muy potente-, tiene que haber la contraria. Pero King es solo una narración más, formalmente, no ambiciona tanto como G, tampoco se lanza a un recorrido tan exhaustivo, pero sigue comprendiendo -en sus cuatro acepciones: abrazar, contener, entender, justificar- lo esencial.  Es un grandísima novela. Y el final es magnífico.

G de John Berger

Cuando en 1972 John Berger recibió el Premio Booker por esta novela, la mitad del premio se la cedió a los Panteras Negras y con la otra mitad financió lo que sería Un séptimo hombre, estudio sobre las experiencias de los trabajadores migrantes, trabajadores explotados por empresas como Booker McConnell, que le otorgaba el premio y cuyos vínculos con las plantaciones en régimen de esclavitud en los países del Caribe denunció en el momento de recibirlo acompañado por un representante de los antedichos Panteras Negras. Ese mismo año, a la encorsetada visión del arte recogida por Kenneth Clarks en la serie televisiva Civilización, Berger respondió con la inteligente, fresca y diferente Modos de ver que, a quien no la haya visto, le recomiendo no pierda el tiempo y se vaya ya a disfrutarla en Youtube.

     Toda minoría dirigente tiene que acallar y, si es posible, matar, proponiéndoles un presente continuo, el sentido del tiempo de aquellos a quienes explota. Como minoría dirigente dentro de su propia novela, John Berger, paradigma de la coherencia, nos ofrece una novela fraccionada, donde, como en un fresco dialéctico y marxista, todo está relacionado, ahora bien, ciertamente, los y las lectoras no somos explotados, pero sí impelidos a cuestionar, obligados a relacionar, arrastrados a mirar. No es fácil abordar esta obra, si bien para eso ha sido escrita y por eso mismo abre tantos flancos, empezando por el título, G. Siguiendo un principal hilo temporal, conocemos a los progenitores del ilegítimo G: un burgués algo ridículo, pero afortunado y temeroso de las masas, y una norteamericana liberada, pero hija de un general británico y perteneciente a una clase extemporánea y parásita que considera que el honor comienza con un hombre y un caballo. En la narración, el exquisito sentido del humor bergeriano es acompasado por las circunstancias históricas, en general simultáneamente al desarrollo de los hechos, hechos estos que, curiosamente, parecen no afectar personalmente a G, fruto extraño de una sociedad en continua decadencia que dialoga o se contrapone a otra sociedad emergente en la que a su vez también se establece una dialéctica frente a la que G pretende permanecer al margen. G de Garibaldi, o de Don Giovanni -es decir, Don Juan-, o del mismísimo punto G. Porque diríase que este joven al que acompañaremos durante momentos trascendentales de finales del XIX y principios del siglo XX hasta llegar a los comienzos de la Gran Guerra, tiene una habilidad especial con las mujeres, cuya vida cambia al conocerlo. No es ese ángel pasoliniano que unos años antes cambiaba las vidas de una familia burguesísima en Teorema, mas es inevitable recordarlo y avistar una cierta sintonía entre ambos escritores de izquierdas.

     Demasiado prolijo decir cuáles son las líneas fundamentales que desarrolla la novela. Están las guerras y los conflictos de clase, necesariamente conectados. Ya en el primer capítulo se anuncian con la sencilla mención de la inocencia de la nación italiana y Garibaldi –¿Con qué clase de hombre -con su total integridad personal- se podía engañar más satisfactoriamente a la mayoría de la nación italiana?-, continúan con la matanza perpetrada por el general Beccaris en 1898 contra la clase obrera milanesa en manifestación, sigue con la guerra de los Boers y una magnífica síntesis en un párrafo memorable sobre el imperio británico del que no me resisto a recoger el final: Una mitad del Imperio disfruta del verano, mientras la otra mitad está en invierno; a la hazaña realizada por el peruano Chávez de cruzar los Andes, la acompañan, sotto voce, las matanzas belgas perpetradas en el Congo, nada lejanas de otras similares en otras colonias, mientras G cena primero y pasea después con un ingeniero de la Peugeot y un directivo de la Pirelli, clase dirigente que tiene claro cómo relegar a Marx y superar las posibles revueltas obreras: Los dirigentes de las masas trabajadoras no querían el poder. Sólo querían mejoras. […] De vez en cuando sacan a relucir la palabra socialismo. Esa palabra equivale a la ruptura temporal de las negociaciones, pero siempre con la intención de reiniciarlas. Si formamos adecuadamente a la gente, si aprovechamos la ciencia moderna, refrenamos el poder de la monarquía y confiamos en el sistema parlamentario, no hay razón alguna para pensar que el orden social actual vaya a cambiar violentamente. Desemboca en los conflictos nacionales centrados en la ciudad de Trieste poco después de las guerras balcánicas -guerras recidivas- y a punto de unirse Italia a la Primera Guerra Mundial, a una de cuyas más sangrientas batallas asistimos mientras que el austríaco Von Hartmann de las fuerzas de ocupación austrohúngaras reflexiona sobre el poder que ejerce sobre su mujer.

     Esta es parte de la convulsa realidad social que se entrevera en la vida de un diletante cuyo centro de interés parece radicar en las mujeres y es a las mujeres –Para Anya y para sus compañeras del Movimiento Feminista de Liberación Femenina– a quien va dedicado el libro. G, por momentos, ejerce de catalizador, por momentos semeja asumir la voz del autor, a veces se diría un dios iluminador o un mito erótico. G sirve para desvelar la situación de dependencia femenina que, con la maternidad, triplica su papel a interpretar -objeto sexual, marioneta social, agente de los hijos del esposo-, se demuestra ajeno a cualquier conflicto social, pero desempeña un rol frente a las mujeres y es un rol sumamente egocéntrico e hipersexualizado. G no es sino un instrumento que a medida que el tiempo avanza, se siente más insatisfecho y su forma de intervención es, invariablemente, por mediación femenina. Frente a los distintos tipos de mujer que se cruzan en su camino, ejerce un papel de superioridad por su sexo y por su estatus económico, sin embargo, a veces, se da una aparente fusión con el autor que, sin embargo, de vez en cuando, también explicita su posición como tal dentro del relato. En todo caso, la voluntad femenina de desembarazarse de sus roles, consciente o inconscientemente, está ahí y solo le cabe crecer lo cual, para el propio personaje tiene sus consecuencias, como las tiene el paso del tiempo y el aburrimiento. 

     Una novela ambiciosa que parte de la premisa de que la narración ya no puede ni debe ser lineal, que la precisión no existe, que tampoco valen las generalizaciones -y en la sexualidad, menos-, que sí que existe el miedo y algo por encima del miedo, que… Vale la pena leerlo. Está maravillosamente escrita, con temas y sensaciones que viven, avanzan, se repiten, lírica, erótica, reveladora, lúcida. Es amplia, es profusa, es rica, es polémica, sigue siendo actual.  Es, era, siempre será, John Berger, más joven, más arriesgado, más temerario.

El cuaderno de Bento de John Berger

 

Bento, Benedict de Spinoza, buscaba, como los presocráticos, una substancia primera (o una causa última), la razón original y, afecto a Euclides y a Descartes de los que se vale para el desarrollo de su Ética, concluye que esa substancia primera que se justifica en sí misma es Dios a quien identifica con la Naturaleza. Hasta qué punto fue creyente o no, se puede discutir o dilucidar, pero lo cierto es que, sufriendo represalias por su forma de pensar, decidió no seguir publicando, ganarse la vida puliendo lentes y desarrollar su filosofía en privado, compartiéndola únicamente con personas de confianza. Decidió con libertad, en el sentido que él mismo dio a esta palabra, viviendo de acuerdo a un corpus de pensamiento que premiaba la reflexión y aceptación de aquello que no puede ser cambiado, con conocimiento de causa, evitando el error.

     John Berger iba para pintor, pero abandonó el pincel, empuñó la pluma, lo hizo desde un punto de vista personal y, también, marxista, impelido por la situación que vivía la sociedad, inmersa en la guerra fría y la injusticia social. Como Platonov, sobre quien recoge apuntes y un dibujo en este cuaderno, que abandonó la escritura para ejercer su profesión de ingeniero agrícola ante la sequía y la hambruna que asolaba a sus compatriotas soviéticos.

     El cuaderno de Bento data de 2011, la publicó pues con 85 años, tras una vida larga y rica en experiencias y en conocimientos, generosa y arriesgada, sabia, profunda, comprometida y solidaria. Según los amigos de Spinoza, este solía dibujar en un cuaderno y Berger juega a imitarlo, a citarlo e, incluso a interpelarlo. Con esa forma de mirar que, con tanta perseverancia, ha intentado transmitir en libros, guiones, películas, documentales, etc. recoge fragmentos de Spinoza -fundamentalmente de su Ética-, y añade sus dibujos, breves historias, homenajes, reflexiones…, que, en apariencia, no guardan una ilación. Pero para Berger, como para Spinoza, las apariencias son algo más y hay que mirar, buscar, preguntar, preguntarse.

     Comienza con un dibujo de Beverly, su esposa, aún viva cuando la obra se ofreció al público, y la narración del acto de dibujar del natural un racimo de ciruelas. A continuación, nos alumbra sobre el porqué del título. En apenas seis páginas, ante tres circunstancias distintas -una ofrenda, el subcomandante Marcos encapuchado y el movimiento de una bailarina- repite … Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable… Mientras, nos hace ver que dibuja, que dibujar es corregir y que es una cuestión de esperanza. Después se oye la voz de Spinoza … nuestra alma, en cuanto que implica la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, es eterna, y esta existencia suya no puede definirse por el tiempo, o sea, no puede explicarse por la duración. Así transita este cuaderno que simula ser un florilegio de retazos, cuando, en cada reflexión, incluso, a veces, simulada confesión, recibimos una parte de un todo que busca contener algo esencial y, por lo tanto, eterno y, no solo a través de la palabra, sino del trazo al que, en determinado momento del libro, llega a comparar con la conducción de una moto -ambos implican movimiento, una mirada que no se centre en el detalle que desestabiliza- para llegar a comprender -piscina y mujer camboyana de por medio- cuál es el sentimiento de una persona desplazada.

     Para Berger hay dos tipos de narración, para hacernos llegar hasta ellas se detiene en dos bodas y la forma de celebrarlas. Están las que tratan de lo invisible y lo oculto, y están las que exponen y ofrecen lo revelado. […] La introvertida y la extrovertida. Sin lugar a dudas el pecio que se reúne en esta obra pertenece a la preferida por Berger, la introvertida, porque -y copio todo el párrafo porque es imposible ser más preciso respecto de lo tratado en El cuaderno de Bento-: Porque sus historias permanecen inacabadas. Porque entrañan la necesidad de compartir. Porque en su forma de relatar, un cuerpo se refiere tanto a un individuo como a un conjunto de individuos. Porque en estas narraciones el misterio no es algo que se vaya a resolver, sino algo que se lleva con uno. Porque, aunque puedan tratar de una violencia, de una pérdida o de una furia súbitas, no se quedan en lo inmediato, miran a lo lejos. Y sobre todo porque sus protagonistas no son actores, sino supervivientes. Engarzando filosofía, bosquejos, recuerdos, amistades, afectos, deseos, etc., esta impostura, con bergeriana tenacidad, intenta vulnerar la pasividad y reivindicar la esperanza y la necesidad de rebelión, de compromiso. Protestamos porque no hacerlo sería demasiado humillante, demasiado reductor, demasiado terrible. Con una hermosa prosa, emoción poética, con esbozos que indagan, dibujos que se sobreponen, con sentido del humor, con esa pasión por cuestionar que siempre está presente en sus escritos, en sus exposiciones, pasamos de un museo, a un centro comercial, de Chejov a la danza del vientre, de… Porque vivimos en un mundo en el que todo está conectado y no deberíamos aislarnos del orden general del universo, porque no deberíamos ignorar las causas que determinan nuestro estar en el mundo, nuestra libertad.

     Hay que leer y escuchar, siempre, a John Berger. Y, por qué no, a Spinoza.

 

 

De A para X. Una historia en cartas de John Berger

De A para x

Llegué a John Berger hace muchos años y fue a través del cine, de Alain Tanner y sus Jonás que tendrá veinticinco años en el año 2000 y La salamandra, ambas con guión de ellos dos. Entonces, en sesiones continuas, dobles y maratones de los cines Griffith, veíamos películas de cine europeo, de cine de autor, independiente, antiguo, subtitulado, etc. También entonces, en mis queridísimos y añorados Alphaville -es que estoy lejos, aún siguen allí, aunque ¿cuánto durarán?-, se vendían en su difunta librería guiones cinematográficos (A años luz, Messidor, Rhomer, Wenders…), amén de carteles, fotos, libros… Pasar de los guiones a buscar sus obras respondía a una lógica natural. Además de su estupenda trilogía (Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag), tenía ensayos sobre arte, teatro, poesía y todo ello atravesado por una inmanente mirada política transversal y profunda de la que emanaba, y emana, una sorprendente humanidad contra viento y marea.

       Gratifica saber que sigue ahí, lúcido, generoso, perseverante, sin perder la luz ni la razón.

     De A para X es, entre otras cosas, una historia de amor y constancia. En ella, John Berger, joven incansable, pintor de origen (y tal vez de natural), experimenta con las formas, las cuales adapta a la necesidad del momento, sea la palabra, sea el dibujo, sea el silencio; audaz, no renuncia a ningún lenguaje, ni el de las manos, ni el del tacto, ni el de la ciencia. Todo vale en el arte porque la realidad es poliédrica y nuestras formas de expresión y comprensión son libres. Y este es también un libro sobre la libertad y las celdas. Sobre el amor y el cuerpo.

       Con un artificio tan antiguo en literatura como unas cartas encontradas, se desprende de su autoría y nos expone la relación entre un preso y su amada, que no su esposa pues la autoridades no les permiten el matrimonio. Cada uno pues, en su prisión. X es preso político y mecánico. Recoge apuntes de la realidad política o económica, análisis. A trabaja en una farmacias y sigue viviendo en su antiguo hogar. No se especifica el lugar. Podría ser Palestina, Turquía, Colombia… La principal voz es la de A’ida y su destinatario es Xavier. De su pluma sale este relato que es pintura, y es recopilación, y es la historia de dos que no pueden estar juntos, pero que siguen luchando, y que no están solos porque de los compañeros de la cárcel nos llegan ecos, y de los amigos, vecinos y sus vidas nos llegan noticias. Que ambos están presos de las circunstancias es evidente, que no es necesario dar nombre a sus carceleros, también: podría ser casi cualquier sitio. Poesía y política van de la mano por esta narración. Como matemáticas y pobreza. Como célula y celda. Una pequeña, agridulce y sutil historia, universal y necesaria, con una prosa que usa del verso, de la ilustración, de citas.., que lo aprovecha todo. Como A para X.

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