Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado

 

Maya Angelou era una mujer muy polifacética y deja constancia de ello en su autobiografía que transcurre a lo largo de siete volúmenes. Nació en 1928 y murió hace dos años, en 2014, así es que recorre una buena parte del calvario de la gente de color, especialmente de las mujeres, en su lucha por los derechos civiles y tiene contacto directo con descendientes de la esclavitud. El título recoge un verso del poema Sympathy de Paul Laurence Dunbar que más tarde la propia Maya desarrollará también en su libro Shaker. Why don’t you sing. La música jugará un papel muy importante en su vida. Curiosamente realizó una serie de documentales sobre la herencia de la música africana en el blues Blacks, Blues, Black! el mismo año en el que escribió esta obra, 1968, que fue también el año en el que mataron a su amigo Martin Luther King.

        En este primer volumen -no sé en los otros- conviven memoria, literatura, diálogos, poesía, música… y tiene también el aire de una novela de formación -nada alemana- que llega hasta los 17 años, 1945, aunque quizá sería más preciso decir novela de aprendizaje. Su arranque es brillante. Una escena de infancia con una conclusión rotunda que no creo que haya perdido vigencia y que no me resisto a citar: Si bien el proceso de desarrollo de una muchacha sureña negra es doloroso, la sensación de estar fuera de lugar es como el óxido de la navaja que amenaza con cortarte el cuello. Es un insulto innecesario. Tras esta introducción, entra en materia, no necesariamente por orden cronológico -sí en lo fundamental- y nos narra los motivos del pájaro, sea este la niña que fue, sea su hermano, su madre, su padre, sus abuelas, sean los trabajadores del algodón, los espectadores de un combate de boxeo…, y estos motivos se convierten en un relato, sui géneris, que desgrana su vida desde dentro y dentro de un entorno preciso, definido y definitivamente negro. Los blancos están en Blancolandia y su papel, cuando aparecen, no despierta empatía alguna, tampoco acentúa la animadversión.

        No va a hablar la voz sabia de una mujer revisitando e interpretando su infancia, nos va a hablar aquella niña que fue. La adulta dirige, la niña revive. La niña que sueña ser blanca y más adelante quiere ser chico llega con tres años, de la mano de Bailey, su hermano -un año mayor, solos ambos en el tren-, a un pueblecito de Arkansas y nos cuenta del vecindario, los clientes, su abuela paterna, su tío Willie y el KKK, los pelagatos blancos… Tras el regreso de su magnífico y apuesto padre, Maya y Bailey parten con él a California junto a Vivian, la madre, y la familia de esta. Hija de padres separados, Maya venera sobre todo a Bailey y, después, a su madre y es viviendo con ella cuando, víctima de abusos por parte del compañero, entra en un proceso de mudez. La sencillez y la frescura con la que narra los encuentros que desembocan en el atropello por parte del tal Freeman -me pregunto si el nombre real sería este-, la propia violación  así como los sentimientos que la impulsaron a dejar de hablar son de una autenticidad asombrosa, la vivencia de la culpa y el miedo a decepcionar a sus mayores no podrían ser relatados con mayor naturalidad: la mentira y el abuso se solapan, la culpa se instala en ella. La lógica de los niños nunca exige pruebas (todas las conclusiones son absolutas),

        Tras esto regresa a Stamp con la Yaya y comienza el periodo de crecimiento en el que la lectura jugará un papel fundamental y, por último, graduada ya, marcha de nuevo con su madre a San Francisco, ciudad con la que se identifica. En cada capítulo, además de relatar y reproducir sus experiencias, amplía el universo que nos va dibujando, incorpora nuevas emociones y nuevos descubrimientos -como el profundo conflicto racial que por mucho que haya llovido, no parece que haya escampado, casi un siglo después-. Amor filial, fraternal, sexo, educación, trabajo, teatro, amistad, etc. El proceso de búsqueda de sí misma parece resolverse felizmente, pero sin duda no ha de ser más que el primer final de una prolífica vida.

        Muy interesante. Exquisitamente escrito, con un armónico aliento poético, un fino sentido del humor en ocasiones no exento de ironía, con dosis de rabia sabiamente encauzada y de gran inteligencia narrativa.

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Delirio y destino de María Zambrano

Delirio y destino

Cuenta María Zambrano en su escueta presentación que escribió este libro en Cuba a comienzos de los años 50 llevada por un impulso que quizá respondiera “a una llamada misteriosa del viejo continente” al tener noticia de la convocatoria de un premio del Institut Européen Universitaire de la Culture para una novela o biografía . No lo ganó, si bien recibió “una Mención de Honor y se recomendó su publicación”. No se trata, en absoluto, de una autobiografía al uso, algo de esperar en esta gran filosofa poeta. En primer lugar, en su afán de objetivizar y “desentrañar” esos años, en todo momento se refiere a si misma en tercera persona y rara vez especifica los nombres de aquellos que estuvieron con ella codo a codo o enfrente. Únicamente llama por su nombre a sus mayores -o los que ella considera sus mayores-, tanto próximos en el tiempo (Ortega, Valle-Inclán, Unamuno…) como lejanos (aquí el abanico es muy amplio y va desde su reivindicado Galdós -tan denostado en aquellos tiempos- a Empédocles, San Juan de la Cruz, Zurbarán y un largo etcétera.)

     Delirio y destino. De hecho, los Delirios dan título a la segunda parte de la obra y la primera se titula Un destino soñado, pero no puedo evitar señalar lo mucho que de delirio hay en la explosión de alegría, de alucinada esperanza -esa esperanza zambraniana que esclaviza- que estalla en España ese olvidado 14 de abril de 1931 y que con tanto entusiasmo relata.

     Por supuesto no comienza dándonos noticia de su nacimiento, los datos no son importantes, comienza dejando constancia ya en el título, Adsum, de que está ahí, de que nace y es, mas ¿qué significa nacer?, “¿un sacrificio a la luz?”, y cuánto cuesta ser. Dice de “ella”, arrojada a la vida, lo difícil que le resultó incorporarse al mundo, su necesidad de la filosofía como herramienta para comprender, para comprenderse, de sus idas y venidas de la vida real. Y lo cuenta con esa mezcla de poesía, filosofía y humanidad que impregna todos sus escritos. Con su estilo, propio y único, entrevera su historia y la de aquella generación de jóvenes que creyeron poder cambiar el destino de nuestro país, y la Historia de España, esa España tan necesitada de un cambio. “Era el momento, el exacto momento de la unidad europea”. Su ser y el ser de España. Su incorporación a la política (lo real) y el alejamiento español de una evolución que a tantos les resultaba natural y lógica. Pero “… descubrió así que la ley es una decepción de la esperanza, (…), que la justicia no basta”. La enfermedad forma parte de su biografía y de la nuestra, mas, a nivel personal, llega a considerar que la enfermedad le concede un regalo: tiempo. No es así con España. El tiempo le permite pensar, estudiar, dedicarse a la lectura, profundizar en lo que tanto desea. Con la salud vuelve la vida de verdad: un Madrid efervescente, el cine, el Prado, los mítines por pueblos y ciudades… Es la hora de desencantar a Dulcinea “la esencia perdida, ofreciéndole su adecuada forma”.

     Su participación más activa comienza con el final de la dictadura de Primo de Rivera y desde entonces nos conduce, a través de su singular pensamiento político, hacia el sacrificio inútil de una generación que se queda sin tiempo y sin espacio. Apenas 4 breves capítulos tras la proclamación de la República. Nada acerca de la Guerra Civil. Cruza la frontera, primero a Francia -el miedo-, luego a Cuba… La agonía de Europa a través de la de su madre que está París los días del repliegue de las tropas francesas durante la Segunda Guerra Mundial. El regreso y la figura de su hermana, Antígona, arrastrando la tragedia.

     En alguna parte del libro dice de la meditación “que es adiestramiento”. Pues bien, la meditación ha terminado. Dice también de la poesía que “es un orden del delirio”. Nueve delirios componen la segunda parte. Primero el de la paloma, que quiere volver a España cuando no osó hacerlo. Sigue La loca,  La del Dulce nombre y otros seis preciosos cofres diversos, merecedores de comentarios y relectura. El último, De vuelta el Nuevo Mundo -optativas e igualmente válidas las minúsculas- y el anterior un precioso poema dialogado en prosa, El cáliz (¡ay, San Juan, San Juan, cuánto bien le hiciste a la literatura!).

     No es fácil, pero es imprescindible. Para mi, como tal queda.

María Zambrano

Modotti. Una mujer del siglo XX de Ángel de la Calle

frontal comic Modotti

De los dos prólogos de Paco Ignacio Taibo II que cierran esta edición de Sinsentido (me encanta este nombre y queda a pedir de boca), como decía, de los dos me quedo con la frase “Este libro es la prueba de que no se puede biografiar sin amor”.

     El planteamiento de Ángel de la Calle de, a través de sus viñetas, hacernos partícipes del nacimiento de su interés por Tina Modotti e ilustrarnos y narrarnos su acercamiento a esta mujer aproximan tanto al autor como a la biografiada al lector y actualizan su figura, así como el contexto que no podía ser más fascinante. Huyendo de la miseria de la Italia prefascista de 1917, recala en Estados Unidos donde hace unas cuantas películas, es discípula de Edward Weston, con él, se va a México en plena efervescencia intelectual y política, después a Alemania, Rusia, España, etc. Por otro lado, la proximidad que crea el autor al hacernos partícipes, no solo de sus dudas con respecto a los acontecimientos que rodean a Tina, sino de sus propios vaivenes y de los de su amigo Taibo, alejan por momentos al lector de la línea principal, Tina Modotti, y le permiten reenfocar la perspectiva general e histórica y pararse a recordar hechos pasados y tan presentes por mucho que se empeñen en que los olvidemos. Porque no se trata solo de la historia de esta mujer cuanto menos excepcional, sino de un recorrido por nuestra ayer, el de España, el de Europa y el de América.

     El hecho de que Tina Modotti tenga una calle en Gijón, honor para el que hizo sobrados méritos viniendo a España, a Asturias, por el Socorro Rojo Internacional en el 34, cuando Franco ya hacía sus pinitos como matarife con los regulares y la legión, la acerca más a nosotros y nos recuerda a aquellas expulsadas Brigadas Internacionales que vinieron a apoyar al legítimo gobierno republicano (en aras del relato escrito y dibujado, renuncia Ángel a unos dibujos que a ellas atañen y que, afortunadamente, nos regala en el posfacio, junto a algunas fotos de Tina Modotti). Esto, unido a la preparación y desarrollo de la Semana Negra de Gijón, crean un feliz contexto narrativo y un estupendo punto de partida para la reflexión sobre esta actualidad tan depauperada, pero que no salió de la nada. La figura de esta mujer comprometida con los hechos que abandonó la fotografía para entregarse a la militancia transmite una tristeza difícil de definir. El cómic en blanco y negro, de aparente sencillez, con unos dibujos muy trabajados, basados en fotos de Tina, en cuadros de entonces, en imágenes familiares para todos, es una verdadera joyita. La narración es muy ágil, pero muy precisa, casi exhaustiva. No escatimó esfuerzos Ángel de la Calle. Ya lo dice Taibo, compañero de viaje, de discusiones, de hotel, de viñeta y al leerlo se nota, repito: “Este libro es la prueba de que no se puede biografiar sin amor”.

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