La frantumaglia. Un viaje por la escritura de Elena Ferrante.

La Hija oscura se sitúa en el centro de la narración de Elena Ferrante, enlazando sus dos primeras obras, El amor molesto y Los días del abandono, con la novela que, de tan larga como resultó, constituyó la tetralogía de Las dos amigas. La muñeca robada por Leda (La hija oscura) enlaza con la muñeca perdida de Lenú (Las dos amigas) y a través de ella se extienden los hilos de los distintos papeles de una mujer en la vida que, si en sus dos primeras obras se centran -entre otras cosas, pues Nápoles o las relaciones con los hombres también están en una y otra, respectivamente-, en la maternidad, en el hecho de ser hija, en ser esposa y madre, ya en La hija oscura se esparcen abriendo paso a la amistad y otras facetas personales y sociales, hasta desplegarse a lo largo de la tetralogía napolitana. No deja de ser interesante el hecho de que justo en mitad de este libro de entrevistas, cartas enviadas o no, correspondencia, artículos, extractos desechados de sus obras, etc., figure en el centro exacto un breve artículo que yo encuentro fundamental tanto en lo que se refiere a la obra de Ferrante, como a la posición de las mujeres escritoras en la literatura. Se titula Hay que ver lo fea que es esta niña, y bajo este título, laten Flaubert -y Bovary- y la herida, no necesariamente femenina -Kafka no fue encontrado ni un Adonis ni interesante por papá Kafka-, pero sí más extendida entre las mujeres. La carta iba dirigida al editor sueco que compró los derechos de Los días del abandono y que, una vez traducida y leída por el susodicho, decidió no publicarla al considerar moralmente reprobable el comportamiento de Olga, la protagonista de la novela, hacia sus hijos. Cuando Elena Ferrante escribió estas obras -10 años separan la primera, El amor molesto, de la segunda, Los días del abandono-, muchos -no creo que muchas- estaban convencidos de que se trataba de un hombre o, en su defecto, de un hombre y una mujer al alimón -incluso tenían una pareja candidata-. Con el tiempo y sus obras -sin hacer mención del periodista que tuvo a bien, en su tozudez, dar con el nombre que había tras el pseudónimo-, fue quedando cada vez más claro que se trataba de una mujer -no hay más que seguir el orden cronológico del variopinto material que se despliega en este libro, para ver claro, quien lo hubiera dudado-. C’est une chose étrange comme cette enfant est laide. Como mujer literariamente educada en obras masculinas -extraordinarias y tantas- reconoce sus distintas etapas como lectora y sus distintas posiciones: … En algunas épocas de mi vida pensé que no podía concebirlo más que un hombre, y además un francés atrabiliario, un oso encerrado en casa afinando gruñidos, un misógino que creía ser padre y madre solo porque tenía una sobrinita. En otras épocas pensé con rabia, con rencor, que los maestros de la escritura varones saben hacer decir a sus personajes femeninos eso que las mujeres piensan y dicen y viven realmente, pero no se atreven a escribir… Y a lo largo de todo este florilegio de auténtica comunicación con el lector que es este libro nos explica cómo, por qué escribe, qué busca transmitir, dónde lo busca, desde dónde, hacia dónde.

     La Frantumaglia, nos cuenta Ferrante, … es un término de su dialecto (el de su madre) que usaba para decir cómo se sentía cuando era arrastrada en direcciones opuestas por impresiones contradictorias que la herían. … Una multitud de cosas heterogéneas en la cabeza, detritos en el agua limosa del cerebro. La primera parte de las tres en que se divide el libro abarca desde 1991 hasta 2003. Más de diez años separan sus dos primeras novelas y durante estos años leemos entrevistas escritas, postergadas o no enviadas que denotan una voluntad de ausencia como personaje público y una búsqueda de la voz adecuada para cada texto escrito, hasta llegar a La Frantumaglia donde responde concienzudamente a la entrevista de dos mujeres para una revista literaria y abre la puerta de sus vivencias personales en relación a las dos protagonistas y a Nápoles. La segunda parte va de de 2003 a 2007, La hija oscura ya ha abierto camino a Las dos amigas y Ferrante, además de entrevistas -una con sus lectores a través de la radio, eso sí, por lectora interpuesta-, incluye algún artículo y demuestra una gran paciencia frente a la insistencia en lo referente a su anonimato, que no reconoce como tal pues que sus libros están firmados. La última va desde 2011 al 2016. Si alguna vez la frantumaglia literaria hizo presa en Elena Ferrante, ese momento ya pasó -seguro que puede volver a pasar, pero ella pisa firme sobre las lineas ya escritas-. Aquí el centro, claro está, son Las dos amigas, pero solo eso, siguen respirando sus obras anteriores, Nápoles, otras y otros autores, la mitología clásica, Dido, el feminismo, etc. Como en todo el libro.

     Nos regala una serie de vivencias, conocimientos y opiniones que difícilmente podríamos recibir de una autor o autora que estuviera siempre en el candelero. La evolución de su obra tiene una lógica interna y su posición frente al mundo y a la literatura también. Este libro es un regalo para sus lectores y responde a su actitud frente a este oficio, que en parte, bien puede quedar reflejada en estas dos citas:                                                                                            La escritura requiere la máxima ambición, la máxima falta de prejuicios y una desobediencia deliberada.                                                                                                                 Yo escribo sobre los puntos de incoherencia.

      Léanlo. Cuenta mucho, sabe más y es muy generosa con lo que sabe. Y gracias a Lumen y a Silvia Querini por sus sabias selecciones.

 

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La Historia de Elsa Morante

A comienzos de los setenta, a la pregunta de un amigo acerca de lo que estaba escribiendo -algo sobre lo que no le gustaba hablar-, Elsa Morante respondió: Escribo un libro para analfabetos, La Historia lleva como epígrafe una cita de César Vallejo que reza: Por el analfabeto a quien escribo, y, además, consiguió que la primera edición fuese en rústica y, por lo tanto, económica, llegando al mayor número de lectores. Posteriormente, en una tirada limitada, añadió: Ergo, debo advertirles que este libro, antes de una obra poética, debe ser una acusación y una oración.

     Cuando Morante publica esta novela, en 1974, ya tiene tiene 62 años. Doce años antes había muerto su compañero, amigo, amante o lo quiera que fuese, Bill Morrow, mientras ella estaba escribiendo Sin el consuelo de la religión y, con su muerte, cesó temporalmente su actividad literaria. Durante un tiempo se dedicó a ir de un sitio a otro: Viajo sin rumbo, de isla en isla, sin un plan concreto… En la suspendida obra, entre sus apuntes, figuran la existencia de dos hermanos opuestos -como Nino y Useppe, uno rubio y el otro moreno, uno tímido y otro temerario…-, y la religión y la poesía como necesidades básicas de la persona. Todo ello es incorporado, años después, a la narración de esta ambiciosa novela que, capítulo a capítulo, va levantando cadáveres que el continuo peso de la Historia – que no es sino una historia de fascismos más o menos larvados– va enterrando.

    Morante abre esta novela con una cronología que resume los acontecimientos que tuvieron lugar desde el año 1900 hasta el 1941. La Historia, los hechos que determinaron el futuro de las naciones, establece, desde el primer momento, el macrocontexto en el de se va a desarrollar la novela y, para que nadie olvide cuáles son las circunstancias que arrastrarán a los personajes, a cada uno de los siete capítulos que desgranan el relato, 1941, 1942… 1947, antecede un resumen de las circunstancias nacionales e internacionales que determinaron la vida de las personas durante la Segunda Guerra Mundial y algo más. Como colofón La Historia finaliza con otra cronología que no llega, significativamente, a 1968, pero queda rubricada por una escéptica cita de Gramsci: Todas las semillas han fallado exceptuando una, que no sé qué será, aunque probablemente sea una flor y no una mala hierba. Tal vez haya quien la encuentre esperanzadora.

     La voz del relato, omnisciente, deja entrever su conocimiento directo de algunos de los protagonistas, pero permanece ajena, recogiendo realidades, sueños, deseos, sensaciones… para desembocar en un final que fue el origen de la novela: una noticia de la sección de sucesos del periódico. Como en La isla de Arturo y en Mentira y sortilegio, intercala poemas y canciones aparentemente anónimas, pero tomadas de las cartas de la prisión de Gramsci, sin embargo, aquí, los derroteros de la imaginación no funcionan igual. En La Historia, son los sueños de los protagonistas -cuando no sus pesadillas-, las fugas de lo real, las que asisten a las víctimas, incluyendo entre estas huidas, ataques epilépticos, alucinaciones febriles o impensables realidades como el vagón apartado, henchido de mujeres y hombres judíos al que quiere incorporarse, como sea, una madre de familia que se ha quedado sola. Para Elsa Morante, las desconexiones de la realidad son perfectas vías de comunicación y de entendimiento, tan palpables y auténticas como la prosaica y moldeable existencia objetiva..

     Todo comienza con un soldado alemán perdido por la ciudad de Roma, los orígenes de Ida, de Nino, los de Useppe -fruto de una relación que tanto de tiene de violación como de inmaculada concepción- y los de sus perros. Como siempre los animales tienen papel y entendimiento en las obras de Morante. Van malviviendo y perdiendo lo poco que tienen al tiempo que el barrio judío se vacía y Hitler se hace con las riendas en el Norte de Italia. Los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial condicionan la vida de la gente corriente, tanto si se entera de lo que pasa, como si no. Con estos personajes se cruzan muchos desheredados, entre ellos Carlo Vivaldi, estudiante anarquista huido de los nazis que se convierte en el partisano Piotr y sobre el que, en línea inversa al devenir de la familia de Ida, vamos descubriendo su pasado a medida que la narración progresa, resultando ser otro, Davide. El manejo del tiempo es brillante, en el se inscriben los sueños y alucinaciones tan reales o más que los hechos, sus intencionadas prolepsis resuelven hilos que no se van a seguir o anticipan hechos que serán vividos más adelante, su forma de narrar mezcla de ensueño -Ida y Useppe son la luz y la inocencia, la epilepsia un paso hacia la muerte, pero también hacia el descanso, la paz-, panfleto contra el poder -Davide lo huye, se siente arrebatado por él, los desprecia, lo teme… No nos dejes caer en la tentación significa: ¡ayúdanos a eliminar el fascista que llevamos dentro! -, cuadro neorrealista, duro, de personajes que se pierden en las calles de guerra y de posguerra – Giuseppe Segundo, la señora Di Segni, Mariulina, Sandina y su chulo, Scimo…-, todos tocados por el dolor, la pérdida y algunos, como Nino, en plena adolescencia cuando el conflicto avanza, títeres peligrosos que aprenden en plena selva (lo mismo la selva es menos nociva). Su prosa es rica -menos mal que escribía para analfabetos, probablemente se refería a aquellos que no saben u olvidan o no quieren recordar la Historia-, sabe jugar con el lenguaje y con los dobles sentidos, sigue siendo traviesa en su forma de narrar, pero más sobria, ella -tan amante de la infancia-, sigue contándonos un cuento ...Pero invariablemente el cuento avanzaba y terminaba siempre de la misma manera.

     Fue una obra reconocida y vilipendiada en su tiempo. Parece que Useppe tiene mucho de su amado Bill (la frescura, los ojos, la epilepsia…). Hay quien dice que Davide, que hacia el final padece una catarsis política, religiosa y lírica, es portavoz de las ideas de Elsa Morante. Ella tenía un particular sentimiento hacia la religión, considerándola necesaria como forma de reconocer y comprender al prójimo, pero sublimándola con un sentido poético. Esto la llevó a Simone Weill con cuya cita abandono la reseña de este magnífico libro de inolvidable lectura y profuso contenido: El verdadero objeto de la guerra es el alma misma de los combatientes.

Los años de Virginia Woolf

Virginia Woolf comenzó a escribir en 1932 el ensayo Los Pargiter -este iba a ser, en un principio, el título de Los años-y, apenas 20 días después, lo remodelaba para convertirlo en un ensayo-novela que avanzará, con ágiles y poderosos brincos, como una gamuza saltando por encima de un barranco tras otro, de 1800 hasta aquí y ahora, y 4 años después, el 3 de noviembre de 1936, escribía en su diario Esto es tan malo que, afortunadamente, no hay más que hablar. Tengo que llevar las galeradas, como un gato muerto, a L. y decirle que las queme sin leerlas, Así lo hice y me quité una peso de encima. Afortunadamente Leonard no le hizo caso.

Tal vez, mientras fue Los Pargiter -cambió de nombre casi tantas veces como altibajos tuvo su autora: Aquí y ahora, Amanecer, Gente corriente– aludía más a la historia de una gran familia que vivía en una gran casa, con Los años, es el propio devenir del tiempo lo que intentan recorrer estas páginas. En Las olas, donde VW quiere salvaguardar a su gente en algún lugar -fijarla para siempre en su novela- cada capítulo se abre con la descripción del desarrollo de un mismo día, desde el amanecer al ocaso, a través de la naturaleza. Los años arranca en 1980, un día de primavera vacilante y, casi inmediatamente, la autora nos dice cómo quiere que transcurra la narración: Girando lentamente, como los rayos de un faro, los días, las semanas, los años, cruzaban el cielo uno tras otro. Y así va avanzando el relato, a fogonazos, más largos, más cortos, siempre un día del año, a veces entero, otras un poco más -como el primer capítulo-, o menos. Virginia Woolf cuidaba hasta la exhaustividad el detalle, todo se enlaza, da cuerpo a personajes y objetos, da presencia al transcurrir del tiempo a través de la morsa de Martin que aparece y reaparece, del cuadro de la madre con una flor oculta por la suciedad, el sillón rojo que va de casa en casa, el hervidor que sigue ahí y sigue funcionando mal, a través que pequeños acontecimientos, conversaciones silenciosas, de deseos furtivos que resurgen 30, 40 años después, secretos familiares… Cada capítulo, antes que nada, da cuenta de la estación del año. En el primero conocemos a la familia en un momento decisivo que culmina en el propio capítulo. A continuación, un salto de once años, otoño, vuelta de las vacaciones, sopla el viento y siguiéndolo sabemos del futuro de Kitty y de Milly, ambas casadas y con hijos -para eso se iba a las fiestas, para buscar marido-, mientras que Edward pasea buscando un verso por los jardines de Oxford, Morris saca el niño silenciado que lleva dentro y arrastra con los pies las hojas muertas amontonadas, Eleanor… 1907, 1908… En 1913 se vende la casa familiar y quien más lo lamenta es la criada, como contrapartida, su favorito de la familia opina que es un sitio abominable: Tenía un cuarto de baño y un sótano; y en ella habían vivido aquellas personas tan diferentes, apretujadas y encerradas, contando mentiras. De la guerra sabemos en 1917, un anochecer con cena familiar, un nuevo y peculiar personaje, Nicholas, que nunca conseguirá dar un discurso, el rutinario bombardeo, el alivio cuando acaba –Solo matan a otra gente– y un final memorable en esa línea que cruza las obras de Woolf, por la que transitan otras gentes que también estaban ahí, como las que conforman el servicio, las que necesitan “caridad”… Así hasta llegar a 1926, la Primera Guerra Mundial ya queda lejos y se reúnen en una gran fiesta que dura toda la noche. Si la vida pasada ya era fuente de recuerdos en la juventud -y por tanto en el segundo capítulo- el reencuentro da lugar a un fantástico colofón. En algún momento de sus diarios dice Virginia Woolf que con esta novela quería captar la totalidad de la sociedad actual. E indudablemente consigue trazar perfectamente las líneas de comportamiento del entorno en el que creció y al que, en su libro Tres guineas, libro cuyo germen y primera escritura coincidió con la revisión de Los años, definirá como el de los hombres educados, refiriéndose a sí misma como una hija de hombre educado, como lo son Eleanor, Kitty, Peggy, Rose, etc. Las mayores no fueron dueñas de su futuro -aceptaron lo que les venía impuesto, bien fuera matrimonio, bien fuera cuidar de padre y hermanos-, pero con el tiempo han conseguido aquello que reclamaba con claridad en Una habitación propia: 30 guineas -parece que bastante más- y tienen, finalmente, las riendas de sus actos. Pasó el 19 y la mujer tiene voto, Rose lo vivió. Sally y Maggie han salido adelante a su manera. Los vamos viendo uno a uno, algunos diálogos son mudos, como el que mantienen los más jóvenes Peggy, médica, y North, su hermano: los años pasan, pero aquellas tempranas vivencias que compartimos, crean lazos mudos que no se pierden, sí se pierde la capacidad para comunicarse como antaño. Ellos son diferentes, parten desde otro punto, buscan, ambos se acercan a los libros durante la fiesta y caen sobre dos citas significativas, son una nueva generación situada en una posguerra y viviendo aires de preguerra. Dos niños que cantan en la fiesta y un final magnífico. Por el medio, transitando de una escena a otra, Antígona de Sófocles, la que se sacrificó por su hermano (también de buena familia). Y su adorado Londres que luce, se cubre, se oscurece, se acicala, se surte, se apaga, amanece…

Imprescindible.

La isla de Arturo de Elsa Morante

Decía Elsa Morante en una entrevista emulando a Flaubert: Arture, c’est moi, y es Arturo porque Rimbaud era su poeta del alma cuyo retrato la contemplaba desde una pared de su estudio y porque ella, quizá en otra vida, había sido un chico -la cita de Umberto Saba que abre el libro reza: Yo, si en él me recuerdo, bien me parece. También quiso ser poeta y, como en Mentira y sortilegio, arranca con un poema y éste concluye con el verso fuera del limbo no hay felicidad. En Prócida, isla volcánica al igual que volcánica era Morante, halló la felicidad durante la infancia Arturo, quizá porque la infancia es una isla y es también un limbo, el de la inocencia, un particular limbo del cual no se es consciente como no se es consciente de la felicidad. Si la hubo.

    De su capacidad para fabular, mezclar leyenda, historia y biografía dio Elsa Morante cumplida muestra y explosión en su primera gran novela. Aquí el deseo y la necesidad de una mitología, como en su obra anterior, aparece desde las primeras líneas y no sólo en las reminiscencias del nombre del protagonista, sino en las figuras paterna y materna. No suplió la autora la ausencia de verdaderos caracteres fabulosos femeninos -tan y con razón reivindicados en estos momentos-, sencillamente, cambió su sexo como muchas autoras a lo largo de la historia de la literatura, desde Christine de Pizan a Virginia Woolf, y asumió al navegante aventurero que surca mares, acumula tesoros y subyuga incautas damas -o caballeros…-. Henos aquí en la piel de un muchacho que reconoce su infancia como un periodo feliz a pesar de los pesares y retoma su adolescencia como el periodo crucial que de facto resulta ser. Ella vivió un tiempo en Prócida y se sirve de la naturaleza de la isla con su castillo y penal, así como de su imaginación, para jugar con una serie de metáforas que encajan a la perfección con la tormenta interior que a esas edades se vive, sobre todo, cuando el padre y la madre son figuras bien lejanas y esquivas -como el padre- bien ausentes y reinventadas -como la madre-. Para redundar el ambiente masculino, su nodriza fue un hombre -el amable y gentil Silvestro-, él crece en absoluta libertad sin necesidad de ir a la escuela y formándose con la gran biblioteca que en su depauperada villa hay -en realidad un antiguo convento de monjes-, vive en una casa donde las mujeres están directamente malditas -es la llegada de una joven madrastra lo que parece romper el hechizo- y no encuentra belleza alguna en el sexo opuesto -el paradigma de la belleza lo representa su padre, Wilhem Gerace, con sangre alemana y rasgos opuestos a quienes allí habitan-. El tránsito a la madurez no se presenta fácil y el despertar de la sexualidad será necesariamente confuso, como confusa es la sexualidad de Wilhem -inspirado, plausiblemente, en Visconti, gran amor y amigo de Elsa-.

    El abandono de la infancia, consciente o inconscientemente, en el marco de unos mínimos afectos y atenciones, supone un proceso de ruptura que puede ser o no traumático y al que voluntaria o involuntariamente se le oponen diversas resistencias. Quizá por eso cuando, navegando en mi barca, me alejaba un poco de la costa, enseguida me invadía una amargura nacida de la soledad que me obligaba a volver. Era ella [la isla/infancia], que me llamaba como las sirenas. La ausencia y el deseo de la madre junto a la nefanda visión que recibe Arturo de su padre suponen un escollo difícil de salvar para un joven inexperto, solitario, apasionado, orgulloso y especialmente vulnerable. La joven madrastra supone un contrapunto necesario y, en buena lógica, resulta un personaje condenado a perder, pero de una fortaleza e integridad propia de la gente sencilla y consecuente, aunque también resignada e ignorante. Me parecía increíble que un ser como ella, tan inerme, vulnerable, ignorante y estúpido, pudiera ir por el mundo sin herirse.

    En resumen, una novela magnífica, intensa, con una narración próspera, mítica -como míticas son las concepciones con las que el alma joven se enfrenta- y realista -el realismo de la incertidumbre y el sentimiento que desborda-, de personajes rotundos, extremos, como extrema es la urgencia adolescente, donde la sexualidad ha de explotar y no es necesario definirla, sino vivirla, desplegarla, en contra y favor de los demás y de uno mismo. Como Morante: extraordinaria, total.

Érase una vez de Margaret Atwood

Érase una vez

Tradicionalmente los cuentos empiezan Érase una vez, mas cada vez resulta más complicado entrar en el relato respetando todas las cortapisas que va esparciendo la (pretendida) bondad de lo políticamente correcto. También terminan con parejas felizmente casadas comiendo perdices. Pero no es así y Atwood, que pretende no conseguir arrancar en su primera pieza del libro, la que da título al conjunto -6 cuentos y dos breves escritos que abren y cierran la obra-, nos expone seis relaciones de parejas para las que las perdices no resultaron tan sabrosas.

      Seis desencuentros y un colofón que lleva por título A favor de las mujeres tontas y en los seis desencuentros hay mujeres tontas y no tanto –porque sin ellas no habría historias, (…) porque la mujer tonta es lo bastante imbécil para creer que la Esperanza será una especie de alivio, (…) porque ¿de dónde proceden quinientos años de versos de amor…?-. Betty, la que da nombre al primer relato, parece el paradigma y Atwood recuerda su historia además de la imagen que de ella se hizo durante su infancia y adolescencia, y se excusa desde la madurez. En Translúcida, como su nombre indica, la mujer tonta deja pasar la luz siendo sus contornos, su realidad, difusos, así como el propio discurso que la protagonista intenta llevar adelante. Piensa en las plantas que han aprendido solas a parecer piedras. En las otras cuatro narraciones ellas se enfrentan directamente al desencanto y no saben como trascenderlo. En En la tumba del famoso poeta, el desamor es el tercer protagonista que acompaña a la pareja en su peregrinaje al castillo del poeta muerto, como si este fuera su unión desmoronándose: no me fío del castillo, me da la sensación de que se nos va a caer encima en cuanto nos de por reír o dar un paso en falso. Joyería capilar es una incursión en el pasado dentro de un viaje al pasado -la narradora huyó a Salem so pretexto de la obra de Hawthorne- y una recapitulación de los amores enquistados herencia de la afición por la melancolía propia de las jóvenes. Y no tan jóvenes. Odio los recuerdos que no pueden desecharse. En El resplandeciente quetzal, también siguiendo sutilmente una línea en paralelo frente al pozo de sacrificios rituales de un país centroamericano, una mujer racional y hastiada de su relación conjura instintivamente sus demonios en medio de un sofocante e indeseado tour turístico, mientras su marido, única voz masculina en este libro, no sabe como abordar una relación sin sentido que continúa por inercia. Por último en Vidas de poetas, Julia, poeta y conferenciante, funciona por hábito y por necesidad dentro de una dinámica que la agrede, contemporizando con quien ya no la necesita, no la quiere, no la respeta.

   Seis relatos desoladores, de triste belleza, serena inteligencia y delicada sororidad, enmarcados entre dos textos lúdicos, irónicos, pacífica y audazmente provocadores.

Tuyo es el mañana de Pablo Martín Sánchez

Tuyo es el mañana

 

El día dividido en seis bloques de tiempo: Medianoche, madrugada, mañana, mediodía, tarde, noche. Cada bloque integrado por seis voces, cada voz ocupa un puesto diferente en las distintas partes conforme a una secuencia. Seis personajes narran cuanto les acontece a determinadas horas entre las 00.00 y las 23.15 del día 18 de marzo de 1977. Nada es aquí aleatorio, la arquitectura es un juego de números al que se suma una introducción a los distintos tiempos del día. En ella, una voz diferente se dirige a un niño describiéndole sus origines, su nacimiento y poniéndole en situación sobre dónde está. Es también quien despide el libro, sumando siete intervenciones, cerrando el círculo y alargando su trayectoria, abriendo otro lapso por vivir.

    Clara, una niña sensible e insomne que no quiere ir al colegio por temor a un compañero de clase, una niña con miedo a las reacciones de los mayores, pero pizpireta y audaz con la que es indudable que el autor se divierte hasta que avanza la trama y cumple su cometido en ella. Y que se formula un pregunta que no puedo por menos que consignar aquí: si yo soy la pluma, ¿quién es la azada? (ver respuesta en el libro). Gerardo, un profesor de Política con un duro pasado de tortura y de pérdida que va más allá de su deseo expreso de mantener la memoria como forma de resistencia. Solitario III, un galgo inmigrante irlandés de mucho pedigrí cansado de correr para la gente, animal sensible con atroces pesadillas y cuyo nombre cambiará a lo largo del relato. Carlota, una estudiante de Periodismo liberada, ambiciosa, pero precavida. Un Don José Maria Raich y Ros de Olano -con tanto apellido no podía sino proceder del difuminado régimen franquista- machista, prepotente, mirón, petulante y putero. Y por último Dª Maria Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre del ínclito, sacrificada progenitora como dios manda cuya voz, como la del galgo, no es de este mundo, condenada ella, que fue la discreción personificada, la pureza misma, a ser una mirona -menos mal que está la televisión que la informa y entretiene-. La mayoría de los personajes tienen problemas para conciliar el sueño, el miedo es una constante en las vidas de Clara y Solitario, un recuerdo obsesivo en el profesor y en Dª Lola, algo nuevo para Carlota y D. José María. Los hechos se suceden por boca de los protagonistas, otros intervinientes acompasan los hechos, dan pie a las voces para desplegarse y a avanzar la trama que se precipita en la última parte encajando el rompecabezas que hemos ido componiendo con toda la literatura -e información- que, generosamente, nos ha proporcionado el autor.

    Estupenda novela ubicada en plena transición, con diversas líneas argumentales abiertas y sin cerrar, como en estos tiempos. Bien podría situarla en 2017, todo estaba y está sin resolver en nuestro figurado cambio de sistema -quizá el terrorismo no, este ha cambiado de piel-. Las mismas líneas argumentales siguen abiertas. Este Oulipo, Pedro Martín Sánchez, las despliega y, para nuestro divertimento, las adereza con variopintas cotidianeidades, algunas lúdicas, otras no tanto, todas significativas en el desarrollo de los portadores de esta urdimbre, algunas curiosas, otras.., otras se ve que le gustan, sencillamente, y hacen de esta obra un lectura enriquecedora y al mismo tiempo que inquietante, retozona. Un placer.

La habitación de Nona de Cristina Fernández Cubas

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Abre el libro de Cristina Fernández Cubas una cita de Einstein La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente. Podríamos cambiar los términos y decir que la ilusión es simplemente una realidad, aunque muy persistente, porque persistentes y tenaces son algunas de las ilusiones de estos relatos, otras son inconsistentes y funestas, mudas e incómodas, recurrentes y familiares, tramposas y esperanzadoras o vitales y antiguas. Si bien igualmente podríamos hablar de las realidades en los mismos términos. O casi. Pero también ambas son necesarias, terribles, inexplicables, íntimas o irreductibles. La habitación de Nona está atravesada por todas ellas en un desdoblamiento brillante que da voz a quien no puede y no suele tenerla, una voz cómplice, inocente, sensata y voluntariosa que solo espera que las aguas vuelvan a su cauce. Hablar con viejos, que con El final de Barbro es la que más tiene de juego perverso, convierte una quimera -que siempre tiene a un o una infeliz ilusa detrás- en la nueva ilusión de un ser de pesadilla. En Interno con figura, cuadro que ilustra la portada, la autora, en primera persona, busca e imagina la historia que podría haber detrás de un cuadro, el cuadro se abre a otros ojos, la voz escucha otro relato, tres realidades, tres ficciones y las tres nos las acerca imperiosamente quien no puede hacer sino eso, la narradora. En El final de Barbro, tres hermanas y una sola voz que miran sin ver, casi cuentan sin querer y aprovechan la oportunidad de una venganza más que poética (ridiculizó a quien más queríamos, invadió nuestro terreno, nos robó los mejores recuerdos, se burló de todo lo que respetábamos y nos resarció con el más absoluto desprecio -no se podía expresar mejor, son motivos más que suficientes-), una venganza que no existe puesto que nadie la ve ni la verá. Una variante del léxico familiar algo más transcendente y cuasitenebrosa. Una nueva vida está engarzada con una dulce ironía que comienza en el título y transcurre acompasada por la afirmación de Einstein de que como físico usted sabrá que para mí no existe pasado ni presente, algo que queda demostrado por el sentido roce de una mejilla, aunque a la postre… Y por último Días entre los Wasi-Wano, la más luminosa -que no alegre-, vindicación de un posible paraíso encontrado y del amor -adolescente- por los héroes, por muy cuestionados que queden por los hechos, las acciones u omisiones.

   Dónde termina lo real y comienza lo otro. O viceversa. Cristina Fernández Cubas difumina estos límites. La ilusión de la huida y diferentes formas de caer en la realidad a través de seis relatos de distintos tonos, de tres edades. Nona y los Wasi-Wano abren y cierran con sus ojos inocentes y sus esenciales realidades paralelas, Interno con figura y La nueva vida tienen un mirada más madura, mas no exenta de temor y consciente del ridículo. Hablar con viejas y Barbro son historias tenuemente maléficas y, especialmente Barbro, estupendamente narradas, con ojos jóvenes y atrevidos. Todos los ojos de todos los cuentos también asustados.  

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