Tuyo es el mañana de Pablo Martín Sánchez

Tuyo es el mañana

 

El día dividido en seis bloques de tiempo: Medianoche, madrugada, mañana, mediodía, tarde, noche. Cada bloque integrado por seis voces, cada voz ocupa un puesto diferente en las distintas partes conforme a una secuencia. Seis personajes narran cuanto les acontece a determinadas horas entre las 00.00 y las 23.15 del día 18 de marzo de 1977. Nada es aquí aleatorio, la arquitectura es un juego de números al que se suma una introducción a los distintos tiempos del día. En ella, una voz diferente se dirige a un niño describiéndole sus origines, su nacimiento y poniéndole en situación sobre dónde está. Es también quien despide el libro, sumando siete intervenciones, cerrando el círculo y alargando su trayectoria, abriendo otro lapso por vivir.

    Clara, una niña sensible e insomne que no quiere ir al colegio por temor a un compañero de clase, una niña con miedo a las reacciones de los mayores, pero pizpireta y audaz con la que es indudable que el autor se divierte hasta que avanza la trama y cumple su cometido en ella. Y que se formula un pregunta que no puedo por menos que consignar aquí: si yo soy la pluma, ¿quién es la azada? (ver respuesta en el libro). Gerardo, un profesor de Política con un duro pasado de tortura y de pérdida que va más allá de su deseo expreso de mantener la memoria como forma de resistencia. Solitario III, un galgo inmigrante irlandés de mucho pedigrí cansado de correr para la gente, animal sensible con atroces pesadillas y cuyo nombre cambiará a lo largo del relato. Carlota, una estudiante de Periodismo liberada, ambiciosa, pero precavida. Un Don José Maria Raich y Ros de Olano -con tanto apellido no podía sino proceder del difuminado régimen franquista- machista, prepotente, mirón, petulante y putero. Y por último Dª Maria Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre del ínclito, sacrificada progenitora como dios manda cuya voz, como la del galgo, no es de este mundo, condenada ella, que fue la discreción personificada, la pureza misma, a ser una mirona -menos mal que está la televisión que la informa y entretiene-. La mayoría de los personajes tienen problemas para conciliar el sueño, el miedo es una constante en las vidas de Clara y Solitario, un recuerdo obsesivo en el profesor y en Dª Lola, algo nuevo para Carlota y D. José María. Los hechos se suceden por boca de los protagonistas, otros intervinientes acompasan los hechos, dan pie a las voces para desplegarse y a avanzar la trama que se precipita en la última parte encajando el rompecabezas que hemos ido componiendo con toda la literatura -e información- que, generosamente, nos ha proporcionado el autor.

    Estupenda novela ubicada en plena transición, con diversas líneas argumentales abiertas y sin cerrar, como en estos tiempos. Bien podría situarla en 2017, todo estaba y está sin resolver en nuestro figurado cambio de sistema -quizá el terrorismo no, este ha cambiado de piel-. Las mismas líneas argumentales siguen abiertas. Este Oulipo, Pedro Martín Sánchez, las despliega y, para nuestro divertimento, las adereza con variopintas cotidianeidades, algunas lúdicas, otras no tanto, todas significativas en el desarrollo de los portadores de esta urdimbre, algunas curiosas, otras.., otras se ve que le gustan, sencillamente, y hacen de esta obra un lectura enriquecedora y al mismo tiempo que inquietante, retozona. Un placer.

La habitación de Nona de Cristina Fernández Cubas

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Abre el libro de Cristina Fernández Cubas una cita de Einstein La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente. Podríamos cambiar los términos y decir que la ilusión es simplemente una realidad, aunque muy persistente, porque persistentes y tenaces son algunas de las ilusiones de estos relatos, otras son inconsistentes y funestas, mudas e incómodas, recurrentes y familiares, tramposas y esperanzadoras o vitales y antiguas. Si bien igualmente podríamos hablar de las realidades en los mismos términos. O casi. Pero también ambas son necesarias, terribles, inexplicables, íntimas o irreductibles. La habitación de Nona está atravesada por todas ellas en un desdoblamiento brillante que da voz a quien no puede y no suele tenerla, una voz cómplice, inocente, sensata y voluntariosa que solo espera que las aguas vuelvan a su cauce. Hablar con viejos, que con El final de Barbro es la que más tiene de juego perverso, convierte una quimera -que siempre tiene a un o una infeliz ilusa detrás- en la nueva ilusión de un ser de pesadilla. En Interno con figura, cuadro que ilustra la portada, la autora, en primera persona, busca e imagina la historia que podría haber detrás de un cuadro, el cuadro se abre a otros ojos, la voz escucha otro relato, tres realidades, tres ficciones y las tres nos las acerca imperiosamente quien no puede hacer sino eso, la narradora. En El final de Barbro, tres hermanas y una sola voz que miran sin ver, casi cuentan sin querer y aprovechan la oportunidad de una venganza más que poética (ridiculizó a quien más queríamos, invadió nuestro terreno, nos robó los mejores recuerdos, se burló de todo lo que respetábamos y nos resarció con el más absoluto desprecio -no se podía expresar mejor, son motivos más que suficientes-), una venganza que no existe puesto que nadie la ve ni la verá. Una variante del léxico familiar algo más transcendente y cuasitenebrosa. Una nueva vida está engarzada con una dulce ironía que comienza en el título y transcurre acompasada por la afirmación de Einstein de que como físico usted sabrá que para mí no existe pasado ni presente, algo que queda demostrado por el sentido roce de una mejilla, aunque a la postre… Y por último Días entre los Wasi-Wano, la más luminosa -que no alegre-, vindicación de un posible paraíso encontrado y del amor -adolescente- por los héroes, por muy cuestionados que queden por los hechos, las acciones u omisiones.

   Dónde termina lo real y comienza lo otro. O viceversa. Cristina Fernández Cubas difumina estos límites. La ilusión de la huida y diferentes formas de caer en la realidad a través de seis relatos de distintos tonos, de tres edades. Nona y los Wasi-Wano abren y cierran con sus ojos inocentes y sus esenciales realidades paralelas, Interno con figura y La nueva vida tienen un mirada más madura, mas no exenta de temor y consciente del ridículo. Hablar con viejas y Barbro son historias tenuemente maléficas y, especialmente Barbro, estupendamente narradas, con ojos jóvenes y atrevidos. Todos los ojos de todos los cuentos también asustados.  

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Las chicas de Emma Cline

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Las chicas se basa en las jóvenes que perpetraron los salvajes asesinatos de Sharon Tate -joven actriz embarazada de ocho meses y medio en el momento de la carnicería-y otras cuatro personas más que entonces estaban en su acomodado hogar. Según la autora, lo hace, no para recrear los hechos ni para centrarse en su gurú y motor, Charles Manson, sino para ilustrar una edad y una decisión errónea.

    Lo primero que nos presenta Emma Cline es la imagen de las tres chicas, hermosas, relucientes, distintas –como realeza en el exilio-, desafiantes, risueñas, mágicas –gráciles y despreocupadas, como tiburones cortando el agua-. A continuación comienza la novela y lo primero que nos describe es el espacio cotidiano donde perderán la vida un hombre, dos mujeres y un niño. Este breve apunte y la narradora se desvela en la actualidad: alguien está irrumpiendo en la vivienda donde deja pasar los días. Teme. Son dos jóvenes, un chico, Julian, hijo de Dan, el amigo que le presta la casa, y Sasha, su chica.

    A excepción de la cuarta parte, comienza cada una de las otras tres con su estancia compartida por la joven pareja en la casa prestada de un ciudad anodina con un mar frío, donde cultiva la invisibilidad. Los hechos de 1969 siguen vivos en su mente y Julian sabe de su participación, lo que parece despertar el interés de ambos por ella, Evie. Mientras tanto ella observa la relación que hay entre los dos, la vulnerabilidad y la dependencia de Sasha frente a su amado. La misma vulnerabilidad y dependencia que ella sintió desde un principio por Suzanne, una de las tres chicas de Russel (trasunto de Manson).-Gran parte del deseo, a esa edad, era un acto deliberado. … Más tarde lo vería: lo impersonal y rapaz que era nuestro amor, enviando una señal por todo el universo con la esperanza de encontrar un depositario que diera forma a nuestros deseos-.

    1969. Evie tenía 14 años, no era lo suficientemente guapa para no sacar notas brillantes, tenía una amiga en plena fase de desencuentro y, como tantas adolescentes, se sentía un bicho raro; sus padres, recién separados, se desentendían de su hija para centrarse en sus vidas. El afán de recibir amor, el deseo de gustar, la vergüenza de saberse sola, la necesidad de dar sin tener a quién, todo ese infinito mare magnum en el que se debaten las aspirantes a la edad adulta -¿existe tal cosa?- le hacen refugiarse en la comunidad a la que pertenece su adorada Suzanne, esa chica que parece flotar y sin embargo la mira y ella siente que la ve por dentro, tal y como es. Reparar en la seguridad que a todas Las chicas les proporcionaba el grupo, la desinhibición de sus movimientos, de su forma de actuar, frente a la amistad aniñada y caprichosa conocida hasta entonces, la falta de recursos emocionales por parte de madre y padre, el atractivo de lo prohibido con el consiguiente abuso de las drogas que le permiten dejarse llevar, desasistirse, la necesidad de abandonar la tutela de sus progenitores -los niños no son propiedad nuestra: … mi madre no era mi dueña solo porque me hubiese parido-, el amparo de saberse conocedora y partícipe de un ritual selecto y selectivo, junto a la sugestión -casi autosugestión- de salirse del cliché de la gente normal y la sensación de poder frente a esta plebe alienada, le hacen sumergirse más y más en el clan de Russel.

    En el fondo siempre late la resistencia a ese rol de chica, lo que de ella se espera -Sasha lo reproduce ante Evie-, conformarse, esperar, atajar el dolor con un gesto de cortesía, al igual que su madre cuya imagen está definitivamente rota como modelo -también la de su padre-. Desgrana con gran acierto una edad compleja y especialmente agresiva con las futuras mujeres que, probablemente, como Evie, crecerán con miedo: al otro, a sí mismas. Aún crecen con miedo. Lo describe desde la madurez, por lo que en ocasiones se cruzan las dos voces, si bien esto no crea confusión. Se echa en falta una mayor profundidad en el personaje de Suzanne que llega como un deslumbramiento y permanece oscura. Quizá porque oscuros permanecen los amores primeros, sobre todo si arrastran y condicionan el devenir personal. Como a Evie. 

    Una buena novela.

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Un mal nombre de Elena Ferrante

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Es la segunda novela de la tetralogía napolitana, tras La amiga estupenda. Un mal nombre solo contiene una parte, se titula Juventud y consta de 125 entradas.

     Comienza Lenù hablándonos de una caja metálica con ocho cuadernos que Lila le entrega haciéndole jurar que no los leerá. En su interior está Lila, clara y contundente. Lee todo y después lo tira al río, pero con 66 años, que es cuando emprende esta narración para convocar o para no olvidar, recuerda perfectamente, lo que le permitirá a la narradora profundizar en la vida y los sentimientos de su amiga, incluso entrar en su pensamiento durante un breve fragmento, el 113.

   Retoma el relato exactamente donde lo dejó, en el banquete de bodas. La adolescencia queda atrás para ambas, pero sobre todo para Lila que pasa a formar parte del universo femenino adulto -… qué es esta argolla de oro, este cero brillante dentro del que he metido el dedo-, dándose de bruces con una tela de araña que envuelve el barrio entero, custodiada por una ley del silencio antigua, conocida y respetada por todos y por todas, de la que son artífices los mafiosos del barrio, antiguos compañeros de colegio. En este contexto profundamente machista en el que las mujeres tienen una función clara de sometimiento y obediencia -… unas veces tocan bofetones, otras veces tocan besos…- y un fin fundamental, la procreación, ellas mismas presionan, temen y condenan el rechazo de este papel tradicional. Lenù las observa: … Parecían haber perdido los rasgos femeninos que tanto nos importaban a nosotras, las muchachas (…) Habían sido devoradas por el cuerpo de sus maridos, de sus padres, de sus hermanos, a quienes terminaban por parecerse cada vez más a causa de las fatigas o la llegada de la vejez, la enfermedad. ¿Cuándo empezaba esa transformación?… En el juego de espejos que desarrolla con Lila, en el que tanto se aproximan como se alejan, no deja de admirar su coraje y reconocer su sinuosa rebeldía, y al mismo tiempo esto le sirve para tener algo muy claro: estudiará, se irá de allí. Ni una ni otra son personajes lineales, una se queda en el barrio, pero es la que quiere partir quien reconoce en sí misma maneras que se transmiten de generación en generación: la voz melosa de las mujeres, la máscara de docilidad y sumisión del padre, el temor de ambos… Cada una desea y aborrece al mismo tiempo, alternativamente, lo que la otra tiene.

     En determinado momento Lila acepta su rol y asume voluntariamente el nombre que le corresponde que no es Raffaella Cerullo de Caracci, sino Señora Caracci. Acepta todo, el dinero sucio del esposo, su papel de incubadora, de sparring, de tendera… Pero solo tienen 19 años y la historia progresa. Lenù vive su despertar de otra manera, el estudio la sitúa fuera del barrio, aunque ella siga dentro de él, aunque el barrio siga dentro de ella. Ambas desconfían, se observan de lejos o de cerca, se enfrentan, se ignoran, se tienen en cuenta, se quieren, y en este largo proceso, se retroalimentan. Lenù teme que si Lila vuelve a estudiar la supere, Lila pretende despreciar el discurso intelectual que ya no se siente capaz de alcanzar. Mientras, en Nápoles, algunos amigos intentan cambiar y no ven la violación como una forma de relación válida, los mayores envejecen y las riendas cambian de generación aunque no por ello se aflojan, la conciencia de clase va creciendo entre algunos de ellos. Y Lenù consigue alejarse e ir a estudiar a Pisa. Allí se le abre un mundo diferente en el que va, mal que bien, encajando y lo hace, en parte, no tanto a través de su dura dedicación a los estudios en los que es brillante, como a través de algunos hombres que la eligen, cuya posición la ilumina a los ojos de los demás y la impulsa. Sin embargo, cuando vuelve a Nápoles, siempre con el temor de no poder salir de allí, repara en que lo que ha aprendido en su ciudad natal, con Lila como referente en muchas ocasiones, a defenderse con uñas y dientes, le ha sido de gran utilidad en Pisa, ahora bien, lo que ha aprendido en Pisa, los buenos modales, la voz y el aspecto cuidados (…) eran muestras de debilidad que me convertían en presa segura, de esas que no se libran. Ah, Nápoles, abigarrado e intenso telón de fondo que respira por dentro y por fuera de las dos amigas.

     La tetralogía continúa. Siguiente: Las deudas del cuerpo. Y sigue siendo excelente. Imprescindible.

La amiga estupenda de Elena Ferrante

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Elena Ferrante con sus Crónicas del desamor, tres breves e intensas novelas centradas en tres diferentes episodios -o podríamos decir 3 papeles: hija, esposa, madre- cuestiona y despliega presente y pasado de cada protagonista. El futuro queda, como tal, abierto. La amiga estupenda va más lejos y aborda dos vidas y su estrecha y vinculante relación de amistad con sus dependencias, equívocos, encuentros y desencuentros.

     Elena Greco, Lenú, tiene 66 años cuando su amiga Lila -Lila para ella, para los demás Lina o Raffaella- desaparece sin dejar el menor rastro de su existencia. Cabreada, comienza la historia de Lila que es también la suya: Veremos quién se sale con la suya. A continuación procede con su infancia y su adolescencia. Las de ambas, ligadas desde el principio por una atracción mutua y por una amistad sellada en la búsqueda de sus dos muñecas perdidas -inevitable recordar la muñeca de La hija oscura y dar vueltas a todos los significados que ese juguete tan sexualmente definido puede tener en la obra de Ferrante y en la vida de las niñas y de algunos niños, cómo no-.

     La Infancia es también la Historia de don Achille, el cacique del barrio. Desde el comienzo ambas tienen un papel, Lila es la mala, la lista, la de piernas ágiles y valentía feroz; Lenú, la rastreadora de sus vidas y sus relaciones, acepta lo que entiende como hechos probados, conformándose con ser la mejor después de su amiga, se presenta a sí misma como una niña que busca agradar, ser aceptada y un tanto despegada de sus actos. Crecen en Nápoles y es esta ciudad la tercera protagonista de la novela. Un barrio obrero con su cacique omnipresente, temido y silenciado en cada casa. Una escuela donde las jerarquías se sienten y se visibilizan, las diferencias van inscritas en cada uno de los niños o de las niñas, pero ellas, las alumnas, cuentan con otro enemigo tan peligroso y es el propio hogar. Cualquier hombre, ya sea padre o hermano, … en una cadena de agravios que genera agravios, descargaba sobre los familiares y las mujeres, las madres en apariencia silenciosas y complacientes, cuando se enfadaban iban hasta el fondo de su rabia sin detenerse nunca. Las hijas pues están al final de la cadena de revanchas y crecen en el miedo. En el miedo a todo. Es época de posguerra … nuestro mundo estaba lleno de palabras que mataban: el crup, el tétanos, el tifus petequial, el gas, la guerra, el torno, los escombros, el trabajo, el bombardeo, la bomba, la tuberculosis, la supuración… Sin embargo Lila no parece temer a nadie. A finales de la primaria ellas, que gustan de leer y de aprender, están convencidas de que el estudio les proporcionará la riqueza.

     La adolescencia es también la Historia de los zapatos, zapatos que pondrán los pies de Lila sobre la tierra que le corresponde –Los sueños de la cabeza han acabado bajo los pies-, que definen a Nápoles. Nápoles: Sin amor, no solo se seca la vida de las personas, sino también la de las ciudades. Termina cuando ambas tienen dieciséis años y vidas muy diferentes. Dos evoluciones que se separan y una misma clase social. Dos cuerpos y dos intelectos unidos y dispares que se quieren, se siguen, se enfrentan, se separan, se buscan, se miran entre sí. Pero es Lenú quien lo cuenta y para contar necesita -y teme y envidia- a Lila. Conflictos con el cuerpo, con el sexo, otra mirada sobre el entorno y un concepto de riqueza diferente que toma el testigo de Don Achille. Y la confirmación de que la plebe, por la que la profesora Oliviero preguntaba a Lenú … éramos nosotras.

     Me importa muy poco quién es Elena Ferrante. Sabe muy bien sobre lo que escribe, sobre quién escribe y lo hace de forma magistral. No juega con el lector. Tan claro quiere que esté todo que, antes de empezar, nos presenta a los personajes con los triviales datos que ubican a cada cual en su familia, en su casa. La infancia es breve y define a la perfección de donde parten. La adolescencia es turbia, confusa, equívoca y arranca con un episodio que la define a la perfección. Un desbordamiento. Y es Lila quien lo padece, no Lenú, víctima no obstante de granos, miopía… La narrativa no es lineal, pero se desliza como la seda con orden y gran concierto. Le siguen otras tres novelas que conforman la vida de dos amigas y mucho más. Imprescindible.

Submundo de Don DeLillo

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Don DeLillo comienza Submundo con un prólogo, El triunfo de la muerte, que se desarrolla en una fecha precisa, el 3 de octubre de 1951, y con un histórico home run -un tanto del copón en béisbol- que tuvo lugar en esa fecha -es el mismo que retransmiten en la radio del coche de Sonny Corleone (James Caan) cuando lo acribillan en El Padrino I-. Este tanto es descrito con precisión en un presente trepidante que mezcla la descripción del partido, espectadores de renombre aún ahora o en aquel entonces -como el locutor que lo radió y que por ello se hizo famoso- con la significativa historia del joven de color Cotter que se cuela en el estadio y consigue hacerse con la pelota que dio la victoria al equipo en el célebre home run. Ese mismo día Rusia prueba su bomba nuclear y en el estadio está John Edgar Hoover. Mientras, cantidades constantes de basura caen al campo, caen en las gradas, incluso dos hombres caen -las emociones: infartos-, papeles de todos los tipos descritos como una misma música con distinta letra, y entre ellos revistas donde anuncios de electrodomésticos, detergentes, perfumes, etc. se mezclan con el cuadro de Brueguel El triunfo de la muerte. Acaba el relato Todo va depositándose indeleblemente en el pasado, pero el capítulo siguiente, escrito en pasado, transcurre en 1992 y la novela se convierte en un camino de vuelta con una pelota de béisbol como pretexto, como fetiche, como asidero, como símbolo.

     A partir de ahí la narración sigue a Nick Shay -en el 92 mando intermedio en el mundo de la recogida y eliminación de residuos- hasta llegar al origen de quién es y quién fue y, por el camino, su hermano, su fugaz amante, Klara, su madre, profesores, compañeros de trabajo y demás personajes próximos a él, no tan próximos o sencillamente coetáneos -reales o no-. Sin embargo, aunque sin aparecer en el índice, la historia de Cotter, sin él, continúa, siempre inmediata, siempre en presente. Este submundo dentro de la obra no es el único. Underworld se titula la supuesta película desparecida de Eisenstein que a su vez comparte protagonismo en el capítulo El verano de las azoteas con la auténtica Cocksucker sobre los Rolling Stones y el breve y contundente documental involuntario de la muerte de Kennedy rodado por Zapruder. En un marco que va desde la Guerra fría -para volver a ella- hasta mediados de los noventa, la exploración hacia atrás de la vida y el contexto de Nick es de una riqueza abrumadora donde cualquier cosa puede encajar: la búsqueda del artista y los caminos que se abren o se encierran en el arte, el arte como vía para encauzar esa inmundicia omnipresente, voluminosa, agresiva, regular, invasiva que, como un bajo continuo, atraviesa todo Submundo convirtiéndose a su vez en un territorio (nuestro territorio, nuestros desperdicios modelados como espacios habitables, grandes vertederos diseñados por expertos o nacidos involuntariamente del abandono de las instituciones). Las relaciones familiares, padre-hija, madre-hija, entre hermanos, dentro de la pareja; la educación y la infancia, capaz de adaptarse a los nuevos no paisajes construidos sin tenerla en cuenta, materia moldeable en manos de la hermana Edgar (alma gemela de Hoover, atormentada mujer que memoriza El cuervo de Poe para infundir miedo, la profecía, la soledad y la muerte) o el padre Paul en busca de una formación diferente. La ubicuidad de los medios de comunicación a través de la imagen -el video de un asesinato tan azarosamente grabado como el de Kennedy, pero más contumaz, relatada en presente y capaz de fijarse en la voluntad hasta perder su significado y asegurar el entretenimiento-. La Guerra fría, la caída del Muro (y el muro que separa el barrio lumpen, el muro al que mira el creador, el muro en el que se inscriben historias de fracaso), el apartheid, la bomba nuclear, Todas las tecnologías tienen que ver con la bomba, los residuos nucleares, la separación y el tratamiento de los desechos, crema protectora para el sol, Lenny Bruce -sí, el de Bob Fosse- y su ¡Vamos a morir todos!, la gran paranoia (pero ¿quién contagia a quién, el Estado al individuo o el individuo al Estado), la gran fiesta de Truman Capote, prodigio de la vanagloria y Hoover invitado (gran recreación de este tipo), la carne de cañón…

     La riqueza temática, la inteligencia narrativa, la poesía ocasional, la adaptabilidad rítmica, la profusión temática de Submundo merecen, sin duda, un estudio. Ardua tarea para quien lo emprenda, aunque probablemente apasionante. A medida que el tiempo avanza hacia atrás, el ritmo es más veloz, el penúltimo capítulo es casi trepidante. Rematada la historia de la pelota de Cotter intercalada en el silencio de la numeración de páginas -pero entre dos páginas negras: se abre el telón, se cierra-, en esta marcha atrás, bajo el título de En gris y negro, DeLillo ata algunos cabos. Cabos argumentales. Klara, Nick, su esposa, sus primeros amores, la conexión definitiva, la casi definitiva genealogía del fetiche-pelota del 51, la procedencia y el objetivo del material artístico último de Klara, ¡nos vamos a morir todos!, la pelota de nuevo como un símbolo que ha cambiado de manos durante años y también de significado… Y por último, el epílogo. De nuevo en presente, ahora. Cruel, extraño, casi buñuelesco -le falta la ironía o es demasiado ácida- la realidad se traslada, ¿queda sólo la inmundicia, transitamos sobre ella, falta el milagro, el submundo está fuera o nosotros estamos dentro..?

     Quien no quiera retos, que ni se acerque. Quien se acerque encontrará un libro a releer o a coger en cualquier momento, por cualquier página y dejarse llevar por un universo complejo, interconectado, en su finitud, infinito.

     Y no puedo por menos que mencionar que la empresa que acumula y subsume la basura en el epílogo se llama “Tchaika”, que significa gaviota en ruso y citar que el individuo necesita ajustarse a un entorno en el que los chanchullos y los trapicheos han salido de las sombras del mercado negro especulativo para crear una economía completamente abierta de saqueo y corrupción. En esas andamos.

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Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin

Manual mujeres de la limpieza

 

Hacia el final del libro, miraba yo, inquieta, cuántos relatos me quedaban por leer. Solo cuatro, solo tres… Cuanto más avanzaba, más tiempo dejaba pasar entre uno y el siguiente. A pocas páginas del fin, decidí leer la introducción, acción religiosamente reservada -de hacerlo- para el final y absurda estrategia de autoengaño. Hay libros que no quieres terminar -más si sabes que ningún otro relato te deparará la caprichosa industria editorial, ni la reducida obra de la autora-.

      Los cuentos de Lucia Berlin se circunscriben a su vida. O no, pero lo parece. Transcurren en los sitios en los que ella vivió, sus protagonistas ejercen un oficio que ella ejerció o son objeto, mejor sería, en estos casos, decir sujetos de su observación, llena de perspicacia, sensibilidad, ironía, humor y, cómo no, amor -incluso cuando el personaje es tan deleznable como el abuelo-. Desde fuera o desde dentro, en primera persona, en tercera, en ambas, con una visión amplia y larga o de cerca, desde el interior, hacia o desde el pasado, desde o hacia el presente, la aguda mirada de esta escritora te atrapa, su capacidad de supervivencia, la implícita aceptación de las cartas que le tocan en el juego de la vida, su vitalidad observadora y reflexiva te arrastran de relato en relato. No sé hasta que punto el orden es cronológico -el antepenúltimo, B.F. y yo, fue el último que escribió-, pero el orden en el que están dispuestos es de lo más acertado. Su familia está presente: aparecen al principio el padre y el abuelo, con muchos tintes de realidad –Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad, decía su hijo. Su hermana y su madre van surgiendo entre narraciones para ganar presencia, historia y verdad, con un trazo preciso y muy personal en el que el detalle te atrae y amplía la imagen. Mientras, otras vidas reclaman el foco y a veces, en un mismo relato, ridículas, terribles, risibles pequeñas o grandes tragedias urden un telón de fondo ante el que se presentas distintos puntos de vista –Mijito, una turbia anunciación con delicadas miniaturas ilustrando el fondo; A ver esa sonrisa, una visión cálida y compresiva, culpable y fatal, irónica y lúcida, a tres, a cuatro bandas con el lector o la lectora, de una relación inusual y judicialmente perseguida-. Incluso el gran telón de fondo puede ser el protagonista –Apuntes de la sala de urgencias– o puede partir de un ingenuo juego con las palabras que culmina por las subliminales vías de las asociaciones –Mi jockey, Macadán-. Lo cotidiano en su contexto más oscuro, expuesto con frescura, con una particular imaginería que nos conduce con suavidad, incluso entre fragmentos, hasta la última frase. Definitiva, lapidaria, rematando el cuadro. Buenos y malos.  Y el humor, negro y brillante, que alumbra desde sus propios alter ego, como una chispa para burlar la amargura -de nuevo Mijito, una maravilla con una perla negra en la frase final-.

Pararse en cualquiera de sus cuentos es un grato ejercicio de observación. Por ejemplo el que da título al libro,  Manual para mujeres de la limpieza. Ocho paradas de autobús estructuran el relato. La consejera, la autora, su sosias acude a limpiar a distintos hogares, una ligera angustia emocional la envuelve y va avanzando en breves y cada vez más intensos y concretos recuerdos que ella expresa en pocas frases mientras, entre esperas y trayectos viajamos con ella, la parada, los vaivenes de la gente, los saltos de su memoria, las familias a quienes sirve, los consejos a tener en cuenta en un trabajo así… Y la última frase. Tanta angustia de la mano de tanta ironía. Pero como este, casi cualquiera, cada uno desde un sitio diferente. Con una esencia propia, mas sin unas normas fijas. Con un ingenio perverso y dulce. Sin moral ni moralina  –Es lo asqueroso de las drogas. Funcionan.- Lucia Berlin también funciona. De maravilla. De endiablada maravilla. Imprescindible. Lo mejor, leerla, que se releerá.

Lucia Berlin