Un debut en la vida de Anita Brookner

Anita Brookner, fallecida en 2016 con casi 88 años, fue una historiadora de arte británica, algunos de cuyos libros, The genius of the future y Romanticism and its descontents, siguen disfrutando de un amplio público lector. Comenzó tarde a escribir novela, con 53, y esta fue su primera obra publicada, sobre la que niega que sea biográfica, no obstante existen abundantes concomitancias, por ejemplo, el hecho de que su padre fuera temporalmente también librero -como George, el padre de la protagonista-, que fuera de origen judíopolaco, que su madre fuera, si no actriz, como Helen, la madre en la novela, sí cantante, etc. Además, ella, como estudiosa, no desperdiciaba ningún dato sobre los autores que trataba. Brookner es la variante de Bruckner, apellido de origen, y con él se inscribieron en el Reino Unido para borrar las huellas alemanas ante la creciente animadversión inglesa hacia este país durante la Primera Guerra Mundial.

     La protagonista, Ruth Weiss, será una estudiosa de Balzac y de Balzac toma Brookner el título Un début dans la vie, obra que también tendrá su momento a lo largo de la novela. Arranca así: A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. ¿Se puede responder a esta cuestión brevemente? Sí, y con presteza: … su padre y su madre se aliaron para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la Pequeña Dorrit. Pero también se puede explayar, concisamente, durante doscientas páginas. Así se desarrolla la obra, entre contrarios, propios y ajenos. Y evolucionando literariamente: de Los Grimm y Andersen pasa a Dickens, luego Hugo, de Vigny, Balzac. Dickens … le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. ¿Por qué no habría conocido antes a Balzac?

     Una narración precisa y llena de significados. Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Una niña pelirroja y silenciosa que, al morir la abuela -única persona asentada en la prosaica realidad-, se acercó el libro a la mejilla a modo de consuelo, una jovencita que queda en compañía -que no en sus manos- de unos padres egoístas y moliciosos, infelices y dependientes, poco o nada habituados a trabajar. Un vivo ejemplo de lo que Balzac enseña: la suprema eficacia de la mala conducta. Emoción, contención y literatura se van enredando a lo largo de la vida que Ruth hace. A excepción de dos conatos que la alejan por poco tiempo del hogar, -presentado el primero con Le début dans la vie de Balzac y acompasado por la Fedra de Racine, y el segundo por la siempre presente Eugénie Grandet-, la historia de Ruth está condicionada por la de sus progenitores y por el bastión defensivo que ha levantado en las bibliotecas: sus horas allí eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Un personaje solitario y generoso, quizá por miedo, por necesidad. Una mujer predestinada a la rutina o que hace una elección. No parece una vida intensa, si embargo la novela lo es. Un placer leerla, releerla. Una prosa inteligente, con sentido del humor, llena de alusiones y un incierta poesía del desastre inevitable. O la rutina. Cálida y fría. Culta y asequible. Un regalo. Y el prólogo de Barnes, también.

Dr Anita Brookner, winner of Britain’s Booker McConnell fiction prize for Hotel du Lac.

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Tres guineas de Virginia Woolf

El 26 de febrero de 1935 a Virginia le abruma el deseo súbito de escribir un panfleto antifascista. Según una de las cartas dirigidas a su hermana Vanessa, se lo planteó como una discusión con su sobrino Julian, tan empeñado en ir a luchar a la guerra (in)civil española que lo consiguió; eso y morir al poco de incorporarse. Apenas mes y medio más tarde, algo ha cambiado. Su amigo Morgan (E. M. Foster) le comenta haber estado discutiendo la posibilidad de admitir señoras en la Biblioteca de Londres y haber defendido la idea diciendo ¿Acaso no han mejorado mucho las señoras? Esto enfureció a Virginia quien, de camino a casa, imagina plausibles situaciones, por la mañana, mientras se baña, pergeña una frase para su nuevo libro pretitulado: On being despised (Ser despreciada), y empuña la pluma sobre el diario, mientras le tiembla la mano de indignación. Tres guineas es un libro que va concibiendo al tiempo que emprende la revisión final de Los años y lo escribe relativamente rápido, sobre todo teniendo en cuenta que parecía una mujer incapaz de tener menos de dos o tres proyectos en mente: la concepción y documentación para la biografía de su amigo Roger Fry le acompañó durante la creación de estas dos obras mencionadas.

El pretexto del que parte para iniciar lo que algún periódico -el TLS- llamó uno de los panfletos más brillantes de Inglaterra es la respuesta a un hombre eminente que le ha dirigido una carta preguntándole a ella, una mujer, en su opinión, ¿cómo podemos evitar la guerra? Si como respuesta a una conferencia sobre mujeres y literatura, nos aportó Una habitación propia, a esta pregunta y tres puntitos más adjuntos al asunto, responde con Tres guineas, obra sobre la que al acabar, escribió en sus diarios: … ahora me siento del todo libre […] Ya está, he aportado mi grano de arena a esa causa, y no pueden ya intimidarme. Ahora, si me atosigan, puedo decir sencillamente: véase Tres guineas. Los tres acciones que se unen a la solicitud de su parecer son: firmar una carta dirigida a los periódicos, ingresar en una sociedad y contribuir con fondos a dicha sociedad. Ante semejante provocación -que diría Buñuel-, a Virginia Woolf no le quedó más remedio que empezar por el principio y para ello se valió de algo tan caro a sus antiguos como buscar en biografías y, tan propio de sus coetáneos, como leer los periódicos y las revistas. Al igual que en su cuarto propio comienza tirando de tres Marys, aquí tira de Mary Kingsley. Siguiendo los gastos de educación en ella invertidos por su familia, familia formada por los que Woolf dará en llamar “hombres con educación”, situando pues el debate en una clase media alta y, cuando menos, ilustrada, tirando de los gastos invertidos en las hijas de los “hombres con educación”, gastos que nos desmenuza resultando francamente anecdóticos en una economía hogareña acomodada, llega a lo que desde ese momento en adelante denominará FEA (Fondo de educación de Arthur). En Las horas, por ejemplo, se llamaba Edward, se llamaba Morris, y el fondo no es sino el dinero reservado y dispensado en los hijos varones, mas … su educación no consistía meramente en aprender libros: los amigos enseñaban más que los libros o los juegos. La conversación con ellos ensanchaba horizontes y enriquecía la mente. Durante las vacaciones, se viajaba; se adquiría afición al arte, conocimientos de política exterior; y luego, antes de que se pudiera uno ganar la vida, el padre fijaba una pensión… Es fácil colegir que la formación femenina difiere profundamente de la masculina, quedándole pues como única opción laboral honrosa el matrimonio, hasta 1919 -el año de acceso femenino al voto-, aunque…

SI bien el debate parece corresponder a una élite económica o, por lo menos, cultural, Virginia apunta que las Hijas de los Hombres con Educación están en desventaja, incluso, respecto a las mujeres trabajadoras, pues que estas podrían parar de producir armas dejando así de contribuir a la industria de la guerra, pero ellas… Una de las características de este libro es que las apostillas o llamadas son de la propia Virginia y, partiendo del texto principal, crean otro hilo conductor unido al central, necesario e igualmente interesante. Aquí, como un tema menor, apunta la posibilidad de que dejen de proporcionar hijos, lo cual ya había aconsejado muchos años atrás Lisístrata… Algunas de estas aclaraciones son francamente largas, pero como apostillas no tienen desperdicio, contextualizan y prolongan un hilo argumental dedicado a las conferencias, el poder de la prensa, las mujeres del servicio, la castidad, los manifiestos, el dominio, la virilidad, etcétera, hilo, siempre perspicaz, atando cabos donde pudieran buscarse hebras sueltas.

Seguir sus argumentaciones es una delicia y una diversión; atemperada la indignación, escrito y pulido el libro, su sentido del humor y la precisión a la hora de fijar situaciones y conceptos, su agudeza y la necesidad de transmitir, no solo sus principios respecto a la guerra, sino respecto al papel de la mujer en tres fundamentales circunstancias: educación, trabajo -sin trampas: las describe a las mil maravillas- y -¡esto es la revolución total, el delirio de una mujer en 1938, una loca!- que el Estado pague sueldo a aquellas mujeres cuya profesión es el matrimonio y la maternidad *, todo esto, junto a la riqueza de sus reflexiones -era una mujer exhaustiva a la que le gustaba salir al paso de posibles, probables o improbables interrogantes-, hacen esta obra verdaderamente genuina y, además, desvela la existencia de lo que Woolf llama La Sociedad de las Extrañas (Outsiders’ Society). Que cada día está más viva.

Y por último está Antígona, se había colado en Los años, traducida por uno de los hermanos -los que acaparaban el FED-. Por los mismos años Antígona revivía en las manos de Espriu, de Brecht, Anouilh, cada cual llevándola a un terreno -que viene siendo siempre el mismo, el contexto de la guerra, fratricida o mundial-. Virginia, en la línea principal del libro, comienza centrando el foco en Creonte con su poder absoluto y el deber frente a la sociedad de Antígona -en la nota, señala Antígonas de su tiempo que han hecho frente a las leyes-. Pero Antígona -bien podríamos considerarla una Hija de Hombre con Educación (y mal destino, ciertamente)- emerge recurrentemente. Hija de Edipo, de la mano de Virginia visita la “fijación infantil” en algunos padres de la Iglesia o no, como el padre de las Brontë, y observamos los inmejorables resultados de la ausencia de fijación. Y permanece porque el deber de las Antígonas, no es quebrantar la ley, sino hallarla. Pero… Antígona carecía del apoyo del capital y de la fuerza**. Y tenía miedo.

Y muchas cosas más. Y todas engarzadas. Oxford, Cambridge, la vanidad y la posición***, la cultura… ¿Hacia dónde irán esas Tres guineas que Virginia Woolf está dispuesta a donar? Cierto que prosa y entorno parecen quedarnos lejos, pero, a poco que vas recogiendo los hilos woolfianos (no da puntada sin hilo, casi diría que jamás) dan ganas de coger el sombrero que se arrancaron las Sin sombrero, para quitárselo ante esta escritora tan necesaria. Es un magnífica y refrescante lectura. Y, mal que nos pese, sigue siendo actual.

Por contagio de Tres guineas añado estas apostillas:

*… Si el Estado pagara a la esposa un sueldo suficiente para vivir, en méritos de su trabajo que, pese a ser sagrado, difícilmente puede considerarse más sagrado que el del eclesiástico, por lo que, si el trabajo de éste es pagado sin rechistar, también podría serlo el de la esposa, si este paso, que todavía es más esencial para su libertad de usted, señor, que para la de ella, realmente se diera, la vieja noria alrededor de la que el hombre con una profesión da vueltas y vueltas, a menudo tan fatigosamente, a menudo con tan poco placer o con tan poco provecho para su profesión, quedaría destruida: tendría opción a la libertad; terminaría la más grande de las servidumbres, que es la intelectual…

**… “Y Creonte dice: La llevaré donde la senda sea más solitaria, y la esconderé, viva, en una cueva en la roca”. Y no la encerró en Holloway o en un campo de concentración, sino en una tumba. Y Creonte, leemos, trajo la ruina a su propia casa y espació sobre la tierra los cuerpos de los muertos. Nos parece, señor, al escuchar estas voces del pasado, que volvemos a contemplar la fotografía, la fotografía de los cadáveres y de las casas derruidas que el gobierno español nos manda casi todas las semanas. Parece que los hechos se repiten. Las imágenes y las voces de hoy son las mismas que las de hace dos mil años.

***… Cuántas, cuán espléndidas, cuán adornadas son las ropas que llevan los hombres educados en sus funciones públicas… Ahora, os vestís de violeta; un crucifijo pende sobre vuestro pecho: ahora os cubrís de encaje los hombros; ahora os cubrís con armiño; ahora os colgáis encima muchas cadenas con piedras preciosas engarzadas. Ahora lleváis pelucas; cascadas de rizos descienden gradualmente hasta el cuello. Ahora…

Como sea que el matrimonio, hasta 1919 -no hace aún veinte años- era la única profesión abierta a nosotras, difícilmente cabe exagerar la enorme importancia que el vestido tenía para la mujer. Era, para ella, lo que los patrocinadores o protectores son para ustedes.

Los años de Virginia Woolf

Virginia Woolf comenzó a escribir en 1932 el ensayo Los Pargiter -este iba a ser, en un principio, el título de Los años-y, apenas 20 días después, lo remodelaba para convertirlo en un ensayo-novela que avanzará, con ágiles y poderosos brincos, como una gamuza saltando por encima de un barranco tras otro, de 1800 hasta aquí y ahora, y 4 años después, el 3 de noviembre de 1936, escribía en su diario Esto es tan malo que, afortunadamente, no hay más que hablar. Tengo que llevar las galeradas, como un gato muerto, a L. y decirle que las queme sin leerlas, Así lo hice y me quité una peso de encima. Afortunadamente Leonard no le hizo caso.

Tal vez, mientras fue Los Pargiter -cambió de nombre casi tantas veces como altibajos tuvo su autora: Aquí y ahora, Amanecer, Gente corriente– aludía más a la historia de una gran familia que vivía en una gran casa, con Los años, es el propio devenir del tiempo lo que intentan recorrer estas páginas. En Las olas, donde VW quiere salvaguardar a su gente en algún lugar -fijarla para siempre en su novela- cada capítulo se abre con la descripción del desarrollo de un mismo día, desde el amanecer al ocaso, a través de la naturaleza. Los años arranca en 1980, un día de primavera vacilante y, casi inmediatamente, la autora nos dice cómo quiere que transcurra la narración: Girando lentamente, como los rayos de un faro, los días, las semanas, los años, cruzaban el cielo uno tras otro. Y así va avanzando el relato, a fogonazos, más largos, más cortos, siempre un día del año, a veces entero, otras un poco más -como el primer capítulo-, o menos. Virginia Woolf cuidaba hasta la exhaustividad el detalle, todo se enlaza, da cuerpo a personajes y objetos, da presencia al transcurrir del tiempo a través de la morsa de Martin que aparece y reaparece, del cuadro de la madre con una flor oculta por la suciedad, el sillón rojo que va de casa en casa, el hervidor que sigue ahí y sigue funcionando mal, a través que pequeños acontecimientos, conversaciones silenciosas, de deseos furtivos que resurgen 30, 40 años después, secretos familiares… Cada capítulo, antes que nada, da cuenta de la estación del año. En el primero conocemos a la familia en un momento decisivo que culmina en el propio capítulo. A continuación, un salto de once años, otoño, vuelta de las vacaciones, sopla el viento y siguiéndolo sabemos del futuro de Kitty y de Milly, ambas casadas y con hijos -para eso se iba a las fiestas, para buscar marido-, mientras que Edward pasea buscando un verso por los jardines de Oxford, Morris saca el niño silenciado que lleva dentro y arrastra con los pies las hojas muertas amontonadas, Eleanor… 1907, 1908… En 1913 se vende la casa familiar y quien más lo lamenta es la criada, como contrapartida, su favorito de la familia opina que es un sitio abominable: Tenía un cuarto de baño y un sótano; y en ella habían vivido aquellas personas tan diferentes, apretujadas y encerradas, contando mentiras. De la guerra sabemos en 1917, un anochecer con cena familiar, un nuevo y peculiar personaje, Nicholas, que nunca conseguirá dar un discurso, el rutinario bombardeo, el alivio cuando acaba –Solo matan a otra gente– y un final memorable en esa línea que cruza las obras de Woolf, por la que transitan otras gentes que también estaban ahí, como las que conforman el servicio, las que necesitan “caridad”… Así hasta llegar a 1926, la Primera Guerra Mundial ya queda lejos y se reúnen en una gran fiesta que dura toda la noche. Si la vida pasada ya era fuente de recuerdos en la juventud -y por tanto en el segundo capítulo- el reencuentro da lugar a un fantástico colofón. En algún momento de sus diarios dice Virginia Woolf que con esta novela quería captar la totalidad de la sociedad actual. E indudablemente consigue trazar perfectamente las líneas de comportamiento del entorno en el que creció y al que, en su libro Tres guineas, libro cuyo germen y primera escritura coincidió con la revisión de Los años, definirá como el de los hombres educados, refiriéndose a sí misma como una hija de hombre educado, como lo son Eleanor, Kitty, Peggy, Rose, etc. Las mayores no fueron dueñas de su futuro -aceptaron lo que les venía impuesto, bien fuera matrimonio, bien fuera cuidar de padre y hermanos-, pero con el tiempo han conseguido aquello que reclamaba con claridad en Una habitación propia: 30 guineas -parece que bastante más- y tienen, finalmente, las riendas de sus actos. Pasó el 19 y la mujer tiene voto, Rose lo vivió. Sally y Maggie han salido adelante a su manera. Los vamos viendo uno a uno, algunos diálogos son mudos, como el que mantienen los más jóvenes Peggy, médica, y North, su hermano: los años pasan, pero aquellas tempranas vivencias que compartimos, crean lazos mudos que no se pierden, sí se pierde la capacidad para comunicarse como antaño. Ellos son diferentes, parten desde otro punto, buscan, ambos se acercan a los libros durante la fiesta y caen sobre dos citas significativas, son una nueva generación situada en una posguerra y viviendo aires de preguerra. Dos niños que cantan en la fiesta y un final magnífico. Por el medio, transitando de una escena a otra, Antígona de Sófocles, la que se sacrificó por su hermano (también de buena familia). Y su adorado Londres que luce, se cubre, se oscurece, se acicala, se surte, se apaga, amanece…

Imprescindible.

Lady Susan de Jane Austen

Lady Susan fue publicada 77 años después de ser escrita y 54 después de la muerte de su autora, en 1871. Es una novela epistolar compuesta por 41 cartas y una conclusión que cierra los avatares que se desarrollan a lo largo de la correspondencia entre siete personajes que rodean a Lady Susan Vernon, a saber: como contrapunto están su cuñada, la Sra. Vernon, Catherine, que recoge la voz de la moral de su tiempo -y de este, a qué dudarlo-, Sr. de Councy -Reginald, hermano de su cuñada- y Sir Reginald De Councy y esposa, padres de los anteriores. Dividiendo la correspondencia en dos partes de veinte y veinte misivas, está la número XXI de la hija de Lady Susan, Frederica Susan Vernon, quien, a pesar de los continuos menosprecios que sobre ella expresa su madre, algo del tesón y la habilidad para salirse con la suya de su madre ha heredado. Y permitiendo expandirse acerca de los sentimientos e intenciones de la ínclita Susan, la señora Johnson.

La soltura y el gracejo con que Jane Austen da voz a la pizpireta, manipuladora, vivaz e interesada Lady, así como la gravedad y sensatez con que describe y relata su cuñada, dirigen el transcurrir de los hechos en los que es Lady Susan la auténtica actriz que hace y deshace ante la impotencia de su hermana política que adora ser la primera y el centro de conversación, la más ingeniosa y la más sensata –no obstante no puede dejar de reconocer la aparente impecabilidad de la conducta de Lady Susan que subyuga por donde va y especialmente a los hombres. La novela está aderezada con exactamente cinco intervenciones masculinas, una de ellas, de Sir Reginald de Councy a su hijo, con un ánimo bien distinto a las demás. Sin embargo no es solo Lady Susan quien conduce los acontecimientos, también Frederica es capaz de torcer los designios de su madre que, con un cinismo encantador y jocosamente perverso, se explaya con su amiga, la Sra. Johnson, quien no le anda a la zaga en su práctica visión de un mundo en el que, para una mujer, el matrimonio se presenta como la única salvación. Lady Susan puede con todo. O casi, pues su capacidad de adaptación a las circunstanciass corre pareja con el desapego que siente hacia quienes la rodean y no participan de sus necesidades o intereses.

En este delicioso relato que por momentos parece una obra de teatro de enredo, la ya madura Lady Susan, viuda de treinta y tantos años, pisa con fuerza allí donde sabe que puede pisar -no así su amiga, ya sometida a la voz del patrón o anciano esposo. Frente al dudo si no debería castigarle despidiéndole de inmediato después de esta reconciliación o casándome con él y burlándome eternamente de Susan, aún libre para elegir, se queja la Sra. Johnson de que cuando era yo la que tenía ganas de ir a Bath, nada pudo inducirle a tener un solo síntoma de gota. La conclusión, por boca de la autora o por la de la persona que registra los aconteceres, cierra el periplo de Lady Susan, pero deja abierto el de su sacrificada hija que pasa de una celestina a otra, pero no cuento más. Una primera obra que anticipa los temas centrales de la obra de Austen con frescura y un cierto toque díscolo atemperado por el núcleo familiar Vernon, que viene a ser Catherine Vernon.

La edición es un placer. Limpia y traviesamente ilustrada, estupendo papel, primorosas guardas. He de confesar que la compré por impulso en un ataque de consumismo libresco que es el único que me permito de tarde en tarde. Una divertida delicatessen para un día de calor agobiante, de recogimiento en el sofá frente a la chimenea o, en su defecto, con la calefacción funcionando.

No, mamá, no de Verity Bargate

A Verity Bargate, su nacimiento como novelista y el diagnóstico de un cáncer le coincidieron en el mismo año, 1978. Ella siempre pensó que, como su madre, moriría a los cuarenta y no se equivocó, pues murió dos meses y veinte días antes de cumplir los cuarenta y uno. Cuando tenía cuatro años sus padres se divorciaron y su madre se marchó a Australia de donde retornó a los cuatro años, casada de nuevo con un doctor de la RAF y Verity pasó los siguientes años en internados y casas de vacaciones. Fue enfermera, pero no se sentía capacitada para ello, después trabajó para una empresa dedicada al análisis de los medios de comunicación y, finalmente, con su primer marido creó el Soho Teather y tuvo dos hijos varones -uno de ellos llamado Thomas Orlando, como el recién nacido de Jodie, la protagonista de esta breve e intensa novela-. Su matrimonio duró del 70 al 75. A continuación ella tomó las riendas del teatro con un espíritu libre y abierto que dio cabida a gente como Bob Hoskins, Hanif Kureishi o Caryl Churchill y, apoyada por el que sería su nuevo esposo dos meses antes de morir, Keeffe Bargate. comenzó a escribir. Dejó tres novelas, ésta fue la primera. A ver si tenemos suerte y Alba se anima con las otras: Children crossing y Tit for tat.

     Una mujer nos narra en primera persona la sensación de vacío vivida desde el momento en el que cogió en brazos a su segundo hijo. Otro varón. ¿La depresión postparto? Puede que sí, no necesariamente. Además de madre, es esposa, hija, amiga, sin hablar de ama de casa, compradora, etc. pero sobre todo es mujer y nos va a narrar un proceso de huida de la realidad, eso puede pasar en el puerperio, pero también tras una gran decepción, un desamor, el deseo muerto, un legado perdido, un tiempo de inercias… Siempre dentro de los límites de lo racional seguimos a Jodie que encuentra fuerzas en la reaparición de una gran amiga de la infancia, Joy. Hasta ese momento ha estado observando su matrimonio, a sus hijos, intentando mantener el equilibrio y ha recuperado un talismán de juventud guardado junto a otras pertenencias empaquetadas para la que quería su hija y es Orlando ¿cambiará de sexo con este nombre? Con suavidad y fluidez avanza la narradora, sin saberse tan vulnerable y trasmitiendo vulnerabilidad, olvidando la agresividad del entorno, la trampa en la que se ha ido encerrando, fiel a una nueva rutina que le hace sentirse feliz. Sabe ser práctica, muy práctica, aún puede sentirse a gusto con algunas personas. Por el camino transitan la identidad sexual y la moralidad imperante, la ceremonia matrimonial, el pasado como pérdida irrecuperable y dos hijos amados, temidos, cómplices, lastres… Una breve novela de tensión casi gótica en la que el peligro acecha en un apartamento, en el tren, en la estación y se dirige hacia un desenlace fatal. Un miedo al otro tan cercano -miedo que la protagonista percibe también en Joy- y que sabe que llegará a puerto de alguna manera, en algún momento, y que el puerto es ella. Dos mujeres atrapadas y un final de cualquier época. Paradigma de precisión y economía, sin aspavientos ni efectismos. No le sobra nada, ni le falta. Tremenda, estpenda.

Las chicas de Emma Cline

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Las chicas se basa en las jóvenes que perpetraron los salvajes asesinatos de Sharon Tate -joven actriz embarazada de ocho meses y medio en el momento de la carnicería-y otras cuatro personas más que entonces estaban en su acomodado hogar. Según la autora, lo hace, no para recrear los hechos ni para centrarse en su gurú y motor, Charles Manson, sino para ilustrar una edad y una decisión errónea.

    Lo primero que nos presenta Emma Cline es la imagen de las tres chicas, hermosas, relucientes, distintas –como realeza en el exilio-, desafiantes, risueñas, mágicas –gráciles y despreocupadas, como tiburones cortando el agua-. A continuación comienza la novela y lo primero que nos describe es el espacio cotidiano donde perderán la vida un hombre, dos mujeres y un niño. Este breve apunte y la narradora se desvela en la actualidad: alguien está irrumpiendo en la vivienda donde deja pasar los días. Teme. Son dos jóvenes, un chico, Julian, hijo de Dan, el amigo que le presta la casa, y Sasha, su chica.

    A excepción de la cuarta parte, comienza cada una de las otras tres con su estancia compartida por la joven pareja en la casa prestada de un ciudad anodina con un mar frío, donde cultiva la invisibilidad. Los hechos de 1969 siguen vivos en su mente y Julian sabe de su participación, lo que parece despertar el interés de ambos por ella, Evie. Mientras tanto ella observa la relación que hay entre los dos, la vulnerabilidad y la dependencia de Sasha frente a su amado. La misma vulnerabilidad y dependencia que ella sintió desde un principio por Suzanne, una de las tres chicas de Russel (trasunto de Manson).-Gran parte del deseo, a esa edad, era un acto deliberado. … Más tarde lo vería: lo impersonal y rapaz que era nuestro amor, enviando una señal por todo el universo con la esperanza de encontrar un depositario que diera forma a nuestros deseos-.

    1969. Evie tenía 14 años, no era lo suficientemente guapa para no sacar notas brillantes, tenía una amiga en plena fase de desencuentro y, como tantas adolescentes, se sentía un bicho raro; sus padres, recién separados, se desentendían de su hija para centrarse en sus vidas. El afán de recibir amor, el deseo de gustar, la vergüenza de saberse sola, la necesidad de dar sin tener a quién, todo ese infinito mare magnum en el que se debaten las aspirantes a la edad adulta -¿existe tal cosa?- le hacen refugiarse en la comunidad a la que pertenece su adorada Suzanne, esa chica que parece flotar y sin embargo la mira y ella siente que la ve por dentro, tal y como es. Reparar en la seguridad que a todas Las chicas les proporcionaba el grupo, la desinhibición de sus movimientos, de su forma de actuar, frente a la amistad aniñada y caprichosa conocida hasta entonces, la falta de recursos emocionales por parte de madre y padre, el atractivo de lo prohibido con el consiguiente abuso de las drogas que le permiten dejarse llevar, desasistirse, la necesidad de abandonar la tutela de sus progenitores -los niños no son propiedad nuestra: … mi madre no era mi dueña solo porque me hubiese parido-, el amparo de saberse conocedora y partícipe de un ritual selecto y selectivo, junto a la sugestión -casi autosugestión- de salirse del cliché de la gente normal y la sensación de poder frente a esta plebe alienada, le hacen sumergirse más y más en el clan de Russel.

    En el fondo siempre late la resistencia a ese rol de chica, lo que de ella se espera -Sasha lo reproduce ante Evie-, conformarse, esperar, atajar el dolor con un gesto de cortesía, al igual que su madre cuya imagen está definitivamente rota como modelo -también la de su padre-. Desgrana con gran acierto una edad compleja y especialmente agresiva con las futuras mujeres que, probablemente, como Evie, crecerán con miedo: al otro, a sí mismas. Aún crecen con miedo. Lo describe desde la madurez, por lo que en ocasiones se cruzan las dos voces, si bien esto no crea confusión. Se echa en falta una mayor profundidad en el personaje de Suzanne que llega como un deslumbramiento y permanece oscura. Quizá porque oscuros permanecen los amores primeros, sobre todo si arrastran y condicionan el devenir personal. Como a Evie. 

    Una buena novela.

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Nora Webster de Colm Toíbín

Nora Webster

 

Colm Toíbín tenía 9 años cuando empezó a tartamudear y 12 cuando murió su padre. Ambos hechos son recogidos en este libro que, según sus palabras, tardó 12 años en escribir, sin embargo no corresponden exactamente ya que el tartamudeo no le sobrevino tras la muerte de su padre. Esto da una idea de que lo importante aquí no es la fidelidad de la historia, sino la percepción de un proceso de recomposición personal y femenino tan conciso como expresivo; es también un respetuoso y comprensivo homenaje a su madre y, al mismo tiempo, la aproximación a esos tres años que recoge de su adolescencia.

      Nora Helmer, en Casa de muñecas, lo deja todo, hogar, marido e hijos, para encontrarse a sí misma, para aprender a ser una persona independiente y no un objeto decorativo en la casa de su esposo. Nora Webster ha de aprender a ser ella misma, no alguien a la sombra de Maurice, su marido, que muere tras dos dolorosos meses de agonía y dolor. Para ello, Toíbín adopta un tono preciso, descriptivo, dándole a la protagonista una voz parca, en ocasiones fría, en ocasiones llena de estupor, otras veces arriesgada, pero sin grandes explicaciones, una voz que nunca se regodea o invoca el pasado -aunque a veces, inevitablemente, la interpele-, sino que se asombra del presente que va recomponiendo a medida que pasan los días, sin alharacas, sin grandes pretensiones, saliendo al paso de los acontecimientos que la abordan quiera o no. La novela recorre tres años en los que va aprendiendo a pisar fuerte y a pisar donde quiere en una pequeña ciudad en la que, desde la primera página, sabemos que todo el mundo sabe todo de todo el mundo y se aprovecha la más mínima oportunidad para meter la nariz en los asuntos del vecino o la vecina en este caso.

      El silencio y la incomunicación tras una existencia bajo el aura de alguien carismático, preeminente incluso para sus propias hermanas, bajo un manto protector y a la postre paralizante. Era como si viviera dentro del agua y hubiera cejado en su lucha por nadar hacia el aire. Tras veinte años, afrontar sola lo cotidiano y sin embargo nuevo: hijos e hijas, nuevas y viejas amistades, conocidos, el antiguo empleo recuperado, el deterioro de las paredes, de los muebles… Tres años de pocas palabras para rehacer su espacio vital, su forma de relacionarse, su voluntad, sus pequeños placeres o sencillamente sus olvidados y desatendidos bálsamos y para aceptar que lo que había ocurrido podía borrarse. Tres años durante los que reaparece su antiguo yo -y con él, el recuerdo de su madre con quien tan mal se llevaba- y que culminan con un fantasma shakespeariano que le sirve a Nora para culminar su huida hacia adelante y comenzar de nuevo con los armarios limpios y la música olvidada que no había sabido echar en falta.

      Una extraordinaria novela que dice más de lo que cuenta, narrando lo justo, sin escarbar en presuntas psicologías quizá poco respetuosas con una madre. No le hace falta, sólo hay que saber escuchar los espacios en blanco. Indudablemente seguiré con Colm Toíbín. Además de Nuevas maneras de matar a una madre (necesariamente Nora Webster, que necesitó años para madurar, para encontrar su forma, hubo de tener que ver con ese estupendo rastreo de las huellas familiares en diversos autores) y este hay bastantes más. Qué feliz futuro lector me espera. Anímense.

ColmToibin