Lady Susan de Jane Austen

Lady Susan fue publicada 77 años después de ser escrita y 54 después de la muerte de su autora, en 1871. Es una novela epistolar compuesta por 41 cartas y una conclusión que cierra los avatares que se desarrollan a lo largo de la correspondencia entre siete personajes que rodean a Lady Susan Vernon, a saber: como contrapunto están su cuñada, la Sra. Vernon, Catherine, que recoge la voz de la moral de su tiempo -y de este, a qué dudarlo-, Sr. de Councy -Reginald, hermano de su cuñada- y Sir Reginald De Councy y esposa, padres de los anteriores. Dividiendo la correspondencia en dos partes de veinte y veinte misivas, está la número XXI de la hija de Lady Susan, Frederica Susan Vernon, quien, a pesar de los continuos menosprecios que sobre ella expresa su madre, algo del tesón y la habilidad para salirse con la suya de su madre ha heredado. Y permitiendo expandirse acerca de los sentimientos e intenciones de la ínclita Susan, la señora Johnson.

La soltura y el gracejo con que Jane Austen da voz a la pizpireta, manipuladora, vivaz e interesada Lady, así como la gravedad y sensatez con que describe y relata su cuñada, dirigen el transcurrir de los hechos en los que es Lady Susan la auténtica actriz que hace y deshace ante la impotencia de su hermana política que adora ser la primera y el centro de conversación, la más ingeniosa y la más sensata –no obstante no puede dejar de reconocer la aparente impecabilidad de la conducta de Lady Susan que subyuga por donde va y especialmente a los hombres. La novela está aderezada con exactamente cinco intervenciones masculinas, una de ellas, de Sir Reginald de Councy a su hijo, con un ánimo bien distinto a las demás. Sin embargo no es solo Lady Susan quien conduce los acontecimientos, también Frederica es capaz de torcer los designios de su madre que, con un cinismo encantador y jocosamente perverso, se explaya con su amiga, la Sra. Johnson, quien no le anda a la zaga en su práctica visión de un mundo en el que, para una mujer, el matrimonio se presenta como la única salvación. Lady Susan puede con todo. O casi, pues su capacidad de adaptación a las circunstanciass corre pareja con el desapego que siente hacia quienes la rodean y no participan de sus necesidades o intereses.

En este delicioso relato que por momentos parece una obra de teatro de enredo, la ya madura Lady Susan, viuda de treinta y tantos años, pisa con fuerza allí donde sabe que puede pisar -no así su amiga, ya sometida a la voz del patrón o anciano esposo. Frente al dudo si no debería castigarle despidiéndole de inmediato después de esta reconciliación o casándome con él y burlándome eternamente de Susan, aún libre para elegir, se queja la Sra. Johnson de que cuando era yo la que tenía ganas de ir a Bath, nada pudo inducirle a tener un solo síntoma de gota. La conclusión, por boca de la autora o por la de la persona que registra los aconteceres, cierra el periplo de Lady Susan, pero deja abierto el de su sacrificada hija que pasa de una celestina a otra, pero no cuento más. Una primera obra que anticipa los temas centrales de la obra de Austen con frescura y un cierto toque díscolo atemperado por el núcleo familiar Vernon, que viene a ser Catherine Vernon.

La edición es un placer. Limpia y traviesamente ilustrada, estupendo papel, primorosas guardas. He de confesar que la compré por impulso en un ataque de consumismo libresco que es el único que me permito de tarde en tarde. Una divertida delicatessen para un día de calor agobiante, de recogimiento en el sofá frente a la chimenea o, en su defecto, con la calefacción funcionando.

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No, mamá, no de Verity Bargate

A Verity Bargate, su nacimiento como novelista y el diagnóstico de un cáncer le coincidieron en el mismo año, 1978. Ella siempre pensó que, como su madre, moriría a los cuarenta y no se equivocó, pues murió dos meses y veinte días antes de cumplir los cuarenta y uno. Cuando tenía cuatro años sus padres se divorciaron y su madre se marchó a Australia de donde retornó a los cuatro años, casada de nuevo con un doctor de la RAF y Verity pasó los siguientes años en internados y casas de vacaciones. Fue enfermera, pero no se sentía capacitada para ello, después trabajó para una empresa dedicada al análisis de los medios de comunicación y, finalmente, con su primer marido creó el Soho Teather y tuvo dos hijos varones -uno de ellos llamado Thomas Orlando, como el recién nacido de Jodie, la protagonista de esta breve e intensa novela-. Su matrimonio duró del 70 al 75. A continuación ella tomó las riendas del teatro con un espíritu libre y abierto que dio cabida a gente como Bob Hoskins, Hanif Kureishi o Caryl Churchill y, apoyada por el que sería su nuevo esposo dos meses antes de morir, Keeffe Bargate. comenzó a escribir. Dejó tres novelas, ésta fue la primera. A ver si tenemos suerte y Alba se anima con las otras: Children crossing y Tit for tat.

     Una mujer nos narra en primera persona la sensación de vacío vivida desde el momento en el que cogió en brazos a su segundo hijo. Otro varón. ¿La depresión postparto? Puede que sí, no necesariamente. Además de madre, es esposa, hija, amiga, sin hablar de ama de casa, compradora, etc. pero sobre todo es mujer y nos va a narrar un proceso de huida de la realidad, eso puede pasar en el puerperio, pero también tras una gran decepción, un desamor, el deseo muerto, un legado perdido, un tiempo de inercias… Siempre dentro de los límites de lo racional seguimos a Jodie que encuentra fuerzas en la reaparición de una gran amiga de la infancia, Joy. Hasta ese momento ha estado observando su matrimonio, a sus hijos, intentando mantener el equilibrio y ha recuperado un talismán de juventud guardado junto a otras pertenencias empaquetadas para la que quería su hija y es Orlando ¿cambiará de sexo con este nombre? Con suavidad y fluidez avanza la narradora, sin saberse tan vulnerable y trasmitiendo vulnerabilidad, olvidando la agresividad del entorno, la trampa en la que se ha ido encerrando, fiel a una nueva rutina que la hace sentirse feliz. Sabe ser práctica, muy práctica, aún puede sentirse a gusto con algunas personas. Por el camino transitan la identidad sexual y la moralidad imperante, la ceremonia matrimonial, el pasado como pérdida irrecuperable y dos hijos amados, temidos, cómplices, lastres… Una breve novela de tensión casi gótica en la que el peligro acecha en un apartamento, en el tren, en la estación y se dirige hacia un desenlace fatal. Un miedo al otro tan cercano -miedo que la protagonista percibe también en Joy- y que sabe que llegará a puerto de alguna manera, en algún momento, y que el puerto es ella. Dos mujeres atrapadas y un final de cualquier época. Paradigma de precisión y economía, sin aspavientos ni efectismos. No le sobra nada, ni le falta. Tremenda, estpenda.

Las chicas de Emma Cline

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Las chicas se basa en las jóvenes que perpetraron los salvajes asesinatos de Sharon Tate -joven actriz embarazada de ocho meses y medio en el momento de la carnicería-y otras cuatro personas más que entonces estaban en su acomodado hogar. Según la autora, lo hace, no para recrear los hechos ni para centrarse en su gurú y motor, Charles Manson, sino para ilustrar una edad y una decisión errónea.

    Lo primero que nos presenta Emma Cline es la imagen de las tres chicas, hermosas, relucientes, distintas –como realeza en el exilio-, desafiantes, risueñas, mágicas –gráciles y despreocupadas, como tiburones cortando el agua-. A continuación comienza la novela y lo primero que nos describe es el espacio cotidiano donde perderán la vida un hombre, dos mujeres y un niño. Este breve apunte y la narradora se desvela en la actualidad: alguien está irrumpiendo en la vivienda donde deja pasar los días. Teme. Son dos jóvenes, un chico, Julian, hijo de Dan, el amigo que le presta la casa, y Sasha, su chica.

    A excepción de la cuarta parte, comienza cada una de las otras tres con su estancia compartida por la joven pareja en la casa prestada de un ciudad anodina con un mar frío, donde cultiva la invisibilidad. Los hechos de 1969 siguen vivos en su mente y Julian sabe de su participación, lo que parece despertar el interés de ambos por ella, Evie. Mientras tanto ella observa la relación que hay entre los dos, la vulnerabilidad y la dependencia de Sasha frente a su amado. La misma vulnerabilidad y dependencia que ella sintió desde un principio por Suzanne, una de las tres chicas de Russel (trasunto de Manson).-Gran parte del deseo, a esa edad, era un acto deliberado. … Más tarde lo vería: lo impersonal y rapaz que era nuestro amor, enviando una señal por todo el universo con la esperanza de encontrar un depositario que diera forma a nuestros deseos-.

    1969. Evie tenía 14 años, no era lo suficientemente guapa para no sacar notas brillantes, tenía una amiga en plena fase de desencuentro y, como tantas adolescentes, se sentía un bicho raro; sus padres, recién separados, se desentendían de su hija para centrarse en sus vidas. El afán de recibir amor, el deseo de gustar, la vergüenza de saberse sola, la necesidad de dar sin tener a quién, todo ese infinito mare magnum en el que se debaten las aspirantes a la edad adulta -¿existe tal cosa?- le hacen refugiarse en la comunidad a la que pertenece su adorada Suzanne, esa chica que parece flotar y sin embargo la mira y ella siente que la ve por dentro, tal y como es. Reparar en la seguridad que a todas Las chicas les proporcionaba el grupo, la desinhibición de sus movimientos, de su forma de actuar, frente a la amistad aniñada y caprichosa conocida hasta entonces, la falta de recursos emocionales por parte de madre y padre, el atractivo de lo prohibido con el consiguiente abuso de las drogas que le permiten dejarse llevar, desasistirse, la necesidad de abandonar la tutela de sus progenitores -los niños no son propiedad nuestra: … mi madre no era mi dueña solo porque me hubiese parido-, el amparo de saberse conocedora y partícipe de un ritual selecto y selectivo, junto a la sugestión -casi autosugestión- de salirse del cliché de la gente normal y la sensación de poder frente a esta plebe alienada, le hacen sumergirse más y más en el clan de Russel.

    En el fondo siempre late la resistencia a ese rol de chica, lo que de ella se espera -Sasha lo reproduce ante Evie-, conformarse, esperar, atajar el dolor con un gesto de cortesía, al igual que su madre cuya imagen está definitivamente rota como modelo -también la de su padre-. Desgrana con gran acierto una edad compleja y especialmente agresiva con las futuras mujeres que, probablemente, como Evie, crecerán con miedo: al otro, a sí mismas. Aún crecen con miedo. Lo describe desde la madurez, por lo que en ocasiones se cruzan las dos voces, si bien esto no crea confusión. Se echa en falta una mayor profundidad en el personaje de Suzanne que llega como un deslumbramiento y permanece oscura. Quizá porque oscuros permanecen los amores primeros, sobre todo si arrastran y condicionan el devenir personal. Como a Evie. 

    Una buena novela.

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Nora Webster de Colm Toíbín

Nora Webster

 

Colm Toíbín tenía 9 años cuando empezó a tartamudear y 12 cuando murió su padre. Ambos hechos son recogidos en este libro que, según sus palabras, tardó 12 años en escribir, sin embargo no corresponden exactamente ya que el tartamudeo no le sobrevino tras la muerte de su padre. Esto da una idea de que lo importante aquí no es la fidelidad de la historia, sino la percepción de un proceso de recomposición personal y femenino tan conciso como expresivo; es también un respetuoso y comprensivo homenaje a su madre y, al mismo tiempo, la aproximación a esos tres años que recoge de su adolescencia.

      Nora Helmer, en Casa de muñecas, lo deja todo, hogar, marido e hijos, para encontrarse a sí misma, para aprender a ser una persona independiente y no un objeto decorativo en la casa de su esposo. Nora Webster ha de aprender a ser ella misma, no alguien a la sombra de Maurice, su marido, que muere tras dos dolorosos meses de agonía y dolor. Para ello, Toíbín adopta un tono preciso, descriptivo, dándole a la protagonista una voz parca, en ocasiones fría, en ocasiones llena de estupor, otras veces arriesgada, pero sin grandes explicaciones, una voz que nunca se regodea o invoca el pasado -aunque a veces, inevitablemente, la interpele-, sino que se asombra del presente que va recomponiendo a medida que pasan los días, sin alharacas, sin grandes pretensiones, saliendo al paso de los acontecimientos que la abordan quiera o no. La novela recorre tres años en los que va aprendiendo a pisar fuerte y a pisar donde quiere en una pequeña ciudad en la que, desde la primera página, sabemos que todo el mundo sabe todo de todo el mundo y se aprovecha la más mínima oportunidad para meter la nariz en los asuntos del vecino o la vecina en este caso.

      El silencio y la incomunicación tras una existencia bajo el aura de alguien carismático, preeminente incluso para sus propias hermanas, bajo un manto protector y a la postre paralizante. Era como si viviera dentro del agua y hubiera cejado en su lucha por nadar hacia el aire. Tras veinte años, afrontar sola lo cotidiano y sin embargo nuevo: hijos e hijas, nuevas y viejas amistades, conocidos, el antiguo empleo recuperado, el deterioro de las paredes, de los muebles… Tres años de pocas palabras para rehacer su espacio vital, su forma de relacionarse, su voluntad, sus pequeños placeres o sencillamente sus olvidados y desatendidos bálsamos y para aceptar que lo que había ocurrido podía borrarse. Tres años durante los que reaparece su antiguo yo -y con él, el recuerdo de su madre con quien tan mal se llevaba- y que culminan con un fantasma shakespeariano que le sirve a Nora para culminar su huida hacia adelante y comenzar de nuevo con los armarios limpios y la música olvidada que no había sabido echar en falta.

      Una extraordinaria novela que dice más de lo que cuenta, narrando lo justo, sin escarbar en presuntas psicologías quizá poco respetuosas con una madre. No le hace falta, sólo hay que saber escuchar los espacios en blanco. Indudablemente seguiré con Colm Toíbín. Además de Nuevas maneras de matar a una madre (necesariamente Nora Webster, que necesitó años para madurar, para encontrar su forma, hubo de tener que ver con ese estupendo rastreo de las huellas familiares en diversos autores) y este hay bastantes más. Qué feliz futuro lector me espera. Anímense.

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Nuevas maneras de matar a tu madre de Colm Tóibín

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Colm Toíbín es un autor y crítico literario de origen irlandés y católico que tiene en la actualidad 60 años. Su último libro Nora Webster aborda la vida de una mujer que se queda viuda y se basa en su madre que perdió a su marido cuando él tenía 12 años. Otra novela anterior, El testamento de María, trata también del dolor de una madre al perder a su hijo, en este caso Jesucristo, y es con la figura de la madre ausente en la novela del siglo XIX como arranca este libro de ensayos literarios acerca de la familia y los rastros -que en algunos casos son heridas, en otros formas de matar, en otros formas de exponer o exponerse…- que la familia deja en los escritores y/o en sus obras.

      Lo introduce con un sugerente y exhaustivo ensayo sobre Jane Austen y el muy presente a lo largo de la obra Henry James -no en vano tiene una novela biográfica acerca de él, The master: retrato del novelista adulto-; en él aborda la novela decimonónica como una representación de la destrucción de la familia y el ascenso de la conciencia moderna o del espíritu individual centrándose en la figura materna, en general muerta o desaparecida, siendo sustituida en muchas ocasiones por las tías, figura que rastrea hasta Joyce: Las tías se marchan en las novelas igual que llegan, para alterar la paz y aligerar el tono. Las madres impiden el crecimiento de la protagonista. Esto lo ilustra especialmente siguiendo a Austen, pero también a James, hasta llegar a finales del XIX cuando es la figura masculina la que potencia la tensión de los personajes.

      Curiosamente cierra el libro con dos artículos acerca de la figura del padre a finales del XX, a través, básicamente, del interesantísimo James Baldwin y el, bastante menos llamativo, Barak Obama. En el medio, 2 bloques, uno centrado en Irlanda y el otro intitulado En otros lugares. Irlanda arranca con dos capítulos dedicados a Yeats; en el primero Nuevas maneras de matar a tu padre, rastrea, también con Henry James de acompañante, como de padres asaz disolutos y con ansias creativas, crecen hijos poderosos a pesar de no haber podido ir a la universidad que tampoco destrozó sus mentes y contempla como forma de venganza de estos hacia sus progenitores el permitirles publicar sus libros, los cuales dejaban bastante que desear. Este impulso lo retoma más adelante con Borges, no en cuanto a su revancha, sino en cuanto a coger el testigo de la creación ante el fracaso de su predecesor. Tras el padre de Yeats, en Willie y George, le toca el turno a su cónyuge, esposa-madre e impulso fraudulento de parte del simbolismo esotérico en su obra. A Yeats le sigue su amigo Synge con su religiosa y adinerada familia, su absorbente y celosa madre de la que se alejaba y sobre la que recaída, desarrollando su vida y obra a la contra, pero apoyándose en ella. A continuación Beckett -gran deudor del teatro de Synge a cuyas obras de teatro, que tanto escandalizaron a los irlandeses, asistía sin falta en el teatro Abbey- y de nuevo la madre, al parecer depresiva y neurótica, que freudianamente condujo al laso Samuel al psicoanalista. Si Synge y, por supuesto, Beckett se alejaron, pero también regresaron, de su otra familia, más profunda, menos evidente, menos -o quizá no- psicoanalizable, que eran la tradicional y pía Irlanda, su enfrentamiento político y el idioma, los siguientes ensayos versan sobre autores que de diferentes maneras se enfrentaron o afrontaron las dos vertientes como un conflicto. Brian Moore que acabó en Estados Unidos, Sebastian Barry en cuyo teatro se superponen el padre de la nación y el dométsico y, por último, Roddy Doyle y Hugo Hamilton que en su rebelión matan al padre a través de la lengua o la lengua a través del padre, el primero con humor, el segundo por necesidad: el conocimiento de la lengua irlandesa se asociaba a la pobreza, por lo que abandonar el idioma es posible que constituyera una forma, aunque extraña e imperceptible, de ascender. Esto me recuerda algo. ¿Será a la igualmente encapotada y verde Galicia durante 40 años?

      La segunda parte se abre con dos pesos pesados: Thomas Mann y Borges. Al primero lo acompaña la leyenda de Nuevas maneras de malcriar a los hijos, suave teniendo en cuenta que dos de ellos se suicidaron y que un lema del Mago fue Hay que acostumbrar a los hijos a la injusticia desde el primer momento. Si a cada autor lo acompañan lides varias que van desde el alcoholismo, padre, madre o ambos autoritarios, problemas de opción sexual, etc., la familia Mann es una buena panoplia de bretes que incluyen incestos, drogas, ambigüedad política, etc. Mucho se ha escrito sobre ese enorme escritor que fue Thomas Mann y a su luz o su sombra se han alumbrado o ensombrecido hijos e hijas, amigos, amigas, amigos y amigas de hijos e hijas y demás. Erika y Klaus indudablemente crecieron gracias y a pesar de él, pero siempre con esa pequeña gran figura embrujando sus acciones, sus escritos, su creatividad en fin. En cuanto a Borges, difícilmente rastreables en sus narraciones -que no en las particulares traducciones inscritas en su nombre con la bendición, sino la hechura de su madre- ambos progenitores, tendiente el padre a lo europeo, orgullosa ella de su criollismo de antigua alcurnia, posibilitaron sin duda ese particular universo borgeano y su asistenta Fanny y su recelada Maria Kodama pusieron el resto. Si a eso añadimos las digamos desafortunadas posiciones políticas de Jorge Luis, el rechazo académico argentino que entre otras cosas le achacó desviadas tendencias de la literatura inglesa y jactanciosa erudición recóndita es interesante seguir con Colin Toíbín donde estaban algunas de sus obras y en qué momentos. Tras ellos un atormentado y alcohólico Hart Crane de familia disfuncional, sexualidad culpable, embriaguez recidiva, suicidio transatlántico y gran poesía (ver El puente, por ejemplo). Tenessee Williams, su hermana, Henry James y la suya, ambas de exquisita prosa y débil salud. El teatro de Williams viene a ser el escenario de la frágil personalidad de su querida Rose y la enfermedad tan poco exponible que él mismo creía -también estuvo internado- bordear. A lo que hay que añadir el alcoholismo, tan recurrente en muchos de los autores que aquí nos ocupan. John Cheever, quien además de contar en su haber con una homosexualidad culpable, mas activa, también freudianamente achacada a sus padres, y una dipsomanía reiterativa, quería formar una familia convencional y decía aborrecer a los discípulos de Sodoma, mientras guardaba unos detallados diarios para ser leídos por la posteridad. Y por último Baldwin, gran novelista y lúcido ensayista que quiso, y literalmente lo hizo, matar al padre literario y blanco –Hemingway, Dos Passos, Faulkner…-, al tiempo que consideraba que el problema estadounidense era que los hijos se avergonzaban de los padres. Por otro lado reivindicaba a ¡oh, de nuevo! Henry James y buscaba una síntesis en sus libros entre Miles Davies y Ray Charles. Baldwin quien no quería librarse del chamán africano para confiar en el psiquiatra norteamericano, y quien lúcidamente observa que los europeos llegados a colonizar América pasaron de ser por ejemplo noruegos, a ser blancos frente al negro, pero que, al salir de su país, no le queda otra que reconocerse como norteamericano. Tanto Obama como él, muerto el progenitor, comienzan a ser ellos, como las heroínas de Austen sin sus madres. Las de la introducción de las Nuevas maneras de matar a tu madre

    Ay, la familia, qué gran tema, de fondo y de trasfondo. Muy recomendable para amantes de la literatura y sus vertientes y entresijos, que no sus cotilleos –de buscar únicamente esto último, sin duda, se aburrirán-. 

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Dublineses de James Joyce

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Cuando Dublineses llega por fin al público en 1914, han transcurrido siete años desde que Joyce puso punto final al último relato. Una primera edición fue quemada por el propio editor antes de ponerla a la venta. Esto haría pensar en una obra de especial procacidad, políticamente muy militante, especialmente antirreligiosa o claramente amoral, etc, por lo que sorprende su lectura ya que nada de esto es, en absoluto, obvio. Ahora bien, el Dublín fotografiado, pues más parece una foto que una pintura: un estilo sobrio, objetivo, directo, distante -incluso en los tres primeros relatos, en primera persona y narrados desde la infancia y adolescencia-, este Dublín, atravesado por la religión, el nacionalismo, la hipocresía sexual, el alcoholismo, el sometimiento de la mujer, la prostitución, la ausencia de perspectivas, etc, queda claramente en primer plano, fijo cual panoplia en la que todas las historias pudieran desarrollarse sincrónicamente.

       Si en el primero un chaval nos cuenta la muerte de un reverendo amigo suyo, relación sobre la que el Sr. Cotter, próximo a la familia manifiesta su desacuerdo, en el último, Los muertos, es un muerto quien alumbra una realidad oculta hasta el momento y en Polvo y ceniza es la muerte, a través de un juego tradicional irlandés, la que se avecina. La hipocresía sexual se cuela sutilmente en Un encuentro, así como la decepción del joven enamorado en su primera incursión en el mundo adulto de Arabia; el arraigo familiar y el miedo a lo desconocido paralizan a la joven Eveline, mientras el deseo de riqueza y de ver mundo frente a la falta de expectativas en Dublín, arrastran a un par de dublineses de juerga con tres extranjeros; Dos galanes de poca monta que intentan sacar lo que pueden a las mujeres; La casa de huéspedes donde ese modelo de mujer mandona, que se repetirá en La madre, con la aquiescencia de su hija, atrapa a un joven para el matrimonio. La sensación de enclaustramiento, de estarse perdiendo la vida cruza también por Una nubecilla. El alcohol también es casi omnipresente en este retablo urbano y, en Duplicados, frente a las diarias y paupérrimas vicisitudes y frustraciones se desquita sobre el hijo, mientras que en A mayor gracia de Dios se intenta reconducir a través de la Iglesia, igualmente cuasi omnipresente. Un triste caso -e irónico- de un hombre refugiado en su torre de marfil frente a un amor a lo Tolstoi y a un Dublín que encontraba mezquino, moderno y pretencioso. La inconsistencia del proceso político de Efemérides en el comité que culmina pomposamente en un poema a Parnell, el político irlandés al que el propio James Joyce dedicó un poema siendo un niño. Y por último Los muertos en el que esos momentos que él gustaba de llamar “epifanías”*, y que iba apuntando cuando los encontraba, crecen. Es el más largo de los relatos, como resultaría mucho más largo el que pensó en añadir y acabó convirtiéndose en Ulises. Mientras todos esperan por los que resultarán depositarios de las sombras que recorren estos cuadros, nada más apropiado que una cena de navidad en una tradicional casa de dos ancianas tías -muchos son los niños que recorren estas calles y están a cargo de tíos, hermanas…- como dios manda. Todo se prepara para el momento en que suena la música que paralizará a Gretta, para el camino al hotel…

      A Joyce le publicaron Dublineses viviendo en Trieste y únicamente volvió a Irlanda a la muerte de su madre y será para no volver. No era nacionalista, su pasión eran la literatura, las lenguas, la gramática… Parte de esta reluctancia, si bien no es explicita, se percibe en la cáustica sequedad con que se presenta en Los muertos, por ejemplo. Fija unos marcos para alcanzar una serie de “epifanías” recorridas por la parálisis, por el miedo a actuar: la que padece el reverendo Flynn al principio, en Dos hermanas, y que asusta, pero atrae al mismo tiempo al niño, la que atenaza al chico de Un encuentro ante el hombre y el sexo, la que impide al joven de Arabia comprar lo que fue a buscar, etc. La que padecía Irlanda, diezmada en su población y en sus aspiraciones. La que padecían los que allí se quedaban. Pero tampoco es Joyce un analista social, es más un lingüista que quiere separar significantes y significados. Que busca coger el tiempo y ordenarlo, a lo ancho más que lo largo. Eso ya está hecho. Eran tiempos nuevos en literatura, como lo eran en filosofía, tiempos de disciplinas jóvenes que ahora están más que maduras y al servicio de lo que está todo: el dinero.

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*Epifanía: “Una súbita manifestación espiritual, bien sea en la vulgaridad de lenguaje y gesto o en una fase memorable de la propia mente”. Stephen el héroe.

Las olas de Virginia Woolf

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Si en La Sra. Dalloway Virginia Woolf se centra en un día de la vida de Clarissa, si en Al faro parte de tres tiempos diferentes para encontrar y construir una forma, tal vez una fórmula, de expresar, de recoger lo que quiere transmitir, si en Orlando se entrega al juego para romper a su antojo las reglas al uso del tiempo -semanas que duran años, siglos que duran meses, etc-, su reto en Las olas es más radical, pero sin la diversión que supuso Orlando, ni la facilidad y claridad de Al faro.

      Partió de una anécdota relatada por su hermana Vanessa en una carta: al retener una enorme falena macho que acabó pereciendo, su casa se llenó de hembras en su busca. Lentamente, la va enfocando como una obra poética, teatral, en una zona entre mística y abstracta, siendo consciente de lo complejo y lo difuso de su proyecto. Quiere dejarla madurar lentamente mientras se cuestiona la novela sin poesía como algo ajeno a lo que entiende por literatura. Primero son mariposas nocturnas entorno a una luz y una planta cuyas flores cambian constantemente, desechándolas a la postre porque las falenas … no vuelan de día. Y no puede haber una vela encendida. La empezó varias veces, avanzando con esfuerzo y convencida de que hacía … bien en buscar un sitio donde poner a (su) gente contra el tiempo y el mar. Sus obsesiones: fijar todos los detalles de un momento, recoger la esencia a través del lenguaje, reflejar el fluir del tiempo y a la vez el instante, saber con qué palabras, a través de qué historias, cómo seguir un ritmo y no un argumento… En persecución de estas respuestas va la voz de Bernard, una de las seis que recorre Las olas. En persecución de una imagen de las sombras en movimiento, una imagen cadenciosa en un fluir poético, van las 6 voces de Virginia Woolf, disgregadas, pero dependientes unas de otras, Bernard y Rhoda más claramente encarnaciones -mejor sería decir fusiones- de la autora. Bernard es la Virginia arriesgada, fecunda, profusa, empática, diversa, aunque también sobrecargada, dependiente, incapaz de escribir la carta a quien quiere. Rhoda, la Virginia perdida en sociedad y en sí misma, poética y arisca, lejana e inmóvil. El resto, Neville y Louis, claros testaferros de Litton Strachey y T. S. Eliot; Susan y Jinny, hasta dónde Vanessa y quién más. Todos con un rumor poético asociado a ellos, entreverados de Shelley, Catulo, Byron, Eliot…, en resumen, de aliento lírico y compartiendo lo que de Virginia hay ellos.

     Dado que Woolf no quiso llamarlos capítulos y lo que realmente consigue es una corriente que va y vuelve mientras las voces están condenadas a apagarse, diremos que la obra consta de 9 olas, introducida cada una por un a modo de interludio que, de leerse seguido, describe el día desde el primer resplandor que apunta la salida del sol hasta su puesta. Su cénit está en la quinta ola, ola en la que muere el único personaje cuyo discurso está ausente y en torno al cual giran de alguna manera los demás: el joven Percival. Como él, murió Thoby Woolf, a los 26 años, y fue entorno a él, el hermano mayor, que comenzó a gestarse Bloomsbury, él, su hermano y hermanas y sus antiguos compañeros de universidad. No cabe elegía más intensa. Las voces se superponen, arrastran sentimientos, miedos, olores, imágenes, versos, historias antiguas… Hay olas excelsas, la cuarta y la quinta por ejemplo. Y especial mención a la última, arrastrada por Bernard, donde cambia el tiempo verbal. Desde la infancia hasta la puesta todo es presente, el final es en pasado, Bernard se vuelve, mira e intenta seguir el rastro y avanzar, él, que es él y fue otros, él, que tenía cientos de historias sin final… La naturaleza, la luz, las olas siempre siguen, aunque el sol se oculte.

      Un día y la esencia en el tiempo de un grupo de amigos. De una intensidad abrumadora. No apto para todo tipo de lector o lectora. En los tiempos de su publicación, Virginia comenzó a perder el favor del público, las corrientes literarias y políticas variaban su cauce y ella pertenecía ya al pasado frente a nuevos autores como Auden, más beligerantes y, en buena lógica, enfrentados a sus predecesores. A fin de cuentas ella era ya una escritora consagrada y los retos de su generación no eran de recibo en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

Virginia por Vanessa