King, una historia de la calle de John Berger

Las obras de Berger no suelen ser obras compactas, cerradas, controladas hasta en los más mínimos detalles, pero están llenas de los más mínimos detalles, abren zonas oscuras, quiebran discursos lineales, derraman hechos, sensaciones, sentimientos, preguntas, imágenes… y cada frase, cada palabra tiene su propio sentido y se relaciona con todo lo demás.

     King es un perro vagabundo, sin embargo está unido a una pareja que vive en un solar abandonado que a pesar de ello tiene un dueño y una particular geografía. Su amigo del alma se hace llamar Vico, como Giambatista Vico y se hace llamar así porque Vico fue el primer pensador que se dio cuenta de que Dios no tenía poder, Vico supo, reconoció y escribió que los perpetradores de la Historia eran los hombres y que, por lo tanto, la Histotia era en sí una ciencia susceptible de ser conocida y estudiada ya que no dependía de ningún ser supremo. Y a través de los ojos de King, vamos a seguir la historia de este otro Vico y su compañera, Vica, y de aquellos que habitan este paisaje ignorado que va a dejar de ser ignorado para entrar en un proceso lucrativo y, en consecuencia, de progreso, civilizador. Lo que nadie veía porque estaba escondido en las proximidades de una gran autopista se ha hecho visible y quienes allí están pasarán a ser una molestia: un error. No existe un error derrotado. Los errores existen o no existen, y si existen, han de ser escondidos. En esta novela sobre las personas excluidas del circulo de consumo en el que la humanidad gira, por respeto y para evitar la compasión, elige Berger la mirada de un perro y los trazos filosóficos de un napolitano que inició otro forma de mirar, alejada del cartesianismo y más próxima al ser humano –¿Cómo puede salir nada real de una abstracción?-. El contraste entre la mirada limpia de King y los acontecimientos que van cercando a los protagonistas –La violencia es por lo general rápida. Cuando es lenta … no hay escapatoria.-; el concepto del tiempo estancado por la falta de perspectivas y el dolor del pasado -… yo ya sé que en la hora siguiente no voy a hacer lo que tengo que hacer. Tengo que poner fin a esa hora.-, el olor del fracaso y de la locura… Es un libro breve, el paseo de un perro en apenas un día, no es desgarrador, sí punzante. Os lo habéis buscado. Esa es la frase que por lo general precede a la tortura, a la violación, al asesinato

     Los pobres, si están cerca, molestan. A los pobres, como a los herejes del XVII -a Bruno, por ejemplo, 68 años antes de nacer Vico-, los queman. Giambattistas Vico decía que la historia se repite, pero en forma de espiral, como un eterno retorno que se va ensanchando. Piensa el perro en esta novela que si hay una fuerza del mal -que sí, a mí me parece que la hay, y es muy potente-, tiene que haber la contraria. Pero King es solo una narración más, formalmente, no ambiciona tanto como G, tampoco se lanza a un recorrido tan exhaustivo, pero sigue comprendiendo -en sus cuatro acepciones: abrazar, contener, entender, justificar- lo esencial.  Es un grandísima novela. Y el final es magnífico.

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G de John Berger

Cuando en 1972 John Berger recibió el Premio Booker por esta novela, la mitad del premio se la cedió a los Panteras Negras y con la otra mitad financió lo que sería Un séptimo hombre, estudio sobre las experiencias de los trabajadores migrantes, trabajadores explotados por empresas como Booker McConnell, que le otorgaba el premio y cuyos vínculos con las plantaciones en régimen de esclavitud en los países del Caribe denunció en el momento de recibirlo acompañado por un representante de los antedichos Panteras Negras. Ese mismo año, a la encorsetada visión del arte recogida por Kenneth Clarks en la serie televisiva Civilización, Berger respondió con la inteligente, fresca y diferente Modos de ver que, a quien no la haya visto, le recomiendo no pierda el tiempo y se vaya ya a disfrutarla en Youtube.

     Toda minoría dirigente tiene que acallar y, si es posible, matar, proponiéndoles un presente continuo, el sentido del tiempo de aquellos a quienes explota. Como minoría dirigente dentro de su propia novela, John Berger, paradigma de la coherencia, nos ofrece una novela fraccionada, donde, como en un fresco dialéctico y marxista, todo está relacionado, ahora bien, ciertamente, los y las lectoras no somos explotados, pero sí impelidos a cuestionar, obligados a relacionar, arrastrados a mirar. No es fácil abordar esta obra, si bien para eso ha sido escrita y por eso mismo abre tantos flancos, empezando por el título, G. Siguiendo un principal hilo temporal, conocemos a los progenitores del ilegítimo G: un burgués algo ridículo, pero afortunado y temeroso de las masas, y una norteamericana liberada, pero hija de un general británico y perteneciente a una clase extemporánea y parásita que considera que el honor comienza con un hombre y un caballo. En la narración, el exquisito sentido del humor bergeriano es acompasado por las circunstancias históricas, en general simultáneamente al desarrollo de los hechos, hechos estos que, curiosamente, parecen no afectar personalmente a G, fruto extraño de una sociedad en continua decadencia que dialoga o se contrapone a otra sociedad emergente en la que a su vez también se establece una dialéctica frente a la que G pretende permanecer al margen. G de Garibaldi, o de Don Giovanni -es decir, Don Juan-, o del mismísimo punto G. Porque diríase que este joven al que acompañaremos durante momentos trascendentales de finales del XIX y principios del siglo XX hasta llegar a los comienzos de la Gran Guerra, tiene una habilidad especial con las mujeres, cuya vida cambia al conocerlo. No es ese ángel pasoliniano que unos años antes cambiaba las vidas de una familia burguesísima en Teorema, mas es inevitable recordarlo y avistar una cierta sintonía entre ambos escritores de izquierdas.

     Demasiado prolijo decir cuáles son las líneas fundamentales que desarrolla la novela. Están las guerras y los conflictos de clase, necesariamente conectados. Ya en el primer capítulo se anuncian con la sencilla mención de la inocencia de la nación italiana y Garibaldi –¿Con qué clase de hombre -con su total integridad personal- se podía engañar más satisfactoriamente a la mayoría de la nación italiana?-, continúan con la matanza perpetrada por el general Beccaris en 1898 contra la clase obrera milanesa en manifestación, sigue con la guerra de los Boers y una magnífica síntesis en un párrafo memorable sobre el imperio británico del que no me resisto a recoger el final: Una mitad del Imperio disfruta del verano, mientras la otra mitad está en invierno; a la hazaña realizada por el peruano Chávez de cruzar los Andes, la acompañan, sotto voce, las matanzas belgas perpetradas en el Congo, nada lejanas de otras similares en otras colonias, mientras G cena primero y pasea después con un ingeniero de la Peugeot y un directivo de la Pirelli, clase dirigente que tiene claro cómo relegar a Marx y superar las posibles revueltas obreras: Los dirigentes de las masas trabajadoras no querían el poder. Sólo querían mejoras. […] De vez en cuando sacan a relucir la palabra socialismo. Esa palabra equivale a la ruptura temporal de las negociaciones, pero siempre con la intención de reiniciarlas. Si formamos adecuadamente a la gente, si aprovechamos la ciencia moderna, refrenamos el poder de la monarquía y confiamos en el sistema parlamentario, no hay razón alguna para pensar que el orden social actual vaya a cambiar violentamente. Desemboca en los conflictos nacionales centrados en la ciudad de Trieste poco después de las guerras balcánicas -guerras recidivas- y a punto de unirse Italia a la Primera Guerra Mundial, a una de cuyas más sangrientas batallas asistimos mientras que el austríaco Von Hartmann de las fuerzas de ocupación austrohúngaras reflexiona sobre el poder que ejerce sobre su mujer.

     Esta es parte de la convulsa realidad social que se entrevera en la vida de un diletante cuyo centro de interés parece radicar en las mujeres y es a las mujeres –Para Anya y para sus compañeras del Movimiento Feminista de Liberación Femenina– a quien va dedicado el libro. G, por momentos, ejerce de catalizador, por momentos semeja asumir la voz del autor, a veces se diría un dios iluminador o un mito erótico. G sirve para desvelar la situación de dependencia femenina que, con la maternidad, triplica su papel a interpretar -objeto sexual, marioneta social, agente de los hijos del esposo-, se demuestra ajeno a cualquier conflicto social, pero desempeña un rol frente a las mujeres y es un rol sumamente egocéntrico e hipersexualizado. G no es sino un instrumento que a medida que el tiempo avanza, se siente más insatisfecho y su forma de intervención es, invariablemente, por mediación femenina. Frente a los distintos tipos de mujer que se cruzan en su camino, ejerce un papel de superioridad por su sexo y por su estatus económico, sin embargo, a veces, se da una aparente fusión con el autor que, sin embargo, de vez en cuando, también explicita su posición como tal dentro del relato. En todo caso, la voluntad femenina de desembarazarse de sus roles, consciente o inconscientemente, está ahí y solo le cabe crecer lo cual, para el propio personaje tiene sus consecuencias, como las tiene el paso del tiempo y el aburrimiento. 

     Una novela ambiciosa que parte de la premisa de que la narración ya no puede ni debe ser lineal, que la precisión no existe, que tampoco valen las generalizaciones -y en la sexualidad, menos-, que sí que existe el miedo y algo por encima del miedo, que… Vale la pena leerlo. Está maravillosamente escrita, con temas y sensaciones que viven, avanzan, se repiten, lírica, erótica, reveladora, lúcida. Es amplia, es profusa, es rica, es polémica, sigue siendo actual.  Es, era, siempre será, John Berger, más joven, más arriesgado, más temerario.

El cuaderno de Bento de John Berger

 

Bento, Benedict de Spinoza, buscaba, como los presocráticos, una substancia primera (o una causa última), la razón original y, afecto a Euclides y a Descartes de los que se vale para el desarrollo de su Ética, concluye que esa substancia primera que se justifica en sí misma es Dios a quien identifica con la Naturaleza. Hasta qué punto fue creyente o no, se puede discutir o dilucidar, pero lo cierto es que, sufriendo represalias por su forma de pensar, decidió no seguir publicando, ganarse la vida puliendo lentes y desarrollar su filosofía en privado, compartiéndola únicamente con personas de confianza. Decidió con libertad, en el sentido que él mismo dio a esta palabra, viviendo de acuerdo a un corpus de pensamiento que premiaba la reflexión y aceptación de aquello que no puede ser cambiado, con conocimiento de causa, evitando el error.

     John Berger iba para pintor, pero abandonó el pincel, empuñó la pluma, lo hizo desde un punto de vista personal y, también, marxista, impelido por la situación que vivía la sociedad, inmersa en la guerra fría y la injusticia social. Como Platonov, sobre quien recoge apuntes y un dibujo en este cuaderno, que abandonó la escritura para ejercer su profesión de ingeniero agrícola ante la sequía y la hambruna que asolaba a sus compatriotas soviéticos.

     El cuaderno de Bento data de 2011, la publicó pues con 85 años, tras una vida larga y rica en experiencias y en conocimientos, generosa y arriesgada, sabia, profunda, comprometida y solidaria. Según los amigos de Spinoza, este solía dibujar en un cuaderno y Berger juega a imitarlo, a citarlo e, incluso a interpelarlo. Con esa forma de mirar que, con tanta perseverancia, ha intentado transmitir en libros, guiones, películas, documentales, etc. recoge fragmentos de Spinoza -fundamentalmente de su Ética-, y añade sus dibujos, breves historias, homenajes, reflexiones…, que, en apariencia, no guardan una ilación. Pero para Berger, como para Spinoza, las apariencias son algo más y hay que mirar, buscar, preguntar, preguntarse.

     Comienza con un dibujo de Beverly, su esposa, aún viva cuando la obra se ofreció al público, y la narración del acto de dibujar del natural un racimo de ciruelas. A continuación, nos alumbra sobre el porqué del título. En apenas seis páginas, ante tres circunstancias distintas -una ofrenda, el subcomandante Marcos encapuchado y el movimiento de una bailarina- repite … Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable… Mientras, nos hace ver que dibuja, que dibujar es corregir y que es una cuestión de esperanza. Después se oye la voz de Spinoza … nuestra alma, en cuanto que implica la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, es eterna, y esta existencia suya no puede definirse por el tiempo, o sea, no puede explicarse por la duración. Así transita este cuaderno que simula ser un florilegio de retazos, cuando, en cada reflexión, incluso, a veces, simulada confesión, recibimos una parte de un todo que busca contener algo esencial y, por lo tanto, eterno y, no solo a través de la palabra, sino del trazo al que, en determinado momento del libro, llega a comparar con la conducción de una moto -ambos implican movimiento, una mirada que no se centre en el detalle que desestabiliza- para llegar a comprender -piscina y mujer camboyana de por medio- cuál es el sentimiento de una persona desplazada.

     Para Berger hay dos tipos de narración, para hacernos llegar hasta ellas se detiene en dos bodas y la forma de celebrarlas. Están las que tratan de lo invisible y lo oculto, y están las que exponen y ofrecen lo revelado. […] La introvertida y la extrovertida. Sin lugar a dudas el pecio que se reúne en esta obra pertenece a la preferida por Berger, la introvertida, porque -y copio todo el párrafo porque es imposible ser más preciso respecto de lo tratado en El cuaderno de Bento-: Porque sus historias permanecen inacabadas. Porque entrañan la necesidad de compartir. Porque en su forma de relatar, un cuerpo se refiere tanto a un individuo como a un conjunto de individuos. Porque en estas narraciones el misterio no es algo que se vaya a resolver, sino algo que se lleva con uno. Porque, aunque puedan tratar de una violencia, de una pérdida o de una furia súbitas, no se quedan en lo inmediato, miran a lo lejos. Y sobre todo porque sus protagonistas no son actores, sino supervivientes. Engarzando filosofía, bosquejos, recuerdos, amistades, afectos, deseos, etc., esta impostura, con bergeriana tenacidad, intenta vulnerar la pasividad y reivindicar la esperanza y la necesidad de rebelión, de compromiso. Protestamos porque no hacerlo sería demasiado humillante, demasiado reductor, demasiado terrible. Con una hermosa prosa, emoción poética, con esbozos que indagan, dibujos que se sobreponen, con sentido del humor, con esa pasión por cuestionar que siempre está presente en sus escritos, en sus exposiciones, pasamos de un museo, a un centro comercial, de Chejov a la danza del vientre, de… Porque vivimos en un mundo en el que todo está conectado y no deberíamos aislarnos del orden general del universo, porque no deberíamos ignorar las causas que determinan nuestro estar en el mundo, nuestra libertad.

     Hay que leer y escuchar, siempre, a John Berger. Y, por qué no, a Spinoza.

 

 

Entre actos de Virginia Woolf

En 1938, tras acabar Tres guineas, Virginia Woolf comienza a darle forma a toda la información reunida para llevar adelante la biografía de su amigo Roger Fry, pero, entre medias, se le cruza el germen de esta novela que plasmó en su diario: … permitidme que apunte una idea: ¿por qué no Pointz Hall: algo deshilvanado y caprichoso, pero unificado en cierto modo -una vieja mansión de aspecto teatral y una terraza por la que pasean las niñeras? Y gente que pasa… y una perpetua variedad, pasando de la intensidad a la prosa; y hechos… y notas; y…, pero basta. Debo leer a Roger… Esto lo anotaba el 26 de abril y a finales de diciembre ya tenía 120 páginas escritas. El 1 de abril del 40 envía a la imprenta Roger Fry y en noviembre de ese mismo año da por terminada, felizmente, la obra que nos ocupa, con el título de The Pageant (El espectáculo); a principios del año siguiente introduce algunos cambios y, de nuevo, el 26 de febrero del 41, treinta días antes de adentrarse en las aguas del río Ouse con los bolsillos llenos de piedras, considera que ha llegado a la versión definitiva, ahora Between the acts. Mientras, Londres, su amada Londres, estaba siendo sistemáticamente bombardeada desde el mes de junio -incluida su antigua casa cuyas ruinas tienen que visitar para recoger restos, entre ellos sus diarios- y ella y Leonard viven en el campo padeciendo estrecheces, pendientes de las incursiones de los aviones alemanes y de los vecinos. No hay eco en Rodmell -solo aire estéril. No hay vida; en consecuencia [los habitantes del pueblo] se aferran a nosotros. De hecho Virginia colabora ayudando en la creación y en los ensayos de una obra teatral para el Instituto de Mujeres, siendo, incluso, la tesorera. Así pues el título no podría ser más oportuno ya que la escribe en espacios de tiempo robados a Roger Fry -y a la que sería, posteriormente, La Torre inclinada, conferencia que iba a dar en la Asociación para la Educación de los Trabajadores, de Brighton-, entre sirena y sirena -suelen sonar puntualmente a las seis y media del anochecer-, entre visitas, viajes a la capital, quehaceres -se vieron obligados a despedir a Mabel, su criada fija- y compromisos sociales. Muchas de estas vivencias se esparcen por Entre actos.

     Una hermosa casa de tamaño medio en una hondonada, Pointz Hall, -… en el corazón de la casa había un jarrón de alabastro, suave y liso, frío, conteniendo la quieta y destilada esencia del vacío, del silencio-, una buena familia sin tanto abolengo como otras del lugar -… todas emparentadas unas con otras por matrimonio, y que en la muerte yacían entrelazadas, como las raíces de la hiedra, tras el muro del cementerio-, un atardecer de verano, visitas esperadas o inesperadas: es el preámbulo de la representación anual para la que los Oliver -el anciano Sr. Oliver, funcionario jubilado, el joven, corredor de Bolsa- prestan su jardín y su granero por si la lluvia. Apenas doscientas minuciosas páginas y tanto que considerar. Algunos apuntes. La trama, –¿Tenía importancia la trama? […] La trama solo servía para engendrar emociones. […] Amor. Odio. Paz. Tres emociones formaban la urdidumbre de la vida humana.-, la trama es un día de junio, un encuentro de los vecinos de la zona para ver a la gente del pueblo, reverendo incluido, recrear la ambiciosa obra pergeñada por la solitaria Srta. La Trobe que consta de tres entreactos. La Naturaleza también participa, en ocasiones parece enturbiar, pero, en general, mejora e incluso salva los posibles errores que durante el evento se producen: vacas, golondrinas -o serán vencejos-, burros, aguaceros, el tonto del pueblo… La representación recorre la historia de Inglaterra con algunos saltos en el tiempo, con teatro dentro del teatro, la novela está atravesada por esa fina ironía y perspicacia woolfiana que va recogiendo fragmentos de conversaciones, implicaciones políticas, diálogos mudos, gestos significativos, alianzas intangibles, deseos fugaces... Un pequeño universo atrapado y enjaulado; preso en sus obligaciones sociales y que reacciona con horror al verse reflejado en el espejo … Es una crueldad. Reflejarnos tal como somos, antes de haber tenido tiempo de adoptar… Y, para colmo, solo a trozos… Cuatro mujeres desenredan distintos hilos, qué duda cabe de que en todas ellas, en mayor o menor medida, hay fragmentos de Virginia (y de algunas de sus amigas, de la misma manera que en ellos, incluido el medio hombre, los hay de sus amigos, de su esposo…), pero es quizá en Lucy, la hermana viuda del Sr. Oliver senior, en quien ella avista el futuro y donde los lazos familiares se engarzan, y es a través de Isa, la mujer del agente de Bolsa, que despliega la tristeza, los anhelos, las esperanzas, las decepciones, siempre enredada y musitando: Que me cubran las aguas del pozo de los deseos. Y a Virginia las aguas la cubrieron. Sola bajo la copa del árbol, del árbol agostado que todo el día murmura como el mar y oye galopar al jinete. Bajo uno de los olmos de Monks House enterró Leonard sus cenizas. Este año, el año pasado, el año próximo, nunca. Y fue nunca.

     Una despedida espléndida, rica, suave, dulce, de la que, como cada vez que acababa una de sus novelas, no estaba satisfecha en esos momentos y ya no pudo o no quiso cambiar de opinión. De obligada lectura -excepción hecha de quienes quisieren acción trepidante, tan potenciada en estos tiempos-.

 

Con la misma moneda de Verity Bargate

 

En puridad, el título de la novela debería de traducirse como Toma y daca ya que esta expresión corresponde exactamente al original Tit for tat, yendo en ambas implícito el hecho de que se trata de un intercambio de golpes. Ahora bien, la expresión inglesa, como acertadamente se indica antes de comenzar el libro, juega también con el sentido de tit, vulgarmente, teta. Tanto los golpes como la anatomía femenina desempeñan un papel fundamental en la novela que es una sucesión de reveses -… por tu bien. Porque te quiero…-, un continuo toma y daca que comenzó con la madre de la protagonista y culmina con Sadie (sad: triste; sadist: sádica). Casi una novela de (de)formación.

     Sadie es una mujer que ha crecido sin afecto, ni referentes y sale al mundo con 19 años tras la muerte de su madre casi siempre ausente, Eva, la madre original. Su relato del cuerpo hasta ese momento lo refleja como un lastre -monjas que te hacen vestirte desvistiéndote vestida, una madre distante que considera que ser mujer ya es lo suficientemente repugnante por sí solo, la regla como un castigo por la propia condición femenina…-. Ha de construirse y de reconstruir la visión del amor que arrastra desde la breve y mala convivencia que tuvo con Eva y su padrastro, significativamente llamado Jock, y ha de hacerlo rápido, casi tan rápido como Verity tuvo que escribir y reescribir, por petición del editor, esta corrosiva e incómoda novela, en la que la verdad y la mentira parecen callejones sin salida de la convivencia, donde el equilibrio emocional a través del castigo o la venganza acaba encerrando a las tres protagonistas en una trinidad acorralada, donde el miedo cambia de bando frente a una realidad que en ocasiones está más próxima a la mentira, donde la enfermedad parece la consecuencia lógica, la sororidad el único bálsamo y la falta de comunicación el punto de partida. La carga de profundidad que arrastra en cada página se desarrolla con ligereza, pero es intensa, lacerante.

      Fue su última obra -escribió tres y murió al mes de la publicación de esta-. Es rápida, precisa, descriptiva, por momentos, en sus detalles de convivencia, parece teatro. Se retrotrae lo justo hacia el pasado, como si las cosas importantes se pudieran aprehender sin florituras y así es. Los símbolos recorren estancias y vivencias –vírgenes con niño, las dos sufridas Chris, la amazona-, pero también hay lugar para hospitales, doctores y pacientes, para la Iglesia y su curia, para el sentido del humor -ácido, sin duda, e inteligente- y para el amor, eso sí, como pretexto que no siempre vale.

      Otra estupenda y tremenda novela de Verity Bargate: parece mentira que Verity sea su nombre real, pues no podría ser más apropiado para la autora de esta descarnada obra, tan al límite como su No, mamá, no. Ya solo falta una por traducir. Esperémosla.

Un debut en la vida de Anita Brookner

Anita Brookner, fallecida en 2016 con casi 88 años, fue una historiadora de arte británica, algunos de cuyos libros, The genius of the future y Romanticism and its descontents, siguen disfrutando de un amplio público lector. Comenzó tarde a escribir novela, con 53, y esta fue su primera obra publicada, sobre la que niega que sea biográfica, no obstante existen abundantes concomitancias, por ejemplo, el hecho de que su padre fuera temporalmente también librero -como George, el padre de la protagonista-, que fuera de origen judíopolaco, que su madre fuera, si no actriz, como Helen, la madre en la novela, sí cantante, etc. Además, ella, como estudiosa, no desperdiciaba ningún dato sobre los autores que trataba. Brookner es la variante de Bruckner, apellido de origen, y con él se inscribieron en el Reino Unido para borrar las huellas alemanas ante la creciente animadversión inglesa hacia este país durante la Primera Guerra Mundial.

     La protagonista, Ruth Weiss, será una estudiosa de Balzac y de Balzac toma Brookner el título Un début dans la vie, obra que también tendrá su momento a lo largo de la novela. Arranca así: A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. ¿Se puede responder a esta cuestión brevemente? Sí, y con presteza: … su padre y su madre se aliaron para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la Pequeña Dorrit. Pero también se puede explayar, concisamente, durante doscientas páginas. Así se desarrolla la obra, entre contrarios, propios y ajenos. Y evolucionando literariamente: de Los Grimm y Andersen pasa a Dickens, luego Hugo, de Vigny, Balzac. Dickens … le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. ¿Por qué no habría conocido antes a Balzac?

     Una narración precisa y llena de significados. Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Una niña pelirroja y silenciosa que, al morir la abuela -única persona asentada en la prosaica realidad-, se acercó el libro a la mejilla a modo de consuelo, una jovencita que queda en compañía -que no en sus manos- de unos padres egoístas y moliciosos, infelices y dependientes, poco o nada habituados a trabajar. Un vivo ejemplo de lo que Balzac enseña: la suprema eficacia de la mala conducta. Emoción, contención y literatura se van enredando a lo largo de la vida que Ruth hace. A excepción de dos conatos que la alejan por poco tiempo del hogar, -presentado el primero con Le début dans la vie de Balzac y acompasado por la Fedra de Racine, y el segundo por la siempre presente Eugénie Grandet-, la historia de Ruth está condicionada por la de sus progenitores y por el bastión defensivo que ha levantado en las bibliotecas: sus horas allí eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Un personaje solitario y generoso, quizá por miedo, por necesidad. Una mujer predestinada a la rutina o que hace una elección. No parece una vida intensa, si embargo la novela lo es. Un placer leerla, releerla. Una prosa inteligente, con sentido del humor, llena de alusiones y un incierta poesía del desastre inevitable. O la rutina. Cálida y fría. Culta y asequible. Un regalo. Y el prólogo de Barnes, también.

Dr Anita Brookner, winner of Britain’s Booker McConnell fiction prize for Hotel du Lac.

Tres guineas de Virginia Woolf

El 26 de febrero de 1935 a Virginia le abruma el deseo súbito de escribir un panfleto antifascista. Según una de las cartas dirigidas a su hermana Vanessa, se lo planteó como una discusión con su sobrino Julian, tan empeñado en ir a luchar a la guerra (in)civil española que lo consiguió; eso y morir al poco de incorporarse. Apenas mes y medio más tarde, algo ha cambiado. Su amigo Morgan (E. M. Foster) le comenta haber estado discutiendo la posibilidad de admitir señoras en la Biblioteca de Londres y haber defendido la idea diciendo ¿Acaso no han mejorado mucho las señoras? Esto enfureció a Virginia quien, de camino a casa, imagina plausibles situaciones, por la mañana, mientras se baña, pergeña una frase para su nuevo libro pretitulado: On being despised (Ser despreciada), y empuña la pluma sobre el diario, mientras le tiembla la mano de indignación. Tres guineas es un libro que va concibiendo al tiempo que emprende la revisión final de Los años y lo escribe relativamente rápido, sobre todo teniendo en cuenta que parecía una mujer incapaz de tener menos de dos o tres proyectos en mente: la concepción y documentación para la biografía de su amigo Roger Fry le acompañó durante la creación de estas dos obras mencionadas.

El pretexto del que parte para iniciar lo que algún periódico -el TLS- llamó uno de los panfletos más brillantes de Inglaterra es la respuesta a un hombre eminente que le ha dirigido una carta preguntándole a ella, una mujer, en su opinión, ¿cómo podemos evitar la guerra? Si como respuesta a una conferencia sobre mujeres y literatura, nos aportó Una habitación propia, a esta pregunta y tres puntitos más adjuntos al asunto, responde con Tres guineas, obra sobre la que al acabar, escribió en sus diarios: … ahora me siento del todo libre […] Ya está, he aportado mi grano de arena a esa causa, y no pueden ya intimidarme. Ahora, si me atosigan, puedo decir sencillamente: véase Tres guineas. Los tres acciones que se unen a la solicitud de su parecer son: firmar una carta dirigida a los periódicos, ingresar en una sociedad y contribuir con fondos a dicha sociedad. Ante semejante provocación -que diría Buñuel-, a Virginia Woolf no le quedó más remedio que empezar por el principio y para ello se valió de algo tan caro a sus antiguos como buscar en biografías y, tan propio de sus coetáneos, como leer los periódicos y las revistas. Al igual que en su cuarto propio comienza tirando de tres Marys, aquí tira de Mary Kingsley. Siguiendo los gastos de educación en ella invertidos por su familia, familia formada por los que Woolf dará en llamar “hombres con educación”, situando pues el debate en una clase media alta y, cuando menos, ilustrada, tirando de los gastos invertidos en las hijas de los “hombres con educación”, gastos que nos desmenuza resultando francamente anecdóticos en una economía hogareña acomodada, llega a lo que desde ese momento en adelante denominará FEA (Fondo de educación de Arthur). En Las horas, por ejemplo, se llamaba Edward, se llamaba Morris, y el fondo no es sino el dinero reservado y dispensado en los hijos varones, mas … su educación no consistía meramente en aprender libros: los amigos enseñaban más que los libros o los juegos. La conversación con ellos ensanchaba horizontes y enriquecía la mente. Durante las vacaciones, se viajaba; se adquiría afición al arte, conocimientos de política exterior; y luego, antes de que se pudiera uno ganar la vida, el padre fijaba una pensión… Es fácil colegir que la formación femenina difiere profundamente de la masculina, quedándole pues como única opción laboral honrosa el matrimonio, hasta 1919 -el año de acceso femenino al voto-, aunque…

SI bien el debate parece corresponder a una élite económica o, por lo menos, cultural, Virginia apunta que las Hijas de los Hombres con Educación están en desventaja, incluso, respecto a las mujeres trabajadoras, pues que estas podrían parar de producir armas dejando así de contribuir a la industria de la guerra, pero ellas… Una de las características de este libro es que las apostillas o llamadas son de la propia Virginia y, partiendo del texto principal, crean otro hilo conductor unido al central, necesario e igualmente interesante. Aquí, como un tema menor, apunta la posibilidad de que dejen de proporcionar hijos, lo cual ya había aconsejado muchos años atrás Lisístrata… Algunas de estas aclaraciones son francamente largas, pero como apostillas no tienen desperdicio, contextualizan y prolongan un hilo argumental dedicado a las conferencias, el poder de la prensa, las mujeres del servicio, la castidad, los manifiestos, el dominio, la virilidad, etcétera, hilo, siempre perspicaz, atando cabos donde pudieran buscarse hebras sueltas.

Seguir sus argumentaciones es una delicia y una diversión; atemperada la indignación, escrito y pulido el libro, su sentido del humor y la precisión a la hora de fijar situaciones y conceptos, su agudeza y la necesidad de transmitir, no solo sus principios respecto a la guerra, sino respecto al papel de la mujer en tres fundamentales circunstancias: educación, trabajo -sin trampas: las describe a las mil maravillas- y -¡esto es la revolución total, el delirio de una mujer en 1938, una loca!- que el Estado pague sueldo a aquellas mujeres cuya profesión es el matrimonio y la maternidad *, todo esto, junto a la riqueza de sus reflexiones -era una mujer exhaustiva a la que le gustaba salir al paso de posibles, probables o improbables interrogantes-, hacen esta obra verdaderamente genuina y, además, desvela la existencia de lo que Woolf llama La Sociedad de las Extrañas (Outsiders’ Society). Que cada día está más viva.

Y por último está Antígona, se había colado en Los años, traducida por uno de los hermanos -los que acaparaban el FED-. Por los mismos años Antígona revivía en las manos de Espriu, de Brecht, Anouilh, cada cual llevándola a un terreno -que viene siendo siempre el mismo, el contexto de la guerra, fratricida o mundial-. Virginia, en la línea principal del libro, comienza centrando el foco en Creonte con su poder absoluto y el deber frente a la sociedad de Antígona -en la nota, señala Antígonas de su tiempo que han hecho frente a las leyes-. Pero Antígona -bien podríamos considerarla una Hija de Hombre con Educación (y mal destino, ciertamente)- emerge recurrentemente. Hija de Edipo, de la mano de Virginia visita la “fijación infantil” en algunos padres de la Iglesia o no, como el padre de las Brontë, y observamos los inmejorables resultados de la ausencia de fijación. Y permanece porque el deber de las Antígonas, no es quebrantar la ley, sino hallarla. Pero… Antígona carecía del apoyo del capital y de la fuerza**. Y tenía miedo.

Y muchas cosas más. Y todas engarzadas. Oxford, Cambridge, la vanidad y la posición***, la cultura… ¿Hacia dónde irán esas Tres guineas que Virginia Woolf está dispuesta a donar? Cierto que prosa y entorno parecen quedarnos lejos, pero, a poco que vas recogiendo los hilos woolfianos (no da puntada sin hilo, casi diría que jamás) dan ganas de coger el sombrero que se arrancaron las Sin sombrero, para quitárselo ante esta escritora tan necesaria. Es un magnífica y refrescante lectura. Y, mal que nos pese, sigue siendo actual.

Por contagio de Tres guineas añado estas apostillas:

*… Si el Estado pagara a la esposa un sueldo suficiente para vivir, en méritos de su trabajo que, pese a ser sagrado, difícilmente puede considerarse más sagrado que el del eclesiástico, por lo que, si el trabajo de éste es pagado sin rechistar, también podría serlo el de la esposa, si este paso, que todavía es más esencial para su libertad de usted, señor, que para la de ella, realmente se diera, la vieja noria alrededor de la que el hombre con una profesión da vueltas y vueltas, a menudo tan fatigosamente, a menudo con tan poco placer o con tan poco provecho para su profesión, quedaría destruida: tendría opción a la libertad; terminaría la más grande de las servidumbres, que es la intelectual…

**… “Y Creonte dice: La llevaré donde la senda sea más solitaria, y la esconderé, viva, en una cueva en la roca”. Y no la encerró en Holloway o en un campo de concentración, sino en una tumba. Y Creonte, leemos, trajo la ruina a su propia casa y espació sobre la tierra los cuerpos de los muertos. Nos parece, señor, al escuchar estas voces del pasado, que volvemos a contemplar la fotografía, la fotografía de los cadáveres y de las casas derruidas que el gobierno español nos manda casi todas las semanas. Parece que los hechos se repiten. Las imágenes y las voces de hoy son las mismas que las de hace dos mil años.

***… Cuántas, cuán espléndidas, cuán adornadas son las ropas que llevan los hombres educados en sus funciones públicas… Ahora, os vestís de violeta; un crucifijo pende sobre vuestro pecho: ahora os cubrís de encaje los hombros; ahora os cubrís con armiño; ahora os colgáis encima muchas cadenas con piedras preciosas engarzadas. Ahora lleváis pelucas; cascadas de rizos descienden gradualmente hasta el cuello. Ahora…

Como sea que el matrimonio, hasta 1919 -no hace aún veinte años- era la única profesión abierta a nosotras, difícilmente cabe exagerar la enorme importancia que el vestido tenía para la mujer. Era, para ella, lo que los patrocinadores o protectores son para ustedes.