El rojo y el negro de Stendhal

Henri Beyle, como Voltaire que riza el rizo con otro pseudónimo para su libérrimo Cándido, como su admirado Molière, a cuyo Tartufo tan próximo se encuentra el protagonista, Julien Sorel, sólo publico con su nombre una obra, eligiendo Stendhal como sobrenombre a partir de los 34 años, pero manteniendo el hábito de cambiar de identidad en su correspondencia y en sus obras más personales -dejó unas cuantas inacabadas-. Los motivos quedarán para las diversas disquisiciones, desde su deseo juvenil de ser músico, comediógrafo, seductor de mujeres, italiano, o el desprecio hacia su padre, el desproporcionado amor a su madre, o el simple juego alusivo o no, etcétera, etcétera. Publica El rojo y el negro en 1930 y lo subtitula Crónica del siglo XIX, si bien, tanto la primera parte como la segunda, llevan por título Crónica de 1830 y la novela, a medida que va avanzando, recoge acontecimientos, ahora ya históricos, que necesariamente tenían que estar sucediendo en los días de su creación.

     El rojo y el negro es o podría ser una novela de aprendizaje en la que Stendhal se vale de sí mismo, de quién fue él, a lo que aspiró o pudo aspirar, su timidez junto a su osadía de juventud, su orgullo en ocasiones iracundo, su extravío en medio de la sociedad parisina donde al principio no encajaba. Un homme malhereux en guerre avec la société*. Es también trasunto del caso Antoine Berthet -que no voy a desentrañar porque siempre habrá alguien que no la haya leído y uno de los placeres de leer es ir descubriendo-, cuya línea argumental, entonces conocida, pero no como ahora -en algún momento se pregunta Lucien si podrán los periódicos sustituir al clero a la hora de formar ¡oh, visionario! Si llega a conocer la televisión…- está imbuida de la sin duda feroz lucha de clases en la que nobleza y clero se resistían a la pérdida de sus privilegios. Es una magistral inmersión psicológica en su principal protagonista y, en menor medida, en las mujeres de su vida y en sus distintos empleadores y consejeros, con un precisión y una frescura no entendida por muchos en su tiempo -Hugo la encontraba deleznable, claro está que las formas de narrar están en la antípodas, además Stendhal dictaba sus textos lo que les da una especial ligereza y musicalidad-. Sorel persigue la gloria e, inconscientemente, busca la ternura que Stendhal perdió a los siete años con la muerte de su madre y que su protagonista encuentra en Madame Rênal, su primer amor, su amor de provincias, tan diferente a su amor en la gran ciudad, París, plagado de subterfugios, imposturas, artificios e intereses. Es una recreación de avatares políticos en los que Lucien Sorel se ve enredado con paradigmática naturalidad y que va desentrañando a la par que el lector -para refrescar memoria, quien la vaya perdiendo o no la tenga y poder aprehender toda la amplitud de esta obra, es bueno revisar qué se cocía en ese año de la Restauración-.

     Dos partes, dos períodos en la vida de Julien. El arranque es una breve descripción de un lugar imaginario, Verrières, y al tiempo que lo describe, sabemos de qué viven, quién manda, por qué, los valores que priman, todo con un toque de sobria ironía y en cuatro páginas. La primera parte, su salida de la casa paterna donde padre y hermanos trabajan duramente en el aserradero, oficio para el que no vale pero donde, a pesar del desprecio de que es víctima, consigue formarse cultural y políticamente por un viejo cirujano bonapartista pariente de los Sorel, y religiosamente gracias a un cura jansenista M. Chélan. Esta educación le permite entrar al servicio del alcalde Monsieur Rênal y señora, con el objeto de enseñar a sus hijos. Julien es muy joven y ambicioso, desea llegar lejos y esta es una inmejorable ocasión. Aquí conoce el amor y a manejarse en sociedad, pero en una sociedad provinciana y, tras pasar por el seminario, donde de nuevo está bajo la protección de otro padre jansenita, su instrucción puede darse por terminada. La baza que le posibilita introducirse en este mundo, además de una prodigiosa memoria por la que recita en latín las Escrituras, es su deseo de entrar al servicio de Dios, sinuoso e hipócrita deseo ya que su corazón y su razón son de Napoleón. Quand Bonaparte fit parler de lui, la France avait peur d’être envahie: le mérite militaire était nécessaire et à la mode. Aujourd’hui, on voit des prêtres, de quarante ans, avoir cent mille francs d’appointements, c’est-à-dire trois fois autant que les fameux généraux de Napoléon. Il leur faut des gens qui les secondent. Voilà ce juge de paix, si bonne tête, su honnête homme jusqu’ici, si vieux, qui se déshonore par crainte de déplaire à un jeune vicaire de trente ans. Il faut être prêtre**. He aquí el color negro. Sobre el rojo corre tinta ya que dijo Stendhal a sus amigos que era el color del ejército, pero el ejército napoleónico iba de azul y el propio Julien recuerda las capas blancas que por Verrières lucía un regimiento que despertó sus ansias de ser soldado. Bien puede ser el color de los labios de las mujeres que tanto papel juegan en el destino del protagonista. Elle n’est point jolie. Elle n’a point de rouge *** (Frase de Sainte-Beuve que encabeza la segunda parte). O mismo el de la sangre que con tanto frenesí bombea en los momentos de arrebato. Además era Stendhal muy dado a las imposturas y no sólo con los nombres. Muchas de las citas que introducen cada capítulo no pertenecen al autor citado, empezando por la que encabeza la obra, atribuida a Danton. Se salvan siempre las de su admirado Lord Byron.

     La segunda parte conduce a Julien a París. Aquí la inmediatez de los hechos históricos que Stendhal está viviendo hace irrupción y la manera que el autor tiene de enredar a Julien en los grandes sucesos que en aquellos momentos de efervescencia política acontecen enriquece el relato y añade contenido sin recurrir a narraciones adyacentes. Ya en el primer capítulo, a través de una conversación, Julien y quienes le seguimos somos testigos, mediante una conversación en la diligencia, de los conflictos que se arrastran tras la revolución, conversación sobre la que el propio autor nos informa: La conversation fut infinie, ce texte va occuper la France encore un demi-siècle****. Al entrar Sorel de ayudante del M. de la Mole, ministro del rey, Carlos X, su posición es privilegiada para acceder a asuntos conspiratorios y avatares que están candentes en 1830, por otro lado un nuevo amor, más civilizado -en el peor sentido de la palabra- desvía su norte y cae víctima de sus propios afanes, sus contradicciones, sus hipocresías. Sin embargo, frente al entorno que Stendhal ha descrito, Julien es un damnificado, su farsa no deja de ser fruto de una injusticia consustancial a una sociedad artificiosa, mucho más farisaica y  en la que la educación de los pobres representa un peligro. ...Les hommes de sa société répétaient que le retour de Robespierre était surtout possible à cause de ces jeunes gens des basses classes, trop bien élevés*****.

     Una novela extraordinaria, abundante en vertientes, profusa en perfiles, incomprendida en su tiempo pues, indudablemente, el autor, que fue ingenuo, hipócrita -un Tartufo más moderno, menos teatral, más reivindicativo, más profundo-, seductor, romántico, soldado, viajero, amante de la música que dejó su epitafio escrito en el que rezaba y reza: Errico Beyle, milanais, a vécu, écrit, aimé. Cette âme adorait Cimarosa, Mozart, Shakespeare******, beylista (tenía su propia manera de alcanzar la felicidad), clarividente (supo que su obra sería valorada a finales de siglo), etc., el autor, en resumen, se adelantó a su tiempo y adelantó otras formas de narrar que aún ahora permanecen lozanas y en desarrollo. De obligada lectura y relectura.

* Un hombre desgraciado en guerra con la sociedad.

** Cuando Bonaparte dio que hablar, Francia tenía miedo de ser invadida: el mérito militar era necesario y estaba de moda. Hoy vemos que sacerdotes de cuarenta años tienen un salario de cien mil francos, o sea, tres veces el de los famosos generales de Napoleón. Necesitan gente que los secunde. He ahí ese juez de paz, tan buena gente, tan honesto hasta ahora, tan viejo y que se deshonra por miedo a desagradar a un joven vicario de treinta años. Es necesario hacerse sacerdote.

*** No es nada bonita. No lleva rojo alguno. “Rouge” se utiliza en francés para referirse al lápiz labial.

**** La conversación fue infinita, este texto va a tener ocupada a Francia durante medio siglo.

***** Los hombres de su sociedad repetían que el regreso de Robespierre era posible, sobre todo, a causa de esa gente joven de las clases bajas, demasiado bien educada.

****** Errico Beyle, milanés, ha vivido, escrito, amado. Esta alma adoraba a Cimarrosa, Mozart, Shakespeare.

Las olas de Virginia Woolf

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Si en La Sra. Dalloway Virginia Woolf se centra en un día de la vida de Clarissa, si en Al faro parte de tres tiempos diferentes para encontrar y construir una forma, tal vez una fórmula, de expresar, de recoger lo que quiere transmitir, si en Orlando se entrega al juego para romper a su antojo las reglas al uso del tiempo -semanas que duran años, siglos que duran meses, etc-, su reto en Las olas es más radical, pero sin la diversión que supuso Orlando, ni la facilidad y claridad de Al faro.

      Partió de una anécdota relatada por su hermana Vanessa en una carta: al retener una enorme falena macho que acabó pereciendo, su casa se llenó de hembras en su busca. Lentamente, la va enfocando como una obra poética, teatral, en una zona entre mística y abstracta, siendo consciente de lo complejo y lo difuso de su proyecto. Quiere dejarla madurar lentamente mientras se cuestiona la novela sin poesía como algo ajeno a lo que entiende por literatura. Primero son mariposas nocturnas entorno a una luz y una planta cuyas flores cambian constantemente, desechándolas a la postre porque las falenas … no vuelan de día. Y no puede haber una vela encendida. La empezó varias veces, avanzando con esfuerzo y convencida de que hacía … bien en buscar un sitio donde poner a (su) gente contra el tiempo y el mar. Sus obsesiones: fijar todos los detalles de un momento, recoger la esencia a través del lenguaje, reflejar el fluir del tiempo y a la vez el instante, saber con qué palabras, a través de qué historias, cómo seguir un ritmo y no un argumento… En persecución de estas respuestas va la voz de Bernard, una de las seis que recorre Las olas. En persecución de una imagen de las sombras en movimiento, una imagen cadenciosa en un fluir poético, van las 6 voces de Virginia Woolf, disgregadas, pero dependientes unas de otras, Bernard y Rhoda más claramente encarnaciones -mejor sería decir fusiones- de la autora. Bernard es la Virginia arriesgada, fecunda, profusa, empática, diversa, aunque también sobrecargada, dependiente, incapaz de escribir la carta a quien quiere. Rhoda, la Virginia perdida en sociedad y en sí misma, poética y arisca, lejana e inmóvil. El resto, Neville y Louis, claros testaferros de Litton Strachey y T. S. Eliot; Susan y Jinny, hasta dónde Vanessa y quién más. Todos con un rumor poético asociado a ellos, entreverados de Shelley, Catulo, Byron, Eliot…, en resumen, de aliento lírico y compartiendo lo que de Virginia hay ellos.

     Dado que Woolf no quiso llamarlos capítulos y lo que realmente consigue es una corriente que va y vuelve mientras las voces están condenadas a apagarse, diremos que la obra consta de 9 olas, introducida cada una por un a modo de interludio que, de leerse seguido, describe el día desde el primer resplandor que apunta la salida del sol hasta su puesta. Su cénit está en la quinta ola, ola en la que muere el único personaje cuyo discurso está ausente y en torno al cual giran de alguna manera los demás: el joven Percival. Como él, murió Thoby Woolf, a los 26 años, y fue entorno a él, el hermano mayor, que comenzó a gestarse Bloomsbury, él, su hermano y hermanas y sus antiguos compañeros de universidad. No cabe elegía más intensa. Las voces se superponen, arrastran sentimientos, miedos, olores, imágenes, versos, historias antiguas… Hay olas excelsas, la cuarta y la quinta por ejemplo. Y especial mención a la última, arrastrada por Bernard, donde cambia el tiempo verbal. Desde la infancia hasta la puesta todo es presente, el final es en pasado, Bernard se vuelve, mira e intenta seguir el rastro y avanzar, él, que es él y fue otros, él, que tenía cientos de historias sin final… La naturaleza, la luz, las olas siempre siguen, aunque el sol se oculte.

      Un día y la esencia en el tiempo de un grupo de amigos. De una intensidad abrumadora. No apto para todo tipo de lector o lectora. En los tiempos de su publicación, Virginia comenzó a perder el favor del público, las corrientes literarias y políticas variaban su cauce y ella pertenecía ya al pasado frente a nuevos autores como Auden, más beligerantes y, en buena lógica, enfrentados a sus predecesores. A fin de cuentas ella era ya una escritora consagrada y los retos de su generación no eran de recibo en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

Virginia por Vanessa

Al faro de Virginia Woolf

AL FARO

 

Abre la novela y abre con un capítulo titulado La ventana, una vez esta abierta van desfilando los personajes que habitan esta casa de veraneo en el mar. Arranca con la firme voluntad de ir al faro “… si hace bueno”. Y dos son los faros sobre los que pivota esta novela, el real, al que con todas su ansias infantiles quiere ir James, hijo de Mrs. Ramsay, y el que orienta todo y a todos cuantos se mueven allí, la propia Mrs. Ramsay. Al primero no se llega hasta el tercer y último capítulo -no es una novela de intriga, puedo contarlo- y el segundo faro, la principal dama, brilla especialmente -eso sí, durante 116 páginas de 197- en el primero.

     Con consumada habilidad en el manejo del monólogo interior de los personajes, cambia de la primera a la tercera persona describiendo el entorno, recogiendo reflexiones, impresiones, sentimientos de las distintas voces, creando una malla de relaciones, deseos, pequeñas frustraciones, grandes fruslerías y apuntalando, en resumen, las distintas perspectivas de los acontecimientos, de las emociones, de las personas. Tras Mrs. Dalloway Virginia Woolf se encuentra cómoda escribiendo, la novela fluye … me parece que ahora puedo sacarlo todo a flote; y “todo” es una considerable multitud y peso y confusión en la mente. El pretexto primero de su contemplación son sus padres, con el transfondo de hijos e intelectuales varios, añejos, machistas e incluso misógino alguno que otro. Sobre estos últimos apuntaba, con su personal ironía, que gustaba de verlos y oírlos de cerca Si no los veo, los idealizo. Esta reflexión la subscribo y me la quedo. Julia Stephen es Mrs. Ramsay, mujer de clase alta, convencional y perfecta, atenta servidora de su marido y alma mater en el funcionamiento del mecanismos aparentemente perfecto, aunque chirriante, que es su familia, siempre girando entorno al bienestar del padre, hombre caprichoso, iracundo, egocéntrico y más limitado de lo que él se piensa -no así los demás-. Si en un principio comenta en sus diarios que querría escribir básicamente sobre su padre, es sobre su madre sobre la que descansa la estructura familiar y también de la obra. De ella dijo que apenas consiguió estar nunca en su compañía más de 15 minutos, lo cual aclara su anotación sobre la protección maternal que, por alguna razón, es lo que más he deseado que me dieran todos. Y algo de esa hija observada con curiosidad por la señora de la casa hay en Lily Briscoe, de la que se vale Virginia Woolf para observar a Los Ramsay y demás satélites, y para reflexionar sobre el arte, la forma particular de buscar la luz, el color, la atmósfera, el tiempo, la esencia en su cuadros -Lily es pintora, como Vanessa Bell, hermana de Virginia- que no deja de ser una autoreflexión imbricada en toda la vasta mirada que la autora dirige al pasado y al presente. El tiempo y el arte, el arte y la vida, paisajes, luces, sombras, palabras, silencios… El todo de la obra que ella busca infatigablemente. Aún entonces.

     Dos tiempos marcan también la obra. El último afirma la posición de Lily, la recoge encontrando algo que había olvidado que buscaba. Es quizás el presente de Virginia Woolf que, con su padre vivo, no habría podido escribir. Los Ramsay del final no son lo mismos. Han pasado la adversidad y la Gran Guerra también por ellos. Faltan algunos. Los jóvenes han crecido y se someten al padre con dificultad. Mr. Ramsay no parece haber cambiado. Lily consigue apresar lo inaprensible, tal vez.

     Una excelente novela que a decir de la autora acabó resultando un exorcismo hacia sus padres, pero que, datos biográficos aparte, pues son absolutamente prescindibles, recoge la imagen de una mujer que es casi una efigie, tras la que tal vez se pueda intuir un algo soñador o perdido -Julia Stephen, al igual que él, era viuda cuando se casó con el padre de Virginia- mas ese algo está totalmente controlado, dedicada como vive en cuerpo y alma a los demás, y, esencialmente, al marido. Diríase que ese es el pacto. Un estilo de vida que ya entonces era contemplado por Virginia Woolf como caduco. Una narración rica, inteligente, suavemente irónica, poética, en la que cada página encierra un sinnúmero de detalles para disfrute del lector o la lectora.

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Hadji Murat de Lev Tolstói

Hadji Murat o Jadzhi -Murat fue un guerrero ávaro -de la zona del Caúcaso que limita con el mar Caspio por un lado y con Chechenia por el otro- cuyas hazañas le hicieron valedor del sobrenombre de “demonio rojo”. En los años 1851 y 1852, que es cuando transcurre la acción de la novela,  Tolstói vivía en aquella zona y era soldado. Cuarenta y cuatro años más tarde escribe esta obra que nace de su pluma el 19 de julio de 1896 en una anotación que transcribe a su diario. La contemplación de un cardo tártaro (según la descripción, lo más parecido a un cardo borriquero) le trae a la memoria a Jadzhi-Murat. (Es lo que tienen estos escritores tan prolíficos e integrales, que dejan constancia de una gran parte de lo que piensan, de lo que quieren, de lo que hacen.)
    Entonces, como ahora, Rusia estaba en liza con los habitantes de distintos países caucásicos -Chechenia, Daguestán, Azerbayán…- que querían mantenerse como un imanato y su principal cabecilla en Daguestán era Shamil, el perseguidor de Hadji Murat  Por otro lado, Hadji, en persa, “es el término con que se designa a quienes han peregrinado al menos una vez a La Meca. Constituye una dignidad religiosa y social.” Luego no cabe duda de que se trata de alguien relevante en la sociedad musulmana de la zona. No bien empezamos, reconocemos cuál va a ser el final del héroe. Héroe épico, sin duda. Tolstói arranca con su huida. Nos lo presenta refugiándose en casa amiga, pero en territorio ya enemigo y camino de entregarse a los rusos. En principio, no son unas circunstancias propicias para hacer prevalecer la dignidad, pero el cuadro que pinta con palabras, los silencios que expresa, las miradas de los que habitan la escena, dan sensación de fortaleza. En alguna parte de sus Diarios dice que es con las sombras con lo que quiere presentar la grandeza de Jadzhi-Murat.
    Y son veinticinco capítulos, si no veinticinco sombras, en esta novela tan cortita y tan perfecta. Algunos de dos páginas, otros, muy largos; como el que nos introduce en el palacio de Invierno de Nicolás I, una sombra enorme sobre el destino de los pueblos y de las personas, enorme y profundamente arbitraria. Capítulos poblados de personajes que llevan consigo su forma de ver a este caudillo y, también, sus circunstancias y sus propias inquietudes. Microcosmos que componen un macrocosmos y, polifónicamente, van apuntalando la imagen de Hadji Murat.
    Hasta bien avanzada la obra, no conocemos la historia del protagonista, que ha llegado hasta ahí como alguien emblemático. Él mismo la cuenta para justificar su rendición a los rusos. Y proyecta sus propios fantasmas. La novela avanza en distintos cuadros. Es como si Tolstói, tras un montón de miniaturas en un mismo lienzo, desvelase el mural de un hombre glorioso. Sabemos que va a morir y también sabremos de su muerte. Un montón de voces, medidas y afinadas, componen  el coro de alguien ya legendario. Y recuerda a Tolstói o lo que Tolstói quería representar. No son los adjetivos los que dibujan los personajes, son sus recuerdos, sus deseos, sus carencias, sus luchas. Y, en el caso de Hadji Murat, sus actos y su naturaleza (tal vez con mayúscula), como la del cardo tártaro.

Muy, muy, muy recomendable. Un placer.