Nuevas maneras de matar a tu madre de Colm Tóibín

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Colm Toíbín es un autor y crítico literario de origen irlandés y católico que tiene en la actualidad 60 años. Su último libro Nora Webster aborda la vida de una mujer que se queda viuda y se basa en su madre que perdió a su marido cuando él tenía 12 años. Otra novela anterior, El testamento de María, trata también del dolor de una madre al perder a su hijo, en este caso Jesucristo, y es con la figura de la madre ausente en la novela del siglo XIX como arranca este libro de ensayos literarios acerca de la familia y los rastros -que en algunos casos son heridas, en otros formas de matar, en otros formas de exponer o exponerse…- que la familia deja en los escritores y/o en sus obras.

      Lo introduce con un sugerente y exhaustivo ensayo sobre Jane Austen y el muy presente a lo largo de la obra Henry James -no en vano tiene una novela biográfica acerca de él, The master: retrato del novelista adulto-; en él aborda la novela decimonónica como una representación de la destrucción de la familia y el ascenso de la conciencia moderna o del espíritu individual centrándose en la figura materna, en general muerta o desaparecida, siendo sustituida en muchas ocasiones por las tías, figura que rastrea hasta Joyce: Las tías se marchan en las novelas igual que llegan, para alterar la paz y aligerar el tono. Las madres impiden el crecimiento de la protagonista. Esto lo ilustra especialmente siguiendo a Austen, pero también a James, hasta llegar a finales del XIX cuando es la figura masculina la que potencia la tensión de los personajes.

      Curiosamente cierra el libro con dos artículos acerca de la figura del padre a finales del XX, a través, básicamente, del interesantísimo James Baldwin y el, bastante menos llamativo, Barak Obama. En el medio, 2 bloques, uno centrado en Irlanda y el otro intitulado En otros lugares. Irlanda arranca con dos capítulos dedicados a Yeats; en el primero Nuevas maneras de matar a tu padre, rastrea, también con Henry James de acompañante, como de padres asaz disolutos y con ansias creativas, crecen hijos poderosos a pesar de no haber podido ir a la universidad que tampoco destrozó sus mentes y contempla como forma de venganza de estos hacia sus progenitores el permitirles publicar sus libros, los cuales dejaban bastante que desear. Este impulso lo retoma más adelante con Borges, no en cuanto a su revancha, sino en cuanto a coger el testigo de la creación ante el fracaso de su predecesor. Tras el padre de Yeats, en Willie y George, le toca el turno a su cónyuge, esposa-madre e impulso fraudulento de parte del simbolismo esotérico en su obra. A Yeats le sigue su amigo Synge con su religiosa y adinerada familia, su absorbente y celosa madre de la que se alejaba y sobre la que recaída, desarrollando su vida y obra a la contra, pero apoyándose en ella. A continuación Beckett -gran deudor del teatro de Synge a cuyas obras de teatro, que tanto escandalizaron a los irlandeses, asistía sin falta en el teatro Abbey- y de nuevo la madre, al parecer depresiva y neurótica, que freudianamente condujo al laso Samuel al psicoanalista. Si Synge y, por supuesto, Beckett se alejaron, pero también regresaron, de su otra familia, más profunda, menos evidente, menos -o quizá no- psicoanalizable, que eran la tradicional y pía Irlanda, su enfrentamiento político y el idioma, los siguientes ensayos versan sobre autores que de diferentes maneras se enfrentaron o afrontaron las dos vertientes como un conflicto. Brian Moore que acabó en Estados Unidos, Sebastian Barry en cuyo teatro se superponen el padre de la nación y el dométsico y, por último, Roddy Doyle y Hugo Hamilton que en su rebelión matan al padre a través de la lengua o la lengua a través del padre, el primero con humor, el segundo por necesidad: el conocimiento de la lengua irlandesa se asociaba a la pobreza, por lo que abandonar el idioma es posible que constituyera una forma, aunque extraña e imperceptible, de ascender. Esto me recuerda algo. ¿Será a la igualmente encapotada y verde Galicia durante 40 años?

      La segunda parte se abre con dos pesos pesados: Thomas Mann y Borges. Al primero lo acompaña la leyenda de Nuevas maneras de malcriar a los hijos, suave teniendo en cuenta que dos de ellos se suicidaron y que un lema del Mago fue Hay que acostumbrar a los hijos a la injusticia desde el primer momento. Si a cada autor lo acompañan lides varias que van desde el alcoholismo, padre, madre o ambos autoritarios, problemas de opción sexual, etc., la familia Mann es una buena panoplia de bretes que incluyen incestos, drogas, ambigüedad política, etc. Mucho se ha escrito sobre ese enorme escritor que fue Thomas Mann y a su luz o su sombra se han alumbrado o ensombrecido hijos e hijas, amigos, amigas, amigos y amigas de hijos e hijas y demás. Erika y Klaus indudablemente crecieron gracias y a pesar de él, pero siempre con esa pequeña gran figura embrujando sus acciones, sus escritos, su creatividad en fin. En cuanto a Borges, difícilmente rastreables en sus narraciones -que no en las particulares traducciones inscritas en su nombre con la bendición, sino la hechura de su madre- ambos progenitores, tendiente el padre a lo europeo, orgullosa ella de su criollismo de antigua alcurnia, posibilitaron sin duda ese particular universo borgeano y su asistenta Fanny y su recelada Maria Kodama pusieron el resto. Si a eso añadimos las digamos desafortunadas posiciones políticas de Jorge Luis, el rechazo académico argentino que entre otras cosas le achacó desviadas tendencias de la literatura inglesa y jactanciosa erudición recóndita es interesante seguir con Colin Toíbín donde estaban algunas de sus obras y en qué momentos. Tras ellos un atormentado y alcohólico Hart Crane de familia disfuncional, sexualidad culpable, embriaguez recidiva, suicidio transatlántico y gran poesía (ver El puente, por ejemplo). Tenessee Williams, su hermana, Henry James y la suya, ambas de exquisita prosa y débil salud. El teatro de Williams viene a ser el escenario de la frágil personalidad de su querida Rose y la enfermedad tan poco exponible que él mismo creía -también estuvo internado- bordear. A lo que hay que añadir el alcoholismo, tan recurrente en muchos de los autores que aquí nos ocupan. John Cheever, quien además de contar en su haber con una homosexualidad culpable, mas activa, también freudianamente achacada a sus padres, y una dipsomanía reiterativa, quería formar una familia convencional y decía aborrecer a los discípulos de Sodoma, mientras guardaba unos detallados diarios para ser leídos por la posteridad. Y por último Baldwin, gran novelista y lúcido ensayista que quiso, y literalmente lo hizo, matar al padre literario y blanco –Hemingway, Dos Passos, Faulkner…-, al tiempo que consideraba que el problema estadounidense era que los hijos se avergonzaban de los padres. Por otro lado reivindicaba a ¡oh, de nuevo! Henry James y buscaba una síntesis en sus libros entre Miles Davies y Ray Charles. Baldwin quien no quería librarse del chamán africano para confiar en el psiquiatra norteamericano, y quien lúcidamente observa que los europeos llegados a colonizar América pasaron de ser por ejemplo noruegos, a ser blancos frente al negro, pero que, al salir de su país, no le queda otra que reconocerse como norteamericano. Tanto Obama como él, muerto el progenitor, comienzan a ser ellos, como las heroínas de Austen sin sus madres. Las de la introducción de las Nuevas maneras de matar a tu madre

    Ay, la familia, qué gran tema, de fondo y de trasfondo. Muy recomendable para amantes de la literatura y sus vertientes y entresijos, que no sus cotilleos –de buscar únicamente esto último, sin duda, se aburrirán-. 

Foto Toibin

Memoria de elefante de António Lobo Antunes

Memoria de elefante

António Lobo Antunes es un escritor triste, de fino humor y poesía adherida a la piel de su narración. Se editó Memoria de elefante en 1979 y es su primera libro publicado de cuyo primer capítulo dice que tardó un año en escribirlo. Entonces él ejercía como psiquiatra en un hospital de Lisboa, igual que el protagonista de la novela, y, como él, había estado en la guerra de Angola mientras su hija nacía y crecía en Portugal. Estuvo allí veintisiete meses y cuenta en las entrevistas el horror, el dolor y la sensación de pérdida que supone una guerra, “… la guerra me jodió y me sigue jodiendo…”. Y, de una manera u otra, siempre están Angola y la guerra en sus obras.

     Como Faulkner, como Nabokov, como tantos, comenzó escribiendo versos -malísimos, a su entender-, pero la poesía es inherente a su forma de narrar, a ese surtidor de imágenes que desfilan bajo nuestros ojos llevándonos del pasado al presente y sin visión posible de futuro, desde la experiencia acumulada por su alter ego, el médico sin nombre. La historia, si tal puede llamársele, se desarrolla en un día crítico en el que el doctor ya no puede más. Desvinculado voluntariamente de su familia, ajeno y crítico con su trabajo diario, perdido en un quehacer cotidiano vacío en el que su memoria se pierde por los meandros del pasado -padres, mujer, hijas, Angola-, va desgranando pedazos de su historia desde un vacío existencial agónico y sin respuestas. Con una mirada crítica, alienada y ajena, en la que la mayoría de los personajes no responden a un nombre, sino a una perífrasis o una sinéqdoque que deriva en agudas metonimias para el lector atento…, generalmente irónicas, muchas veces lúcidas, otras crueles, alternando primera y tercera persona -el narrador sigue al psiquiatra, pero el psiquiatra toma las riendas de su monólogo interior, de sus recuerdos y sus tormentos-, asistimos al que se presenta como el climax de una crisis personal que ha de ser resuelta para ser “…el adulto serio y responsable que mi madre desea y mi familia aguarda…”. Al tiempo, observamos un variopinto desfile de individuos enfrentados a la locura, la incomprensión, la soledad…, en un transcurrir cotidiano y anecdótico.

      No es una novela de respuestas, es, probablemente, una estupenda primera novela de alguien que no está donde quiere, que, como el trasunto doctor, quiere escribir y empieza a hacerlo, sin una trama alambicada, pero con un devenir emocional extremo y estupendamente resuelto, cuyo paisaje interior y exterior es apuntalado por autores, escritores, músicos e incluso letras de poemas o canciones. Supongo que al principio muchos autores necesitan (o quieren) apoyarse en otros, bien para hacerse entender, bien porque les da la gana, cada cual tendrá sus motivos. A veces eso está bien, a mi, dependiendo, claro está, no me gusta especialmente, pero es efectivo y también puede ser irremplazable (así el amor de su mujer por Dylan Thomas, mas aquí, de alguna manera, Dylan y Caitlin pasan a ser, de alguna manera, protagonistas de una parcela de Lobo Antunes).

     Mención aparte merece el enfrentamiento que con el oficio de psiquiatra (“…me cago en el Arte de la Catalogación de la Angustia, me cago en mi,…”)  mantiene el médico, y no me cabe duda que Antunes, así como su visión sobre el enfermo mental y las instituciones que lo acogen

       Y el amor y la pérdida. Por su mujer, por sus hijas.

Lobo Antunes

El mar no baña Nápoles de Anna Maria Ortese

El sol no baña

Ana María Ortese nació en Roma en 1914. Su familia y ella cambiaron numerosas veces de ciudad en busca de trabajo y su formación no respondió a un programa marcado, pudiendo definirla como autodidacta. Vivió en Libia donde estudió y escribió su primera obra, más próxima a un realismo mágico aún, literariamente, por definir que a los relatos del libro que nos ocupa. En 1945 se mudaron a Nápoles y vivió allí tres años colaborando con un grupo de intelectuales de izquierdas en un proyecto que giraba en torno a una revista, Sud. Permaneció apartada de los grupos intelectuales, viviendo primero con una hermana y, tras la muerte de esta, con un hermano (fueron seis). No consiguió estabilidad económica hasta que en 1986 recibió una pensión del Estado.

    La mirada que A. M. Ortese dirige sobre Nápoles en este libro, revisitado y justificado por ella tanto en la introducción como en las últimas líneas que llevan por título Las chaquetas grises de Monte di Dio, es, en primer lugar, una mirada ordenada y global; es, también, la de alguien que observa de frente y no desde arriba; tampoco desde fuera, pero sí, sin ataduras y sin miedos. Va de lo particular a lo general para terminar atendiendo a la razón de ser de este Nápoles feroz con los seres humanos. El libro en sí son cinco relatos que avanzan de manera que los dos primeros se centran en dos momentos aparentemente fugaces, pero sumamente intensos para las protagonistas, los dos siguientes son dos visiones de la gente corriente que ocupa los barrios desfavorecidos y el quinto un reencuentro personal de la autora con Nápoles y los amigos y compañeros que frecuentó en otro tiempo.

    Unas gafas e Interior familiar condensan, respectivamente, la vida de una niña medio ciega y de clase baja, y la de una mujer madura, soltera y de clase media, en dos experiencias que, a un tiempo, aglutinan presente y futuro, y reflejan el entorno familiar y social. En Oro en Forcella fija sus ojos en un zona marginal desde donde el mar no es, siquiera, una ilusión, donde “… los afectos se habían convertido en culto, y justamente por esta razón habían degenerado en vicio y locura”. La ciudad involuntaria recorre el edificio Granili*, monstruoso edificio para el hacinamiento de desheredados de la fortuna, y da testimonio de lo que allí encuentra, con esa prosa suya entre objetiva y compasiva, detallista y realista, pero metafísica y poética. Por último está El silencio de la razón, la narración que más ampollas levantó entre sus contemporáneos napolitanos (o partenopeos, como gusta de llamarlos); aquí revisita su antigua ciudad y a sus antiguos compañeros de Sud desde su profundo desarraigo y con la convicción de que en Nápoles es la Naturaleza la que ha vencido a la Razón, englobando en esta última a todos sus habitantes, conocidos o no.

     Algunos de sus libros están traducidos (El colorín afligido, La iguana, Silencio en Milán) y no me cabe duda de que vale la pena leerlos. Su prosa y su forma de enfocar están a la altura, al menos en este libro, de coetáneos suyos como Natalia Ginzburg y Cesare Pavese, con los que comparte tristeza, lucidez y poesía. Su vagar de una ciudad a otra, su falta de estabilidad económica, su evidente falta de adaptación a los parámetros preestablecidos hacen que presente ciudad y habitantes en sus rasgos básicos desde una forma de escribir particular y lírica, que trasciende comunicando estados y transmitiendo emociones. Una sensibilidad a un tiempo firme y exquisita. Para terminar una frase:  “Mujeres, que de mujer no tenían nada más que una falda y unos cabellos, más parecidos a una capa de polvo que a una cabellera, se acercaban en silencio, con los niños por delante, como si aquella infancia maldita pudiera protegerlas o alentarlas,”

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Ella, tan amada de Melania G. Mazzucco

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Arranca la novela con un trávelin sobre Annemarie Schwarzenbach, la tan amada. El texto sigue a la escritora en su último viaje. Va a Bocken a firmar los papeles de propiedad del que, hasta entonces, ha sido su refugio alquilado. En esta introducción nos presenta Melania Mazzucco a los personajes centrales sobre los que hace bascular la estabilidad emocional de la protagonista: la madre, Renée, la amada-amiga Erika Mann, el cómplice Klaus Mann y el esposo, Claude. Y los presenta simultáneamente, intercalándolos mientras viven, ajenos, esos mismos momentos. Renée atendiendo su pasión, los caballos. Erika entregada a su actividad política, Klaus, como ella tantas veces, perdido, Claude, añorándola, esperándola.

La acción empieza en la Navidad del 31, en una supuesta presentación en la mansión de los Schwanzerbach de los hermanos Mann. Annemarie tiene 23 años, ha acabado sus estudios en Berlín y ha llevado una vida disoluta que ha transcendido a su familia. Melania Mazzucco, respetando la información recibida en algunos casos y cambiándola en otros, fabula sobre la vida y sentir tanto de la protagonista como de sus allegados. En algunos capítulos nos hace partícipes de su investigación, de su búsqueda de material para ambientar la novela y acercarse a la persona que era Annemarie. Su punto de vista es una mezcla de narrador omnisciente e interno; cuenta en tercera persona los hechos y algunas reflexiones, para abandonarla a su conveniencia y adoptar la primera, sea esta la de Annemarie como la de alguno o alguna de los principales actores. Este recurso le resta voz a A, Schwarzenbach, diluyendo su personalidad, lindando, en ocasiones, peligrosamente con lo cursi (así Claude, sobre el que, al final, M.M. nos advierte que no pudo contactar con su hijo adoptivo, lo que “le permitió inventarse casi todo sobre el personaje”, resulta en el capítulo El último enclave de África, cuanto menos, excesivamente explícito) y aportando demasiada información. También es cronista y recoge datos que nos transmite dentro de la trama, o en capítulo aparte -como el llamado En las profundas tinieblas, estupenda analepsis sobre la familia Schwarzenbach-.

Su manejo del tiempo es excelente. Partiendo de un comienzo que anticipa el final en todos sus detalles, la obra completa la gran elipsis, con continuos saltos en el tiempo, creando casi una intriga donde no son detalles los que faltan. Melania Mazzuco es guionista de cine, teatro y radio, y el ritmo ha de ser una de sus virtudes, así como la precisión en la ambientación. La narración es profusa y detallista. Resulta más interesante como novela en si, que como aproximación a la tan amada, aunque no por esto sea desdeñable. Annemarie Schawarzenbach es una escritora atractiva tanto por su particular relación con las obras que escribía -vida, ensueños, viajes, amores y drogas se funden en Muerte en Persia-, como por sus orígenes -una familia extraordinariamente rica, comerciante en seda y con más que simpatía hacia los nazis-, el entorno afectivo sexual en que creció, la rigidez -o casi mejor hipocresía- de las normas de aquella sociedad, por el ímpetu viajero que la hizo recorrer países de difícil acceso, y muchísimo más para una mujer, -el Congo- y por sus amistades -Thomas Mann e hijos, Carson MacCullers, Ella Maillart…-. Resulta, en esta novela, una figura enigmática usurpada a sus amigos en sus últimos días por una madre posesiva y feroz.

Mención aparte la manía de la traductora o de la correctora, de utilizar la raya a manera de coma, que me irritó bastante durante la lectura. Supongo que es así en italiano y fue un despiste de estos, totales. Discusiones aparte sobre las normas de puntuación, que puede haber y muchas, una vez que las rayas introducen un diálogo o, si funcionan como comas, separan un inciso, hay que poner las dos rayas, si no, pues coma, oye. Muy nerviosa me puso, sí, porque se repite mucho -pero mucho.

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El bosque de los zorros de Aro Paasilinna

Poco que añadir sobre Arto Paasilinna a lo dicho en Delicioso suicidio en grupo. Esta obra es de 1983, mientras que la otra es siete años posterior. Ambas tratan de una huida. Esta, en realidad, trata de tres huidas, incluso de alguna más. Hay pocos personajes en esta novela que no deseen abandonar lo que tienen.

      Huye Oiva Juntunen, un hombre de treinta y tantos, alérgico al trabajo, que no quiere compartir el oro robado con sus compañeros, por el momento, encarcelados; huye Sulo Remes, un militar añorante de una guerra que le permita salir de una rutina que sobrelleva con ingentes cantidades de aguardiente de naranja, y huye una nonagenaria lapona, Naska Mosniko, que se salvó in extremis de ser ingresada en un asilo. En la primera y segunda parte nos presenta a los dos hombres, personajes de muy laxa moral, y asistimos a su encuentro. En la tercera irrumpe la vital anciana y la seguimos hasta el refugio de ambos. Tras conocer a los tres y sus circunstancias, Paasilinna los junta aparentemente a salvo del mundo exterior. Esta convivencia los dulcifica y humaniza, especialmente a los dos hombres que, a medida que se han ido enfrentando y conociendo, han establecido acuerdos de supervivencia en común. Mas la cosa no resulta tan sencilla, pues el inteligente militar, no puede evitar, en una de sus excursiones para avituallarse, atender a la llamada de la carne (la de tocar, no la de comer) y dar la nota con sus, aparentemente, descabelladas compras. Así, acaban concitando en el bosque, ese bosque idílico y frío que tan bien conoce y tanto reivindica Paasilinna –se crió en Laponia-, a un aburrido y concienzudo policía –tampoco muy listo- y al más cruel socio y perseguidor de Oiva. Pero el oro vale para mucho en esta sociedad (y en casi todas).

      Ni tan mordaz ni tan caústica ni tan coral como la anterior, sí tiene un toque surrealista y se lee bien, arrancando algunas carcajadas. Los personajes siguen siendo correosos, pero ganan en humanidad a medida que su entorno les es más propicio, filtrando mientras tanto el autor una mirada crítica e irónica hacia las cárceles, las guerras y los militares, y una reivindicación de la vida en la Naturaleza aún presente en aquellas tierras, bien conocidas por el autor.

       He de reconocer que llegar a Paasilinna desde Bolaño y María Zambrano le hace un flaco favor al primero. El bosque de los zorros es  una lectura agradable, incluso divertida, pero no memorable.

 

El secreto del mal de Roberto Bolaño

Ocurre con algunos compositores que, no importa el momento del día o de la noche, ni la veleidad del carácter en que te encuentres, suena su música y se te impone, te lleva a su terreno. Puedes no conocer esa obra, no haberla oído en tu vida. Puedes estar tens@ como el cable de acero de un puente colgante, que te abres, te dejas, te vas. Así Bach. Bach es Música. Bueno, pues Bolaño es así a la Literatura. Que no sé qué leer, que el regustillo del último libro tarda en marcharse… Un Bolaño en la recámara, vamos, en el estante de lo pendiente, y a disfrutar.

    El secreto del mal es un libro póstumo. Según informa Ignacio Echevarría en la nota preliminar, consta “de un puñado de cuentos y de esbozos narrativos entre los numerosos archivos de textos -más de medio centenar- que se encontraron en el ordenador de R. B. tras su muerte”. Algunos están aparentemente acabados…, o no. Por ejemplo Músculos es claramente el origen o la primera versión breve de lo que sería Una novelita lumpen, pero es distinto. El que da título a la novela es muy corto, pero a mi modo de ver es perfecto. ¿Que tal vez, si no se nos hubiera ido de aquí, lo cogiese y nos diera otro relato más amplio? Puede ser, pero, como con su muerte, lo importante ocurre antes. Su albacea literario nos ha seleccionado unos escritos, secretos hasta ahora para el público.

   Hay relatos al uso, al uso de Bolaño, claro. Nos cuenta una de zombies que remite a Rimbaud y Jarry; transita de un loco con pistola a los cuadros de Moreau para acabar en una posada cuando era un joven sensible; estira la cuerda floja que una mujer infiel se van tendiendo; escuchamos la rutina y el vacío de un proceso de regreso de las drogas; sabemos de un músico que vuelve con sus padres; de una Daniela, clase media por herencia, sin remisión, sin objeciones, pero con remordimientos; de la elección entre un bronceado o traerse a una criatura del tercer mundo como formas de perder el tiempo…

   Hay otros ya más biográficos, como No sé leer, donde cuento es el nombre que le da al principio y no deja de ser el cuento de cómo regresó completamente a Chile, con su hijo y el pájaro que sólo él, Bolaño, vio. Y, quizá (lo cierto es que no es importante si es o no es así), La colonia Lindavista, donde, al terminar, queda en la mente un cuadro o varios de Hopper pasado por México pasado por Bolaño.

   Tenemos también de Arturo Belano donde el autor asume al personaje o el personaje asume al autor. Como decimos en Galicia “Vai ti saber”. En El viejo de la montaña Belano recuerda involuntaria y recurrentemente un momento de su relación con su sináptico amigo Ulises Lima a raíz de la supuesta muerte de William Burrough y en Muerte de Ulises, Belano vuelve tras veinte años a México y, eludiendo el compromiso que allí le lleva, va a visitar a Lima. Ambos relatos muy en sintonía y con esa relación tan de B. entre la realidad y la mirada, que tanto se funden como se separan..

   Y por último los que son pura literatura: Laberinto, intelectuales de una foto cruzándose en los juegos de observación e imaginación (o perversión, a veces) de Bolaño: Los sabios de Sodoma. donde Naipaul, ese brillante escritor y correoso personaje, se convierte primero en una imagen abrumada por el peso de su obra y después en protagonista de un relato antiguo de Bolaño al tiempo que hace referencia a un escrito del Nobel sobre Argentina y su estancia en este país; Derivas de la pesada, una conferencia que no me cabe duda debió levantar revuelo, donde se atreve con los más importantes escritores argentinos actuales reduciéndoles a tres líneas y reivindicando en todo momento a Borges, pero sin olvidar a Cortázar; y Sevilla me mata, otra conferencia para responder a la pregunta ”De dónde viene la nueva literatura latinoamericana”, al parecer inacabada y qué lastima, ya que donde dice, luego se desdice, para volver a decir. Estos cuatro, un festín que he leído con verdadero regocijo.

   Los demás también, que conste

Hacia un saber sobre el alma de María Zambrano

En este libro, María Zambrano reunió una serie de artículos que alumbran el nacimiento de su razón poética . Para quien no la ha leído es, quizá, el mejor principio, pues siendo publicaciones dispersas, las juntó conforme a una unidad y una progresión interna en la que el único ensayo que se atiene a la cronología es Hacia un saber sobre el alma, que fue escrito el primero, antes de la guerra civil, antes del exilio. El libro se publicó en 1950 y su pensamiento, que no es sino el germen de toda su fenomenología de lo divino, fue refrendado por ella misma en la reedición de 1986 (la que ahora se publica).

Se pregunta, entre otras cosas, por la Filosofía y su razón de ser para nosotros y, ante este requerimiento, aclara que “justificarse no es otra cosa que mostrar los orígenes, confrontar el ser que se ha llegado a ser, con la necesidad originaria que le hace surgir”. Así procede, tanto en lo que a la filosofía, en general, se refiere, como a la suya propia. Y en un ejercicio de coherencia personal a todos los niveles, María Zambrano arranca con el interrogante de si es posible para el hombre ordenar su interior y nos va desgranado el por qué de esa pregunta, al tiempo que, paralelamente, vemos crecer los elementos que conformarán su corpus filosófico. En los siete primeros ensayos, como si de un largo poema se tratase, va concatenando los conceptos que atañen al alma humana en el afán de perdurar y reconocerse, en la necesidad de encontrar un territorio, un camino que no sea únicamente el de la razón o la naturaleza. María va despejando esa senda. “Quien escribe, acalla sus pasiones y, sobre todo, su vanidad”. Filosofía, Religión y Poesía se cruzan. La Poesía como lenguaje primero que nace unido a lo sagrado. Ambas preceden al pensamiento y abren espacios que recuerdan el origen. Forma, fondo y ritmo están en la base de las tres con profundas conexiones entre ellas, mal que les pese. Y el sistema como aspiración del pensamiento. Sistema que también el alma requiere, que el hombre y la mujer buscan para poder orientarse.

Particularmente hermoso y quizá el núcleo central de las entrañas filosóficas de María Zambrano en esta obra es el ensayo “La metáfora del corazón (Fragmento)”. En él, el corazón en llamas, el corazón herido, el corazón que pesa (su pesadumbre) es el que se da y quiere darse. La Filosofía nació para romper el misterio. La palabra no es sino trozo de un discurso discontinuo del pensamiento y está fuera del tiempo. El corazón siempre está ahí, en su espacio interior, sin otra huida que el amor, la esclavitud. Nuestros místicos pasean por todo estas líneas. Y los Románticos.

Habla de las formas de expresión filosófica, reparando especialmente en la Guía para Perplejos, dándonos una sutil definición de la perplejidad y su inevitabilidad. No olvida los poemas filosóficos, que además no responden al Método tan requerido por el pensamiento. Y todo su libro tiene algo de guía y mucho de poema. Es como una corriente que recorre y une cada ensayo.

Al hilo de la Vida en crisis, donde desarrolla ontológicamente la relación del alma con la realidad y su consiguiente inquietud, en el siguiente ensayo se acerca a Freud. Es un placer seguirla en su animadversión al freudismo (no necesariamente porque la comparta). Nada como sus palabras. “…difundió, con la seducción literaria que le prestaban los mitos trágicos a que acudía, y aún acrecentó, el mal terrible; pero no pudo curarlo”. Más adelante Platón y su ciudad ideal, frente a la ciudad de Dios, “germen de los anhelos revolucionarios”. Plotino con los estoicos favoreciendo el triunfo del cristianismo. Y la potencia creadora y vital de Nietszche, su retorno a la Naturaleza y a la Poesía con su particular Circe: la Moral. No falta una recriminación, que merece todo un pequeño ensayo, a Lou Andreas Salomé por su prólogo al libro que escribió sobre Nietszche. Y alabanzas al método y a la congruencia en Descartes y en Fichte.

Para terminar, un opúsculo, Diotima de Mantinea, quien probablemente no existió y es citada por Platón como la transmisora de los secretos del Amor a Sócrates. Un poema filosófico en prosa. Del tiempo, el corazón, el amor, la esclavitud, la noche…

Imposible resumirlo. Su búsqueda es única y hay que seguirla por sus profundos, bellos y sabios meandros. Todo un ejercicio de reflexión, espiritualidad y sentimiento.

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