La puerta entreabierta de Fernanda Kubbs

L puerta entreabierta

Fernanda Kubbs. ¿Autora novel? Por la frescura que destila el libro, podría ser, aunque tal vez se trate de una segunda juventud que, necesariamente, ha de ser más sabia. Desde el principio el libro tiene apariencia de juego. Fernanda Kubbs es un seudónimo de Cristina Fernández Cubas y, como no parece tener ella intención de mantener el misterio, lo primero que se ve en la solapa del libro es su foto. El juego de identidades y de dobles comienza con el nombre de la autora y permanece a lo largo de la novela.

     Cristina Fernández Cubas reaparece tras varios años de silencio con una novela arriesgada por muchos motivos. Porque se sale de lo habitual, porque el terreno en el que se mueve es difícil, porque es fácil pasarse o no llegar cuando entreabres una puerta donde la realidad parece ficción y la ficción es la realidad desde la que parte la autora, Fernanda Kubbs. una joven y escéptica periodista. Aparentemente sencilla, parece un relato de iniciación de la autora protagonista que queda confinada en un espacio desde donde es, en parte, mera oyente y espectadora. Se insertan historias reales fantásticas (no en mil y una noches, pero si en unos pocos días) con sueños que desvelan una realidad que está aquí, pero no podemos ver. Me pregunto si, de la misma manera que Fernanda Kubbs tiene tanto de Fernández Cubas, no tiene Cristina mucho de esa chica en bermudas (no volverá a ponérselas, la aniñan) que al final se redime y encuentra la solución escribiendo frenéticamente su historia para aliviarse y también para arrojarla al mundo como una botella que tal vez llegue a la persona adecuada.

     Todo un nuevo universo de posibilidades no exentas de peligro se filtra por esa rendija que Fernanda ha conseguido atravesar sin saber cómo. Hechos increíbles, pero ciertos, relatos y situaciones que nos son familiares (Gulliver, Alicia, el judio errante…), sueños clarificadores, juegos vitales, mortales, azarosos, necesarios, juegos con las palabras, con la realidad, con el imaginario, con la identidad, con el tiempo… Y todo ello con un prosa ágil, clara, que hacia el final, como si se tratase de la propia Fernanda, se vuelve trepidante.

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El perseguidor de Julio Cortázar

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Lo cierto es que iba a empezar otro libro cuando se me cruzó por casa (los libros, mal que nos pese, tienen vida propia) una preciosa edición del Zorro Rojo (vamos a ponerlo con mayúsculas, se lo merecen) de ese estupendo, como tantos de él, relato de Cortázar. Y en esto que te pones a hojearlo, luego pasas a ojearlo, para terminar encontrándote en la mitad del libro y decides, no puedes hacer otra cosa, terminarlo, porque casi lo habías olvidado, porque da gusto dejarse llevar por la prosa de Cortázar (aquí muy prosa, muy funcional, ajustándose a las necesidades del tempo narrativo cuasi musical -a veces rápido, a veces reflexivo, a veces aquí, a veces perdido-, sin grandes florituras, con grandes temas y juegos en el empleo de los tiempos -el pasado en futuro-). Una vez reparas en esto, paras, buceas en los estantes en busca de cualquier cd de Charlie Parker (o de Jonnhy Carter, qué más da, tras leer El Perseguidor, uno y otro se sobreponen retroalimentándose -qué palabra tan fea- el uno al otro) y te sirves una copa. Qué gozada.

     Las ilustraciones que acompañan al relato, en blanco y negro –no podía ser de otra manera-, regalan buenos momentos para pararse a mirarlas y dejarse llevar por ese túnel del tiempo -y del espacio- donde se pierde Jonnhy en el metro, en un ascensor, en un estudio de grabación… Bruno el narrador, el recopilador, el teórico del jazz, el que sistematiza y clasifica, el que le da nombre a las cosas, el biógrafo, el parásito del músico al que admira y Jonnhy, el pobre Jonnhy, desnudo, buscando, siempre buscando, persiguiendo. Y Bruno que narra, entiende y niega esa parte que le asusta, que no quiere recoger en su libro, pero que sabe que está ahí, en el hombre y en su música. El lamento de un saxo como el de Charlie Parker (el cual, cuenta la leyenda, nunca sonó mejor que en Toronto cuando, por empeñarlo, tuvo que tocar uno de plástico), la abstracción de sus sentimientos en esos solos ensimismados, las distintas dimensiones de la vida, el dolor de la pérdida… El orden frente al caos, las drogas, pero también el miedo de ambos a los propios fantasmas. Y el tiempo.

     El cuento no necesita de Parker para brillar. La realidad frente al arte, vivir aquí, aferrado a lo cotidiano, prosaico, o vivir perdiéndose, persiguiendo en la memoria, en una melodía, en otras formas de percepción. Es corto para ser una novela, largo para ser un cuento. Justo para ser redondo. Si además te vas a dar un paseo por el jazz, pues puedes volver a cogerlo. El tiempo es relativo. Se lee en un par de horas y se saborea durante días y cómo es redondo, siempre puedes volver a entrar y volver a leer para comprobar más tarde «como el paisaje se va rompiendo cuando lo miras alejarse”.

     Y si esta edición es cara, siempre se puede buscar en Las armas secretas. Faltarían las ilustraciones, de agradecer, mas no necesarias. Es un valor añadido. Una delicatessen.

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